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sábado, 15 de abril de 2017

Caridad Cristiana

Corría el año 2012 o 2013. En nuestra compañía si hay algo que siempre ha sobrado es el “catering” y en ese entonces apareció en las redes una ONG que casualmente, se ocupaba de redireccionar las sobras de los festines burgueses hacia destinos más necesitados (comedores, escuelas, hogares)
Como era de esperarse varios de nosotros enseguida relacionamos el excedente de sandwichitos con una obra que podía ajustarse perfecto: ¿por qué no llamar a los de Plato Lleno, apenas terminaba alguna de nuestras reuniones, y que llevaran todas esas delicias a quienes lo pudieran aprovechar?
La respuesta no se hizo esperar, aunque no era la que esperábamos. “Sabés qué, negra” –me dice en confianza una persona que colabora con el área de Comunicaciones de la empresa- “en realidad es un chino. Es más fácil si vos decís que te la llevás a tu casa y en la otra cuadra se la das a algún homeless” (abunda el léxico anglosajón entre los colaboradores de una multi, aún los que tienen sensibilidad social como era el caso de éste) “Nadie quiere comerse un garrón si algún chico se intoxica, me entendés?”
El final de esta historia es que seguimos atiborrándonos de canapés y viendo por Facebook cómo otras compañías –pymes, en su mayoría- sí corrían el riesgo de “intoxicar” a algún niño con salmón o jamón crudo.
Tiempo después, tocó el turno de inaugurar RSE (ninguna empresa que se precie puede ignorar que levanta la imagen devolver algo a la comunidad bajo la forma de Responsabilidad Social Empresaria). Los elegidos, esta vez: el hogar Conín del Dr Abel Albino. Polémicas aparte (el doctor tuvo en su día algunos dichos públicos cuanto menos debatibles), hacía ruido que estuviéramos ayudando a los mismos que ya veíamos ayudar en prime time por canales de alcance masivo. Algo, una intuición no demasiado aguda, nos indicaba que seguramente había muchos otros grupos desatendidos y que era nuestra gran oportunidad repartir allí donde nadie llegara.
Y de nuevo vino la explicación de, a esta altura, la voz de la consciencia personificada en un empleado de RRHH: “Nadie quiere quedar pegado con un Padre Grassi, nunca más. Ahora ante la menor duda de que haya algo poco prístino y que nuestra imagen quede mancillada, solo donamos a ONGs de reputación intachable, responsables inscriptas y con todos los pibes vacunados.”
Que no se malinterprete, todo lo que vi cuando estuve en el hogar Conin es digno de elogio, y es indudable que se ayuda a individuos en máxima carencia. Pero en lo colectivo uno termina con la sensación de que el circuito de la solidaridad siempre anda los mismos caminos, y que por un excesivo cuidado de la propia espalda, se deja de apostar a grupos humanos igual de organizados pero tal vez menos marketineros.
Hace unos días, ya en otra empresa, recibimos la visita de la ONG que con la que actualmente colaboramos. Debo decir que mismo perfil: máxima organización, impronta fuertemente cristiana (aunque se declaren laicos para no ahuyentar ningún posible benefactor, no es ocioso que el logo ostente una cruz y que todos los hogares tengan nombres de beatos), coordinadores de clase alta que también intercalan demasiada palabra en inglés, y por último –y esto es mi opinión personal únicamente- cierto concepto de la caridad que tiene al pobre como sujeto receptor pasivo, pero no termina de empoderarlo ni acompañarlo en ningún proceso que conduzca al movimiento social ascendente.
Nuevamente es menester decir que todo lo que hacen es loable. Pueden caerme mejor o peor, pueden ser la ONG que yo elija o no para dejar mi humilde aporte, pero al final del día HACEN, y eso es más de lo que muchos pueden decir.
Por supuesto, surgieron entre la audiencia airadas preguntas de “Y dónde está el Estado?!” Todos sabemos que la solidaridad popular aflora allí donde el Estado suele estar ausente o como mínimo insuficiente.
Sin embargo, apuesto lo que sea a que quienes preguntaron eso, no saben qué programas sociales hay en marcha (y me refiero a este gobierno o el anterior), cómo podemos ayudar todos desde el aparato estatal, y cómo podríamos mejorar lo hecho; es muy fácil demonizar a un “Estado” simbólico y abstracto, pero nos olvidamos fácilmente que ese Estado somos todos y que lo que se hace o deja de hacer muchísimas veces ocurre por acción u omisión de los ciudadanos.
Termina el día y comemos los sandwichitos, alguno se quejará de las movilizaciones que por estos días abundan en la ciudad (la pobreza es aceptable solo cuando no se queja, o si se queja sólo por las vías que nosotros consideremos adecuadas), otros irán a festejar las pascuas y repasar el concepto del pecado.
En el impenetrable chaqueño, capaz, hay un grupito de no más de veinte o treinta personas, que no saben lo que es una personería jurídica, pero que serían igual de felices si les juntáramos los juguetes para un Día del Niño que probablemente desconocen.



viernes, 17 de febrero de 2012

Entomología III: Sexo, mentiras y sobrepeso

Por esas cosas que tiene la vida, hace unos días me encontré incidentalmente compartiendo mesa con dos típicos ejemplares que alguna vez, con más lucidez y menos falta de sueño REM, describí en mi sección de entomología.
La charla versaba sobre una colega a quien me une un gran cariño pese al poco tiempo que llevo conociéndola. La chica de marras es la típica mujer que podríamos calificar de "bomba latina"- sexy, curvilínea y por sobre todas las cosas, segura de que su atractivo pasa por lugares muy distintos al modelo que nos vende la tevé. En realidad antes de este suceso no se me hubiera ocurrido empezar a describirla por su lado físico, pero los acontecimientos así lo justifican.
El caso es que las dos personitas que se sentaban a mi lado, convencidos tal vez de que contarían con mi complicidad (suelo ser bastante más empática con el humor masculino que con el femenino) comenzaron a emitir comentarios jocosos relacionados al supuesto "sobrepreso" de la chica en cuestión. Uno de ellos decidió con total convicción que a ella “le sobraban ocho kilos" y estaba, por ello, “sufriendo una involución” (sic) -todo esto, por supuesto, regado por risitas de ocasión... Oh Sigmund... el chiste y la ironía...)
Para ser sincera, el espectáculo de dos grandulones dándose codazos mientras comentan el tamaño del culo de una mujer me deja azorada. La charla no era, huelga decir, un manifiesto de preocupación sobre la salud de la chica, ni siquiera un educado comentario sobre una eventual preferencia por las mujeres flacas... era, por el contrario, el típico chascarrillo adolescente sobre el cuerpo de las mujeres, o su celulitis, o el grado en que la gravedad ha afectado sus glándulas mamarias. O sea, una pobreza de tópico. Yo, desembarazándome en el acto de la sintonía humorística que solía unirme a estos señores, no pude dejar de indignarme, aunque no tanto por "corporativismo de género" (carezco de tal) sino por un franco asombro de que hombres rondando sus cuarentas pudieran hacer un comentario tan gratuito, descalificante y empobrecedor sobre una mujer que a todos nos caía bárbaro y que es, obviando las subjetividades correspondientes, aceptablemente atractiva en los términos más convencionales de la palabra. Sospecho, a riesgo de ser cruel –pero me he propuesto que la mayor parte de mi crueldad fluya por este inofensivo blog- que ambos muchachotes tendrían que trabajar bastante para llevarse a una chica de su tipo a la cama... pero son sólo suposiciones.
No pude evitar que las siguientes preguntas acudieran en filita a mi mente: ¿quién carajo te pidió tu opinión? ¿no es dueña una mina de comerse un búfalo si se le canta?
Como era esperable, ante mis protestas de reconsiderar el exabrupto hubo una sarta de más risitas cómplices, pedidos de que me plegara al humor, y otras muestras de que la crítica estaba lejos de ser adulta y seriamente considerada. Es muy fácil, sobre todo para algunas personas que no se sienten a gusto siendo confrontadas en sus defectos, escudarse en el humor cerril para hacer frente a una opinión que los desnuda en su futilidad. Lo difícil, creo yo, es admitir que uno tal vez haya incurrido en un género de ofensa barata, bastante común por desgracia, y que alguna vez, para mala fortuna del chistoso, cae en oídos del interlocutor equivocado, esto es, el que lo confronta y lo expone en toda su pavotez.
Accesorio sería decir que quienes hablaban no eran adonis salidos del Olimpo. Inútil agregar que hasta donde yo sé tampoco están en pareja con ideales de la belleza publicitaria. Lo que me parece, en cambio, es que como tantas otras personas, quedaron presos de un discurso tramposo y simplificador que los lleva a pensar que es lícito opinar sobre la estética de las mujeres como si el mundo alrededor fuera a validar sus exabruptos sin excepción.
La verdad es que me divirtió, para variar, pararme en la vereda "feminista" por la cual no suelo caminar. Me pareció digna de asombro la negación sistemática de que existe un resabio sexista y discriminatorio en el cual, lamentablemente, muchas veces hombres y mujeres caen, y que consiste en hacer gracia de lo que no cumple con los cánones de la perfección irreal (en niños y adolescentes esto responde a una necesidad de identificación y afianzamiento de la personalidad mediante la segregación del diferente; en los adultos confieso que me tiene perpleja). Me sorprendió ver la agresividad con la que ciertos hombres se ponen, solidariamente, a defender lo indefendible, en lugar de aceptar que si fueran sus mujeres el objeto del escarnio ajeno, probablemente no estarían riéndose tan alto (aunque uno de ellos lo negó, es casi matemático que los mismos tipos que se burlan de la mujer desconocida suelen ser ridículamente cavernícolas a la hora de defender la propia o inventarle atributos que no posee).
Sentí algo parecido a otra situación ya descripta en este blog, cuando alguien que me cae simpático de pronto hace un comentario racista o discriminatorio, y pierde automáticamente todas las fichas, queda expuesto en su cortedad y superficialidad.
Amé con el alma al hombre que el azar decidió poner en mi camino, que en ese momento estaba a diez mil kilómetros de distancia y que me enamoró, entre otras cosas, por saber alabar la belleza femenina que le gusta, sin por ello caer en descalificaciones de todo el espectro restante.
No lo puedo evitar, ha vuelto la entomología a estas páginas. Los especímenes andan sueltos.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Fronteras

Me asombra a la vez que indigna la puntillosidad limítrofe con la cual ciertas personas funcionan a la hora de pensar en derechos humanos. Es decir, parece insensato que gente que dice estar preocupada por el acceso de los menos favorecidos a prestaciones básicas como la salud, la educación y la vivienda, se conviertan en fiscales de frontera a la hora de escandalizarse porque una persona X reciba asistencia en nuestro país.
De los reaccionarios de siempre, espero casi cualquier cosa. De los fachos que nunca faltan, no me sorprendo de escuchar barbaridades orientadas básicamente a la deshumanización de las personas de nivel socioeconómico bajo. Pero hay otro tipo de gente que francamente me decepciona al hacer este distingo entre, pongamos por caso, un formoseño y un boliviano. Se me ocurre que cuestiones sutiles y azarosas de lugar de nacimiento son las que se juegan, cuestiones, digo, poco importantes a la hora de decidir si un ser humano tiene o no derecho a querer parir en una salita de atención primaria, dormir bajo techo o recibir drogas para el HIV, aunque sea en un país distinto del que nació, si es que éste no puede proveérselo. Hay algo grave, oscuro, en que estos conceptos los vierta, por ejemplo, un colega médico (lo dicen muy a menudo), ya que en nuestro caso, además, viene habiendo un juramento hipocrático, una vocación idealmente, que debería hacernos sentir que es nuestro deber aliviar el sufrimiento sin antes pedir el DNI.
Lo más triste es que muchos de quienes piensan de esta manera, terminan no ocupándose particularmente de los derechos de nadie, ni argentino ni extranjero. Tampoco los veo del todo escandalizados si por casualidad se enteran de que un compañerito de su hijo en la escuela pública “progre” a la cual lo envían es australiano o italiano. Esas son cosas que forman parte del universo cool y no suelen cuestionarse.
Con los tristes acontecimientos de Villa Soldati, volvimos a presenciar la lamentable lucha de pobres contra pobres (entendible, por supuesto), siempre alimentada desde sectores más prósperos de la sociedad, que esperan que nuestros despojados autóctonos defiendan a capa y espada sus paupérrimas pertenencias en desmedro de los foráneos y sirvan así de funcionales fuerzas parapoliciales involuntarias.
Cuando estas cosas pasan, las frases que más resuenan son “boliviano de mierda”, en el peor de los casos, o en el “mejor”, una ridícula y falsa perorata sobre la necesidad de defender los recursos propios etc etc. Como si el verdadero enemigo fuera el indigente limítrofe y no el sistema que hace que haya tantos de ellos, aquí y allá.
La verdad es que repudio a esta falsa argentinidad, ese patriotismo de pacotilla que les sale a los que no se animan a manifestar su xenofobia con todas las galas. Si realmente es más tolerable ver morir de hambre o de enfermedades medievales a una persona que tuvo el azar de nacer del otro lado de la frontera, entonces hay algo que está muy mal en el corazón de los patriotas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Entomología II: el abducido por el mensaje-masa

En este último tiempo, a la par de que mucha gente se despabila del enojoso influjo que tienen sobre cada uno de nosotros los medios hegemónicos, otros se aferran, con curioso morbo, a la tozuda creencia en ellos, haciéndolos carne con fanatismo y resistiéndose a la evidencia como si se tratara de la peste.

Allí están ellos, haciendo propias frases trilladas del estilo “hoy en día salís y no sabés si volvés”, “hay que parar de robar”, aunque también “en la moto la carrocería es uno” , “a seguro se lo llevaron preso”, y “el público se renueva”.

Las estrellitas rutilantes de esta carne de cañón son, por supuesto, la sensación de inseguridad y en un modesto segundo lugar, la inflación y la supuesta corrupción generalizada de la clase política.

Estas personitas enemigas del razonamiento suelen ser bastante duras para el análisis de un contexto, ya no hablemos de abstracciones mayores como preferir la estadística a la sensación personal o los estudios científicos a lo que le pasó al cuñado.

Exhortados a justificar su opinión, suelen respaldarse por lo que vieron en la tele, lo que “se dice”, o la ambigüedad lisa y llana de la a esta altura famosa “sensación”. No podemos, por supuesto, pedirles que acepten la posibilidad de que una sensación sea precisamente eso, o sea, la evaluación subjetiva de una persona en particular.

Así como huyen de la estadística por considerarla siempre adulterada y tendenciosa, también subestiman de manera rampante la enorme influencia de la repetición, en los medios, de determinadas noticias. Parecen desconocer la simple verdad de que si un mismo hecho lo vemos replicado al infinito, es altamente probable que comencemos a creer, de forma no del todo consciente quizás, que se trata de más de un hecho o uno de mayor importancia del que tal vez tenga. El demoledor ejemplo de la Gripe A y su explosión en los medios no les hace mella, lo cual seguramente vaya a abonar la hipótesis de que cuando se echa a rodar una inexactitud, aunque luego se la retire, gran parte del daño ya está hecho. Muchos conceptos quedan irremediablemente enquistados en el imaginario público, a desdén de posteriores rectificaciones y vueltas de página.

Podemos decir que el mensaje oligopólico ha triunfado en estas personas, aunque por suerte sean más los que abandonan sus filas que los que pasan a nutrirlas.

No pocas veces, la respuesta que blanden estos seres, incluso con gesto de inteligencia, es que nosotros también nos dejamos seducir y convencer por 6,7,8. Con esto parecen condenar que a quienes pensamos de determinada manera nos guste identificarnos con, aunque sea, una módica parte de la caja boba. La diferencia clara que ellos parecen no ver, es que una cosa es que un programa tenga una línea editorial, y otra cosa muy distinta es que la tengan, al unísono, catorce canales, veintiún radios, dos señales de internet y tres diarios. Que en este último caso, real por desgracia, es más difícil ejercer la elección de apretar un botón y escuchar algo distinto. Y la otra diferencia, a mi juicio no menor, es que 6,7,8 les resulta intolerable no sólo por su contenido oficialista sino, y sobre todo, porque se compone de un panel de personas que podríamos definir como intelectuales. Aunque el programa sea deliberadamente “buena onda”, es insoslayable que también apunta a trasuntar pensamiento, análisis, política, y puedo entender que ese no sea el producto más entretenido a los ojos de nuestros amiguitos, más acostumbrados a los titulares extra-adjetivados de Clarín.

La última cosa que quisiera señalar de esta gente es que, por suerte para todos nosotros, rara vez se trata de interlocutores educados y sagaces. Lo más común es que sean personas que a duras penas pueden sostener una argumentación de dos minutos, quedándose enseguida sin letra, por la sencilla razón de que Clarín, FM100 y TN son su principal fuente de información, y esto es más grave desde el punto de vista educativo que ideológico. O sea, estamos frente a una raza reaccionaria a la vez que ignorante. ¿Qué me esperanza de ello? Que tal vez el día que agarren los libros, puedan empezar a producir pensamientos propios.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Entomología I: El Garca

Hay una especie de hombre- que por suerte no me cruzo muy a menudo- cuya condición de garca se le manifiesta por todos los poros del cuerpo. Hoy había uno en el mismo vagón del subte en el que iba yo. Era muy representativo de la especie: camisa desabotonada a medias, pecho peludo, alianza de oro. Cierto aire de autosuficiencia. Este garquita en particular, apenas se liberó un asiento contiguo, se abalanzó al mismo en lugar de darle paso a la chica que tenía al lado. Valga aclarar que para esta clase de garca las mujeres, sobre todo las que son lindas y seguras de sí mismas, representan una amenaza que intentan exorcizar con descortesía o agresión lisa y llana. El garquita, feliz con su módico triunfo de iniciar la jornada laboral sentando sus posaderas, desplegó el diario Clarín y se puso a hojearlo con concentración. No pude reprimir el pensamiento de que esa lectura era lo máximo a lo que su cabecita prehistórica podía aspirar.

Ya sentado, el garca me permitió una visión más detallada de sí. Está claro que, en el subte, la contemplación del prójimo es casi una obligación. Los minutos pasan, los espacios físicos se vulneran y no hay paisaje al cual mirar por la ventanilla. Así, pude notar que este garca cumplía una de las premisas casi inevitables de todo garca que es la calvicie incipiente. Las dos cosas, calvicie e incipiente, coexistían, haciendo honor a la descripción clásica de todo pelado a medias.

El garca también tenía los siguientes elementos distintivos de su casta: aparato tecnológico a la vista (en este caso puntual un iPod), reloj ridículo y camisa con logo tradicional.

El garca se bajó en Uruguay y no pude evitar pensármelo en alguna oficina cercana a Tribunales, jugando al estanciero con las módicas finanzas de la pyme que le paga el sueldo. Quizás a media tarde le manda un par de mensajes melosos pero dominantes a su novia porque, no lo olvidemos, cada uno de estos garcas tiene su complementaria, la chica bonita pero algo insegura que le perdona las groserías y hace que no se da cuenta de los desplantes.

Todas las mujeres hemos tenido alguna cita (fallida en el mejor de los casos) con un hombre de esta calaña, y las señales de alerta son que suele elegirte del menú sin que se lo pidas, te aburre con sus proezas deportivas o sus logros económicos, te recita el decálogo de lo que considera una relación ideal (dar cátedra con aire de superado es una de sus aficiones), y para finalizar trata de bajarle el tono a la atracción que le generás, solo para dejar en claro que tu superioridad en las lides amorosas no lo intimida. Esto, por lo general, no puede derivar en otra cosa que desdén o grosería.

El garca, para terminar, suele ser cagado a cuernos muy tempranamente en cualquier relación seria que emprenda. Por supuesto, para cuando esto ocurre él también engaña desde hace rato a su mujer con una secretaria o recepcionista, pero a diferencia de las suyas, la infidelidad de la mujer se le hace una afrenta intolerable y un signo de promiscuidad. Se queda solo, y lo volvés a ver un día en el subte, ya sin pelo y peleándose con el prójimo por el asiento más cercano.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La quintita propia (o apología del sentimiento popular)


Debido a la reciente pérdida que el país ha experimentado pero que una parte del país parece no acusar, me encontré con algunas reacciones algo extrañas.

En este caso me referiré concretamente a la actitud “noesparatanto” que muchas personas, en forma creciente a medida que pasan los días, van asumiendo como propia.

Probablemente abrumados por la inmensa reacción popular que la muerte de Néstor Kirchner provocó, ya salieron los tibios de siempre a dejar en claro que si bien ellos se conmueven, solidarizan y emocionan, es “hasta ahí”. Con una alarma no exenta de cortedad de miras, se extrañan de que haya tanta gente que pueda estar acongojada por la desaparición física de alguien que no formaba parte de su círculo íntimo (entendiéndose por ello hermano, marido o amigo)

De esta guisa tuve incluso que tolerar discursos paternalistas acerca de la necesidad de poner las cosas en su justa medida y reservar el dolor para cuando me ocurra una “verdadera pérdida”. O sea, hay gente para la cual los vínculos ideológicos, las afinidades políticas, los sueños grandes, no valen tanto como el cuñado o la abuelita. Ok, puedo vislumbrar el mecanismo. Lo entiendo porque hasta hace unos años yo misma veía las cosas de forma similar –no igual- y me costaba identificarme con una figura social o política, ya no hablemos de tenerle apego o sentir pasión (una excepción a esto haya sido probablemente Itzjak Rabin, otro dirigente cuya repentina pérdida sentí como importante y terrible). Sin embargo, nunca denosté ni me pareció desubicada la genuina pasión que algunas personas parecían sentir por líderes sociales, carismáticos o incluso artísticos.

Tuvo que asumir el gobierno de Kirchner y luego el de Cristina, que poco a poco me ganaron con medidas concretas y hechos contundentes, para que llegara el día en el cual yo también decidí que esta gente lejana y en un punto desconocida, que estaba en el poder y me representaba como nunca antes nadie lo había hecho, pasaría a formar parte de mi círculo íntimo, de las personas que considero valiosas y necesarias, a las que permito hacerme emocionar, enojar, comprometer.

Cada cual a sus sentimientos e ideas, pero por favor que no me sigan molestando las personas que no entienden lo que se sale de los límites de su quintita. Que permanezcan en su mundo, lleno de taxistas reaccionarios y clase media no muy culta (admito crueldad; para eso está mi blog, también), y no traten de aleccionarme sobre el tipo de emociones que se supone debería sentir. Que su necesidad de sacudirse rápidamente una movida popular que no comprenden no los haga darme lecciones morales sobre la futilidad de ciertos sentimientos.

Son los mismos que después dicen que “ya están hartos” del Holocausto o los desaparecidos, probablemente porque todo tema que no pertenezca a su domesticidad los supera, aburre y sobrepasa. Quizás por eso no pueden entender que haya personas que sentimos distinto, a quienes nos alcanza el sentimiento para un círculo un poquito más amplio que el de nuestra mesa de los domingos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Nick Hornby Hace Escuela


No podré agradecer suficiente a D.A. su recomendación del libro How To Be Good, de Nick Hornby.

El libro es espectacular, un gigantesco sarcasmo sobre la vida burguesa y las ideas progresistas de la clase media acomodada. Está escrito en primera persona (y desde una voz femenina terriblemente creíble, lo cual elevó en gran manera mi admiración por Hornby), narrado por la esposa de David Carr, un hombre corriente que un día, sacudido por una crisis matrimonial, decide comenzar a practicar su sensibilidad social al pie de la letra. Es decir, deja de ser un inconformista profesional satisfecho con sus ideas progresistas y comienza, de buenas a primeras, a dejar limosnas exorbitantes a los pobres, regalar los juguetes que le “sobran” a sus hijos y los insumos que sobran en general (lo cual en una familia de clase media es casi todo), e invitar a cenar a su casa a mendigos impresentables y locos del hospicio. La esposa y los hijos, como es de esperarse, empiezan aplaudiendo la iniciativa hasta que la misma se mete con sus pertenencias personales o su confort tan buenamente adquirido, momento en el cual todo les empieza a parecer una locura que forzosamente debe terminar. La cosa va in crescendo y culmina con el hombre instando a sus vecinos a alojar en sus habitaciones vacías a los homeless del barrio. La llegada de GoodNews, gurú espiritual algo mugroso y chanta que se instala a vivir en la casa de la familia, no ayuda a restaurar la armonía perdida.

Por supuesto, Hornby se las arregla para que la historia no sea un disparate y, en rigor de verdad, la mayoría de las veces terminamos por darle la razón a David, quien no hace sino enfrentarnos a una de nuestras más pecaminosas hipocresías: la de creernos mejores de lo que somos, la de llenarnos la boca con preciosas teorías de amor hacia los semejantes que jamás haremos realidad. Como diría un psicólogo, David hace pasaje al acto. Y en el proceso nos hace quedar a todos un poquito peor que antes de comenzar el libro.

En lo que es la frase pivot de la novela, Hornby hace decir a David las siguientes palabras:

-Soy la pesadilla de cualquier progresista. Creo en todo lo que tú crees, pero yo voy a ponerlo en práctica.

G, joven colaborador de la empresa donde trabajo, se mostró muy entusiasta con respecto al argumento de este libro. G se autodefine como socialista y cree que su paso por esta compañía multinacional es sólo una escala temporal y necesaria para desarrollar su verdadera vocación, que creo entender no está en el amasar dinero. Confieso que muchas veces, el estoicismo de estos jóvenes comprometidos me genera una especie de tristeza, esa insoportable suficiencia del que ya estuvo ahí y sabe cómo terminará la historia (en la mayoría de los casos, con un aburguesamiento tan paulatino que es difícil identificar su lenta invasión de los ideales)

Sin embargo, esta vez algo en la mirada de G, su brillo quizás, me dio la pauta de que algo había encendido una pequeña llama.

Terminada la conversación sobre libros, cada cual regresó a su trabajo, pero a la media hora o menos G se acercó a mi escritorio y me dijo:

-Ya está.

-¿Ya está qué?

-Acabo de hablar con mi novia. Vamos a ir a alfabetizar a una villa.

De pronto, tuve unos deseos inmensos de volver a tener veinte años. Y no por la piel firme, o las tetas paradas, o la vida nocturna. No por la frivolidad de los bailes ni el goce de los romances inaugurales y efímeros. Simplemente por ese impulso vital de creer aún que todo es posible, ese idealismo que, lejos de lo que muchos creen al hacerse grandes, nada tiene de estéril ni de ingenuo, sino que muchas veces es el motor que impulsa procesos históricos imparables. Tuve unas ganas terribles de abandonar mi comodidad burguesa, incluso esa concepción “gourmet” de la vida de la cual tanto me jacto cuando prefiero mis treintas a los veintes de los otros.

Por lo menos, fue un señor grande quien escribió esta gran novela irónica sobre la imposibilidad de ser realmente buenos.

sábado, 24 de julio de 2010

La solidaridad cool

Hay figuras más o menos públicas que decidieron hacer de la solidaridad salame su estandarte. Aclaremos rápidamente que la mayoría de estos principitos conflictuados no tienen la más somera idea de cómo se genera el capital, de cuáles son las verdaderas razones de que haya tantos pobres para tan pocos ricos, y por ende son completamente incapaces de ver conexión alguna entre su deseo de comprarse unas aparatosas zapatillas último modelo cada semana y el hecho de que mucha otra gente no tenga ni para ojotas. No digo que debieran sentirse culpables, no. Lo único que necesito imperiosamente es que estos ejemplares dejen de hablar del “capitalismo feroz” cuando son parte esencial del mismo y no agarran un libro para esclarecerse ni de casualidad.
Para muchos de estos eternos adolescentes, la culpa de la pobreza la tienen “los gobiernos” (frecuentemente confunden los conceptos de gobierno, estado, y poder), y son incapaces de una visión del problema más global o sistemática.
La solución de onda entre quienes no soportan su dilema existencial es adherir a alguna organización no gubernamental o directamente ponerse su propia fundación para los despojados de este mundo (es la versión solidaria de “mi papá me puso el negocio”). Allí los vemos, después, desfilando insufribles por los programas de televisión, con la cejita temblando de angustia, diciendo pero no diciendo que realizan tareas solidarias (todos claman que lo hacen a las sombras pero por algún sospechoso motivo, todos nos terminamos enterando al detalle de sus actividades de beneficencia)
Es mi sensación que estos pavotes que ostentan fundaciones nunca le sonaron los mocos a un nene pobre en sus vidas. Tampoco creo que les den su celular a las mujeres golpeadas para que los llamen cuando necesiten charlar. La mayoría es más bien como Sting con el indio. Me muestro un poco con vos, te saco a pasear, dejo claro que me copa que te vistas como un zafarrancho, pero ahora, si te venís con reclamos un poco más complejos, de vuelta a la villa.
Con la misma contradicción, no es de sorprender que este tipo de preocupados crónicos después no pierdan el sueño por negrear a los técnicos de su propia productora o tirar a la mierda los CVs que esperanzados aspirantes a actor les dan en mano.
En el fondo, nuestras estrellitas solidarias piensan que lo mejor a lo que puede aspirar un pobre es a obtener una changuita decente o a llevar a sus hijos a un comedor comunitario con empapelado de winnie pooh. No creen que merezcan ganar fortunas, como ellos. No los veo haciendo grandes esfuerzos por el movimiento social ascendente. Los pobres les son funcionales así como están. Sino, ¿de qué hablarían con cara de pena cuando los invitan a lo de Mirta Legrand?
La cosa es tan simple como que ninguno de ellos tiene un amigo colectivero o gasista. Ninguno se casa con la chica sin dientes de la bailanta. Su sentido de lo top y lo cool permanece intacto. Y en ese micromundo, los pobres no entran. Se quedan afuera, viendo que se habla de ellos como de la última adquisición de moda.

sábado, 10 de julio de 2010

De cómo el embarazo produce reacciones en serie

No es por nada, me caen bárbaro y hasta creo que la mayoría debe ser gente muy talentosa, pero si leo otro blog referido a las peripecias de una pareja recientemente embarazada (llámese antojos, labilidad emocional, dudas sobre la paternidad, etc.), si veo una entrada más de título trillado, me corto las venas con una tira de Evatest. Lo digo en serio.

viernes, 21 de mayo de 2010

Todos los días es el Día de la Misantropía

Cuando algo malo te ocurre las reacciones ajenas son de lo más curiosas.
Están, por supuesto y para arrancar con un poco de fe en la raza humana, los que te quieren ayudar genuinamente, te aportan consejos o una visión superadora que quizás no pudiste ver, y los que se ponen a tu entera disposición haciéndote sentir que podés confiar en ellos para lo que sea. No pocas veces, se trata de personas que no componen tu círculo más íntimo y te muestran de esta forma que probablemente deberían. Por lo general la amistad sale mucho más fortalecida luego de estas instancias.
También están, lamento decir y entrando ya de lleno en terreno cenagoso, aquellos a quienes se les nota demasiado que la desgracia ajena los excita, los eleva un poquito de la mediocridad en la que viven inmersos y de la que sólo sienten que pueden emerger si los demás se hunden con respecto a ellos.
Están los que “huelen la sangre”, gente que normalmente no te da demasiada pelota pero ante la mínima señal de adversidad se hacen presentes, indagando, queriendo saber el detalle morboso, los plazos, categorías y alternativas menores de tu pesar; son los amarillistas que hay en todo grupo humano, los que no conocen la discreción ni el buen gusto. Nunca te llaman tantas veces a la semana como en los momentos en los cuales es probable que te pegues un tiro. Sin embargo, no te disuaden sino que por lo general te dejan con más ganas.
Tristemente y para finalizar, también están los que tienen un talento enorme para borrarse justo cuando uno más los necesita. Los que están demasiado acostumbrados a ser los escuchados o contenidos, y sencillamente no se hallan o no les interesa demasiado el rol de escuchador. Son los que no comprenden que toda relación medianamente sana tiene que poseer ambos componentes, que los roles estancos no son buenos para ninguna dinámica de grupo. Estos ejemplares huyen cuando te llega el turno de hacer catarsis a vos. Cumplen con los rituales establecidos, o sea, te manifiestan con cara de preocupados que están para lo que necesites, pero a la larga siempre son cuestiones bastante más baladíes de su propia vida las que les impiden cumplir con tan solemne promesa.
Hoy es un día gris. El filtro de emociones en contra de la naturaleza humana no funciona a un cien por cien.

jueves, 1 de abril de 2010

El Antisemita Simpaticón

Ya mucha gente antes que yo habló alguna vez del antisemitismo. No voy a explayarme aquí sobre eso, primero porque me aburre y segundo porque lo mismo no llegaré a ninguna conclusión razonable. El fenómeno que me genera una malsana curiosidad, a decir verdad, es el antisemitismo simpático. Hay una franja importante de personas cuya corrección política le impide, en condiciones normales, expedirse abiertamente en contra de la existencia de los judíos. Pero como dice la pensadora contemporánea Ana María Casanova, todo lo que entra debe salir, y por eso los antisemitas simpáticos suelen aliviar su necesidad de antisemitear mediante chistes, indirectas y chascarrillos de salón.
Hace ya mucho tiempo, dije una vez a un amigo algo perplejo que el antisemitismo ideológico me es más comprensible que el antisemitismo idiota. Quiero decir: los dos son hijos de la ignorancia, la inseguridad, el miedo y otras terribles falencias del discriminador, pero así y todo entiendo más la locura de quien se sostiene por una ideología y no por lo que le repitieron generaciones de tíos borrachos en la mesa de los domingos.
La mayoría de los discriminadores simpáticos se sintió alguna vez amenazado por la inteligencia, la prosperidad o la mera buena suerte de algún judío de ocasión. Sin que haga falta aclarar que hay inteligentes, ricos y suertudos en todas las etnias, me atrevo a afirmar que cuando se trata de un gentil, la cosa no reviste nada más que visos anecdóticos. Los judíos, en cambio, para los antisemitas light, son en el fondo culpables de alguna componenda turbia para llegar adonde llegaron.
El antisemita simpático es más que nada proclive a los chistes sobre la condición supuestamente avara del judío. No pocas veces, es el simpático quien termina pidiendo plata que jamás devolverá o abandonando el recinto sin dejar propina, pero como no hay ancestros que lo incriminen, el desliz pasa sin pena ni gloria.
Este travieso exponente de nuestra sociedad suele aclarar muy rápidamente, cuando las hordas tolerantes se le imponen, que sus dudas y prevenciones van por el lado del “judío-judío” (llámese el barbudo comerciante de Once), y no las personas “normales”. A los que no parecen judíos les perdonan la vida, deshaciéndose incluso en elogios del estilo de, lisa y llanamente, “no parecés judío”, como si el judaísmo fuera algún tipo de marca de nacimiento (en mis años de vida jamás vi un pueblo más multifacético ni heterogéneo, pero los antisemitas son expertos de la antropometría)
El antisemita simpático, cuando está tranquilo y la vida le sonríe, se permite ciertas bonachonadas como alabar la “comida típica” de los judíos (¡los judíos comemos pizza y espaghetis hace siglos, por dios!!!), aunque muy a menudo confunden los kebabs árabes con el guefilte fish y no tienen la más mísera idea de los alimentos prohibidos por cashrut.
Otra característica del antisemita encubierto es que suele invertir los cargos, aduciendo que son los judíos quienes se auto discriminan. Aparentemente, preferir casarse según afinidades culturales y religiosas es una afrenta personal para esta gente que sin embargo no parece estar haciendo cola para fundirse en dulce montón con judíos. Les molesta que los judíos tengan sus propios clubes, sus propias escuelas y hasta su propia radio. Debe ser que se mueren de ganas de que sus hijos también aprendan hebreo o de que en FM100 pasen música klezmer. Y bueno, entonces que llamen y lo pidan para los cuarenta principales, ¿no?

Hostilidad automotriz o cómo una carrocería nos hace valientes

Cada vez estoy más convencida de que el conducir un automóvil hace que muchos energúmenos suelten la agresividad que su cobardía no les permitiría desplegar en un encuentro face to face.
Esta característica, debo decir casi privativa del género masculino, de tan precaria me daría ternura, si no fuera porque nos obliga a enfrentarnos a diario con criaturas básicas y neandertálicas que hasta logran arruinarnos el día.
Cualquier pequeña desinteligencia que en otro escenario ameritaría como máximo un intercambio de miradas furiosas, en el inframundo del tránsito es causal de los insultos más escandalosos y las amenazas más terroríficas. Por ejemplo, si vamos por el supermercado y otro transeúnte despistado nos embiste con su carrito, dudo mucho que vayamos a putearle la familia entera hasta tres generaciones atrás, o blandir un trabavolante sobre su cabeza. Sin embargo, el más mínimo e inocuo roce automotriz provoca eso y mucho más. No se me escapa el detalle de que, la mayoría de las veces, estas bravuconadas se ven avaladas por el hecho de que el puteador en cuestión puede darse rápidamente a la fuga en su vehículo en lugar de enfrentar al adversario con, no lo permita dios, una argumentación civilizada.
La conducción de automóviles es el único ámbito donde, sin excepción, el principiante es tratado como un ser inferior que solo merece el desprecio y la pena capital. En cualquier otra disciplina, es regla general de urbanidad que aquellos con más experiencia ayuden y asesoren a los que recién comienzan. En mi oficina, pongamos por caso, no se suele vilipendiar al nuevo que traba la impresora con sus torpes manitos, sino que, aunque nos atrase horriblemente, le explicamos con paciencia cómo apretar el botoncito de Scan sin provocar el Y2K. Para los automovilistas, en cambio, la lógica impericia del principiante es un agobio que no sienten que deban soportar, como si ellos hubieran nacido siendo Ayrton Sena. Hasta me atrevería a decir que se guardan los peores improperios para los debutantes: como no son de su cofradía, merecen el escarnio hasta que aprendan a ser tan bestias como los mejores.
La discriminación de género es un “must” entre los automovilistas. Es increíble pero clásicos del humor clase zeta como “andá a lavar los platos” se siguen oyendo con alarmante frecuencia por tratarse de tipos que después muy probablemente se dejen operar la vesícula por mujeres. Sospecho, incluso, que el conductor furioso se decepciona un poco cuando quien comete una burrada es un hombre y no una mujer. Apenas algo los exaspera, los vemos estirando el pescuezo para divisar una figura femenina y poder, entonces, soltar la frase cavernícola de ocasión. Cuando la estadística los traiciona, suelen relativizar diciendo que se trataba de un viejo, un minusválido o un gay; los errores no los cometen nunca los machos argentinos y vacunados.
Por último, merecen una consideración especial los tarados que se creen lo más porque manejan alguna camioneta escandalosamente inútil para la vida urbana. Casi sin excepción, estos presumidos miden un metro treinta, la mujer los denigra, de chicos les decían que eran inútiles, o tienen pito corto. Por eso la reafirmación que tanto necesitan les cuesta arriba de cincuenta mil dólares.
Estoy ansiosa de que el scoring algún día termine de arruinar a estos boludos con licencia. Me muero de ganas de que algún funcionario de cuarta línea proponga bajarle puntos a los puteadores, los tocadores consuetudinarios de bocina, los cancheros y los violentos. Y que le apoyen la moción.