
De más está decir que la mayoría de las veces entro a una librería sabiendo lo que quiero y eligiéndolo a consciencia, pero hay momentos lunares en los cuales dejo que los libros me elijan a mí. Y ahí están ellos, ofreciéndose desde sus portadas coloridas, o insinuándose medio escondidos en una pila de ejemplares comprados a un buhonero, todavía sin clasificar, sin precio, sin sector asignado dentro de la librería.
Mi último hallazgo gracias a esta manía mía fue la española Carmen Laforet. Por poco dinero, pude hacerme del volumen I de sus obras completas (el II jamás apareció, lo cual no le quita cierto encanto), una hermosa edición de papel de biblia de esas que se hacían antes, con bordes dorados y tapa de cuero.
La primera novela corta, Nada, me la devoré en dos noches. Luego habría de enterarme de lo importante que fue esta obra como una voz que se alzaba en la España de los años cuarenta, pero fue bueno leerla libre de todo prejuicio, sin saber si era una novela sin gran importancia o un premio literario de las ligas mayores.
La verdad es que aún sin saber nada de esta escritora, noté enseguida que estaba en presencia de una especie de Emily Bronte de las letras españolas. El ambiente lúgubre, opresivo, dentro del cual florece el personaje femenino –que uno no puede dejar de pensar autobiográfico-, recuerda en gran medida a Cumbres Borrascosas, incluso en lo sombrío del antihéroe que gravita como un centro de atracción y repulsión a la vez. No falta tampoco el elemento bohemio, surrealista, representado en el castillo derruido donde un grupo de artistas locos tienen su buhardilla.
Como me suele pasar, después de terminada la novelita busqué la biografía de la autora. Efectivamente se trata de una escritora muy respetada, de gran prestigio sobre todo en la inmediata posguerra, cuando a pesar de su juventud se hizo con muchos premios importantes de la literatura hispana.
Me decepcionó un poco que hubiera muerto de Alzheimer a sus largos noventas. Casi podía ver venir que, como tantas de mi cenáculo literario, se hubiera suicidado (hubo una época en la cual casi sin excepción toda escritora que me fascinaba era suicida y/o bisexual). Sin embargo, Carmen Laforet abandonó este mundo en la placidez de ya no recordar nada y, seguramente, el aburrimiento que debió darle un poco el extenderse tanto en la vida.
Su foto recuerda vagamente a Sylvia Plath y su nombre tiene reminiscencias arbóreas (“el bosque”). Todo muy apropiado para la estación.