sábado, 4 de diciembre de 2010

Entomología II: el abducido por el mensaje-masa

En este último tiempo, a la par de que mucha gente se despabila del enojoso influjo que tienen sobre cada uno de nosotros los medios hegemónicos, otros se aferran, con curioso morbo, a la tozuda creencia en ellos, haciéndolos carne con fanatismo y resistiéndose a la evidencia como si se tratara de la peste.

Allí están ellos, haciendo propias frases trilladas del estilo “hoy en día salís y no sabés si volvés”, “hay que parar de robar”, aunque también “en la moto la carrocería es uno” , “a seguro se lo llevaron preso”, y “el público se renueva”.

Las estrellitas rutilantes de esta carne de cañón son, por supuesto, la sensación de inseguridad y en un modesto segundo lugar, la inflación y la supuesta corrupción generalizada de la clase política.

Estas personitas enemigas del razonamiento suelen ser bastante duras para el análisis de un contexto, ya no hablemos de abstracciones mayores como preferir la estadística a la sensación personal o los estudios científicos a lo que le pasó al cuñado.

Exhortados a justificar su opinión, suelen respaldarse por lo que vieron en la tele, lo que “se dice”, o la ambigüedad lisa y llana de la a esta altura famosa “sensación”. No podemos, por supuesto, pedirles que acepten la posibilidad de que una sensación sea precisamente eso, o sea, la evaluación subjetiva de una persona en particular.

Así como huyen de la estadística por considerarla siempre adulterada y tendenciosa, también subestiman de manera rampante la enorme influencia de la repetición, en los medios, de determinadas noticias. Parecen desconocer la simple verdad de que si un mismo hecho lo vemos replicado al infinito, es altamente probable que comencemos a creer, de forma no del todo consciente quizás, que se trata de más de un hecho o uno de mayor importancia del que tal vez tenga. El demoledor ejemplo de la Gripe A y su explosión en los medios no les hace mella, lo cual seguramente vaya a abonar la hipótesis de que cuando se echa a rodar una inexactitud, aunque luego se la retire, gran parte del daño ya está hecho. Muchos conceptos quedan irremediablemente enquistados en el imaginario público, a desdén de posteriores rectificaciones y vueltas de página.

Podemos decir que el mensaje oligopólico ha triunfado en estas personas, aunque por suerte sean más los que abandonan sus filas que los que pasan a nutrirlas.

No pocas veces, la respuesta que blanden estos seres, incluso con gesto de inteligencia, es que nosotros también nos dejamos seducir y convencer por 6,7,8. Con esto parecen condenar que a quienes pensamos de determinada manera nos guste identificarnos con, aunque sea, una módica parte de la caja boba. La diferencia clara que ellos parecen no ver, es que una cosa es que un programa tenga una línea editorial, y otra cosa muy distinta es que la tengan, al unísono, catorce canales, veintiún radios, dos señales de internet y tres diarios. Que en este último caso, real por desgracia, es más difícil ejercer la elección de apretar un botón y escuchar algo distinto. Y la otra diferencia, a mi juicio no menor, es que 6,7,8 les resulta intolerable no sólo por su contenido oficialista sino, y sobre todo, porque se compone de un panel de personas que podríamos definir como intelectuales. Aunque el programa sea deliberadamente “buena onda”, es insoslayable que también apunta a trasuntar pensamiento, análisis, política, y puedo entender que ese no sea el producto más entretenido a los ojos de nuestros amiguitos, más acostumbrados a los titulares extra-adjetivados de Clarín.

La última cosa que quisiera señalar de esta gente es que, por suerte para todos nosotros, rara vez se trata de interlocutores educados y sagaces. Lo más común es que sean personas que a duras penas pueden sostener una argumentación de dos minutos, quedándose enseguida sin letra, por la sencilla razón de que Clarín, FM100 y TN son su principal fuente de información, y esto es más grave desde el punto de vista educativo que ideológico. O sea, estamos frente a una raza reaccionaria a la vez que ignorante. ¿Qué me esperanza de ello? Que tal vez el día que agarren los libros, puedan empezar a producir pensamientos propios.

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