Lo primero es decir que toda mi vida (siendo más exactos, desde que leí Morpho Eugenia), creí que A.S. Byatt era un hombre. De acrónimo ambiguo, no sé por qué su forma de escribir se me antojaba masculina, pero quizás sea sólo que tiendo a valorar más la escritura de los hombres que de las mujeres, salvo honrosas excepciones de las cuales ya he hablado y cuya nómina Byatt acaba de engrosar.sábado, 30 de junio de 2012
El Libro Negro de los Cuentos
Lo primero es decir que toda mi vida (siendo más exactos, desde que leí Morpho Eugenia), creí que A.S. Byatt era un hombre. De acrónimo ambiguo, no sé por qué su forma de escribir se me antojaba masculina, pero quizás sea sólo que tiendo a valorar más la escritura de los hombres que de las mujeres, salvo honrosas excepciones de las cuales ya he hablado y cuya nómina Byatt acaba de engrosar.jueves, 8 de marzo de 2012
Para leer al anochecer

Tiene olor a ese libro de cuentos de fantasmas que uno leía de adolescente, saboreando el momento, a la luz de una vela cuando se cortaba la luz. Pero éste es para adultos, en un extraño sentido, por lo críptico, lo poco lineal y lo surrealista. Hay diálogos francamente imperdibles, historias que arrancan como el cuento clásico de terror pero terminan siendo sólo una promesa, el atisbo de un hecho misterioso, la víspera.
Dickens pasó, para mí, del ajado ejemplar de Oliver Twist que leía y releía de pequeña cuando fantaseaba con una huida del hogar hatillo al hombro y pan con queso como única vianda, a las páginas de hermosa y opaca tipografía del Kindle Touch. Pero sigue ahí, ajeno a los cambios de formato y, sobre todo, ajeno a mis cambios de opinión sobre su cuestionable, polémica, inefable y victoriana mirada sobre el mundo.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Los ojos de la mente

Oliver Sacks, injustamente, perdió su visión estereoscópica en 2005 a expensas de un melanoma ubicado justo al lado de su fóvea derecha. Digo injustamente porque Sacks era miembro de la Sociedad Estereoscópica de Nueva York, es decir que vivía muchísimo más pendiente que el resto de nosotros de su capacidad de ver las cosas en profundidad y tridimensión. Botánico como además es, disfrutaba de discriminar cada pequeña brizna de sus helechos, cada textura de los árboles o plantas que contemplaba. No mucho antes de ser diagnosticado con el tumor ocular, había escrito un interesantísimo artículo llamado “Stereo Sue”, donde contaba la epopeya de una mujer que habiendo vivido toda su vida con visión bidimensional debido a un estrabismo infantil, había “redescubierto” el maravilloso mundo de la estereoscopia gracias a la terapia visual. Sue desconocía que su vida hubiera transcurrido despojada de lo que para otros es parte esencial de su mundo, hasta que unas simples pruebas oftalmológicas le mostraron que había otro mundo visual posible, en el cual las cosas adquirían una profundidad para ella inexplorada.
Curiosamente, muchas personas que nunca han visto de manera estereoscópica, vislumbran el mundo 3D en su duermevela, en sueños o en el aura migrañosa, lo cual parece demostrar que nuestra corteza visual viene programada con funciones que, a veces, nuestros ojos insisten en negarle. La velocidad a la cual personas como Sue recuperan la estereoscopia parece confirmar esta hipótesis, que nuestro cerebro es fuertemente visual aún cuando nunca haya sido utilizado a ese fin (hay ciegos congénitos que manifiestan tener imaginería visual y cuyas cortezas occipitales se “prenden” ante estímulos que para ellos sólo son sonoros o táctiles)
Un recuerdo de pequeña es que en casa había viejos estereoscopios e imágenes en 3D (mucho antes de que se comenzaran a utilizar en las películas de cine), ya que la técnica de generar imágenes tridimensionales se conoce desde hace más de un siglo, y consiste en explotar la función de cada ojo de ver en soledad y luego integrar una imagen única en nuestro cerebro. Muchas ilusiones ópticas también parten de este principio tan sencillo y complejo a la vez.
El libro de Oliver Sacks es un maravilloso viaje (autobiográfico de a ratos) por el universo de nuestra visión con y sin ojos, de la ceguera, la agnosia visual y las peculiaridades de una de las funciones que más definen nuestra organización de pensamiento: el fenómeno de la luz.
sábado, 27 de agosto de 2011
Wilde, Chopin y el universo holográfico

El Libro de Réquiems de Mauricio Wiesenthal es, además de un maravilloso compendio erudito de ensayos sobre algunos de los personajes más interesantes de la historia, también un viaje onírico por algunos déja-vu que tantos tenemos pero solo los escritores como Wiesenthal pueden poner acabadamente en palabras.
El libro abunda en alusiones al encuentro extemporáneo con quienes se fueron, con la imposibilidad de aquellos que ya no están pero que uno sigue buscando: en sus huellas, en sus páginas, en sus monumentos funerarios.
Una tarde, Jean Cocteau ve a Oscar Wilde resucitado (fueron contemporáneos sólo por un corto período en la infancia de Cocteau); Wilde tenía el pelo teñido de una manera bizarra. Cuando Cocteau cuenta esta visión a Wiesenthal, le viene a éste el súbito recuerdo de una historia sobre Wilde: una noche, caminando por el puente del Louvre a esas horas fantasmales que sólo pueden ser parisinas, Wilde ve a un hombre mirando fijamente a las aguas y cree que está a punto de quitarse la vida. Se acerca y le pregunta:
-¿Es usted un desesperado?
Pero el extraño lo mira con sorpresa y le responde:
-No, señor, soy un peluquero.
Cuando Cocteau cuenta su historia del Wilde redivivo a Wiesenthal, éste no puede evitar decirle:
-Oh, mon cher, quizás no era un resucitado, sino un peluquero…
Luego es el mismo Wiesentahl quien tiene su propia epifanía con un Chopin venido del pasado:
“(…) Hace muchos años, en una subasta de la Salle Drouot, intenté pujar por un soberbio piano Pleyel; pero me lo arrebató en el último momento un misterioso personaje de cara afilada, pálido como si estuviera a punto de bordar una rosa de sangre en el pañuelo blanco que sostenía en la mano. Aunque parezca mentira, seguí a aquel extraño personaje por las calles de Paris, hasta que, en una esquina de la Avenue de la Chapelle, detrás de las tapias del cementerio de Père Lachaise, le perdí la pista.”
viernes, 15 de julio de 2011
Anna W.

Allá por el año 2002, participé en un concurso de novela español con mi ópera prima (y única), Fuego Fatuo. El certamen estaba organizado por la Fundación Cabana y, entre la inscripción y el dictamen final, pasaron largos meses. Este lapso, lejos de resultar agobiante, sirvió para que se forjara una especie de amistad literaria y epistolar entre algunos de quienes habíamos enviado nuestras obras –eran los albores de los foros de internet, el esbozo –sin restricción de caracteres- de lo que es hoy con todo su furor Twitter, y casi todos dedicábamos una parte del día a dejar algún comentario sobre libros que nos habían gustado, opiniones sobre nuestras obras (todos, a decir verdad, éramos bastante benevolentes con la obra del otro, a quien probablemente veíamos como un amigo antes que un contrincante), o simplemente departiendo sobre la vida en general. Algunas enemistades, creo recordar, también se forjaron al calor de la verborragia que nos proporcionaba el debutar en la red.
Los que terminamos siendo los diez finalistas pudimos cultivar, con el tiempo, una relación distinta, de más respeto, de curiosidad mutua también. Algunos de ellos se perdieron totalmente, otros jamás volvieron a escribir –como es mi caso-, otros ya eran autores consagrados para entonces, como era el caso de Gustavo Nielsen. Con algunos, como Juan Brian Doyle o Gustavo Vaca Narvaja, intentamos sostener una amistad que se fue diluyendo con el tiempo.
Una de las concursantes, y decididamente la más misteriosa, era española y se llamaba Anna Wohlgeschaffen. Anna se había convertido en una de mis preferidas: solíamos escribirnos e-mails casi a diario explicándonos mutuamente por qué la otra merecía ser la ganadora (su novela, La Sonrisa de los Dioses, me había parecido sinceramente genial), tirándonos flores, fantaseando con la idea que una viajara a Argentina o la otra a España para poder seguir charlando sobre libros…
.
El hecho es que Anna era de las más participativas, combatientes y polémicas en los foros: se hacía por igual de amigos y enemigos, tiraba bombas, me elogiaba la novela y los cuentos cortos (una vez dijo que le recordaban a Sylvia Plath y la pandilla de escritores se le vino encima, burlándose de la comparación, aunque para mí era suficiente, y ya no había nada que pudiera empañarme el placer)
Poco a poco, empezaron a circular las especulaciones sobre Anna: que en realidad se trataba de una escritora famosa utilizando un seudónimo, que era un hombre –la resistencia de Anna de publicar una foto, incluso en su propio libro, alimentaba este mito, así como también el hecho de que simultáneamente hubiera aparecido por el foro un irreverente comentador alemán que me defendía a capa y espada y tenía un estilo muy parecido al de Anna…)
Tan amigas epistolares nos hicimos que incluso una vez Anna me envió una verdadera carta postal: era una carta larga, sentida, y la acompañaba una foto de ella, en la que sólo se veía a una mujer de cabello corto caminando a lo lejos por la playa, tan lejana que era imposible vislumbrar sus facciones.
El hecho es que el concurso lo ganó, finalmente, Anna Wohlgeschaffen y su maravillosa novela.
Recuerdo que la mañana del veredicto, P. se levantó temprano, entró al sitio de la Fundación, y luego vino a la cama a decirme simplemente: “Ganó Anna”. No me puse triste. Corrí a escribirle una felicitación y ella, desde el lugar del mundo donde se encontraba (viajaba todo el tiempo), me respondió que el premio la hacía feliz, pero más aún haber ganado una amiga. Prometió que yo sería la primera en recibir la novela y al poco tiempo la tuve en casa, flamante (se la había publicado Mondadori, lo cual era casi como tocar el cielo con las manos para un escritor novel). Poco después la misma editorial le publicó también Eris la Diosa y otros cuentos, y ella tuvo la gentileza de enviármelo aunque hacía tiempo que no manteníamos contacto alguno.
Como sea, Anna siempre fue un misterio y como tal se fue desvaneciendo en el aire, al punto de que nadie ha visto una fotografía suya hasta hoy (exceptuándome a mí y la difusa imagen de la playa), y si se la pone en un buscador de internet, aún en este mundo tan globalizado en el que vivimos, es muy poco lo que se obtiene, salvo un blog que ella misma creó para luego abandonarlo, sus obras a la venta en Amazon, y poco más que eso.
Para terminar, transcribo un fragmento de una de sus cartas, que la pinta bastante tal como era:
Ver tu mail me alegra el día (bueno, la noche). Estoy en Berlin, negociando. Llegué esta mañana, he pasado un par de rondas entre la tarde y la cena, y estoy exhausta. La tercera y definitiva será mañana, a partir de las diez. Tengo el pálpito (odio decir ‘feeling’) de que llegaremos a un acuerdo (con la editorial). En general estamos OK en todo, menos en el dinero (lo que pasa siempre). Yo diría que hay 4 de 5 posibilidades de que al final me case con esta gente para los próximos dos años. Te lo diré el domingo, cuando vuelva. Acabaremos a la hora de comer. Después me apetece recuperar mis genes más ocultos, y perderme por Berlin hasta el vuelo de regreso. A ti te puedo contar cosas que sólo le puedo contar a mi pareja (y te ruego me perdones, pero no sé por qué). Una es, quizá lo hayas notado, que algo de mi Ena es mío. Bueno, más que ‘algo’. Mucho, no te quiero cantar una milonga (no sé si para vosotros esto significa lo mismo que para nosotros; los españoles, cuando escuchamos un cuento muy elaborado pero del todo inverosímil, decimos que nos están cantando una milonga). Cuando estoy aquí me siento muy, pero que muy prusiana. No sé si conoces Berlin. Para vosotros (intuyo que eres judía, aunque nunca me lo has dicho) Berlin debe representar el summun del horror, pero no te dejes arrastrar por las apariencias. Los prusianos jamás fueron antisemitas. Los fueron los bávaros, y los sajones, y los austriacos, y sobre todo los polacos, pero jamás los prusianos. Los prusianos jamás pusieron mala cara a los que querían ser prusianos. Era tan difícil encontrar a nadie que lo quisiera ser...
lunes, 11 de julio de 2011
El Gorila Invisible

La Universidad de Harvard, además de servir de fuente (real o ficticia) de casi todo estudio científico que se publica en las revistas chapuceras, muy a menudo produce interesantes trabajos en lo que felizmente se conoce como “psicología científica” (en contraposición con su antítesis, la psicología dogmática, encabezada por el psicoanálisis y sus defensores)
Para estos psicólogos, a dios gracias, existe una vida fuera del consultorio y del diván, y de hecho muchos de ellos se inscriben en la facultad ansiando investigar los misterios de la mente, en lugar de soñarse apoltronados ad eternum en un sillón y dejarse crecer la barba.
Dos de estos psicólogos se llaman Chris Chabris y Daniel Simons, y escribieron The Invisible Gorilla, un ensayo de divulgación sobre las ilusiones cognitivas de las que somos presos los seres humanos en mayor o menor medida.
Prologado por Diego Golombek, este librito compendia con oficio divulgador y de manera entretenida algunos de los experimentos más interesantes que se hicieron sobre psicología y neurología cognitivas.
El título se debe, por supuesto, al ya famoso video donde se pide al espectador que cuente los pases de que se producen entre los miembros de un equipo de básquet, mientras que en el centro de la escena aparece un gorila bailando moonwalk que casi nadie puede apreciar (más exactamente, cerca del 40% de los examinados)
Este videíto, ya tan famoso en YouTube, forma parte de un estudio más complejo que viene a postular lo que se dio en llamar la “ilusión de atención”, es decir, la tendencia que tenemos las personas a creer que percibimos más de lo que realmente percibimos en materia de situaciones periféricas, que no están siendo centro de nuestra atención. Esto se extiende a situaciones cotidianas tales como hablar por el celular (manos libres o no, da igual) mientras conducimos un automóvil.
En mi opinión, este es el experimento menos interesante del libro. En él también se habla sobre otras “ilusiones” comunes, como por ejemplo la de causalidad (creer que dos hechos, por hallarse temporalmente relacionados, son uno causante del otro) y cómo esta ceguera mental puede conducir a que algunos mensajes nos sean transmitidos deliberadamente erróneos. O la ilusión de confianza, que nos lleva a creer que algunos de nuestros recuerdos son en extremo fieles (lo cual puede ser catastrófico en el caso de los testigos judiciales), o sentir que un profesional que se expresa con mayor seguridad es, necesariamente, el más idóneo. También está la ilusión de conocimiento, peligrosa plaga, que hace que creamos conocer realmente el funcionamiento de cosas con las cuales, en realidad, solamente estamos familiarizados (este estudio se realizó proponiendo a los examinados simples preguntas como por ejemplo, cómo funciona una bicicleta o un inodoro, y retándolos a continuar la explicación mediante el método de preguntas inacabables de los niños)
El libro, como es de prever, no aporta ninguna “cura” a estas trampas mentales, pero invita a ahondar en ellas entendiéndolas como taras evolutivas que traen aparejadas algunas ventajas necesarias para la subsistencia, como por ejemplo poder concentrarnos en una sola tarea sin que las demás nos distraigan. También se destronan algunas bellas creencias como que la música de Mozart estimula a la inteligencia, cuando hay estudios, menos bucólicos eso sí, que parecen demostrar que la música clásica no nos hace más listos y que los videojuegos son mejores en ese sentido.
Celebro esta nueva entrega de la serie mayor de Ciencia que Ladra, que nos ayuda a pensar este mundo que nos rodea a través de la herramienta más poderosa que tenemos para acercarnos a la verdad, y que de paso, nos entretiene.
sábado, 14 de mayo de 2011
Shoah
Con el libro de Lanzmann, volvieron a mí decenas de recuerdos, reflexiones y sentires nacidos en su gran mayoría durante los días de mi temprana juventud en los cuales milité concienzuda e intensamente en lo que podríamos llamar “la memoria de la Shoah”. Se trata de un trabajo arduo, sostenido sobre intangibles tales como los recuerdos, los testimonios, la sensación de cierta responsabilidad de transmisión. Aunque abandoné esas lides hace tiempo, sigo admirando a los jóvenes, adolescentes incluso, que hacen suya esta responsabilidad y la llevan al acto como si para ellos fuera secundario el hecho de que más de sesenta años los separan de ese instante en la historia. No conozco muchos más casos así de reivindicación de la memoria ancestral, si puede llamársele de esa manera, aunque sé que la colectividad armenia vive algo parecido y sus jóvenes llevan la antorcha del recuerdo del genocidio que los devastó, a ellos, a su tiempo.
Iba a decir que mi debut en las filas de los “holocaustólogos”, como nos llamábamos irónicamente, ocurrió en mis tempranos veinte, en la preparación de lo que sería mi primera “Marcha por la Vida” (anécdota que abordaré en un instante), pero inmediatamente comprendí que en realidad este viaje hacia el pasado ocurre, casi en todo chico judío, cuando muy tempranamente en la infancia comienza a interpretar ciertos relatos de sus abuelos o sus padres –dependiendo de la generación-, ciertos silencios incluso, algunas conversaciones susurradas y que se detenían abruptamente cuando llegaban los niños, unos nombres de parientes que quedaron en Europa, quién sabe si vivos o muertos, conductas especiales frente a la comida, la oscuridad, el dinero, todas ellas achacadas a algo inasible para nosotros y que se llamaba genéricamente “la guerra”.
Como sea, más allá de este bautismo tácito que experimentábamos en nuestras casas, los holocaustólogos teníamos en común una cosa muy concreta: todos habíamos decidido que ya no alcanzaba con haber leído todos los libros, visto todas las películas o haber escuchado cien veces reproducidos los testimonios de los sobrevivientes: queríamos estar allí. En lo que sería un debate nunca zanjado entre las generaciones post-Shoah, nos debatíamos entre la postura del “no-lugar” (término semiológico atribuido a Auschwitz), o sea a la noción de que lo que había ocurrido era tan inefable que no importaba verlo en persona o no, y la necesidad casi física de ver esos lugares, de reconocer a los viejos en los jóvenes. Paradójicamente, no eran los campos lo que más llamaba nuestra atención sino los pueblitos (los shtétl), los guettos, la vida judía de la peri guerra.
Estar finalmente allí, debo decirlo, no es un detalle menor. Hay una razón y un propósito en que sitios tan tenebrosos como Auschwitz-Birkenau se hayan “museificado” (hay quienes se oponen a esto, por ejemplo el propio Lanzmann, quien identifica esta conversión en museo con cierta hollywoodización de la muerte). No me pregunten por qué, pero sin embargo es necesario poder identificar los íconos y los lugares, cerrar el círculo con la verificación ocular (que no es sólo ocular, porque los sitios de la Shoah tienen aún un olor particular que se contradice con el paso de los años).
Recuerdo la decepción de muchos de mis compañeros de viaje, incluida yo, cuando arribados al célebre campo de Treblinka donde muchos de nuestros propios familiares perdieron la vida, descubrimos que nada salvo unas simbólicas piedras quedaba allí para atestiguar el terrible pasado. Echamos en falta las barracas, las vías, y, ay, las cámaras de gas y los crematorios. Veníamos de la experiencia de Auschwitz donde todo ha sido puesto para la consideración del visitante, desde toneladas de cabello hasta piernas ortopédicas, lentes, maletas y juguetes de los niños exterminados, y esta austeridad de Treblinka nos dejaba fríos, como si no fuera posible sentir a la Shoah en toda su dimensión si faltaban los elementos narrativos básicos.
También recuerdo ahora, súbitamente, la tristeza de J.P., encantadora chica platense, cuando descubrió que la barraca donde pasaba las noches su abuelo sobreviviente en Auschwitz había sido desmantelada. En el ícono del campo-muestra por excelencia, quiso el azar que esa barraca en particular fuera convertida en otra cosa, por lo cual no sirvió de nada la memoria detallista del abuelo de J.P., que recordaba el número y la localización exacta de su infierno personal dentro del inmenso campo. La ausencia de esta barraca pudo más que la imagen devastadora de los hornos y las cámaras de gas, y J.P. se quebró cuando comprendió que nunca vería ese recuerdo al que su abuelo había quedado tan sujeto.
Otra imagen que se me viene es la de P.S., quien tuvo un acceso de nervios y llanto a la salida del campo de Majdanek, uno de los más espantosos por su estado de conservación (es el único en toda Polonia donde aún están, intactas, las falsas duchas por las cuales salía el Zyklon B), cuando se le presentó en toda su abstracción una inmensa pira circular de unos diez metros de diámetro llena de las cenizas encontradas en los hornos del campo. Este monumento, contundente como pocos, es eficaz a la hora de transmitir la magnitud del genocidio. El viento no disemina las cenizas, que permanecen en muda montaña dentro de la tumba circular.
Mi experiencia personal en los escenarios de la muerte es, también, caprichosa e inesperada. Puede decirse que toleré bastante bien el tour por los sitios iconográficos de la Shoah; no es que no me afectara pero, de alguna manera, lo que me generaba era del orden de lo esperable, del desasosiego que anticipaba sentir. Sin embargo, hubo un lugar donde sentí que mi resistencia me abandonaba: ese lugar se llama Tykochin y es un pequeño pueblito, igual a tantos otros en la periferia polaca, aunque especial ya que en él se han conservado muchos elementos de la vida judía de preguerra: un hermoso templo con vitreaux (donde entramos, al principio con cauteloso respeto, y terminamos bailando espontáneamente tomados de los brazos un improvisado rikud), casitas con las marcas de las mezuzot en las puertas y otros rastros de que alguna vez hubo vida judía allí. Las personas que habitan hoy Tykochin, probablemente descendientes de quienes se apropiaron de las viviendas, se replegaron dentro de las casas y de pronto pareció que transitábamos un pueblo fantasma: ojos adivinados escrutándonos detrás de las cortinas, ni un alma en las calles.
Ya en Tykochin, fuimos llevados a un bosquecito cercano donde la población entera del shtetl fue fusilada y enterrada en una enorme fosa común que previamente fueron obligados a cavar. Allí, en ese bosque en apariencia inofensivo y agreste, donde sólo el canto de los pájaros se dejaba oír, me oprimió una angustia y un pánico tan grandes que tuve que salir de allí de inmediato. Ni siquiera estábamos seguros de hallarnos en el exacto punto donde yacía la fosa común, pero no me importó: algo tremendo me expulsaba de ahí con más violencia que de las barracas inmundas de Birkenau.
Años más tarde, descubrí gracias a un restaurador de la historia de los judíos de Polonia y Bielorrusia (J.S., para quien traduje durante largos días y noches un libro memorial de la región Pruzhany-Bereza) que la familia de mi abuela fue exterminada en un bosque como ese, no muy lejos de allí, llamado Brona Gura. El modus operandi fue el mismo: hombres, mujeres y niños llevados al corazón del bosque y obligados a cavar un pozo donde ellos mismos habrían de caer.
No pude evitar darme cuenta de que esa información genética corría en mis venas, probablemente alimentada por cosas dichas a medias por mi abuela, calladas y adivinadas, porque el lenguaje de los recuerdos traumáticos atraviesa todas las formas posibles de comunicación.
A nuestro paso por los campos de la muerte, nos topábamos con los “mitos de los campos”, esas historias terribles aunque verosímiles dentro del entorno espectral en el cual se supone ocurrieron. No las reproduciré aquí ya que, anónimas y siniestras como son, nada aportan al conocimiento de la verdad.
Mi otra experiencia axial en los campos ocurrió en Auschwitz-Birkenau: apenas traspasado el límite entre ambos campos (límite que significaba, en la mayoría de los casos, el pasaje desde los trabajos forzados a la muerte), esperábamos el inicio de un acto en conmemoración de Iom Hashoah, cuando vimos aparecer a lo lejos un grupo de polacos, ancianos en su mayoría, con pancartas que no podíamos entender. Primero se mantuvieron respetuosamente a un lado, y pude ver que algunos carteles estaban escritos en inglés y decían frases del estilo “We love you people of Israel”. Finalmente, algunas de estas personas se acercaron a nosotros y comenzaron a hablarnos. La que se acercó a mí era una mujer de unos sesenta años, de expresivos ojos azules, quien comenzó a hablarme en una mezcla incomprensible de polaco e inglés, con algunas palabras hebreas salpicadas aquí y allá (“shalom”); su verborragia era casi incontenible, y mientras me hablaba, tomaba mis manos con algo parecido a la ansiedad, me besaba y me abrazaba. Puede entenderse mi estupor ya que hasta entonces, el escaso contacto con los polacos no había sido muy auspicioso (créase o no, sesenta años después de la ocupación alemana, algunos nos recibían haciendo el saludo nazi o ponían música de rock a todo volumen para boicotear el Kaddish de los actos conmemorativos). Esta polaca, sin embargo, parecía amistosa, y cuando finalmente empecé a comprender algo de su argot, me di cuenta de que estaba intentando contarme que su padre también había perecido en ese campo, que era un preso político comunista, y lo habían enviado a morir allí. Tomándome de la mano, me obligó a acompañarla al interior de una de las barracas-museo, y allí por un corredor interminable tapizado a ambos lados por retratos y más retratos de los prisioneros que habían pasado por Auschwitz-Birkenau. Yo ya había visto esa hilera de rostros y no me había detenido porque, como puede inferirse, todos los rostros se ven iguales luego del rapado, la inanición y el gorro de prisionero. Esta mujer, sin embargo, supo exactamente frente a cuál detenerse –en una ceremonia que habría hecho cientos de veces en todos esos años- y con gesto decidido me mostró, al fin, la foto de su padre asesinado: una cara prisionera más, indistinguible para mí de las otras, única entre miles para ella. Confieso que esos ojos sepia a los que miré de frente me hablaron con más elocuencia que cualquier otro rastro de la vida humana en los campos de la muerte. Los ojos de un joven hombre católico, alistado en la resistencia, que habría enfrentado la muerte con iguales dosis de perplejidad y determinación.
Nuestros viajes a Polonia y Alemania están llenos de momentos como éstos, preñados de significado, pero hay algo más que casi invariablemente ocurre cuando uno visita estos solares, algo difícil de explicar, que no puedo sino describir como la patente sensación de una fuerte presencia que de pronto se ha ido. Es, como lo he dicho en algún cuento que escribí, el canto del pueblo exterminado, que no termina de callarse porque han quedado, a pesar de muchos, huellas por todas partes. A veces es sólo un silencio donde antaño funcionó una próspera casa de estudios jasídicos. Otras veces es la llanura yerta, interminable, por donde uno sabe que pasaron caravanas de miles y miles de personas, movilizadas del ghetto a la exterminación. Es la valija –una entre miles- que se ve en una vitrina de Auschwitz y perteneció a la niña Anna Frank. O las casas vacías en lo que fue el ghetto de Varsovia, en especial el muro de Mila 18, centro del épico levantamiento que lideró un joven de sólo veintitrés años.
Hace poco, y varios años después de mi última visita a estos parajes desolados, visité el Jewish Museum de la ciudad de Nueva York. La muestra permanente es preciosa, llena de reliquias que datan de los albores de la cultura israelita. Hay, por supuesto, una sala dedicada al recuerdo de la Shoah; es, según me han contado, una muestra cambiante donde artistas jóvenes plasman su visión de la tragedia. El día que yo fui, la muestra incluía una instalación de George Segal, una serie de estatuas de yeso a escala humana, completamente blancas, recostadas en el piso como cadáveres recientes sorprendidos en un último gesto de humanidad: si se miraba con detalle, podía verse la estela de una dinámica en las figuras: el pliegue de una túnica, una mujer tomando la mano de un niño yaciente a su lado. Había algo que recordaba vagamente a las figuras petrificadas de Pompeya, eternizadas por el Vesubio en sus gestos banales. La instalación, rezaba el cartelito, había sido creada a partir de modelos vivos a quienes se les pidió que se acostaran en el suelo e imaginaran que era la escena de su propia muerte.
Esta instalación me hizo llorar, larga y sostenidamente. Primero con timidez –estaba sola en el museo- luego con abiertos sollozos, para qué negarlo. Mi asombro ante mis propias lágrimas y su carácter incontenible fue mayúsculo. Yo era una heroína de Marcha por la Vida, había visto la muerte in situ, pero me estaba quebrando por unas figuras de yeso de arte moderno.
Es que la melancolía del pueblo exterminado se colaba también a través de ellos, caminaba a mi lado, resignificando la música klezmer que se oye por doquier en Nueva York y me produce melancolía desde antes de comprender que, allí donde suena un clarinete, es el murmullo del bosque lo que sigo escuchando cuando la música ya se ha apagado.

viernes, 6 de mayo de 2011
La liebre de la Patagonia

Autobiográfico pero increíblemente novelado en su trama (es indudable que su vida superó en muchos aspectos lo impredecible de la ficción), es difícil hacerlo a un lado para seguir con la vida cotidiana y dejar de escuchar su relato envolvente y necesario.
Claude Lanzmann era, en mi imaginario –injustamente- sólo el creador de ese monstruo cinematográfico que fue Shoah, y de manera secundaria quizás Tsahal.
Yo desconocía de manera increíble sus avatares junto a las grandes luminarias del siglo XX europeo. Lanzmann nombra, igual que a satélites, a las bestias de su época: Cocteau, Deleuze, Hyppolite, y por supuesto Sartre y Simone de Beauvoir. Tiene, en común con mis caros Anais Nin y Henry Miller, ese privilegio absolutamente personal de haber vivido rodeado de personas que no por brillantes dejaron de estarle a la altura.
Lanzmann sobrevivió a la guerra y puede decirse que su vida estuvo muchas veces a punto de ser segada. Militó con la resistencia francesa comunista, se atrevió a dirigir seminarios sobre el antisemitismo en la Alemania nazi y formó parte de convoyes que lanzaban bombas caseras contra las SS. Y sin embargo, dice él mismo, siempre adoleció de esa “cobardía” que supone no ser consciente de lo que está en juego, no terminar de entender que es la vida misma lo que puede perderse ante un paso en falso.
Ya en los tempranos cincuenta asistió con una especie de fascinación no exenta de idealismo al naciente Estado de Israel. Lanzmann nunca hizo aliá pero en muchos aspectos siempre se sintió un sionista.
El libro comienza con un fragmento estremecedor de “La liebre dorada” de Silvina Ocampo. Las referencias a esta Argentina aparecen más de una vez –no solo en el título- en apariencia aleatoriamente, “(…) acababa de ver una liebre de la Patagonia, animal mágico, y de pronto toda la Patagonia entera me traspasó el corazón con la certeza de nuestra común presencia. Cien vidas que viviera no me agotarían nunca.”
Los hermanos de Lanzmann también hicieron sus lides en la literatura y el cine. Evélyne Rey, su bella hermana menor, fue una actriz de culto en su época, y dirigió un documental sobre las mujeres tunecinas. Se suicidó a sus treinta y seis años; dejó solo tres cartas, una de las cuales era para Claude y la otra para Jean Paul Sartre, de quien estuvo profundamente enamorada.
Dijo Lanzmann en referencia a su muerte:
“El suicidio de mi hermana me había devastado, pensaba que en adelante y de manera permanente tendría que vivir bajo la sombra de su muerte. Sería una forma de fidelidad. Una amiga de Sartre que había sufrido grandes desgracias, Claude Day, me dijo una vez: “Se equivoca, acabará olvidando, la vida siempre se impone.” Tenía razón. Y no la tenía. No he olvidado nada, y he vivido. Pero noviembre no me sienta bien, es el mes de la muerte de Evelyne y también lo es de mi nacimiento.”
Lanzmann no sólo vivió sino que dejó enormes, hercúleos films, con un afán poco disimulado de registrarlo todo, de que ningún tesimonio o gesto sea olvidado. Su libro de quinientas páginas es producto de esta misma materia hecha de memoria.
lunes, 25 de abril de 2011
Quedeshim Quedeshot

Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.
Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras
del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,
acuérdate del pez.
Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de
turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de
la música; palomas,
de repente aparecieron palomas.
Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con
su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.
Pero ahora, ay, hablando en prosa se
entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y de mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.
Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga
loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín
de Hipona que también fue liviano y
pecador en Africa hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.
* En fenicio: cortesana del templo.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Chama viene a cenar

Durante su idílica estadía en Big Sur, uno de esos sorprendentes lugares injertados en los Estados Unidos, Henry Miller encontró una manera hermosa y –cuándo no- encantada de amenizar las cenas con sus hijos pequeños, Tony y Valentine. Henry Miller no era muy dado a mantener las clásicas conversaciones parentales y parece que se le estaba complicando lo de sostener la vida familiar lejos de la madre de los chicos.
Y fue entonces cuando decidió crear a Chama. Chama, de hecho, existía en realidad y era una niña de quien los pequeños Miller habían quedado totalmente prendados luego de una fugaz visita que les hiciera con su madre, tal vez una de esas artistas que llegaban a Big Sur a absorber algo del espíritu indómito de Henry Miller. Y Chama representaba, a los ojos silvestres de esos niños, la refinada vida de la ciudad, la amiga genial de Nueva York, dulce y a la vez inexpugnable, que los extasiaba con sus historias llenas de coches veloces y tiendas de ultramarinos.
La Chama de los cuentos de papá Miller comenzó siendo una chica citadina bastante corriente, porque estaba claro que a los niños les alcanzaba con que ella, en el relato, tomara el ascensor u ordenara unos pancakes sentada en la barra de una patisserie. Casi me los puedo imaginar, en ese entorno salvaje y bucólico que era Big Sur, abriendo los ojos de par en par ante la versión infantil de la crucifixión rosada. Bien pronto, el hilo argumental encaró los lunáticos caminos de Miller, y fue entonces que Chama comenzó a luchar contra los tugs o a atravesar aventuras en su módulo lunar que, claro, sólo estaba disponible en la gran manzana.
Todos los relatos comenzaban con Chama tomando el ascensor (cándidamente, la parte que más fascinaba a Tony y Val), para luego embarcarse en truncas peripecias locas en cuotas a la Scherezade. Henry Miller, virtuoso del relato, se las arreglaba para que su heroína llegase al clímax de la historia justo cuando era hora de irse a dormir.
Hace un tiempo, ideé una historieta ilustrada para entretener a mi pequeño hijo. Me imaginé que no podía haber nada mejor que aunar las cosas que más le gustan a cada niño y prepararle un cóctel con sus historias favoritas. Mi héroe iba a llamarse Inmanuel y tendría una mascota a definir (un animal no estrictamente doméstico). Mi folletín ya tenía bastantes capítulos delineados, bocetos incluso donde comprobé que era capaz de dibujar casi todas las expresiones faciales necesarias –asombro, alegría, temor, ira. Inmanuel, es triste decir, duerme el sueño de los justos, pese a que llegué a indagar bastante en la estructura del relato infantil, tomando como eje predilecto la de los cuentos de hadas, donde el elemento fantástico disruptivo puede utilizarse a discreción (es decir, nos permite salir de casi cualquier atolladero argumental sin que los niños vayan a protestar por ello ya que, como se sabe, ellos son maestros en la suspensión de la incredulidad)
Creo que Inmanuel nunca terminó de nacer porque inevitablemente lo comparé con las peripecias delirantes de Chama, a la que nunca podría alcanzar.
Ahora estoy macerando otra idea, surgida de la avidez sorpresiva de mi hijo por la mitología griega. En contra de todas mis predicciones, los mitos clásicos, con toda su inexorabilidad y su sed de sangre, lo cautivaron sin remedio. El desafío es encontrar la forma de contarle el trasfondo, esto de que al destino siempre se vuelve por caminos misteriosos e inefables, sin caer en las moralejas simplistas o en la admonición lisa y llana. Ahí ando, caminando por las calles aún un poco desconocidas para mí de la niñez y sus predilecciones, tratando de recordar esas cosas del cuento que me atrapaban a mí, ese momento en el cual el relatador tenía ya mi plena atención y nada, pero nada, podía arrancarme a la letanía de un cuento contado mil y una noches.
