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viernes, 23 de diciembre de 2016

El Gen Egoísta

Ayer estuve en un entierro, el del padre de un amigo.
Los entierros son situaciones muy crudas: nos exponen a la reacción humana ante la muerte, ante la parte física de la muerte sobre todo; después vendrán la reflexión, la soledad, la nostalgia, pero en ese momento lo que nos desgarra es un cuerpo bajando a la tierra, separándose definitivamente de la cotidianidad que nos unía a él, convirtiéndose en ese polvo al que tanto tememos desde los albores de la humanidad.
Me pregunté: ¿por qué tememos tanto a la muerte? ¿Por qué es tan difícil hablar de ella, aceptarla, enfrentarla como una parte más del ciclo vital, probablemente la más segura e inevitable de todas? No todos daremos a luz, no todos envejeceremos, ni siquiera todos enfermaremos, pero indudablemente todos vamos a morir. Millones mueren todos los días en el mismo mundo que habitamos, y lo cotidiano del asunto no hace que pierda ni un poco de su carácter temible e innombrable.
Existe una razón evolutiva: todos los seres vivos, desde un mamífero a una espora, nacen programados para evitar su propia muerte. El miedo instintivo a la muerte, que incluso sienten quienes han tomado la determinación de morir, es sólo un componente psicológico de este programa. Sin él, sería imposible crear el escenario para la longevidad de las especies. Si los seres vivos se dejasen matar o invadir por gérmenes o incluso, si pusieran fin a sus vidas como hecho común, no podría pensarse en una especie robusta con chances de reinar en la tierra.
Y la segunda pregunta, entonces, es ¿por qué debemos morir? La respuesta la da, nuevamente, la evolución. Tenemos que morir para que la especie siga robusteciéndose, mejorando desde el punto de vista biológico, y eso no es posible en el lapso de tiempo intra-individuo sino con la acumulación de cambios genéticos, adaptaciones y selecciones naturales que sólo suceden a una escala generacional. La naturaleza produce cambios a un ritmo que resulta sorprendentemente lento para la medida de la vida humana. No veremos la desaparición de nuestro dedo pequeño del pie, un rudimento totalmente innecesario para la vida bípeda, sino que la verán nuestros descendientes, dentro de muchas generaciones. Y lo mismo le ocurre a las bacterias, a los árboles y los helechos.
Ahora entendemos que nacimos programados para evitar la muerte, y que eso responde a la necesidad de dar lugar a mejoras en nuestra estirpe, pero entonces, ¿por qué nos duele tanto la muerte ajena, por qué nos apegamos tanto a algunos congéneres? ¿Será cierto eso de que el amor no es sino un mecanismo más para perpetuar la especie? Algo de eso debe haber, sin ánimo de despreciar el costado espiritual del asunto. Somos animales gregarios, nos sentimos mejor estando acompañados, existe un instinto que nos lleva a proteger a nuestra descendencia hasta que es capaz de valerse por sí misma, incluso formamos parejas –en la mayoría de los casos- que duren el tiempo suficiente para acompañar juntos las primeras etapas de ese cachorro que no podría subsistir sin el auxilio de los adultos. Todo suena, una vez más, al llamado del ADN que no puede permitirse pérdidas indiscriminadas en su linaje. Richard Dawkins, acertadamente, lo llamó “el gen egoísta”.
Puede no ser muy gratificante para nuestro espíritu narcisista pero, en efecto, parecería que el individuo debe sacrificarse a la comunidad, evolutivamente hablando.
Hace muchos años, cuando trabajaba en una biblioteca, una de mis lectoras regulares que llamaremos Eleonora y estaba cursando las últimas semanas de su embarazo, perdió a su padre luego de una larga enfermedad terminal. La esperanza de Eleonora era que su padre pudiera llegar a conocer a su nieto, y que eso no sucediera la había devastado hasta tal punto que no le era posible conectar emocionalmente con su bebé.
Un día, Elenora vino muy conmovida a la biblioteca y me contó que su padre se le había aparecido en sueños, con una frase críptica: “Lo importante no es el eslabón, sino la cadena”. Ese sueño de alguna manera la había aliviado; lo interpretaba como una metáfora de que no éramos tan importantes como individuos sino como piezas de un linaje que en su caso continuaba con ese niño por nacer.
Algunos años más tarde, Eleonora descubrió por azar esa misma frase –o una muy parecida- en algún versículo de la Torá, y todo terminó de tener sentido para ella.
Sin ser religiosa, creo que quien inscribió esa metáfora en la Torá, hace miles de años, conocía muy bien algunos de los secretos de este intrincado universo: que hay un legado (hoy lo llamaríamos genoma) que se transmite de padres a hijos como un testigo, y que cada uno de nosotros como ente individual resulta menos importante que la cadena que vamos formando con cada generación.
Nada de esto hace que la muerte duela menos. Sea un mecanismo biológico o no, el duelo es el trance más doloroso de nuestras vidas, porque significa una despedida y a la vez un reflejo de lo mismo que nos espera a todos nosotros, ese fin del que nada sabemos y al que todos caminamos sin pausa. Es cierto eso de que estamos muriendo desde el día que nacimos.
La última pregunta, de la cual personalmente tengo la respuesta hace tiempo, es si vale la pena transitar el “valle de lágrimas”, esta vida trágica según la veía Unamuno, por esa sola chispa de mutua compañía que nos hacemos por un breve momento del espacio.

Somos el hardware ciego de un programa mucho más sabio que nosotros, y, paradójicamente, somos quienes hacemos todas las preguntas.

viernes, 9 de octubre de 2015

El primer perro

Los lobos jamás han sido muy amigos de otras tribus, pero hace alrededor de 30.000 años, un ejemplar más intrépido que el promedio se aventuró a olisquear de cerca los restos de algún festín olvidado de los hombres.

Los hombres de entonces no eran lo que son ahora. Eran, algunos de ellos, neandertales aún, y no se parecían demasiado a nosotros. Otros, en cambio, eran los primeros hombres de Cromañón, nuestros antepasados más directos, los que improvisaron herramientas y aprendieron  a formar pequeñas colonias y establecerse de a poco en la tierra gracias a la agricultura.
Todo indica que fueron estos últimos quienes dedujeron que era beneficioso valerse de algunas de las características de sus clásicos enemigos lupinos: éstos eran guardianes, poseían oído y olfato exquisitos, y un arraigado sentido gregario que los hacía proteger con su vida a la manada y las crías.
Estos primeros lobos confianzudos, fueron los que descubrieron a su vez que era conveniente no ser depredados por los hombres, y por el contrario aprovechar los restos de sus manjares: que los humanos cazaran por ellos y los hicieran parte de su familia a cambio de algo de amistad y protección.
Así, algunos lobos menos salvajes aprendieron de a poco a aproximarse, comer de la mano del hombre, permanecer a su lado y darle aviso sobre otros depredadores.
Con el tiempo, los hombres descubrieron que si sacrificaban a las crías que menos se ajustaban a sus necesidades, y en cambio criaban y protegían a los más dóciles y hermosos, las nuevas camadas se parecerían cada vez más al “lobo ideal”, que en definitiva configuraba el prototipo del perro doméstico.
Dice Neil DeGrasse Tyson que todas y cada una de las razas adorables de perros que hoy conocemos y amamos desciende de esa sastrería fina que hicieron nuestros ancestros, al elegir y prohijar los ejemplares de su agrado en desmedro de los que más pugnaban por su ser primordial. A esto se lo conoce como “selección artificial”, en contraposición con la selección natural que describió Darwin y que aún hoy es conocida erróneamente por muchos como “la supervivencia del más apto”.
Cada vez que un niño se hace la pregunta primigenia, lógica, de por qué todo es cómo es, por qué “hay” donde pudo “no haber nada”, por qué los organismos vivos parecen diseñados tan a la perfección para cumplir con su cometido biológico, es sensato responderles, con la misma simplicidad, que eso es precisamente lo que hace la naturaleza cuando tiene mil millones de años para ensayar, equivocarse, seleccionar y volver a intentarlo. Y que es por eso precisamente que todo lo que vive debe morir: para permitir a la especie mejorar, corregir sus propios errores, es pos del fin último que no es, paradójicamente, que perviva el bien individual sino el colectivo.
Nuestros perros de hoy, paradigma de la docilidad y la amistad incondicional, son los hijos del lobo feroz, y no son como son porque lo hayan preferido sino porque los hemos diseñado. Los hemos instado a dar la espalda a sus semejantes, a darnos abrigo, pastorear nuestro ganado y sacrificarse a la hora de defendernos de un peligro. Les enseñamos a aceptar todo lo que viniera de nuestra mano como una dádiva: alimento, caricias, compañía, pero también indiferencia y maltrato.
Tan perfecto fue nuestro trabajo, que el perro parece ser el único animal capaz de sentir, cada vez que ve a su amo, el mismo “enamoramiento” inicial que para nosotros es extraordinario y escasamente reservado a unos pocos semejantes.
Sin embargo, como llevamos solamente unos pocos miles de años de historia común, aún es posible ver destellos de ese lobo que aún fueron incluso los caniches y los labradores.
Algunos, cuando creen que no los vemos, aúllan a la luna y preparan cuevas imaginarias sobre el césped de nuestros parques o las baldosas de nuestros departamentos. Otros nos pelean un poquito, aunque más no sea a través del juego, el rol de macho alfa, para luego cedérnoslo de por vida.

Nosotros, ¿hemos cambiado tanto desde esos seres prehistóricos que no conocían el bronce? ¿Qué fuerzas imperceptibles para nosotros nos siguen diseñando, seleccionando, y en qué dirección? ¿Qué fue lo que signó nuestro destino cuando salimos de las cuevas, bajamos de los árboles, miramos hacia el cielo y fuimos capaces de comprender nuestra propia pequeñez en contraposición con la bóveda llena de estrellas?

jueves, 27 de febrero de 2014

Copenhage-London

Los primeros minutos del vuelo, él trata de ser cordial pero yo, habiendo perdido la habilidad de socializar demasiado con extraños en los viajes, respondo con monosílabos. La realidad es que la primera media hora de viaje ni siquiera reparo demasiado en este hombre que decidió apoyar en el asiento entre nosotros, libre, su chocolate Toblerone y su libro. En otros tiempos me hubiera desvivido por vislumbrar qué libro leía, porque me apasionaba entrarle a la gente (o que la gente me entrara a mí) por medio de la literatura.
La conversación se inicia porque yo expreso a la azafata mi preocupación de perder la conexión de Heathrow a Buenos Aires; él vive en Gran Bretaña y me llena de seguridad explicándome que arribamos a la Terminal 5 y desde allí tengo un corto camino hasta mi puerta de embarque.
¿De qué cosas, entonces, puede enterarse uno sobre un extraño en una charla de vuelo doméstico?
1) Él es un editor sueco de unos 40 años; vive hace muchos años en las afueras de Londres y tiene un acento casi indistinguible. Tiene una pequeña hija de 10 meses llamada Matilda (minutos antes de despegar yo había oído que se despedía de alguien por teléfono, diciéndole que la amaba; a todas luces, la madre de Matilda)
2) Parece ser que dejó pasar la gran oportunidad de editar a Stieg Larsson, y eso lo descubro porque nos embarcamos en una conversación sobre los escritores suecos de novelas policiales, de quienes ambos preferimos indudablemente a Henning Mankell.
3) Viene de enterrar a su madre. A pesar de que sonríe todo el tiempo y es muy cordial, cuando lo menciona sus ojos se llenan de lágrimas. Le digo que lo siento, pregunto las cosas obligadas acerca del suceso.
4) Está convencido de que los suecos no han podido ser más imperialistas porque no los han dejado, y dice que siempre que alude al conflicto con sus amigos británicos, llama “Malvinas” a las islas. Y que Noruega ha ido reemplazando a Suecia en esa concepción de país desarrollado y progresista.
5) Me confiesa con algo de vergüenza que lo único que conoce de la literatura sudamericana es el realismo mágico. Y justo se cruzó conmigo, que un poco lo detesto. Le hablo de Borges, de quien no sabía que fue catedrático en lenguas anglosajonas. Promete que lo va a leer.
6) Le gustaba mucho ir a un restaurante argentino en Edgware Road, pero desde que Tévez se hizo conocido, hay que reservar mesa, y eso de alguna manera le quitó la magia.
7) Sin embargo, nuestra charla más interesante se da a partir de la aparente vena melancólica de los escandinavos, que ambos coincidimos en adjudicar en gran parte a ese clima lunar, de las noches y los días interminables. Me cuenta cómo algunos suecos van a exponerse a enormes lámparas de rayos UV sólo para atemperar su depresión, y me da una inmensa tristeza imaginarme a esas personas que se ponen bajo la cama solar sólo para sentirse menos desdichadas. Hay algo animal en esa idea, pero algo futurista también. Yo le digo que prefiero los pueblos melancólicos a los intrínsecamente “alegres”, y ambos dudamos de que en Brasil todo el año sea carnaval. El menciona una pintura de August Strindberg que no conozco, y que según él ilustra a la perfección esta tendencia sueca a ver el lado crepuscular de las cosas: es una escena en un claro de un bosque, parcialmente soleada, y a priori agradable, que Strindberg elige titular “Desesperación”. Nos reímos los dos a carcajadas.
8) Cuando le digo que sí leí a Strindberg, que amo a la Señorita Julia, me dice “You are very learned!” Y hacía mucho que nadie lo decía, ni que yo me sentía orgullosa al respecto.
Recién nos decimos nuestros nombres cuando es tiempo de separarnos en el aeropuerto, y nos damos la mano, agradecidos porque a veces, algo de esas horas muertas que uno pasa en aeropuertos, filas y aviones puede llenarse con literatura, hechos interesantes, curiosidad por conocer a alguien tan distinto a uno.
Se llama Stefan, y es altamente improbable que nos volvamos a cruzar alguna vez.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Facebook o cómo banalizar la discusión sobre el aborto



Otra pancarta sobre los “cuerpos de las mujeres” en Facebook y van…
Sé que me meto en arenas movedizas, sé que algunos temas han sido catalogados por el colectivo como “complejos”, “eternos”, y por ende intratables, pero sin embargo, cuánto ganaríamos tratándolos, polemizando sin las pasiones que suelen enceguecernos, reflexionando.
La verdad es que siempre me pareció que encarar el tema del aborto desde las antagónicas perspectivas feminista o religiosa era falaz en términos iguales.
Es decir, me parece inevitable que esas voces aparezcan y sean escuchadas, pero no logro entender cómo constituyen los únicos polos desde los cuales se sigue construyendo esta antinomia inacabable.
Lo que me asombra, y no niego que probablemente se trate de un sesgo profesional, es que se insista en negligir el aspecto bioético (entendiéndose como tal esa mixtura de reciente nacimiento que intenta, no siempre con éxito, casar los conocimientos científicos con los preceptos morales y de principio de bien que algunos consensos dan por buenos).
Lejos está la bioética, es necesario decir, de haber zanjado la discusión sobre el aborto, que es, básicamente, la discusión sobre los inicios de la vida y cuándo comienza ésta a tener plenos derechos y autonomía.
Yo he notado no sin sorpresa que la mayoría de los argumentos que se utilizan habitualmente para menoscabar el derecho a la vida de un nonato pueden aplicarse fácilmente a un niño que acaba de nacer. Es decir: ambos son, en una caracterísitca casi privativamente humana, aún absolutamente dependientes de un tercero (por lo general la madre) e incapaces de autoabastecerse, ambos tienen un sistema nervioso decentemente desarrollado (lo cual es uno de los límites que la bioética explora como posible división para la condición humana per se), ambos pudieron haber sido producto de una violación o un embarazo no deseado, ambos carecen de la posibilidad de defenderse a sí mismos, ambos poseen parecidos reflejos y reacción ante noxas tales como el dolor o el stress. Parecería, para algunas defensoras de la autodeterminación en el aborto, que esa frontera arbitraria y sin embargo tan importante que es atravesar el canal de parto, hace toda la diferencia. La verdad, debo decir, es que para los que estamos familiarizados con la práctica de la medicina, la embriología y la fisiología, dicha diferencia no siempre es tan clara.
Todos hemos asistido, o participado, cuanto más no sea desde los buenos deseos, de procedimientos médicos (incluidas cirugías mayores de horas de duración) para salvar o asegurar la calidad de vida de un niño no nacido. Todos celebramos que cada vez existan equipos más sofisticados para remedar las condiciones intrauterinas (esa maravilla de ingeniería natural tan difícil de imitar) y posibilitar la vida de bebés nacidos pre término. La pregunta que me hago es por qué en algunos casos eso es un derecho inalienable y en otros no. Me pregunto si la voluntad de la madre es suficiente para trocar un mismo hecho en dos cosas tan distintas.
Con esto, aclaro, no estoy pronunciándome en contra de la legalización del aborto. Simplemente estoy haciendo notar que el tema es bastante más complejo que reducirlo a frases del estilo “soy dueña de mi cuerpo”. Creo que todos los seres más o menos honestos estamos de acuerdo en que las mujeres y los hombres somos dueños y deberíamos decidir sobre nuestros propios cuerpos: la discusión es si un feto es un órgano más o una vida independiente en sí misma, y en este último caso, desde qué momento comenzamos a considerarlo como tal.
La vez pasada una conocida muy respetable publicó un comentario que decía “Las mujeres no somos incubadoras”. Estoy segura de que debe haberse sentido muy satisfecha con su ocurrencia, pero la invito a que se pregunte si las mujeres somos, en cambio, “biberones”, y si no lo somos, por qué todos (incluida ella) se horrorizarían si una madre dejara voluntariamente de dar de comer a sus hijos al punto de provocarles la muerte. Otra vez, la línea divisoria que convierte al derecho en crimen es el nacimiento (diferencia que sigue sin entender, por ejemplo, Romina Tejerina, para quien su acto desesperado, cometido probablemente en un estado pseudopsicótico, también fue la única forma que vislumbró de liberarse del producto no deseado de una violación, y cuya consecuencia –un cargo por infanticidio- debió haberle parecido un exceso de impartición de la justicia de los hombres)
Asimismo me asombró siempre escuchar voces tan enérgicas a favor de la legalización del aborto, y tan poquitas que aboguen por lo que se supone es el paso natural previo a tamaña catástrofe: la educación sexual. Esa es, a mi modo de ver, la verdadera arma de autonomía de la mujer: no llegar al embarazo no deseado, saber decidir, lograr que la maternidad aparezca como un proceso positivo en la vida y no como un producto de la ignorancia y la falta de acceso a la información (los casos de violación son una problemática aparte aunque distan de ser la primera causa de interrupción voluntaria del embarazo).

Sin embargo, aunque muchos levantan la pancarta del aborto legal, muy pocos se interiorizan sobre la educación sexual que se imparte en la actualidad, el acceso a los métodos anticonceptivos, los servicios de salud reproductiva a los que pueden llegar mujeres y hombres de bajos recursos. Casi no existen estudios epidemiológicos que analicen el verdadero impacto de poner el máximo de los recursos en ese tipo de mejoras. Hay mucho por hacer allí antes de decidir que no queda otra que legalizar el aborto, pero por algún motivo esa gesta sigue sin ser liderada seriamente por nadie.
Otro argumento usual –y atendible, por supuesto- es la alarmante cantidad de mujeres que mueren a manos de un aborto clandestino y criminal. Esto es cierto, y terrible. Sin embargo, desde el punto de vista bioético seguimos partiendo de la petición de principios de que una vida es más valiosa que la otra, y olvidando que cualquier aborto, aún los practicados en las condiciones más favorables, conlleva un gran riesgo de morbi-mortalidad, dentro del cual no es menor la secuela psicológica. Un aborto siempre es devastador para la mujer que lo atraviesa, y, de nuevo, un enfoque hacia la solución parecería ser profundizar en las causas que la han llevado a ese embarazo, no sólo resolverle el aborto con mayor seguridad.
Habiendo dicho esto, aclaro que las razones religiosas para oponerse al aborto legal me parecen igualmente pobres y fuera de lugar. La religión, a estas alturas, debería reservarse el lugar de una simple elección de pensamiento y no arrogarse el derecho de opinar sobre las vidas ajenas. La Iglesia sigue teniendo un influjo demasiado importante en nuestra vida civil, considerando que no representa ni por asomo a las creencias de la mayoría de los habitantes de este planeta.
Dicho esto, me alegraría mucho más ver la misma cantidad de pancartas en Facebook, ya no con frases hechas y ligeras como “La mujer decide” sino a favor de que la educación y la salud lleguen a todos. Me parecería que empezamos, de una vez por todas, a discutir en el orden apropiado, no reduciendo la discusión a una mera reyerta entre perros y gatos.

viernes, 5 de agosto de 2011

Aurora y el Mar

Aurora Canessa tiene sesenta y seis años y cumplió su sueño de atravesar sola el Oceano Atlántico.

Partió desde Saint Marteen al mando de Shipping, una embarcación de diez metros de eslora, y no la detuvieron ni las olas de cuatro metros, ni el temporal que a veces se cierne en medio de la noche cerrada, ni la soledad extrema que puede sentirse estando rodeada únicamente de una masa interminable de agua. Finalmente, tras mucho esfuerzo y peligros antológicos, llegó a las costas de Portugal, donde la recibieron con honores.

Me costó imaginarla, una mujer sola, leyendo a Antonio Di Benedetto cuando la marea se lo permitía, transmitiendo mensajes entrecortados, entrando en las “autopistas” para sentir la compañía de otros barcos de mayor porte. Una noche, arreciando un temporal, con el velero averiado y luego de dos días al timón sin dormir ni comer, se recostó sobre el piso de su camarote –el único sitio donde los vaivenes no la lastimarían, y desde donde podía oír los crujidos de su cáscara de nuez en medio de las olas agitadas- y meditó hasta que amainó la tormenta.

Consultada sobre su próximo proyecto, respondió que este será navegar el Mediterráneo deteniéndose en la ruta del vino y el queso, y cumplir sus setenta años en altamar.

A mí, con mi miedo primigenio a los monstruos marinos y la playa nocturna, esta nereida se me antoja una heroína de la antigüedad clásica.


domingo, 24 de abril de 2011

Cuando Callan los Patos

Anoche fui a ver la obra donde actúa mi amigo M., “Cuando callan los patos”, de Lautaro Metral. En realidad decir que actúa es una generalización, porque cada uno de los cinco intérpretes es un performer: todos ellos actúan, cantan y se expresan corporalmente en un continuum de una hora que deja agotados (en el buen sentido) tanto a espectadores como a protagonistas.

El primer tramo de la obra es caótico, absurdo llevado al límite; sin embargo, no es anárquico y nada parece puesto en su lugar de casualidad. Hay un caos deliberado, que ignoro si pretende pero logra eficazmente colocar al que asiste en un lugar de optimización de los sentidos, de máxima alerta. Todos estiramos los cuellos a la espera de captar cada palabra –cada una de ellas está preñada de significado- y de la apofanía que está siempre por ocurrir.

La obra transcurre en una especie de basural surrealista; puede que estemos en una Buenos Aires futurista donde todo ha sido destruido y unos pocos personajes delirantes son los custodios de lo que queda por recordar, de las señales del pasado y una memoria fragmentaria pero sistemática. Sabemos indudablemente que estamos en Argentina por referencias inequívocas que estremecen al espectador: Malvinas, radicales, picana. No obstante, el mundo entero podría estar retratado en esta escenografía devastada y en estos personajes que se aferran a la memoria de lo que fue. Los patos y su canto son lo que queda. Y si se callan los patos, el apocalipsis parece ser inevitable.

Los momentos musicales están muy logrados, todos ellos cantan maravillosamente, en especial la joven intérprete femenina (digna sucesora de una madre cantante y un padre músico) La banda en vivo hace una gran diferencia, y es muy acertado que estén allí formando parte de la escena, con esas ropas que los hacen casi indistinguibles de un preso común o un internado de hospicio.

Mi amiga S. y yo nos fuimos con la sensación de haberlos visto antes, a todos, en algún pabellón psiquiátrico. Fueron por un instante un déja vu de esa locura digna, que parece estar reivindicando algo poderoso desde su delirio monomaníaco. Eran los mismos locos, aunque investidos del arte, la música y la poesía.

miércoles, 6 de abril de 2011

La Camara Lucida

Hace un tiempo que tengo en mente enmarcar mis “fotos viejas” y lucirlas en una pared de casa, engalanadas, sepias, anárquicamente distribuidas.

Cuando digo fotos viejas me refiero a fotos realmente viejas, de principios de siglo XX algunas de ellas, fotos posadas, graves, de fotógrafo de antaño.

Lo curioso fue que al hacer la selección de las fotografías, me encontré con otros documentos que dormían allí mismo y tienen no menos peso histórico que aquellas: los pasaportes de mis abuelos, sus pasajes de barco, los certificados de sanidad, notas de recomendación para un ignoto empleador que los esperaba en Argentina.

Dice una carta, escrita en francés, fechada el 20 de Agosto de 1928 en Vilna:

“Certifico por la presente que Monsieur Szloma L. ha trabajado en mis empresas de textil y en mis talleres de materia prima en Vilna (Polonia), como empleado luego del año 1919 y hasta el presente. Lo recomiendo como un joven serio, honesto y cumplidor, con mucha atención y celo en su trabajo. Monsieur L. parte a la Argentina. En razón de ello se extiende este certificado.” Israel Frenkel, Vilno, Polonia.

También hay ketubot (certificados de casamiento), postales y papelitos que serían intrascendentes si no fuera por la cantidad de años que tienen encima. En uno de ellos, alguien –probablemente mi entonces joven abuelo- escribió con letra temblorosa una dirección en la calle San Luis del barrio de Once, calle cuyo nombre no le debió ser menos extraño que a mí un ideograma oriental.

Hay, incluso, una fotografía tomada en lo que creo que es el Zoológico de Buenos Aires, donde, a un lado del grupo familiar engalanado de domingo, se ve claramente la figura de unos pies con zapatos oscuros, y sobre ellos una silueta borrosa y el esbozo de lo que parece una cara difuminada. En opinión de un escéptico fotógrafo amateur que conozco, un error de copiado; para los más fantasiosos a todas luces un fantasma.

Todas estas fotos tienen su singularidad, su propia historia que está hecha de luz y sombra más que de palabras, todos esos ojos que miraron a la cámara y ahora nos miran a nosotros para siempre, quietos y convulsos, idos pero siempre volviendo. Yo morí y sin embargo aquí estoy; soy la antepasada de Vilna y fui hermosa.

lunes, 21 de marzo de 2011

El Jardín Umbrío

Volví a Buenos Aires y me recibió una noticia triste. Digo, además de la obvia alegría de encontrarme de vuelta entre mis amores. La noticia tomó la forma de un mensaje de texto: I., el pequeño hijo de mi compañero de trabajo T.M., luego de una larga lucha desigual con una enfermedad grave, se fue de este mundo. Una de esas cosas que no pueden sino entristecer, más allá de cualquier vínculo que uno tuviera con los padres. En este caso en particular, mis compañeros y yo habíamos hecho carne esta lucha, la acompañábamos día a día, no sólo con compañía y plaquetas, sino con aliento, esperanza, sangre, miradas, palabras. Hoy siento que quizás le mentí todo el tiempo a T –sin quererlo-, cuando le decía con esa confianza ciega que su hijo pronto se repondría y todo aquello quedaría atrás, apenas como un mal sueño. Hoy siento que quizás le provoqué ese mal que hacemos sin querer, cuando olvidamos que alguien en estado desesperado cree cada cosa que decimos, se aferra a ella, sin importar cuánto tenga de verdad.

Como sea, el pequeñísimo I ya no está en este mundo. Sus padres son creyentes y saben que se fue a habitar otro lugar mejor donde ya no lo acosa ningún sufrimiento físico. Yo sólo le he dicho a T que desde mi agnosticismo (que es simplemente confesar no saber), en cambio sí creo fervientemente en lo que dijo el amigo Albert sobre esto de la ilusión que es el tiempo. Le dije también que según los físicos convencidos, hay serias posibilidades de que todos nos encontremos alguna vez –y siempre- en una especie de eterno retorno. Mi creencia lo reconfortó, le mostró que hay esperanza aún en el ateísmo.

Sin embargo, mientras yo puedo ponerme a desvariar sobre cuestiones metafísicas, T ya pasó a formar parte, de manera inexorable y definitiva, de ese ejército silencioso, sin nombre, homogéneo, de los que han perdido un hijo. Una circunstancia que los hermana como ninguna otra cosa, que hace que ninguno de nosotros pueda comprender su mirada sobre el mundo. Un día eran tan diferentes entre sí como puede serlo cualquiera de su vecino, y al día siguiente la desgracia los igualó, los hizo de una cofradía que de a ratos sonríe pero siempre está transitando el mismo jardín umbrío.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El aula iluminada


Hace ya muchísimos años, leyendo un libro que me fascinaba de niña, me topé con esta ilustración de un artículo sobre el método Montessori; mostraba un aula muy distinta a las que yo conocía con mis ocho o nueve años, iluminada por un sol que entraba a raudales, y los alumnos, cosa rara, no estaban sentados de frente a un maestro sino que se hallaban, podríamos decir, anárquicamente ubicados, aunque esto no pareciera ir en menoscabo de su concentración y empeño en el aprendizaje.

Recuerdo que esta imagen me dejó una fuerte impresión, una revelación de que había aulas así, diferentes e iluminadas, en algún lugar recóndito del mundo, tal vez Italia o los Alpes suizos.

Tantos años después, habiendo atravesado mi propia educación formal en todos sus niveles, me encontré nuevamente enfrentada a este tipo de disquisiciones porque resulta que ahora es mi hijo quien va a hacer su bautismo en las lides educativas, y de pronto el tema parece no ser tan banal ni antojadizo.

La realidad es que nunca estuve demasiado desvelada por la educación formal de Uri. Probablemente porque siempre intuí, basada en parte en mi propia experiencia, que hay cierta simiente de curiosidad y amor por el conocimiento que se planta en casa y que permanece ajena a lo que las escuelas nos puedan impartir. Sin embargo, saliendo de mi caso personal, el tema a nivel colectivo sí que me fascina y me preocupa, porque es evidente que la escuela viene a completar o incluso a suplir en muchos casos lo aprendido en el hogar, y es ahí donde puede haber una enorme diferencia entre enseñar una cosa o la otra, de una manera o de otra muy distinta.

Hoy en día, contraponiéndose a la educación clásica que sigue lanzando al mundo el grueso de los educandos, aparecen algunas otras corrientes, orientadas sobre todo a respetar la individualidad de los niños, inculcarles principios además de saberes, prepararlos para ciertos aspectos de la vida que no tienen que ver con lo académico, trastocar los preconceptos tan arraigados de que el docente es el impartidor de saber y los alumnos (sin-luz) son vasijas pasivas donde ese saber se irá a volcar…

Esta vuelta de página trajo consigo aparejados muchos excesos –a mi gusto- como el método Waldorf que, a nivel personal, me parece un poco un caprichito de ricos que temen que sus hijos no reciban la suficiente atención. Pero creo que, por suerte, la mayor parte de esta movida revolucionaria de la educación tiene propósitos muy nobles y objetivos muy útiles e interesantes.

Como siempre, lo que lo termina de convencer a uno es el tipo de gente que adhiere a uno u otro movimiento. Y la verdad, me gusta mucho más la gente afín a la educación progresista que a la tradicional. Me gustan más las cosas que los aglutinan, movilizan, emocionan. Me gustan más los sueños que proyectan en sus hijos, lo que los enorgullece de ellos, más cercano a que se conviertan en buenas personas antes que en abogados o médicos. Me gusta más que el deseo para un hijo sea que aprenda a ser solidario y creativo, y no la regla del nueve, por ejemplo, aunque estimo que eventualmente será más probable que el solidario aprenda la regla y no a la inversa.

Me gusta, por último, que los valores democráticos sean una cuestión presente y tangible en el aula, y no sólo una alocución que estamos obligados a dar.

De todo esto, obviamente, no era consciente hace unos años, cuando la fantasía era que a los hijos sólo les alcanza con la atención y el amor. Hoy, tengo una sensación muy tranquilizadora y a la vez nueva para mí, que es la de saber con certeza que elegí bien la educación que le tocará a mi hijo, que esa sensación cálida de la imagen de María Montessori vuelve a mí, por caminos misteriosos e insospechados.*


*Uri no concurrirá a una escuela Montessori. Se trata simplemente de una metáfora.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Charles Papiernik y la Kristallnacht, o las consecuencias inesperadas de nuestros actos más pequeños


La Kristallnacht, o Noche de los Cristales Rotos, ocurrida en Berlín el 9 de Noviembre de 1938, suele ser considerada como el comienzo del Holocausto.

Esa noche, grupos vandálicos nazis salieron a romper las vidrieras de los miles de comercios de propietarios judíos que había en la ciudad, destrozaron sinagogas, vejaron a los israelitas ortodoxos que se cruzaron en su camino e incluso asesinaron a un puñado de ellos. Fue una especie de pogrom relámpago y predictor de la barbarie que muy pronto habría de cernirse sobre los judíos de toda Europa.

Hechas las presentaciones, ahora debería contar que hace algunos años trabajé como voluntaria en la Fundación Memoria del Holocausto, que para aquel entonces comenzaba una ciclópea tarea de recopilar la mayor cantidad posible de testimonios de sobrevivientes de la Shoah, antes incluso del colosal archivo audiovisual que habría de encarar Spielberg con algo más de laureles. Debo decir que, además del obvio impacto que significó escuchar las historias más tristes y las odiseas sufridas por estas personas que lograron sobrevivir, a los jóvenes que hacíamos las veces de interlocutores también nos embargaba una especie de silente orgullo, emanado del triste privilegio de sabernos la última generación que habría de escucharlos y recoger sus memorias. No pocas veces pienso en esa tremenda paradoja de que mi hijo quizás sentirá interés por conocer las historias de sus bisabuelos y quienes vivieron en su época, y tendrá que conformarse con el relato deformado que yo le cuente o con los recursos de archivo.

Uno de estos heroicos sobrevivientes que me tocó conocer fue Charles Papiernik. Charles, nacido en Polonia y sobreviviente de la mayor fábrica de la muerte que la humanidad haya conocido jamás –Auschwitz- tenía infinidad de historias para contar. La sola estadía en ese paraje de pesadilla alcanzaba para llenar un libro, pero además resulta que Charles había militado en el Bund,-la Unión de Trabajadores Judíos lituanos, polacos y rusos -, en la Juventud Socialista de Francia, y había conocido al amor de su vida y actual esposa en medio del horror de Auschwitz, donde él mismo tuvo que darle la noticia de la muerte de su padre… una vida que no podía apagarse sin dejar su testimonio.

Sin embargo, la página más apasionante de la vida de Charles no habría de ocurrir en el campo de exterminio sino antes, durante su tiempo de activista en París. En esos días Charles trabó amistad con un taciturno militante alemán, Herszl Grynszpan, quien había huido hacia Francia dejando atrás a su familia en medio de la inhóspita tierra que comenzaba a ser Alemania para los judíos. Herszl solía conversar sobre esto con Charles durante largas noches, intentando encontrar la forma de ayudar a los cientos de miles de judíos sojuzgados en Polonia y Alemania. Era evidente que la situación lo afectaba muchísimo. Mientras tanto, ambos colaboraban con la venta del periódico socialista “Le Populair” y juntaban fondos para la República Española.

Sin embargo, una noche –para ser más precisos la del 5 de Noviembre de 1938- Herszl se apareció en un estado de gran agitación en medio de un mitín socialista. Insistió en que necesitaba hablar con Charles, aliviar su desasosiego, tratar de encontrar juntos la forma de ayudar a su familia que al parecer escribía desgarradoras cartas desde el Berlín nazi.

Por esas cosas de la vida, Charles esa noche no pudo prestarle demasiada atención. Se lo sacó de encima con amabilidad, prometiéndole una larga conversación al día siguiente, cuando las obligaciones activistas se lo permitieran. Sin embargo, nunca lo volvería a ver.

Al otro día Herszl fue tapa de todos los diarios por haber asesinado con un arma de fuego al secretario de la embajada alemana en París. Al parecer, y por error, Herszl lo confundió con el embajador nazi Beck, a quien intentaba ultimar en realidad por considerarlo responsable de los tormentos ocurridos en Alemania.

Este lamentable hecho fue tomado por los nazis como excusa para desatar su furia contra los judíos alemanes, y así fue que a los pocos días ocurrió la Kristallnacht.

Tantos años después y un océano mediante, Charles Papiernik aún se sentía responsable por su azarosa participación en la cadena de sucesos que desembocaron en la Noche de los Cristales Rotos. Se repetía a sí mismo, con una culpa que jamás iba a ceder, que si esa noche se hubiera permitido unos minutos para hablar con Herszl, para desalentarlo de sus ideas de venganza, tal vez la historia hubiera sido distinta. Nada habría de detener el curso imparable del nazismo y la Shoah, naturalmente, pero es posible que al menos esa noche emblemática no hubiera ocurrido.

Quién lo sabe.

Curiosamente, poco sabemos sobre el destino de Herszl Grynszpan. Lo más probable es que haya sido deportado luego de su encarcelamiento, para encontrar la muerte que les esperaba a los judíos europeos, es decir, el campo de exterminio y las largas marchas de la muerte.

Charles logró sobrevivir a mil y un peripecias y arribó a nuestro país junto con su esposa Marceline. Su testimonio es uno entre miles y miles que merecen ser oídos, que configuran la historia y hablan por las otras miles de voces exterminadas.

domingo, 8 de agosto de 2010

American Psycho

Cada tanto, nos enteramos no sin estupor de que algún loco del país del norte la emprendió a tiros contra un grupo de personas. No pocas veces se trata de adolescentes que en una tarde de ira se cargan a decenas de compañeritos de colegio para luego suicidarse. Hoy le tocó el turno a un empleado de una empresa cervecera que, convocado por sus jefes para ser sancionado, tuvo la precaución de asistir a la reunión con un arma automática. Lo que le dijeron sus superiores no debe haberle gustado nada ya que terminó matando a ocho compañeros y quitándose luego la vida.
Este tipo de sucesos me hace reflexionar sobre la imagen que los estadounidenses tienen de sí mismos, y de su concepto de seguridad y delincuencia. Más allá de que es un hecho innegable que los Estados Unidos manejan, sobre todo en algunos de sus estados más pobres, cifras alarmantes de lo que aquí llamamos “inseguridad” a secas (lo cual hace que sea muy curioso que los latinoamericanos pensemos que somos los que más delincuencia común ostentamos), el gran país del norte también tiene el triste privilegio de ser el top one en masacres perpetradas por algún loco (en general, víctima del mismo sistema que a los norteamericanos tanto les gusta identificar como modelo de libertad).
Es llamativo que lo que para cualquier estudiante secundario argentino es un rito de pasaje más o menos normal, por ejemplo, ser cargado por los más populares o que un maestro te boche repetidamente, para demasiados estadounidenses sea gatillo (nunca mejor denominado) de un brote psicótico que culmina en la matanza lisa y llana de los supuestos victimarios. Es curioso que en el mismo país donde asistimos a escenas tragicómicas como empleados aplaudiendo de pie la clausura de fábricas o empresas, que es el mismo donde tanto gustan de cantar el himno con la mano en el pecho, después surja tanto loco suelto que no soporta más la opresión del sistema.
Es oportuno decir que el grosero acceso a las armas que los ciudadanos promedio tienen en los Estados Unidos no es un detalle menor a considerar. Todos podemos tener un acceso de ira que nos haga fantasear con boletear a nuestro jefe pero si a eso se suma que de hecho tenemos a disposición una ametralladora… la hecatombe está mucho más cerca de materializarse.
Esto es sólo un ejemplo de lo que yo veo como una gran ceguera de la mayoría de los norteamericanos para aceptar que las mismas miserias y cortedades que tanto gustan de señalar en los países en desarrollo, surgen en el seno de su sociedad bajo formas terribles e insospechadas.
Muchos norteamericanos, por ejemplo, están convencidos de que los índices de corrupción de países como Argentina son un bochorno que en EEUU sería inaceptable. Esto lo sostienen sobre todo basados en conductas individuales que se popularizan como frecuentes, llámese adornar a un policía para que a uno no le hagan la boleta. Es verdad, digamos rápidamente, que el norteamericano tipo rara vez intentará sobornar a un policía. Tampoco son amigos de colarse en una fila de supermercado ni intentar obtener beneficios por amiguismo. No se les escucha mucho la frase “cómo lo podemos arreglar”. Sin embargo, en un país donde los sobres más gordos se pasan bajo la mesa para aprobar leyes, volar algunos países o invadir otros, lo de la boleta de tránsito parece, no lo neguemos, un hecho de corrupción bastante menor. Pero así les gusta vivir a los norteamericanos. Dejando que el árbol les tape, piadosamente, el bosque.
Con la misma inocencia rayana en bobería, ignoran militantemente la geografía y cultura básicas de cualquier país que no sean ellos mismos. No se trata de que sigan pensando que Buenos Aires es una provincia de Brasil. Se trata de que igualmente ignoran que Bélgica queda en Europa o que existió una Revolución Francesa.
Los locos asesinos de EEUU me provocan una morbosa fascinación. Ciudadanos modelo que un día explotan. Dones Nadie que una tarde cualquiera pasan a la posteridad por su furia desatada.
Los amigos y vecinos repiten frente a las cámaras que el loco era “una persona común y corriente”. Y lo más terrible es que eso es absolutamente cierto.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Facebook y la fotito de perfil como identidad


Esta semana, con motivo de la conmemoración del Día de la Memoria, muchos de los usuarios de FB decidimos quitar nuestras fotos de perfil como símbolo de que recordamos la pérdida de tantos que ya no están. Celebré la iniciativa: siempre me alivia que en espacios tan frívolos como puede ser una red social, surjan cuestiones valiosas, pruebas de que no sólo pensamos en reunirnos con nuestros ex compañeros o mandarnos capussotitos, sino también mostrar nuestra postura, nuestra filiación en temas que son de extrema importancia. Porque no jodamos: seguro hay muchos que no sacaron la fotito porque son colgados, porque no entraron a internet por semanas o porque les parece pelotuda la idea, pero sabemos que también hay varios que jamás lo harían porque el tema de los desaparecidos les chupa un huevo o incluso descreen un poco de su veracidad (espero que mi lista de contactos no contenga muchos de estos últimos). Entonces, me encanta mostrar que hay quienes tenemos otra visión de las cosas y que pretendemos no olvidar ni dejar que olviden, aún desde el más banal de los espacios.
Uno de mis contactos, que no sacó la foto, publicó algo así como “Se extraña a los desaparecidos todos los días. Gracias a Dios conservo mi identidad”. Sofisma de principio a fin. Primero, en el supuesto caso de que le creamos a esta persona que todos los días de su vida hace ejercicio activo de memoria por los desaparecidos, aún deberíamos recordarle que ya que somos animales sociales, no sólo alcanza con albergar un pensamiento sino que es bueno materializarlo de vez en cuando, hacerlo tangible, “manifestarse en común”. Si no, hasta que no se perfeccione la telepatía, vamos muertos en cuanto a eso de comunicar ideas. Por otro lado me causa asombro que para la misma persona que cree que quitar una fotito de FB es intrascendente, su identidad esté definida por la misma. Loquísimo.
Ojalá no sean simplemente expresiones de personas que detestan la manifestación de ideas que les son ajenas o incómodas. Siempre es más fácil criticar o creerse de vuelta de todo, pero a veces los actos más simples hacen la diferencia.

viernes, 19 de febrero de 2010

The Big Bang Theory

Existen ocupaciones que obligan a vivir a quienes las ejercen en un mundo distinto, en una esfera de realidad muy diferente a la que habitamos el resto de los mortales.
Me refiero a los físicos teóricos, a los cosmólogos, a los astrónomos y en menor medida tal vez a los matemáticos.
Muy a menudo pienso que, mientras los demás dedicamos nuestras vidas a “pequeñeces” tales como construir una casa, defender a la gente que es acusada de algo, vender autos, o, como es mi caso, colaborar en el desarrollo de nuevos medicamentos, hay personas cuyas preocupaciones giran en torno al origen del universo, a la posibilidad de los viajes en el tiempo, a aquellas singularidades donde todo el mundo físico que conocemos deja de aplicar… y no puedo evitar sentir que me hallo en un plano inferior del pensamiento.
Digo: ¿cómo se puede seguir diseñando ropa cuando hay gente que sabe hace rato que no vivimos en un mundo de cuatro dimensiones –como creíamos- sino once como mínimo y probablemente más? ¿Cómo se puede, incluso y yendo más lejos, producir arte o escribir libros cuando sólo somos la molécula de una molécula en la vastedad de un universo cuyo tamaño no podemos ni soslayar? ¿Cómo es que no corremos todos a tratar de asir el minúsculo conocimiento que ya se tiene sobre el todo? ¿Cómo es que casi nadie sabe que hay laboratorios donde se ha logrado que el mismo átomo, la misma pizca de materia, esté en dos lugares al mismo tiempo?
Está bien, y lo entiendo, vivir nuestras vidas de la mejor manera posible lo cual incluye que dispongamos de médicos, amas de casa, pintores, escritores y lectores. Está bien porque de otro modo moriríamos con la horrible sensación de que la única verdad que vale la pena conocer se nos escapará por miles de generaciones más, si llegamos a tanto, y que en el interin no disfrutamos demasiado de la existencia, sea ésta de la naturaleza que fuere.
Pero, ¿qué puede importarles a los físicos esta minucia de la finitud de la vida? Si ellos están preguntándose muy seriamente si el eterno retorno es viable, o si la línea temporal tiene necesariamente que ir siempre en la misma dirección, o si no habrá de hecho infinitos universos paralelos que se crean cada vez que un viaje en el tiempo introduce un ligero cambio en la historia.
Hace ya casi un siglo atrás, durante el funeral de su amigo y colega Michele Besso, ese visionario que se llamó Albert Einstein dijo a la viuda: “Le daría mi pésame si no fuera que para nosotros, físicos convencidos, el tiempo es sólo una ilusión”.
Sin embargo (como nos demuestran esos adorables nerds Leonard, Sheldon, Raj y Howard), estas cabezas privilegiadas también padecen por amor, dudan entre el kétchup y la mayonesa, se pelean por huevadas y olvidan por momentos la pequeña dimensión del mundo que habitan. Porque saben que ese mundo pequeño que persiguen e intentan reconciliar con el infinito –ese mundo que se mide en quantos- está lleno de acertijos y maravillas y que todo, si bien se mira, comenzó con el estallido de una mota infinitesimal.

domingo, 31 de enero de 2010

Un Caso de Personalidad Múltiple

El cine y la literatura han sido inspirados una y otra vez por un trastorno mental recientemente descripto pero, a todas luces, tan antiguo como la humanidad: el Trastorno Disociativo de la Personalidad, o, más coloquialmente hablando, trastorno de personalidad múltiple, del cual Jekyll & Hyde son probablemente la versión más célebre.
Hace poco vi una película bastante interesante sobre el tema, “Identidad”, y digo interesante porque comienza a abordarlo desde un encuentro -imaginario por supuesto aunque esto lo descubrimos sobre el final- entre las múltiples identidades de un hombre que lucha por deshacerse de las más dañinas entre ellas.
La verdad es que para no arruinarles el final debería haber dicho que la película trata sobre un grupo de personas que el azar reúne una noche lluviosa en un tenebroso motel, donde una a una irán muriendo (asesinadas o por causas naturales), siguiendo el orden decreciente de sus números de habitación. Una trama original y atrapante.
Esto me llevó a desempolvar la historia, llevada a la divulgación literaria por su psiquiatra, de Karen Overhill, una mujer americana con una evolución bastante atípica de la enfermedad, ya que gracias a terapias combinadas y tratamiento farmacológico logró estabilizarse, conocer a fondo sus 17 identidades y hasta aprender a manejarlas o al menos a predecir sus “apariciones” en escena.
La historia de Karen Overhill es, como la de casi todos los que padecen este trastorno, una historia de abusos y violencia en edad temprana, perpetrados por integrantes de su círculo más íntimo. De hecho, lo que se postula como etiopatogenia de esta enfermedad es la necesidad de suspender la identidad propia ante lo intolerable de la realidad, reemplazándola por identidades más fuertes o que posean algún atributo en particular que les / le permita sobrellevar determinadas situaciones de otra manera aniquiladoras. Por ejemplo, una de las identidades de Karen, un hombre llamado Holdon ("hold on", si bien se mira), era el único que podía conducir y cuando él no aparecía, Karen y su corte de personalidades se veían literalmente impedidos de movilizarse. Holdon representaba también al hombre protector y la figura paterna.
Lo fascinante de la historia de Karen es, asimismo, su evolución, su lento devenir durante el cual fueron asomando, producto de la inmensa labor del psiquiatra, uno a uno los seres que la habitaban, ya fuera surgiendo durante una sesión de hipnosis o enviando cartas al consultorio del terapeuta (todas con letra diferente, por supuesto), cartas de las cuales Karen no tenía recuerdo alguno durante la siguiente sesión. Una de ellas decía: “Estimado Dr. Baer: Mi nombre es Claire, tengo siete años y vivo dentro de Karen. Puedo escuchar todo lo que usted dice. Quisiera hablarle pero no sé cómo”. La caligrafía era la de un niño pequeño.
Karen Overhill llenó sus necesidades tremendas e impostergables con diecisiete invenciones que le permitieron sobrevivir, algunos hombres, otras mujeres, adultos, niños y niñas, blancos y de color, cada uno con atributos especiales, dones, habilidades, maneras de hablar, de escribir e incluso de dibujar. La paciente no fue consciente de que coexistían tantas personas en ella hasta su adultez temprana, cuando consultó al psiquiatra a causa de una sensación de vacío, de “despersonalización”, y reiterados episodios de amnesia (blackouts) durante los cuales aparecía en determinado sitio sin tener idea de qué la había llevado allí. Karen comenzó a sospechar que algo en ella andaba mal porque en ocasiones, las otras personalidades se le presentaban bajo la forma de “voces”; así fue que conoció sus nombres y edades y propósitos (¡los cuales paradójicamente habían sido íntegramente inventados por ella!), y pudo hacerlos comparecer durante las sesiones con su psiquiatra, quien se valió de la capacidad de algunos de los personajes de ser más elocuentes y expansivos que otros. Uno de los niños, Jensen, “nació” durante una violación a Karen perpetrada por su tío abuelo, y continuó creciendo desde entonces. Se cree que estas personalidades cumplen el rol de sustituir al enfermo durante momentos de naturaleza intolerable, en una compleja forma de evasión de la realidad. Algunas de las personalidades escribían un diario pero otras, durante momentos de furia, lo quemaban o destruían.
La “integración” que comenzó a ocurrir como resultado de la terapia, llevó al conocimiento profundo de las 17 personalidades y a la desaparición de algunas de ellas. No conozco el caso en detalle y es altamente posible que Karen sufra recaídas o reapariciones en escena de algunas de las identidades abandonadas, aunque el hecho de haber podido escribir en primera persona su historia le da una ventaja prognóstica que va más allá de lo que se esperaba de esta patología cuando fue finalmente compendiada en el DSM III, allá por la década de los ochentas.
Un rasgo fascinante de este caso, además de la lucidez y autoconocimiento logrados por la paciente, es que ella realizó un retrato de sus diecisiete alter ego, tal como los veía y los conoció. En ese dibujo, inquietante pero esperanzador, podemos ver el verdadero mosaico de seres que se vio forzada a crear para hacerle frente a su dolorosa vida. Fue un mecanismo que nació en la temprana infancia ante situaciones altamente traumáticas y se consolidó luego para capear eventos vitales propios de la vida adulta (un divorcio, un desempleo, miedos e inseguridades usuales)
Lo más asombroso es que el dibujo no transmite lobreguez ni el típico desasosiego de las creaciones psicóticas, sino que rezuma algo del brillo que la propia y original Karen debió poseer alguna vez, antes del comienzo del infierno. Alberto Monchablon, emérito profesor que tuve de Psiquiatría, decía que todos los locos, por alienados que estén, poseen un pequeño ojo de cerradura por el cual se puede abordar al verdadero ser, que yace debajo de capas y capas de locura, y que es tarea del buen psiquiatra encontrar ese pequeño ojo de cerradura aunque le lleve la vida.
Esto es lo que vemos cuando miramos por el agujero que Karen misma logró abrir: