miércoles, 24 de marzo de 2010

Facebook y la fotito de perfil como identidad


Esta semana, con motivo de la conmemoración del Día de la Memoria, muchos de los usuarios de FB decidimos quitar nuestras fotos de perfil como símbolo de que recordamos la pérdida de tantos que ya no están. Celebré la iniciativa: siempre me alivia que en espacios tan frívolos como puede ser una red social, surjan cuestiones valiosas, pruebas de que no sólo pensamos en reunirnos con nuestros ex compañeros o mandarnos capussotitos, sino también mostrar nuestra postura, nuestra filiación en temas que son de extrema importancia. Porque no jodamos: seguro hay muchos que no sacaron la fotito porque son colgados, porque no entraron a internet por semanas o porque les parece pelotuda la idea, pero sabemos que también hay varios que jamás lo harían porque el tema de los desaparecidos les chupa un huevo o incluso descreen un poco de su veracidad (espero que mi lista de contactos no contenga muchos de estos últimos). Entonces, me encanta mostrar que hay quienes tenemos otra visión de las cosas y que pretendemos no olvidar ni dejar que olviden, aún desde el más banal de los espacios.
Uno de mis contactos, que no sacó la foto, publicó algo así como “Se extraña a los desaparecidos todos los días. Gracias a Dios conservo mi identidad”. Sofisma de principio a fin. Primero, en el supuesto caso de que le creamos a esta persona que todos los días de su vida hace ejercicio activo de memoria por los desaparecidos, aún deberíamos recordarle que ya que somos animales sociales, no sólo alcanza con albergar un pensamiento sino que es bueno materializarlo de vez en cuando, hacerlo tangible, “manifestarse en común”. Si no, hasta que no se perfeccione la telepatía, vamos muertos en cuanto a eso de comunicar ideas. Por otro lado me causa asombro que para la misma persona que cree que quitar una fotito de FB es intrascendente, su identidad esté definida por la misma. Loquísimo.
Ojalá no sean simplemente expresiones de personas que detestan la manifestación de ideas que les son ajenas o incómodas. Siempre es más fácil criticar o creerse de vuelta de todo, pero a veces los actos más simples hacen la diferencia.

lunes, 22 de marzo de 2010

Physics Drops II: El Sindrome de Asperger, los débiles mentales y la supervivencia


Cada vez se postula con más fuerza que Isaac Newton, Paul Dirac, y otros grandes de la física y la astronomía, padecieron el síndrome de Asperger. Esto se deduce del hecho de que fueran personas increíblemente brillantes para las ciencias duras pero seriamente limitados en el manejo de la vida social.
Esta proposición, que a priori podría parecer un poco rebuscada, es sin embargo una posible explicación para la abismal diferencia entre ellos y el resto de los seres humanos en cuanto a capacidad de pensamiento abstracto.
Quizás ahora, que millones de personas acceden a conocimientos avanzados en materia de ciencia, y las universidades mundiales compiten en generación de luminarias que cambiarán nuestra visión del mundo, no sorprenda demasiado la potencia de ciertas mentes en función de la producción de conocimiento.
Pero, ¿qué pasaba con estos tipos que, en épocas oscuras o al menos no particularmente propensas a los cambios de paradigma, lograron imaginar universos enteros y nuevos, completamente distintos al “sentido común”, a lo que se enseñaba a pensar? ¿Qué tenía Einstein que pudo legar a la humanidad la teoría más creativa y pasmosa de todos los tiempos, al punto de que no pasa de moda ni deja de sorprendernos aún más de un siglo después, y cómo pudo hacerlo desde una oficina de patentes y no desde el ámbito propicio de una universidad?
Oliver Sacks, renombrado neurólogo (y botánico), postula que ciertos tipos de autismo, y aún de idiocia, presentan una relación con las matemáticas y otros tipos de pensamiento abstracto que no son posibles en personas normales. La hipótesis es que, en quienes no sufrimos este trastorno, algún sentido arcaico relacionado con los números ha sido atenuado por las capacidades superiores que nos trajo nuestra neocorteza. Como parece lógico, para depredar y reproducirnos tuvimos que desarrollar, al principio, aptitudes más terrenales. Según Sacks, esto explica que algunas personas con severo retraso mental sean capaces de listar números primos hasta un nivel que ni la mejor de las computadoras modernas puede. Ellos, que no tienen ninguna capacidad de realizar cálculos aritméticos básicos como dos más dos, lograrían esta hazaña porque simplemente “ven” la secuencia de números primos. Esto lo han deducido los neurólogos luego de interrogar a los pacientes, algunos de los cuales manifestaban estar simplemente leyendo en voz alta lo que veían en su mente como una espiral inacabable de números.
Por eso, no sería de sorprender que algunos científicos (no todos, por supuesto) hayan llegado a ser tan brillantes justamente porque desarrollaron a un máximo el potencial que ellos poseen y nosotros no, en desmedro de otras aptitudes como la sociabilidad o la emotividad.
El propio Einstein (salvando las distancias ya que de autista no tenía nada) decía atribuir sus logros al hecho de que él, contrariamente a otros físicos teóricos, necesitaba “visualizar” cualquier teoría de una manera gráfica (exagerándolo un poco, decía que tenía que ser entendible para un niño). Por eso él pudo hablar de trenes en movimiento, personas convertidas en spagettis en el centro de un agujero negro, y otras imágenes que ya se han convertido en clásicos de la divulgación científica. No otra cosa fue la manzana de Newton, a la cual no obstante luego cubrió de sofisticadas fórmulas matemáticas ya que el sí que podía.
El secreto de estos genios quizás sea más simple de lo que uno cree. Sin quitarles mérito, ellos deben poder “ver” con claridad cuestiones que a nosotros no costarían sangre, sudor y lágrimas.
Cada vez más científicos en diversas disciplinas se ven orientados a creer que, con el tiempo, la humanidad sí necesitará habilidades intelectuales superiores para subsistir, que ya no tienen que ver con obtener alimentos o generar descendencia sino, probablemente, procurarnos nuevas fuentes de energía e incluso ser capaces de migrar a otros planetas cuando éste ya no sea habitable. Esto será posible para lo que el físico Michio Kaku denomina una civilización de tipo III, en la cual la energía que contiene el universo es explotada al máximo. Nosotros, que aún nos valemos de la energía que dan los fósiles, somos una rudimentaria civilización de tipo 0 o quizás I, por lo cual falta bastante para que las habilidades superiores sean una condición prioritaria a transmitir en nuestro ADN.

Physics Drops I: La fealdad de las teorías enoja a los físicos


A los físicos no les gusta que una teoría sea enrevesada. Aclaremos rápidamente que cualquier cosa que manejan, por básica que les pueda parecer a ellos, es una maraña de ecuaciones para la mayoría de nosotros. No obstante, en física se suele “confiar” preferentemente en axiomas que luzcan bellos y redonditos.
Por ejemplo, hay algunos físicos que están fastidiados con el hecho de que parezca no haber fin para la subdivisión del átomo. Esa entidad que curiosamente fue llamada así, átomo, por pensarse que era la unidad final e indivisible de cualquier cosa, nos sigue sorprendiendo por la cantidad de amiguitos que lleva dentro, al punto de que un destacado físico dijo hace poco que habría que darle el Nobel a quien este año NO descubra ninguna partícula subatómica nueva. Los electrones y protones que aprendimos en la escuela son los dinosaurios de esta historia. Ahora se sabe que el átomo bulle con la actividad de exóticas partículas llamadas quarks, hadrones, bosones de Higgs y otras rarezas por el estilo. Cada descubridor se ha dado el gusto de que una partícula lleve su nombre, y parece que hay más.
Hay teorías nuevas, desprendidas de la de cuerdas, que para Stpehen Hawking, son “feas”. Nótese que los físicos y cosmólogos dan mucha importancia a que un postulado cumpla ciertos requisitos estéticos. También, los apasiona la posibilidad de que todo pueda ser explicado con una única y simple teoría unificada. Quien consiga describir esta famosa y por ahora esquiva Teoría del Todo, armonizando así la Relatividad General y la Teoría Cuántica, dará un giro cismático a la física, probablemente el más grande de la ciencia moderna. Pero por ahora, estamos lejos de que alguien describa alguna concordancia entre las leyes que rigen los espacios inmensos (el cosmos) y los minúsculos (la física subatómica)
A mí, la idea de que los físicos y cosmólogos sean preciosistas, me llena de esperanzas. Me parece que estamos en las buenas manos de unos maniáticos brillantes.

viernes, 19 de febrero de 2010

The Big Bang Theory

Existen ocupaciones que obligan a vivir a quienes las ejercen en un mundo distinto, en una esfera de realidad muy diferente a la que habitamos el resto de los mortales.
Me refiero a los físicos teóricos, a los cosmólogos, a los astrónomos y en menor medida tal vez a los matemáticos.
Muy a menudo pienso que, mientras los demás dedicamos nuestras vidas a “pequeñeces” tales como construir una casa, defender a la gente que es acusada de algo, vender autos, o, como es mi caso, colaborar en el desarrollo de nuevos medicamentos, hay personas cuyas preocupaciones giran en torno al origen del universo, a la posibilidad de los viajes en el tiempo, a aquellas singularidades donde todo el mundo físico que conocemos deja de aplicar… y no puedo evitar sentir que me hallo en un plano inferior del pensamiento.
Digo: ¿cómo se puede seguir diseñando ropa cuando hay gente que sabe hace rato que no vivimos en un mundo de cuatro dimensiones –como creíamos- sino once como mínimo y probablemente más? ¿Cómo se puede, incluso y yendo más lejos, producir arte o escribir libros cuando sólo somos la molécula de una molécula en la vastedad de un universo cuyo tamaño no podemos ni soslayar? ¿Cómo es que no corremos todos a tratar de asir el minúsculo conocimiento que ya se tiene sobre el todo? ¿Cómo es que casi nadie sabe que hay laboratorios donde se ha logrado que el mismo átomo, la misma pizca de materia, esté en dos lugares al mismo tiempo?
Está bien, y lo entiendo, vivir nuestras vidas de la mejor manera posible lo cual incluye que dispongamos de médicos, amas de casa, pintores, escritores y lectores. Está bien porque de otro modo moriríamos con la horrible sensación de que la única verdad que vale la pena conocer se nos escapará por miles de generaciones más, si llegamos a tanto, y que en el interin no disfrutamos demasiado de la existencia, sea ésta de la naturaleza que fuere.
Pero, ¿qué puede importarles a los físicos esta minucia de la finitud de la vida? Si ellos están preguntándose muy seriamente si el eterno retorno es viable, o si la línea temporal tiene necesariamente que ir siempre en la misma dirección, o si no habrá de hecho infinitos universos paralelos que se crean cada vez que un viaje en el tiempo introduce un ligero cambio en la historia.
Hace ya casi un siglo atrás, durante el funeral de su amigo y colega Michele Besso, ese visionario que se llamó Albert Einstein dijo a la viuda: “Le daría mi pésame si no fuera que para nosotros, físicos convencidos, el tiempo es sólo una ilusión”.
Sin embargo (como nos demuestran esos adorables nerds Leonard, Sheldon, Raj y Howard), estas cabezas privilegiadas también padecen por amor, dudan entre el kétchup y la mayonesa, se pelean por huevadas y olvidan por momentos la pequeña dimensión del mundo que habitan. Porque saben que ese mundo pequeño que persiguen e intentan reconciliar con el infinito –ese mundo que se mide en quantos- está lleno de acertijos y maravillas y que todo, si bien se mira, comenzó con el estallido de una mota infinitesimal.

martes, 16 de febrero de 2010

Duo

Colette, en cambio, me gusta sin lugar a dudas.
Hace poco Página12 publicó una modesta edición de Duo, una obra no muy difundida de esta autora que revolucionó los albores del siglo XX.
Duo es la breve historia de una infidelidad, mejor dicho del instante en el cual el marido descubre la aventura amorosa de su mujer con otro hombre, para más bochorno su socio en los negocios del espectáculo. Durante un par de días nos metemos en la intimidad de esta pareja que se deja hundir y cae en la espiral de lo maliciosamente sugerido entre líneas, de lo no dicho. Están, solos con una criada que todo lo ve, en una alejada casa de campo en la cual se sofocan y agreden, se vuelven a amar y a perdonar para luego rendirse nuevamente a las susceptibilidades, a las formas y la imagen que deben dar como miembros de la clase acomodada que son. Hay pasajes deliciosos, diálogos breves donde uno siente que todo puede explotar para luego volver a la apacible marcha de esos días de descanso en la campiña.
La descripción de los personajes es económica pero muy eficiente. Ella es más joven, muy sensual pero con algunos rasgos que pueden afearse según la mirada del marido pase de la adoración al desengaño. El está abandonando los mejores años, un hombre de cuarentitantos cuyos éxitos profesionales comienzan a declinar. Tiene a su favor, como la mayoría de los hombres de la década del 30, que la mujer no puede llegar muy lejos sin la crisálida de su matrimonio. Pero en su contra pesa que ella parece no envejecer y que todavía posee la capacidad de ponerlo todo del revés con una caída de ojos.
Lectura más que recomendable por $9.

Millennium

Todavía no sé si me gusta o no Stieg Larsson. A veces me parece que sólo le falta que pasen algunos años y se convierta en un autor de culto de esos que escribieron un par de obras y te dejan con unas ganas irremediables de más (sin ánimo de comparar me pasa eso con Bolaño, con Sebald, con Paola Kauffman, de quienes uno tiene la triste certeza de no poder volver a leer nada más de ellos cuando acabe el reciclaje de obras inéditas e inconclusas). Es que el pobre Stieg falleció de un ataque cardíaco antes de llegar a ver el éxito de su trilogía Millennium.
Larsson hasta ahora es, sin embargo, un autor de policiales que no se salen demasiado de la media salvo probablemente en la extensión y en la capacidad de crear personajes difícilmente olvidables para el público. Lisbeth Salander podrá gustarnos o no (oscilo todo el tiempo entre el amor y el rechazo, lo cual considero un gran logro del escritor), pero a nadie deja indiferente. Ahora nos han obligado a ponerle un rostro debido a la inminente aparición de –cuándo no- la película, que se promociona con gigantografías de la actriz sueca que interpretará a esta conflictuada hacker. Pero es innegable que, pese a lo inverosímil que se pone según avanza la obra, Salander es una mujer de armas tomar y una creación literaria muy distinta a lo que conocemos.
Todavía no sé si me gusta o no Stieg Larsson, pero su efectividad narrativa es innegable ya que hizo que muchos leyéramos, un poco a desgano y enojadísimos con el precio, las más de mil quinientas páginas de su trilogía.

domingo, 7 de febrero de 2010

Tus hijos no son tus hijos

Esta poesía de Kahlil Gibran estaba colgada en una pared de la casa de mi infancia:


Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti

y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos,

pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas,

porque ellos viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti.

Porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad.


A pesar de lo trillada que la volvió la repetición en afiches y señaladores, sigue siendo de una veracidad asombrosa.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Prejuicios contra la Caridad (La Máquina de Impedir)

Últimamente un prejuicio se puso de moda: el de que la caridad contante y sonante está mal.
Algunas personas (muchos de mis queridos progres), que me consta sienten verdadera empatía por los menos favorecidos de la sociedad, rara vez sin embargo ponen sus manitos en la masa pobre, es decir, ayudan in situ a un necesitado. Todo lo que desde su discurso es urgente e impostergable, encuentra nulo eco en la acción.
Hasta ahí, podríamos decir que no se diferencian de la mayor parte de la sociedad, la cual, además de vociferar lo que habría que hacer, básicamente hace poco o no hace nada.
Sin embargo, la vuelta de tuerca que le han encontrado los progres es que, además, se sienten inclinados a condenar todo acto de caridad que hagan los demás, casi siempre al grito de que no hay una verdadera ideología detrás, o que es tapar agujeros, o alguna de esas máximas que los que ayudan con su humilde contribución se ven obligados a soportar.
Las siguientes manifestaciones de caridad son cuestionables para los progres: voluntariado promovido por cualquier empresa privada (si la misma, encima, colabora financieramente, es peor), grupos de ayuda de las parroquias, tés canasta a beneficio organizados por viejas ricas, colectas de sindicatos, y en general cualquier ayuda más o menos espontánea y útil que salga de un grupo de gente nucleada por una institución.
El problema que le encuentran a esto los progres es que, en la mayoría de los casos, se trata de movidas para lavar la cara de empresas de dudosa imagen pública o actos tendientes a saciar la propia necesidad de protagonismo, de alivio de culpa, de sensación de magnanimidad y otros etcéteras. Digamos rápidamente que lo antedicho es cierto en la gran mayoría de los casos. Es decir, no creo que al directorio de Mac Donald’s lo desvele genuinamente el porvenir de los niñitos con cáncer sino que tiene un grupo de asesores de imagen que estableció que la ayuda de Ronald daría un cariz humano a la compañía (lo cual es curioso, ya que el payaso parece cualquier cosa menos humano). También es cierto que las viejas ricas sueltan la moneda a la salida de misa pero intramuros aplauden las gestiones de sus maridos para esquilmar a los que menos tienen. Todo eso es verdad. Sin embargo…
Yo creo fervientemente que un bien que se hace es bueno en sí mismo, más allá de las motivaciones. Un acto de caridad redunda siempre en un estado de las cosas que sería peor de no haber existido aquél. Luego podemos discutir si es pan para hoy, si es mejor enseñar a sembrar que dar el pan hecho, y todos esos dilemas que entretienen a los que poseen el estómago lleno y pueden entregarse a entuertos morales. Algunos jóvenes de la empresa multinacional en la cual trabajo, que hacen voluntariado en un hogar de niños y vuelven cada sábado llenos de piojos pero también de una clase de amor que en ningún otro lugar podrían obtener, producen un bien concreto que no veo que ninguna ideología política reemplace: cambian pañales sucios, dan un beso a tiempo, felicitan por un dibujo, acompañan en la risa y en el llanto. Eso mientras toleran que algunos progres, que nunca pisaron un hogar de huérfanos, les espeten en la cara que están siendo marionetas de un lavado de cara de su empresa.
Todo esto es producto del aburguesamiento de los que se definen de centroizquierda, tendencia últimamente copada por pelotudos de clase media alta con inquietudes existenciales pero incapaces de sonarle los mocos a un pibito lleno de mugre. Qué distinto a la maravillosa juventud de sólo unas décadas atrás, que amén de filosofar, leer a los clásicos y querer salvar al mundo, también se daba unos paseítos por la corte de los milagros para alfabetizar, alimentar y acompañar. Muchos de ellos decidieron su inclinación política cuando finalmente vieron la pobreza en primera persona, cuando salieron del búnker para conocer la desigualdad en su aspecto más concreto y urente.
La verdad es que me cansé de los que hablan y no hacen. Me cansé de los que dicen que es inmoral ayudar a los perros callejeros habiendo niños con hambre, pero no ayudan ni a unos ni a otros. Me enerva la máquina de impedir, la que prefiere que un acto generoso no se haga mientras ellos discuten la filosofía del tema de la caridad. También –y esto excede a los progres- me molestan los tacaños que nunca le dan una moneda al trapito aduciendo que seguro el padre se la va a gastar en vino. O sea, ante la duda, aún si hay una ligerísima posibilidad de que ese chico use la moneda para comprarse algo que lo haga un poquito feliz en medio de la basura en la que vive, los avaros deciden abstenerse, y para colmo sintiéndose paladines de la ética. Son los mismos que dicen “yo nunca doy plata; prefiero darles un sándwich” aunque jamás nadie los vio dando cosa alguna.
Está de más decir que al final del día se habría hecho mucho más el bien si algunos de ellos se arremangaran de una buena vez y ayudaran sin cuestionarse si es lo mejor o no.
Al menos, entretanto y mientras deciden la mejor forma de salvar al mundo, sería bueno que se abstuvieran de pontificar sobre la manera de ayudar que tienen los que no son tan agudos, morales, ni ideólogos como ellos.

domingo, 31 de enero de 2010

Un Caso de Personalidad Múltiple

El cine y la literatura han sido inspirados una y otra vez por un trastorno mental recientemente descripto pero, a todas luces, tan antiguo como la humanidad: el Trastorno Disociativo de la Personalidad, o, más coloquialmente hablando, trastorno de personalidad múltiple, del cual Jekyll & Hyde son probablemente la versión más célebre.
Hace poco vi una película bastante interesante sobre el tema, “Identidad”, y digo interesante porque comienza a abordarlo desde un encuentro -imaginario por supuesto aunque esto lo descubrimos sobre el final- entre las múltiples identidades de un hombre que lucha por deshacerse de las más dañinas entre ellas.
La verdad es que para no arruinarles el final debería haber dicho que la película trata sobre un grupo de personas que el azar reúne una noche lluviosa en un tenebroso motel, donde una a una irán muriendo (asesinadas o por causas naturales), siguiendo el orden decreciente de sus números de habitación. Una trama original y atrapante.
Esto me llevó a desempolvar la historia, llevada a la divulgación literaria por su psiquiatra, de Karen Overhill, una mujer americana con una evolución bastante atípica de la enfermedad, ya que gracias a terapias combinadas y tratamiento farmacológico logró estabilizarse, conocer a fondo sus 17 identidades y hasta aprender a manejarlas o al menos a predecir sus “apariciones” en escena.
La historia de Karen Overhill es, como la de casi todos los que padecen este trastorno, una historia de abusos y violencia en edad temprana, perpetrados por integrantes de su círculo más íntimo. De hecho, lo que se postula como etiopatogenia de esta enfermedad es la necesidad de suspender la identidad propia ante lo intolerable de la realidad, reemplazándola por identidades más fuertes o que posean algún atributo en particular que les / le permita sobrellevar determinadas situaciones de otra manera aniquiladoras. Por ejemplo, una de las identidades de Karen, un hombre llamado Holdon ("hold on", si bien se mira), era el único que podía conducir y cuando él no aparecía, Karen y su corte de personalidades se veían literalmente impedidos de movilizarse. Holdon representaba también al hombre protector y la figura paterna.
Lo fascinante de la historia de Karen es, asimismo, su evolución, su lento devenir durante el cual fueron asomando, producto de la inmensa labor del psiquiatra, uno a uno los seres que la habitaban, ya fuera surgiendo durante una sesión de hipnosis o enviando cartas al consultorio del terapeuta (todas con letra diferente, por supuesto), cartas de las cuales Karen no tenía recuerdo alguno durante la siguiente sesión. Una de ellas decía: “Estimado Dr. Baer: Mi nombre es Claire, tengo siete años y vivo dentro de Karen. Puedo escuchar todo lo que usted dice. Quisiera hablarle pero no sé cómo”. La caligrafía era la de un niño pequeño.
Karen Overhill llenó sus necesidades tremendas e impostergables con diecisiete invenciones que le permitieron sobrevivir, algunos hombres, otras mujeres, adultos, niños y niñas, blancos y de color, cada uno con atributos especiales, dones, habilidades, maneras de hablar, de escribir e incluso de dibujar. La paciente no fue consciente de que coexistían tantas personas en ella hasta su adultez temprana, cuando consultó al psiquiatra a causa de una sensación de vacío, de “despersonalización”, y reiterados episodios de amnesia (blackouts) durante los cuales aparecía en determinado sitio sin tener idea de qué la había llevado allí. Karen comenzó a sospechar que algo en ella andaba mal porque en ocasiones, las otras personalidades se le presentaban bajo la forma de “voces”; así fue que conoció sus nombres y edades y propósitos (¡los cuales paradójicamente habían sido íntegramente inventados por ella!), y pudo hacerlos comparecer durante las sesiones con su psiquiatra, quien se valió de la capacidad de algunos de los personajes de ser más elocuentes y expansivos que otros. Uno de los niños, Jensen, “nació” durante una violación a Karen perpetrada por su tío abuelo, y continuó creciendo desde entonces. Se cree que estas personalidades cumplen el rol de sustituir al enfermo durante momentos de naturaleza intolerable, en una compleja forma de evasión de la realidad. Algunas de las personalidades escribían un diario pero otras, durante momentos de furia, lo quemaban o destruían.
La “integración” que comenzó a ocurrir como resultado de la terapia, llevó al conocimiento profundo de las 17 personalidades y a la desaparición de algunas de ellas. No conozco el caso en detalle y es altamente posible que Karen sufra recaídas o reapariciones en escena de algunas de las identidades abandonadas, aunque el hecho de haber podido escribir en primera persona su historia le da una ventaja prognóstica que va más allá de lo que se esperaba de esta patología cuando fue finalmente compendiada en el DSM III, allá por la década de los ochentas.
Un rasgo fascinante de este caso, además de la lucidez y autoconocimiento logrados por la paciente, es que ella realizó un retrato de sus diecisiete alter ego, tal como los veía y los conoció. En ese dibujo, inquietante pero esperanzador, podemos ver el verdadero mosaico de seres que se vio forzada a crear para hacerle frente a su dolorosa vida. Fue un mecanismo que nació en la temprana infancia ante situaciones altamente traumáticas y se consolidó luego para capear eventos vitales propios de la vida adulta (un divorcio, un desempleo, miedos e inseguridades usuales)
Lo más asombroso es que el dibujo no transmite lobreguez ni el típico desasosiego de las creaciones psicóticas, sino que rezuma algo del brillo que la propia y original Karen debió poseer alguna vez, antes del comienzo del infierno. Alberto Monchablon, emérito profesor que tuve de Psiquiatría, decía que todos los locos, por alienados que estén, poseen un pequeño ojo de cerradura por el cual se puede abordar al verdadero ser, que yace debajo de capas y capas de locura, y que es tarea del buen psiquiatra encontrar ese pequeño ojo de cerradura aunque le lleve la vida.
Esto es lo que vemos cuando miramos por el agujero que Karen misma logró abrir:

viernes, 29 de enero de 2010

Escarceos con la actuación y el divino marqués


En mi adolescencia tuve un escarceo amoroso con la actuación.
Tuvo un comienzo absolutamente azaroso, como tantas otras experiencias de mi vida que terminarían siendo ricas y determinantes.
Había ido –sola, como hacía muy a menudo- a ver una obra de teatro under que daban en una sala de San Telmo. La obra era “Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo”, del Marqués de Sade. Lo había visto en la cartelera teatral y me sedujo al instante la idea de ver la puesta en escena de esta obrita tan singular, tan atípica, del Divino Marqués. Llena de expectativa me fui hasta el teatro que quedaba en un tramo empedrado y precioso de la calle Estados Unidos, en el corazón de nuestro Montmartre porteño. Era un miércoles y llovía a cántaros; no sé qué me llevó a pensar que alguien además de mí podría apersonarse a ver esa obra y en esas condiciones.
El teatro, de hecho, estaba vacío. En la puerta estaba quien sería mi maestro de actuación, Federico Herrero, como era entonces o al menos como yo lo recuerdo: de unos cuarenta años, coleta tirante, camisa blanca entreabierta y cigarrillo constantemente encendido; era un Marqués de Sade traído a nuestras pampas vaya a saber mediante qué conjuro temporo espacial. Tenía una mirada de cocainómano que, tristemente y como tantas veces, contribuía a darle un aire lánguido y seductor.
Herrero me explicó que la obra no se haría y nos quedamos conversando un rato. Había algo en él que me cohibía terriblemente y a la vez supe que querría permanecer en ese teatro por un buen período de mi vida -que en ese instante de la adolescencia era casi imposible de medir.
(Semanas más tarde me enamoré perdidamente de quien interpretaba al moribundo, el genial actor off Alvaro López, y como descubrí que además de actor era profesor de matemáticas, fingí durante meses una dificultad para dicha materia que me llevó a contratarlo como profesor particular. Alvaro venía a mi casa, con sus rulos y su mochila hippie, y me daba lecciones geniales de trigonometría mientras yo le hacía tecitos y suspiraba por él.)
Me quedé, entonces, en el Teatro Escuela Central por algunos años, primero aprendiendo los rudimentos de este arte que Herrero insistía en desmitificar, en poner a la altura de cualquier otro oficio, y más tarde representando las mismas obras under para el escaso pero siempre efusivo público de San Telmo. Pusimos obras de Pier Heller, de Osvaldo Dragún, y del Marqués por supuesto. El Teatro Escuela había sido durante los años de la dictadura un bastión para esos autores malditos, muchos de ellos como Dragún perseguidos y exiliados. El mismo Herrero formaba parte, según la mitología local, de las listas negras de los militares. En el Teatro Escuela conocí personas únicas, indescifrables, una fauna preciosa de seres que por un extraño motivo desaparecieron uno a uno de mi vida, al punto de que hoy bien podría dudar de la existencia de ellos, de ese tiempo (ni el Teatro Escuela queda en pie hoy en día), de mis propias vivencias que habían sido, no obstante, tan intensas. Decenas de personas que no se parecen en nada a los que habría de conocer antes o después, que eran de otro mundo, que se evaporaron como corresponde a los fantomas: el atribulado actor que me hacía acordar a mi padre y usaba camisas con dibujos de pequeñas tijeritas, las actrices hermosas y algo extraviadas, el cellista de la filarmónica, la conflictuada compañera de obra que no quería a los hombres sino a las mujeres y se paseaba desnuda cuando iba a visitarla a su casa, Herrero mismo, que se escondía en su oficina para luego emerger con la mirada perdida y narcótica a hablarnos de Brecht y de Ionesco y de lo absurdo de la memoria emotiva, ese invento psi. El boliche Pelourinho, la espera emocionada y la pequeña decepción de Mariposa Tecnicolor luego del hit inigualable de El Amor Después del Amor. El teatro mismo que era oscuro y húmedo, lleno de fantasmas, preñado del eco de tantas funciones y voces que lo habían poblado.
Esos días fueron mis pequeños sesentas, mi sueño de amor libre, mi coqueteo con la noche y lo inexplorado, pero como todo sueño acabó pronto y se esfumó para no dejar huellas.
Estaba comenzando a vivir, las puertas de la experiencia parecían abiertas e infinitas; era, en otras palabras, el mundo que existe cuando se tienen dieciséis años.

martes, 26 de enero de 2010

La Verdad Sobre Perros y Gatos

Hace unos días vi, no sin asombro, que cierta conocida mía se unió a un grupo de Facebook en contra de las publicidades donde las mujeres limpian sartenes y los hombres conducen autos de lujo. Si no entendí mal, el encono se extendía también a las propagandas en las cuales las mujeres lucen sus atributos para vender shampoos, cremas, y otros artículos de belleza.
Obviamente la persona de marras es una “feminista” confesa.
Siempre me asombró que entre las feministas hubiera mujeres realmente inteligentes (ésta es un ejemplo). Es decir, no abrigo ninguna esperanza con respecto a la inteligencia de las personas agrupadas en otro tipo de clanes (que no especificaré para no herir sensibilidades). Pero, nobleza obliga, entre la gran masa de feministas taradas hay siempre mujeres brillantes, hermosas, distinguidas, simpáticas, sensibles.
¿Qué se les pondrá en juego? ¿Qué inseguridades ancestrales las llevarán a sentir que deben demarcar su territorio femenino todo el tiempo?
La pregunta, simple pero necesaria, es por qué habría de molestarnos la existencia de mensajes con los cuales, después de todo, muchas no nos sentimos identificadas. A ver: las mujeres que sienten una euforia subclínica cuando ven la publicidad donde una madre abnegada hace un rulito de mayonesa para sus hijos, y luego en el supermercado de alguna manera reviven la sensación agradable al adquirir ESA mayonesa y ninguna otra, allá ellas, que sean felices, quién podría negarles su derecho a ser seducidas como les plazca. Lo asombroso es la lucha a brazo partido de las mujeres que NO se dejan doblegar por la propaganda de Hellman’s, que se ríen de esas amas de casa edulcoradas para la tele, y que básicamente compran la marca más barata o la que más les gusta o la que les viene en gana en ese segundo. ¿Cuál es el problema que podrían tener en contra de las publicidades tradicionales, si no afectan a unas ni a otras?
Se me antoja un poco rebuscado eso de reclamar que las empresas dejen de hablarles a ciertas mujeres que después de todo, y basándonos en los estudios de mercado que perpetúan esas tendencias, deben ser unas cuantas y no parecen estar afligidas por cómo son abordadas por el aparato marketinero.
También me parece superflua la eterna discusión sobre si somos distintos o iguales, si las mujeres pueden o no hacer las mismas tareas que los hombres, si es todo una cuestión biológica o cultural, etc etc. No es por ofender pero me parecen dilemas un poco siomes. Para mí está clarísimo que hombres y mujeres somos muy distintos (a dios gracias), que hay trabajos mejores y peores para ambos géneros, y que lo cultural moldea a lo biológico todo el tiempo, por lo cual reemplazar los postulados ancestrales no es tan simple como proponérselo desde el discurso de moda.
Los semiólogos suelen describir esto con mucha más elegancia, pero está claro que el ser femenino o masculino está implícito en todo lo que hacemos, que es una de nuestras primeras cartas de presentación, que resignifica lo que el mundo recibe de nosotros. Yo en lo personal comienzo a admirar a las mujeres cuando dejan de declamar que lo son; cuando se expresan desde su humanidad, que tiene por supuesto tintes ineludibles de lo femenino. Me encanta que Virginia Woolf sea ante todo una persona que habló, como nadie, de temas primarios e inherentes a la humanidad como la angustia, la futilidad, la soledad, la creación. Me encanta que su capacidad de retratar a una mujer -Mrs. Dalloway- esté a la altura de los mejores retratos femeninos de la literatura que, en mi opinión, fueron hechos por hombres.
Y lo que más me encanta, es que nada de lo que hace un hombre puede ser enteramente imitado por una mujer, y viceversa. Nuestros universos son tan diferentes y complementarios a la vez, que cualquier discusión de género me parece superflua, innecesaria, un refugio para personalidades en eterno conflicto con lo que reciben del entorno.

jueves, 21 de enero de 2010

Cadenas Alimentarias


Desde que soy pequeña, tuve aversión a la carne roja. Para mí, y aún antes de formarme en anatomía y biología, era simplemente un músculo que había sido cocinado. Podía ver y sentir claramente las fibras, los nervios y nodos, en fin, las cosas asquerosas que no querríamos imaginar mientras comemos un bife.
Ya de adolescente me propuse hacer un esfuercito extra y extender mi rechazo a la ingestión de todo tipo de carne. La idea, para ser honesta, de estar masticando algo que había sido en vida un animalito, nunca me dejó del todo indiferente. En mi casa éramos lo que se dice “bicheros” (llegamos a tener patos, sapos y gallinas de mascota), y ese amor no era demasiado compatible con el asadito de los domingos.
Cuando fui madre vi todo el proceso desde el comienzo: cómo un niño al principio ni siquiera sospecha la relación entre la papilla que come y el peluche que representa a un cerdito, y cómo luego comienza a atar cabos pero aparece esa sana negación infantil que hace que haya límites muy precisos para lo que quieren saber. Me acuerdo de que un día le dije a mi hijo de unos dos años que esa noche le cocinaría un “pollito” y él me respondió, muy seriamente, que debía estar equivocándome porque el pollito era alguien que hacía “pío, pío”. Se me hizo un nudo en la garganta cuando le expliqué que éste era otro pollito que iba al horno con papas.
La verdad es que después de muchos años me estabilicé en lo que soy ahora, una ovolactovegetariana que come ocasionalmente pollo y pescado, pero admito que si se inventara un alimento artificial que reemplazara decentemente a estos últimos (no la soja ni el seitán, por favor), me inclinaría por ello sin dudarlo.
Lo malo es que cuando uno habla con la gente que sabe, la cosa empieza a complicarse:
Por un lado, están los geólogos y agrónomos que te explican que de hecho si todos eligiéramos hacernos vegetarianos, estaríamos ante un grave problema de abastecimiento, que la producción del suelo no da para que todos vivamos de él. O sea que habría, después de todo, una razón ecológica de que comamos animales de vez en cuando. Esto de paso sirve para cerrarles un poco la boca a los giles que despotrican contra los “transgénicos”, como si todos en el mundo fueran hippies de clase media que pueden darse el lujo de elegir alimentos orgánicos. Que se expanda la producción alimenticia mediante la tecnología, para muchas sociedades, es una bendición.
Por otro lado, los biólogos que se dedican a estudiar plantas saben hace rato que a ellas tampoco les agrada ser comidas, que poseen mecanismos muy complejos por los cuales tratan de evitar a los depredadores (insectos en su mayoría, pero también animales herbívoros y humanos), e incluso producen mediadores químicos para fines tan nobles como alertar a las plantas vecinas de que deben secretar irritantes anti insectos o atraer depredadores de sus depredadores, por ejemplo, libélulas que se comerán a la molesta langosta.
O sea que las lecciones aprendidas son varias y desconcertantes: aunque estamos depredando constantemente para subsistir, la vida siempre lucha por permanecer; no hay forma viva, primitiva o especializada, que permanezca indiferente ante su propia aniquilación.
Lo triste es que, aunque haya fundamentos para creer que todo es parte de los designios naturales, la culpa (esa construcción tan cultural) a algunos no nos deja de atormentar ni por un instante.

La Teoría de la Relatividad


No es un secreto para nadie que las personas parecemos actuar según a quién tengamos como interlocutor. Esto es válido desde el hecho banal de que intentaremos parecer más interesantes frente a alguien que queremos seducir, hasta la forma en que defendemos a ultranza nuestras ideologías frente a personas que piensan exactamente lo contrario a nosotros.
Lo que sigue lo ilustra:
Parece ser que en mi casa soy de derecha y afuera soy de izquierda. Exageraciones aparte, me ocurre muy a menudo que con los íntimos me permito críticas u observaciones hacia, por ejemplo, el gobierno (con el cual simpatizo), pero afuera me veo en la obligación de defenderlo a capa y espada porque no tolero los argumentos de la oposición recalcitrante.
Esto me conduce, irónicamente, a innumerables conflictos de un lado y del otro.
En casa, mi marido no me deja pasar una y cualquier cosa que yo diga puede ser tildada de “gorila”.
Afuera, casi todo lo que digo me convierte en una chica K, una bolchevique; una zurdita, bah.
Lo gracioso es que a esta dicotomía le llamo yo criterio, objetividad, imparcialidad (aunque nunca sea completa, claro está). No me gusta ser fundamentalista para ningún bando, aunque obviamente si me obligaran tengo muy claro adónde apuntaría. No me gusta sentir que me caso para toda la vida con nadie (políticamente hablando, por supuesto), porque una agachada es una agachada la haga quien la hiciere, y creo que está bueno no perder la inocencia de darnos cuenta de eso.
La paradoja se extiende a otros ámbitos por supuesto: el conflicto de Medio Oriente, la inseguridad, el peronismo, Latinoamérica, el rol de los comunicadores sociales… Casi que parece que todos los temas me pueden dejar parada en polos opuestos según quién me esté juzgando.
Tenía razón Albert: todo es relativo, el observador modifica la realidad.

jueves, 14 de enero de 2010

El Código Rodríguez


Categorías según preferencias musicales y literarias


-Silvio Rodríguez solo: Si es mujer, tarada hippie; seguirá torturando a sus amigos con el Unicornio Azul hasta bien entrados los treinta cuando ya a todos hace rato que les gusta Coldplay. Si es hombre, tiene un trabajo horrible y tendencia a la depresión.
-Silvio Rodríguez + Pablo Milanés: Progre empedernido, algo loser, tiene la casa llena de adornitos mayas.
-Silvio Rodríguez + Castaneda: Si tiene menos de dieciocho, aceptable; si es mayorcito, seguro es un pelotudo importante. Puede tener alguna remera con el Che, aunque la usa sólo cuando lava el auto. Sueña con tener una experiencia con ayahuasca pero no se anima.
-Silvio Rodríguez + Alejandro Sanz: Es comprometido pero, como tantos, tiene un muerto en el placard. Escucha melódicos a escondidas o sólo cuando el entorno “da”.
-Silvio Rodríguez + Peter Capusotto: Se la da de cool pero, entre nosotros, lo de Capusotto sólo es una fachada. No pueden entrar en la misma cabeza dos gustos tan dispares, que Bombita se llame igual no es excusa.
-Silvio Rodríguez + Beatles: Tiene alguna esperanza, no está del todo arruinado. Poco confiable, es medio veleta.
-Silvio Rodríguez + Vivencia: Oldie total. No se debe ver a colores.
-Silvio Rodríguez + Cortázar o Herman Hesse: Pudo haber sido intelectual, pero colecciona duendes de la suerte y señaladores con frases boludas: no tiene arreglo.
-Silvio Rodríguez + Paulo Coelho: Confundido. No sabe qué esperar de la vida. Si le tirás un libro de Sidney Sheldon se pasa de bando.
-Silvio Rodríguez + Stanislavsky: actorcito sensible, tiene una fundación para pinguinos empetrolados o mujeres víctimas de la violencia de género. Escribe con faltas de ortografía y es un poco garca.
-Silvio Rodríguez + Lacan: Psicobolche.

miércoles, 13 de enero de 2010

El aura

Por lo general empieza con algo que lo gatilla, un olor la más de las veces pero puede también ser una melodía; uno ingresa entonces en un plano de percepción totalmente distinto, donde las puertas de la sensorialidad parecen abrirse al máximo. No se imaginen una escena mística. No es nada de eso. Pero sí hay, claramente, un entrar en una sensación de la cual no es fácil salir, porque todo lo que uno comienza a percibir desde ese momento (sonidos, un diálogo, un ladrido, la película que estábamos viendo) parece resignificarse bajo la atmósfera del aura. Con el tiempo uno aprende ciertas técnicas para salir de ese aire enrarecido (cuando es necesario): concentrarse en un detalle de lo que nos rodea, pensar en algún elemento claramente pragmático del presente (por ejemplo, la ropa que hay que lavar o un problema del trabajo), pero aún así a veces es dificilísimo sacudirse las últimas partículas de semisueño, de rareza, de onirismo.
Cuando era adolescente lo llamaba “mi realidad virtual”, aunque por supuesto no sabía bien qué era. Si uno es niño tiende a creer que lo que le ocurre, los insistentes déja-vu por ejemplo, es una clara prueba de que fuimos otros en el pasado y lo que sentimos son reminiscencias de alguna remota encarnación. El neurólogo que me puso en autos al mismo tiempo me desilusionó un poco: mientras me hablaba de crisis comiciales, del uncus del temporal, del aura migrañosa, era un poco como decirme que los Reyes son los padres.
Cuando cumplí veintitantos y ya las cefaleas me partían al medio el neurólogo especialista en migrañas me propuso comenzar un tratamiento profiláctico, es decir, un fármaco a tomar en forma diaria para prevenir las crisis migrañosas. Como hacen tantos epilépticos que se rehúsan a perder sus auras, por supuesto me negué. Es que no podía vivir sin las mías. No imaginaba vivir en un mundo sin imágenes caleidoscópicas, fractálicas, sin los bellísimos estampados de flores que veo claramente al cerrar los ojos cuando me está por venir una jaqueca antológica.
Los migrañosos y epilépticos somos una cofradía que entiende muy bien el raro privilegio que nos tocó: atisbar por un ratito la singularidad sabiendo que luego se caerá en un espantoso dolor o una convulsión incapacitante.
Con los treinta, debo decir, las cefaleas (y con ellas sus auras) fueron mermando. Hoy soy sólo una ordinaria jaquecosa ocasional que lo soluciona muy fácilmente con dosis ortodoxas de Migral. La edad tormentosa pasó, la era surrealista se fue; parece que uno se aburguesara, también, en la forma de sufrir.

martes, 12 de enero de 2010

Recursos Humanos

Los que trabajamos en el seno de una compañía más o menos organizada, tenemos que vérnoslas a diario con una especie tan inútil como peligrosa: los licenciados en recursos humanos.
No se sabe bien cómo, la cosa devino en que desde hace unos años cualquier empresa que se precie tiene que tener un departamento de borregos graduados en una carrera corta pero que, paradójicamente, pueden decidir el destino laboral de respetables profesionales y técnicos.
La primera tortura se le impone a uno al querer ingresar a una de estas compañías: la mayoría de las veces, antes de poder sentarse frente a alguien en capacidad de juzgar nuestras habilidades profesionales, hay que superar una entrevista con alguno de los energúmenos de RRHH, quien casi invariablemente nos desafiará con consignas tan bobas como decir qué queremos ser dentro de cinco años, nombrar un defecto y una virtud propios, o contar una situación difícil que hayamos vivido en lo laboral. La lista es tan previsible que podríamos sacar las respuestas de un capítulo de Seinfeld y salir de lo más airosos. Lo peor de los RRHH es que siempre, aunque te hagan las preguntas más espantosas o te subestimen como cerdos, llevan pegada una sonrisa kolynos que hace que las ganas de pegarles un bife sea casi irrefrenable. Lo increíble es que la mueca no se les va ni siquiera cuando tienen que despedir a alguien o anunciarle que no verá un aumento en los próximos quince años.
Una vez sorteada la “etapa de selección” (así le llaman al caprichoso proceso por el cual eligen el aspirante que les cayó más simpático o les pareció que dará menos problemas a la empresa), los tormentos continúan porque casi todo lo que uno hace o deja de hacer en su trabajo está regulado por las ideas geniales de estos publicitarios frustrados. Me los imagino en sus sesiones de brainstorming, pensando la mejor forma de anunciarles a los empleados que a partir de ahora el festejo de fin de año, por recortes presupuestarios, será reemplazado por una merienda autogestionada en la plaza de la esquina. Seguramente, ellos lo convertirán en un alegre anuncio elogiando las bondades de comer un sándwich de mortadela al aire libre o la importancia de colaborar con los que no pueden pagarse el refrigerio solitos.
Los RRHH encuentran su máximo canal de expresión en el e-mail, probablemente porque mediante esta vía pueden dar rienda suelta a su necesidad de llenarlo todo con caritas felices, matecitos, e-guirnaldas y signos de admiración. Todo aviso parroquial, por ejemplo que hay que renovar el formulario de ganancias, va acompañado de emoticones y letras de colores que, se supone, colaboran en hacernos el día mucho más feliz. Lo que ocurre en realidad es que los RRHH son todos, pero todos, adultos bastante pavotes que le encontraron la vuelta a poder seguir actuando como nenes el resto de sus vidas. Se excitan terriblemente cuando la consigna es decorar, recordar cumpleaños u organizar el amigo invisible de la oficina.
Aunque pudiera colegirse lo contrario, los RRHH no son para nada solidarios con los movimientos trabajadores; ellos sólo conciben al empleado como un ente individualista que cuando se agrupa en más de dos se convierte en un agitador peligroso que hay que remover de la empresa. En la facultad por correspondencia que les da el diploma les enseñan, seguramente, todas esas huevadas relativas a que una persona que es autosuficiente no necesita organizarse para exigir sus derechos, etc, etc. También les deben enseñar a estos cabecitas frescas, a juzgar por su conducta genuflexa, que los jefes son siempre personas amigables y bonachonas que buscan nuestra felicidad regalándonos luncheon tickets y beneficios exclusivos. Ellos, cual arcángeles ungidos, son encargados de comunicar las bendiciones papales de turno. Se sienten en la cima de la dádiva cuando anuncian (por e-mail, por supuesto) que la empresa ha decidido, en un esfuerzo económico sin precedentes, otorgar a sus colaboradores un descuento del 5% los jueves impares en el supermercado Nine de Castelar (que no incluye bodegas Chandon). Los RRHH suelen comentar entre ellos, como si se susurraran un secreto divino, lo lindo que es tener un trabajo donde siempre se dan buenas noticias y se ayuda al crecimiento de las personas. Si hasta parece que cuando reparten los sobres con los recibos de sueldo, se creyeran un poquito que son ellos los que nos están pagando…
Los RRHH suelen trabajar en dulce montón con sus principales cómplices, los psicólogos laborales. Estos sujetos, expulsados del circuito de la asistencia de salud, terminan vaya a saber cómo trabajando para empresas que los convencen de que ellos solitos podrán definir el perfil psicológico de los postulantes. En realidad es como la ambulancia para los médicos (o sea, el trabajo que nadie quiere y que queda para los mediocres que aprobaron con cuatro), pero ellos, fingiendo encanto con su trabajo detectivesco, nos abruman con su batería de tests pseudocientíficos, los cuales, de nuevo, son de respuesta obvia y remanida cuando ya se hicieron más de una vez. Mi teoría es que, salvo que en las manchas uno insista en ver testículos o tipos matando viejas, la cosa está más o menos zanjada. Los “informes” que preparan luego de estos psicotécnicos contienen insensateces que siempre deschavan nuestras pulsiones anales o nuestros deseos ocultos de serruchar a un abuelo, por lo cual nadie en su sano juicio pide leerlos una vez que superó el trance. Estos perfiles que elaboran, la más de las veces son absolutamente compatibles con el puesto al que se aspira, por lo cual uno tiene que concluir que a estos enfermos les gusta escribir chanchadas sobre las personas que no conocen, just for fun.
RRHHs y psicólogos laborales están en el mundo para limar las singularidades, elegir al más estándar y tratar de descartar la originalidad que pueda cuestionar al status quo. Fueron entrenados para privilegiar a los no problemáticos y hacer encajar a las personas en los tres o cuatro moldecitos que les enseñaron en sus días de estudiante. Los aterroriza la idea de la innovación a pesar de que se llenan de frases modernas y efectivas como “motivación situacional” o “pensamiento lateral”. Por eso, la mejor estrategia con ellos es tratar de parecer siempre un poquito más estúpido de lo que se es en realidad, celebrarles las frases cursis y hacer todo lo que esperan de uno: no mirar para abajo, no mirar para arriba, no rascarse la nariz mientras se responde, no titubear pero tampoco responder muy rápido; en definitiva, no ser nunca espontáneos. De esa manera aumentamos las chances de pasar a la etapa siguiente donde sí nos entrevistará, con toda probabilidad, un homo sapiens.

domingo, 10 de enero de 2010

Mr. Músculo Anti Negro


Hace unos días les di duro a los progre. Lo reconozco: les tengo cariño, admito que si no fuera por las paparruchadas que hacen para convencernos de que son especiales, probablemente concordaría con gran parte de sus ideas.
Ahora, los que están del otro lado de la línea divisoria, los anti-negro, esos sí que definitivamente merecen algún tipo de tortura sofisticada que todavía no termino de elucubrar.
Llamo anti-negro al miembro de clase media (puede ser tirando a alta o baja, increíblemente da lo mismo), que siente escozor, rechazo, terror y desasosiego frente a cualquier cosa que le parezca popular o relacionada con los estratos socioeconómicos más bajos. Aún más, ni siquiera sé si realmente eso es lo que sienten o lo que necesitan vocear para dejar bien en claro que no forman parte de la negrada.
Son los que dicen frases del estilo “pobre pero honrado” (haciendo alusión, casi siempre, a una empleada doméstica que tuvieron y que pese a haberse criado en una familia de nueve personas donde comían día por medio, nunca salió a robar sino que trabajó como una burra para ellos desde los catorce años, lo cual les permite colegir inmediatamente que los pobres que son ladrones es porque quieren). O sea, algunos anti-negro funcionan como los nazis que tienen un amigo judío. También les produce una irritación tremenda todo lo que tenga que ver con sindicatos y gremios, menos por supuesto cuando les toca ir a buscar la canasta de Navidad de la oficina: ahí se las apañan para besarse con el delegado y hasta sacarse una foto con algún que otro morocho.
La mayoría de estas personas anti-negro se hacen devotos o detractores de políticos, cantantes, deportistas y astrólogos según les parezca que éstos tienen olor a negro o no. Por ejemplo, todo lo que hace el matrimonio Kirchner, desde abrazarse con Chávez hasta usar carteras Louis Vuitton, inexplicablemente es de negros. En cambio, Macri sí que les huele a limpio y a tipo que, en su imaginario, los puede ayudar a dar el saltito definitivo a una clase superior. Entonces suelen apoyarlo incondicionalmente o, al menos, abstenerse de opinar cuando sus mocos son abiertamente bochornosos.
Con lo del campo, los anti-negro salieron a desfilar con sus mejores galas porque sintieron que podían expresarse bajo un consenso casi ilimitado. Estaban en éxtasis, fueron sus días de gloria. Imagínense que durante esas semanas pudieron asomar de sus agujeros a decirle a cualquiera las cosas que normalmente sonaban un poquito políticamente incorrectas y sólo se decían entre casa con los fideos de los domingos. Que este gobierno quiere sacarle a los que trabajan de verdad para repartirle a los negros vagos, que queremos parecernos a Bolivia y no a Suiza, etc etc. Circularon mails, con gráficos de columnas incluidos, mostrándonos a todos cuán vandálico era pedirle a los estancieros que largaran un poco la torta. Las palabras “retenciones” y “mesa de enlace” fueron repetidas como un mantra por imbéciles que no saben ni dividir por dos, pero sintieron que de alguna manera había que tomar partido y no estaba bueno quedar del otro lado de las 4x4 y las señoras paquetas que salían por la tele al lado de Biolcatti.
Ahora, con la inseguridad (a Sandro, pobre, además de unas cuantas alegrías musicales le debemos también que por unos días no haya habido inseguridad en el conurbano), hay un nuevo campo fértil para que todo se pueda decir sin costo político. Cualquier taxista ignorante piensa ahora que está un poquito más justificado pasarle con el auto por encima al trapito que le rompe las bolas, total la pueblada no se le va a venir encima precisamente a él.
Lo curioso, lo inadmisible, es que este fenómeno como dije antes atraviesa incluso aquellas clases que debieran sentirse más cercanas a lo popular que a la crema patricia de nuestro país. Es, como dijo una vez mi marido con respecto al racismo increíble que vio entre los mexicanos, el marrón discriminando al negro. Me parece que los ricos que son groseramente ricos ni se calientan por estas cosas que a los medio pelo los tiene tan preocupados. Y es de no creer. Me produce la misma perplejidad que cuando veo a algún neonazi local que, con sus rasgos claramente mestizos, se tatúa esvásticas y reivindica al Tercer Reich. Es como que me muero de ganas de salir a aclararle que si Hitler hubiera seguido con lo suyo, los pibes como él tampoco hubieran tenido mucha chance de ser incluidos entre los de la raza privilegiada. Pero después me digo que no tiene sentido (además de que probablemente me ganaría una piña bien puesta); no se puede contra la pulsión de los humanos por ser algo que no se es o, en términos más académicos, querer cagar más alto que el culo.

Enigmas Médicos


Hay un fantasma que recorre Argentina: el del opinador en materia médica.
No es, como podría inferirse, médico; ni siquiera, la más de las veces, tiene formación biológica alguna. Es que el opinador médico es siempre un ciudadano bastante comunardo –algunos con más saña y bruteza puesta al servicio de la opinión salame, otros con menos-, y hasta me inclinaría a pensar que cuanto menor es el conocimiento, mayores las ganas de verter burradas por todos los orificios para la consideración del prójimo.
Pocas ramas de la ciencia deben haberse visto tan azotadas por este flagelo como la medicina. Digamos que si uno eligió ser abogado, arquitecto o economista, está bastante a resguardo de las salvajadas de los opinadores de turno. Rara vez vemos a un lego explicarle a un ingeniero la mejor forma de hacer un puente, o a un filósofo la verdadera implicancia del espíritu del mundo según Hegel.
Sin embargo, los que somos médicos nos vemos atormentados muy seguido por charlatanes que, sin pudor alguno, nos discuten, informan, esclarecen y asesoran sobre temas que se supone manejamos un poquito mejor que ellos, dada la respetable cantidad de años que pasamos quemándonos las pestañas al respecto. La fuente de tan lúcidas aseveraciones es, por lo general, alguna columna de la revista Para Ti, un mail que anda circulando, lo que escuchó el lego en “el noticioso” o, indudablemente la estrella de la evidencia científica, lo que le pasó a un amigo o entenado.
El mecanismo por lo general es así: ávido de comunicar su sapiencia, el opinador médico comienza sacando el tema disimuladamente, como al azar; es decir, la mayoría de las veces preguntándonos con aire inocente nuestra opinión sobre un tema médico X. Cuando nos avenimos a explicarles lo que sabemos del tema (no suele ser mucho, pero al menos lo poquito que podemos decir tiene cierto aval, digamos, académico), el opinador aprovecha para ilustrarnos con la verdad de la milanesa, que por lo general es una iluminación genial que desbarata todo lo que el corpus galeno da por verdadero. Al opinador médico le encanta discutir. Es capaz de pasarse una semana googleando para encontrar ESE caso raro y especial que desmiente lo que la casuística mundial ha establecido. Muy a menudo, otorga más valor a lo que dicen curanderos, kinesiólogos y parteras que a lo que dicen los médicos. Se le juegan cuestiones de índole muy personal a la hora de argumentar; cuando da el brazo a torcer sólo es una tregua que ya tendrá ocasión de romper al grito de “¡Mucha facultad, mucha facultad pero tenía razón yo!”
La verdad es que no sé cómo logramos que una ciencia de considerable complejidad como es la medicina, esté en boca de cualquier pavo que lanza postulados científicos sin ponerse colorado. No sé cómo te hablan tan frescos del infarto cuando la mayoría no sabe ni siquiera cómo funciona la circulación de la sangre. ¿No se nos habrá ido la mano con lo de la divulgación científica? ¿No nos habrán enterrado tantos Zin, Cormillot, Socolinsky y otros que pretendieron poner en el soberano la llave del conocimiento sagrado que Hipócrates nos legó casi al oído?
Puede ser.
Voto por volver al oscurantismo total, sólo por verme librada de los opinadores que me rodean e insisten en enseñarme las cositas que, por algún motivo, creen que no terminé de entender en mis días de facultad.

sábado, 9 de enero de 2010

Anfitrión


En el mundo hay malos y buenos anfitriones. Me atrevería a decir que es casi imposible, incluso tras una vida de esfuerzos y buenas intenciones, pasar de una categoría a otra. Es innato, es como ser diestro o zurdo. Conozco gente muy buena y voluntariosa que sin embargo hace de sus agasajos una experiencia espantosa para quien los padece.
En general los buenos anfitriones tienen el don natural de preparar cualquier escena para la llegada de un invitado. Es la típica persona a la cual le caen dos amigos de sorpresa y con lo que tiene en la heladera les arma un buffet froid. Llena en un minuto la mesa de comida y siempre, pero siempre, hay de más. El buen anfitrión espera con placer el momento de la llegada de los amigos; es más, suele ser bastante ansioso y tener todo listo con mucho tiempo de anticipación. En honor a la verdad, y porque me considero de este grupo, también hay que decir que muchos buenos anfitriones nos calentamos terriblemente cuando los invitados llegan tarde y podemos ser muy cabrones si algo sale distinto a lo planeado. Pero la idea, lo digo en descargo mío y del gremio, es que quien viene pase un buen momento y nada lo arruine.
El mal anfitrión, en cambio, casi siempre te espera con cosas recalentadas, e invariablemente le falta un ingrediente esencial que tiene que salir corriendo a comprar para que su pollo al horno no sea rápidamente reemplazado por una mala pizza de delivery.
Sin embargo, lo que más me enerva de los malos anfitriones no es la fatal experiencia culinaria a la cual por lo general te someten. Para eso hay una solución que es ir ya comido y argüir que uno está a dieta o con enterocolitis fulminante.
Lo que sí me saca de quicio y me da unos deseos enormes de borrarme del lugar del crimen, es el hecho de que el mal anfitrión, aún sin proponérselo, casi siempre te hace sentir que sos una molestia en su propio ágape. No importa si te invitó con dos meses de anticipación, si confirmaste que ibas, si te insistió amablemente para que lo hicieras: cuando llegás, el mal anfitrión y su familia aún no están listos para recibir decentemente a un ser humano, o en ocasiones ni siquiera llegaron a su casa y los tenés que esperar en el palier con el vinito que trajiste en la mano, o -si tenés más suerte- adentro, rodeado de personas que no conocés pero tuvieron la amabilidad de hacerte pasar para que no te congeles en la calle. Cuando finalmente llega, el mal anfitrión, lejos de disculparse o demostrarte que intentará enmendar la situación al instante, comienza a quejarse del día de perros que tuvo y de que todavía le falta ducharse, cambiarse, bañar a los chicos, preparar la comida con la cual aparentemente te va a agasajar, y, por fin, sentarse tranquilo a tomar una copa de vino. Generalmente uno termina sintiéndose fuera de lugar, sentadito en el borde de una silla (mientras el mal anfitrión pasa semidesnudo con la toalla en la cabeza), obligado moralmente a colaborar con las cosas que se supone debían esperarte hechas, y culpable por tener hambre a las once de la noche.
Como a esta altura ya nadie se atrevería a pedir a este atribulado ser la excelencia en los servicios prestados, y para evitarle la enorme carga de limpiar después, se termina comiendo cual tribu de caníbales, compartiendo tres platitos entre doce, disputando al prójimo la posesión de un tenedor, o tratando de comer con algo de decoro la torta que sirvieron en servilletas y que claramente va en un plato. Abundan las frases del estilo “Dejá, nos arreglamos así” o “Con esto está perfecto”, cuando en el fondo de tu alma lo querrías matar no sin antes mandarlo a hacer un curso acelerado de la condesa de Chikoff. Con la experiencia uno aprende que en casa del mal anfitrión, hay que devorar todo lo que cae en tu área de la mesa, porque nunca se sabe si es lo último que van a repartir en toda la velada. No es recomendable hacerse el comedido. Las reglas de protocolo no te conducen a ninguna parte, porque el mal anfitrión carece de la preocupación de que cada uno reciba una ración lógica y mínima de comida, y eso hace que sea el mismo invitado quien esté a cargo de su propia subsistencia. Es un poco como la ley de la selva.
Recién cuando uno está empezando a sentir que su estómago recibió algo de alimento y ya se puede iniciar alguna conversación cortés (por lo general interrumpida constantemente por los niños anfitrionitos, quienes copan la escena y hacen berrinche), es ahí entonces cuando los malos anfitriones empiezan con el numerito de los bostezos y el taza, taza, cada uno para su casa. Increíblemente, termina pareciendo de mala educación no pararse a levantar la mesa, ayudar a lavar, y huir avergonzado como si el desubicado fuera uno.
La pregunta obvia es, por supuesto, ¿para qué carajo te invitan? ¿Por qué no se quedan tan tranquilos mirando una película y comiendo pizza fría? Probablemente la respuesta sea que en el fondo de sus insondables cabecitas, los malos anfitriones disfrutan estos momentos y se sorprenderían muchísimo de saber que uno no. Quizás es por eso que se ofenden tanto cuando declinás una invitación arguyendo que tenés un bar mitzvá en Baradero o una indisposición de último minuto. No lo entienden. No pueden creer que haya gente a la cual no le parezca re divertido improvisar, “salir de la rutina” y pasar siempre un poquito de hambre.


(Este post, por razones prácticas, sale bastante después de su creación para evitar herir susceptibilidades anfitrioniles)

martes, 5 de enero de 2010

El Pasado (y no de Alan Pauls)

En contra de quienes piensan que ahora es Facebook la fuente de todo reencuentro con el pasado, a mí el pasado me encara todo el tiempo en los lugares más caprichosos.
Hoy, por ejemplo, frente a la vidriera de Ferraro mientras decidía si compraba un par de sandalias divinas. En eso andaba cuando me aborda un hombre de unos cuarenta y cinco años, y al “Disculpame” pensé inmediatamente que se trataba de un intento de levante, o un loco que me iba a lanzar una profecía… es que nada en mi actitud, absorta como estaba en la contemplación de los zapatos, invitaba a preguntar por una calle o la parada de un colectivo.

-¿Sos Carolina?, me dice el hombre
-…Sí… (saliendo del sueño zapateril, sacándome los auriculares del MP3)
-¿No sabés quién soy?
-…
-Mirame bien
-…
-Soy tu hermano, me dice

Y explotó la caja de los recuerdos. Mi medio hermano Pablo, mitad leyenda, mitad sueño, que no podía ser ese hombre de cuarenta y tantos si en mi recuerdo era, todavía y siempre, un adolescente.
Charlamos, claro. Hubo inmediata empatía; decidí en una décima de segundo que pese a los secretos familiares y las intrigas y el desconocimiento no actuaría con recelo ni especularía ni trataría de mostrarle los dientes para no ser lastimada. Simplemente le hablé. Le dije que ya no me sorprendía que retazos de mi historia aparecieran así, de la nada, cuando ya no los esperaba, que ramas y ramas de mi árbol genealógico anduvieran por ahí al acecho para siempre sorprenderme un poco más.

-¿Pero vos no vivías en el sur?

Lo último que yo había sabido de él, era que se había enamorado de una chica que no era lo que mi padre soñaba para él, y que peleadísimo se había ido a vivir al sur. Sin embargo, vive en San Luis, y es profesor de tenis, y tiene una hija que según sus palabras es más alta que yo.

-Vos escribís, me dice

Le digo que eso es sólo una parte de mí que conoce quien me googlea, pero que soy médica, madre, esposa, que tengo otra vida que no puede ser rastreable por internet.
Y mientras hablamos, y nos intercambiamos teléfonos que probablemente nunca vayamos a usar, yo no paro de mirarlo y pensar que es imposible, que este hombre algo ajado por los años no puede ser mi medio hermano Pablo, el que tenía un amigo italiano (Octavio) que era la perdición de las chicas, el que un día juntó unas monedas para llevarnos al Italpark, el que siguió teniendo siempre una habitación en cada casa que habitábamos (“la pieza de Pablo”) pese a que era poco probable que volviera a ocuparla alguna vez.
Me acordé de una parte de “Before Sunrise”, donde Celine le muestra a Jesse su tumba preferida en el cementerio de Viena (la tumba de una niña muerta hacía siglos, que ella solía visitar cuando era chica) y en ese momento descubre que ahora ella ya no tiene la misma edad que la niña muerta, que ésta siempre tendrá nueve años mientras Celine seguirá creciendo. Así era Pablo para mí, cristalizado en sus dieciocho o diecinueve, hasta que volvió a mi vida para mostrarme que el tiempo también pasó para él.

-No soy fisonomista, le dije, disfrazando mi desconcierto. Pero todo ya estaba bastante dicho entre nosotros.