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viernes, 23 de diciembre de 2016

Aura II

Cuando era chica, pensaba que había sido tocada por una varita mágica.
Jugaba con amigos, tenía muñecas, perros, jardín y todo lo que un niño necesita para colmar su fantasía. Pero mis mundos imaginarios, desde que tengo memoria, discurrieron por otra parte.
Ya de muy pequeña (mis primeros recuerdos son notablemente precoces, los sitúo alrededor de los tres años), había cierta atmósfera onírica que me acompañaba a todas partes, y que muy tempranamente aprendí a reconocer como rara, distinta, peculiar.
Los años pasaron y por supuesto al pensamiento mágico (preguntarme si todas esas imágenes tan barrocas podrían pertenecer a una vida pasada), siguió una era racionalista que nunca me abandonó a decir verdad.
Aprendí a reconocer, que incluso muchas veces sin una jaqueca que lo siguiera, existía este estado particular de la consciencia donde todos los sentidos se afinaban y aparecían, incluso, recuerdos o sensaciones imposibles de ser ubicados en ningún punto concreto del pasado.
Cuando uno tiene un aura, es posible que el más tenue de los perfumes, por ejemplo ese primer aire de la primavera o el olor a lluvia, lo ponga en un estado para-real, donde se es totalmente capaz de interactuar y proseguir con el presente, mientras la vida interior bulle de sensaciones, sentimientos, añoranzas, incluso nostalgias por tiempos o espacios que muy posiblemente ni siquiera existan.
No tengo ninguna analogía más cercana que la de compararlo a la sensación que se tiene segundos después de emerger de un sueño particularmente intenso: hay un residuo onírico que se resiste a irse, cierta irrealidad, que se disipa tan rápido que al rato parece imposible haberla experimentado.
Y qué felicidad cuando alguna cosa que sí existe nos acerca a lo que no: una frase de Proust o Modiano, un cielo cargado de nubes pizarra en Ámsterdam, el perfume efímero de alguna paseante, pequeñas cosas que parecen escapadas de ese universo paralelo que muy rara vez nos toca vislumbrar.
Oliver Sacks llama a estos fenómenos “duermevelas”, “ensueños”, o “reminiscencias forzadas”. Nadie sabe bien de dónde vienen. Son de naturaleza parecida a los “déja-vu” o “jamais-vu”.

Para muchos, las auras son desagradables, mensajeras de la crisis migrañosa que se avecina. Para mí siempre fueron hermosas compañeras, ese ángel que sopla el sueño en el oído del durmiente.

viernes, 11 de abril de 2014

Donde todo comienza

“-Lo primero era un espermatozoide que tenía ojos, y de eso salió un renacuajo, y de eso los reptiles, y después los dinosaurios…”
Los conceptos biológicos de Uri son cada vez más consistentes, claro, pero me enternece ese momento en el cual todavía ni siquiera se plantean las preguntas correctas, donde hay un mundo fantástico que da explicación a tantas cosas, y está bien que así sea.
Entonces como no puedo con mi genio le explico que un espermatozoide es en realidad una célula bastante evolucionada y que antes de eso hubo muchos pasos que condujeron a la vida en la Tierra.
Hablamos, por espacio de una hora, de lo que es dominio de la biología pero también de la filosofía: ¿qué dio comienzo a la vida? ¿dónde se dibujó la línea divisoria entre los ingredientes sueltos (así se lo grafico) y la primera combinación que pudo considerarse “viva”? Le cuento cómo somos, finalmente, polvo de estrellas, porque los ingredientes que necesitábamos no estaban en este páramo rocoso que era la Tierra sino en el centro de las estrellas, desde donde viajaron hasta aquí en las aerolíneas más exóticas: meteoritos, choques celestiales, detritos del espacio.
Le cuento también cómo aparentemente toda esa materia prima yacía en su caldo primordial que es el agua y algo, probablemente un impulso eléctrico parecido al que animó a Frankenstein, agrupó a las moléculas en la primera frontera entre lo vivo y lo inanimado: una membrana celular que definía un "interior" y a la vez lo protegía. Y cómo a partir de allí, todo lo que conocemos como vivo floreció imparable.
Aprovecho para explicarle eso que sabemos desde hace tan sólo semanas y que aparentemente implica una verdad asombrosa e inabarcable: el descubrimiento de las ondas gravitacionales en el “borde” de nuestro universo, allí donde es lejano y frío y antiguo, que lleva a concluir que lo que conocemos como universo sería, en realidad, un multiverso, un conjunto de cosmos (quién sabe cuántos), tan complejos y enormes como este, rodeados por su propia burbuja (que quizás se parezca a esa membrana primigenia) y a priori desconectados entre sí. A Uri le gusta la idea de las burbujas y, por supuesto, piensa que algún día llegaremos a la frontera de nuestro propio universo para atisbar las brumas de los universos vecinos.
Y en algún momento, porque se agota este tema de la biología y la cosmología antiguas (y qué asombroso que no se agotara antes, siendo mi maravilloso niño de sólo nueve años), le propongo cantarnos canciones. Se recuesta sobre mí, tiene algo de tos, me digo que este será un recuerdo de su niñez: yo enfermo, recostado sobre el pecho de mi madre, cantándonos canciones, que así se construyen esas fotografías de la infancia. Elijo cantarle primero Canción de Alicia en el País; le gusta, la conoce. Después se me ocurre cantarle Seminare. Sucede que Seminare, antes de convertirse para mí y para toda una generación en la canción de rigor de los fogones, antes de gastarse, era una canción genial, ¿pero qué canción inaugural de nuestra adolescencia no es hermosa? Y tengo un recuerdo muy específico ligado a esa canción: la estamos cantando luego de alguna fiesta, acompañados de un par de guitarras (una de las cuales soy yo), mi grupo del Teatro Escuela: Lucrecia, Yanina, Eduardo, Lionel… Y Yanina, que era una hermosa chica, especial, alunada, empieza a cantarla sola y yo respondo espontáneamente desde la inocencia de mis dieciséis años a cada una de sus estrofas: “Nena nadie te va a hacer mal…” canta ella, –“Mentira!”, exclamo yo, seguramente desde la primera decepción amorosa o algo parecido- “Pero nunca te encontrarás al escaparte” –“Eso es verdad!”, agrego.
Pero hoy, veinte años después, yo le estoy cantando esta misma canción a mi hijo que nada sabe de mis días del Teatro Escuela y entonces algo mágico sucede:
Yo le canto, estoy a la mitad de la canción, y oigo que Uri me dice despacito, luego de cada frase: “Eso no es verdad”… “Eso es verdad”…
Me quedo muda.
Por supuesto, no son los mismos versos los que responde; él está interesado en decirme que no es verdad que estemos en la calle de la sensación, pero que sí es verdad que estamos muy lejos del sol que quema de amor… claro, las verdades y mentiras de los nueve no son las mismas que las de los dieciséis.
Y una vez más, las cosas se anudan, y para colmo ahora sabemos que se anudan en un multiverso todavía más amplio, y que en esta infinitesimal parte del mismo somos dos partículas primordiales hablando de las mismas cosas; ¿por dónde viajarán? ¿qué otras maravillas descubriremos sobre la mágica hélice que codifica nuestra vida?


Me siento pequeña e ignorante y un poquito triste por todo lo que no veré, pero en sintonía con algo enorme. Y que no sea místico ni religioso en absoluto, es la parte más hermosa de todo.

jueves, 8 de marzo de 2012

El Pasado III


Intercambio de mensajes en red social:

Mujer, desconocida para mí, llamada Victoria: Hola Caro, por favor escribime al mail vicky@....
Yo:
Hola, ¿te conozco?
Ella:
Sí, soy hija de tu padre Elie
Yo (pensando, sin embargo, que no la conozco): ¡Qué sorpresa!
Es, sin embargo, la tercera o cuarta medio hermana que aparece en los últimos años, por lo cual no es tan exacto decir que me sorprende.

Y me quedo pensando si podría ser, si no es mucho pedir, que el pasado se vaya presentando de a poquito y no en oleadas tan vertiginosas.


*

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Shit Happens



Dicen los que saben, Zoe, que hay grandes chances de que existan tantos universos como opciones posibles; es una idea algo compleja para vos, ya lo sé, pero vendría a significar más o menos eso de la siguiente trillada alegoría: una mariposa bate las alas aquí, y hay una consecuencia de ese pequeño movimiento de la materia por allá; bueno, ese cambio abriría otro universo paralelo donde las moléculas se comportaron de una manera ligeramente distinta, y así al infinito.
En uno de esos mundos posibles, vos sos una mujer grande, que llegó a la edad que yo tengo ahora –aunque tiendo a imaginarte un poco más joven, sin embargo. Tu vida no se interrumpió, es decir siguió como debió haber sido incluso en este mundo imperfecto, y allí tu enfermedad fue un trance pasajero, y seguiste adelante sin más trastorno.
Me da una inmensa curiosidad, quisiera saber, si hiciste muchos amigos, si ya tuviste desengaños amorosos, de qué trabajás, si tenemos una relación compinche, en fin, esas pequeñeces que sin embargo hacen a nuestro paso por este, y quizás otros múltiples, mundos.
Estos últimos días pudimos comprobar que no importa cuán fuerte uno desee una cosa, así como comprendimos, a las piñas, la futilidad de esos temas de “energía”, “fe”, “cadenas de oración”, como cada uno quiera llamarle (yo soy una agnóstica empedernida y sin embargo también esperé, ingenuamente, que la fuerza de tanto deseo pudiera operar sobre lo que conocemos como realidad). Pero mi nihilismo ganó otra batalla y sigue invicto.


Un humorista de stand up llamado Seinfeld –que quizás te guste en ese otro mundo donde ya sos lo suficientemente grande como para apreciar su humor particular- tiene una máxima simple pero inapelable: “Shit Happens”. Esto es, dicho en otras palabras, que las cosas más terribles pasan a veces porque sí, en contra de toda previsión, lógica, o inmenso deseo en sentido contrario que uno le oponga. Lo que es más grave: shit happens all the time. No es una rareza, no es una excepción, por más disruptivo y singular que eso sea en la vida de los implicados.
La máxima de Seinfeld no nos consuela, Zoe, sólo nos confirma lo que Unamuno ya sabía, y que es que vivimos en un mundo (uno como mínimo) que no nos deja otra opción que la de ponernos en una estúpida pero funcional negación, la negación de que las cosas malas suceden por doquier, que todos, incluso los bellos y jóvenes y niños y sanos, vamos a morirnos, que todo envejece y se termina, que la vida tiene básicamente un componente trágico que necesitamos suspender en nuestro intelecto a los fines de poder sobrevivir y perpetuar la especie.
Te mareo, Zoe, con estos conceptos. En uno de los universos paralelos yo nunca habré escrito estas palabras porque no habrá hecho falta. En otro, quizás haya sido yo quien abandonó el mundo a la corta edad de cuatro años. El amigo Albert, que algo entendía de estas cosas, estaba convencido de que el tiempo es sólo una ilusión, de que no hay una razón sólida para que la línea temporal corra en un solo sentido. Por eso las partidas se le antojaban un sufrimiento puramente psicológico, no una instancia real. Y esa idea lo ayudaba a soportarlas.
Aquí termino, querida Zoe. Por ahí, si Albert y sus amigos tenían razón, todos volvamos a encontrarnos en un ciclo eterno e infinito.

lunes, 29 de agosto de 2011

DSM IV: Trastorno de Déficit de Atención

¿Ya se dieron cuenta de ese fenómeno que anda sobrevolando a la raza humana?

¿Nunca les pasó de contarle a alguien que están a punto de quitarse la vida, que les diagnosticaron ELA y morirán con la discapacidad de Stephen Hawking aunque sin su sapiencia, o que fueron ultrajados por una patota de caníbales cuando tenían siete años, y vino a interrumpir tan sentida declaración una vuelta de página casus belli?

Quienes reportan este tipo de atropello suelen ser, paradójicamente, eximios escuchadores, contenedores, mediadores y árbitros de situaciones de la más diversa y, muchas veces, banal calaña.

Dejemos tranquilas a la segunda y tercera persona del plural de una vez por todas: de modo definitivo prefiero abrir las orejas que cerrar el corazón y convertirme en uno más de esos interlocutores volubles, veletas, ineficaces y poco acariciadores.

Se recomienda poner un ramillete de eneldo debajo de la cama, conjurar a los demonios de la indiferencia con interjecciones latinas o maullar como un gatito en el tejado. Así, dicen los temerosos de dios, quizás se evite que alguien cuente que tiene ELA y el vuelo de una mosca distraiga a su partenaire, que otro diga que anda pensando en escalar el Everest para luego hacer un clavado y lo pongan on hold para atender a un pibe que berrea, o que un cualquiera llore por amor y su insensible escuchador aproveche una pausa para contarle que aprobó una materia de la facultad. Así de humano, así de feo. Porque las personas podemos ser buenas y horribles, a la vez, y no darnos cuenta.

viernes, 15 de julio de 2011

Anna W.


Allá por el año 2002, participé en un concurso de novela español con mi ópera prima (y única), Fuego Fatuo. El certamen estaba organizado por la Fundación Cabana y, entre la inscripción y el dictamen final, pasaron largos meses. Este lapso, lejos de resultar agobiante, sirvió para que se forjara una especie de amistad literaria y epistolar entre algunos de quienes habíamos enviado nuestras obras –eran los albores de los foros de internet, el esbozo –sin restricción de caracteres- de lo que es hoy con todo su furor Twitter, y casi todos dedicábamos una parte del día a dejar algún comentario sobre libros que nos habían gustado, opiniones sobre nuestras obras (todos, a decir verdad, éramos bastante benevolentes con la obra del otro, a quien probablemente veíamos como un amigo antes que un contrincante), o simplemente departiendo sobre la vida en general. Algunas enemistades, creo recordar, también se forjaron al calor de la verborragia que nos proporcionaba el debutar en la red.

Los que terminamos siendo los diez finalistas pudimos cultivar, con el tiempo, una relación distinta, de más respeto, de curiosidad mutua también. Algunos de ellos se perdieron totalmente, otros jamás volvieron a escribir –como es mi caso-, otros ya eran autores consagrados para entonces, como era el caso de Gustavo Nielsen. Con algunos, como Juan Brian Doyle o Gustavo Vaca Narvaja, intentamos sostener una amistad que se fue diluyendo con el tiempo.

Una de las concursantes, y decididamente la más misteriosa, era española y se llamaba Anna Wohlgeschaffen. Anna se había convertido en una de mis preferidas: solíamos escribirnos e-mails casi a diario explicándonos mutuamente por qué la otra merecía ser la ganadora (su novela, La Sonrisa de los Dioses, me había parecido sinceramente genial), tirándonos flores, fantaseando con la idea que una viajara a Argentina o la otra a España para poder seguir charlando sobre libros…

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El hecho es que Anna era de las más participativas, combatientes y polémicas en los foros: se hacía por igual de amigos y enemigos, tiraba bombas, me elogiaba la novela y los cuentos cortos (una vez dijo que le recordaban a Sylvia Plath y la pandilla de escritores se le vino encima, burlándose de la comparación, aunque para mí era suficiente, y ya no había nada que pudiera empañarme el placer)

Poco a poco, empezaron a circular las especulaciones sobre Anna: que en realidad se trataba de una escritora famosa utilizando un seudónimo, que era un hombre –la resistencia de Anna de publicar una foto, incluso en su propio libro, alimentaba este mito, así como también el hecho de que simultáneamente hubiera aparecido por el foro un irreverente comentador alemán que me defendía a capa y espada y tenía un estilo muy parecido al de Anna…)

Tan amigas epistolares nos hicimos que incluso una vez Anna me envió una verdadera carta postal: era una carta larga, sentida, y la acompañaba una foto de ella, en la que sólo se veía a una mujer de cabello corto caminando a lo lejos por la playa, tan lejana que era imposible vislumbrar sus facciones.

El hecho es que el concurso lo ganó, finalmente, Anna Wohlgeschaffen y su maravillosa novela.

Recuerdo que la mañana del veredicto, P. se levantó temprano, entró al sitio de la Fundación, y luego vino a la cama a decirme simplemente: “Ganó Anna”. No me puse triste. Corrí a escribirle una felicitación y ella, desde el lugar del mundo donde se encontraba (viajaba todo el tiempo), me respondió que el premio la hacía feliz, pero más aún haber ganado una amiga. Prometió que yo sería la primera en recibir la novela y al poco tiempo la tuve en casa, flamante (se la había publicado Mondadori, lo cual era casi como tocar el cielo con las manos para un escritor novel). Poco después la misma editorial le publicó también Eris la Diosa y otros cuentos, y ella tuvo la gentileza de enviármelo aunque hacía tiempo que no manteníamos contacto alguno.

Como sea, Anna siempre fue un misterio y como tal se fue desvaneciendo en el aire, al punto de que nadie ha visto una fotografía suya hasta hoy (exceptuándome a mí y la difusa imagen de la playa), y si se la pone en un buscador de internet, aún en este mundo tan globalizado en el que vivimos, es muy poco lo que se obtiene, salvo un blog que ella misma creó para luego abandonarlo, sus obras a la venta en Amazon, y poco más que eso.

Para terminar, transcribo un fragmento de una de sus cartas, que la pinta bastante tal como era:

Ver tu mail me alegra el día (bueno, la noche). Estoy en Berlin, negociando. Llegué esta mañana, he pasado un par de rondas entre la tarde y la cena, y estoy exhausta. La tercera y definitiva será mañana, a partir de las diez. Tengo el pálpito (odio decir ‘feeling’) de que llegaremos a un acuerdo (con la editorial). En general estamos OK en todo, menos en el dinero (lo que pasa siempre). Yo diría que hay 4 de 5 posibilidades de que al final me case con esta gente para los próximos dos años. Te lo diré el domingo, cuando vuelva. Acabaremos a la hora de comer. Después me apetece recuperar mis genes más ocultos, y perderme por Berlin hasta el vuelo de regreso. A ti te puedo contar cosas que sólo le puedo contar a mi pareja (y te ruego me perdones, pero no sé por qué). Una es, quizá lo hayas notado, que algo de mi Ena es mío. Bueno, más que ‘algo’. Mucho, no te quiero cantar una milonga (no sé si para vosotros esto significa lo mismo que para nosotros; los españoles, cuando escuchamos un cuento muy elaborado pero del todo inverosímil, decimos que nos están cantando una milonga). Cuando estoy aquí me siento muy, pero que muy prusiana. No sé si conoces Berlin. Para vosotros (intuyo que eres judía, aunque nunca me lo has dicho) Berlin debe representar el summun del horror, pero no te dejes arrastrar por las apariencias. Los prusianos jamás fueron antisemitas. Los fueron los bávaros, y los sajones, y los austriacos, y sobre todo los polacos, pero jamás los prusianos. Los prusianos jamás pusieron mala cara a los que querían ser prusianos. Era tan difícil encontrar a nadie que lo quisiera ser...

jueves, 2 de junio de 2011

El Juguetero Fiel


Hace unos días fui a comprarle un juguete a mi hijo, en una especie de consuelo por las vacunas del ingreso escolar. Fuimos a la juguetería de siempre, nada del otro mundo, pero bastante grande y podríamos decir popular en el barrio.
Estaba en la caja a punto de pagar cuando entró a la juguetería un chico de unos ocho años, sucio a más no poder. Toda su facha decía a gritos pobre, cartonero, mendicante, o sea, la clase de descastados que los comerciantes suelen echar a escobazos de sus locales. El chiquito preguntó si había algo para él y el encargado, como si fuera un ritual que estaba habituado a realizar, se fue al fondo y volvió con dos cajas de juguetes que le entregó al niño. Eran juguetes nuevos, relucientes, normales. No eran saldos ni estaban rotos. No sé, quizás tuvieran alguna falla que impedía su venta, pero me parece anecdótico; la cuestión es que eran juguetes totalmente dignos (por supuesto mi hijo los miró con evidente codicia).
El chiquito se fue de lo más contento con sus chiches nuevos y a mí me llenó esa especie de fe en la raza humana que no se puede describir; o sea, no pudo ser euforia ni alegría porque la sola existencia de ese pibito mal vestido lo impide, pero se pareció bastante a un alivio, a una reafirmación de que a veces vemos y recordamos los malos gestos por una suerte de memoria selectiva misantrópica. Ese juguetero, probablemente sin saberlo, barrió de un plumazo ese concepto pequeñoburgués, garca y sobrado de sí mismo de que la gente pobre sólo puede aspirar a polenta y ropa usada, que no tiene derecho a desear también lo banal y lo prescindible: juguetes sin usar, zapatillas lindas, direct TV. Ese juguetero, que podría dejar los juguetes en la vereda para que los pobres se maten revolviendo una bolsa sucia, los guarda y seguramente ya es conocido entre los niños cartoneros por ser “el que da”.
Como ya dije alguna vez, el que se llena la boca enseñando al resto qué está bien dar y qué no (“plata no doy, porque se la gastan en vino”), en un noventa y nueve por ciento de los casos no da nunca nada, esa es la cruda verdad. Sólo se siente un poco más moral por enunciar esa clase de iluminaciones.
Mi juguetero –el acto casual que le ví protagonizar me fidelizó, obviamente- hizo honor a una canción de Vivencia que me gustaba de chica y decía algo así:
“Y mientras los niños sufren/los juguetes se preguntan/con tantos niños afuera/¿qué hacemos en la vidriera?”

sábado, 14 de mayo de 2011

Shoah

Vuelvo sobre el libro de Lanzmann, que me tuvo absorta en un mundo aparte durante todos estos días que duró su lectura. Aclaro, ya que este post nació largo en mi cabeza, que probablemente vaya a aburrir o hastiar a quienes “están hartos del tema del Holocausto” (especie de la que ya hablé en algún otro post). Es más, a partir de ahora no me voy a referir al Holocausto sino a la Shoah, término más adecuado –aunque siempre insuficiente- para lo que denomina.

Con el libro de Lanzmann, volvieron a mí decenas de recuerdos, reflexiones y sentires nacidos en su gran mayoría durante los días de mi temprana juventud en los cuales milité concienzuda e intensamente en lo que podríamos llamar “la memoria de la Shoah”. Se trata de un trabajo arduo, sostenido sobre intangibles tales como los recuerdos, los testimonios, la sensación de cierta responsabilidad de transmisión. Aunque abandoné esas lides hace tiempo, sigo admirando a los jóvenes, adolescentes incluso, que hacen suya esta responsabilidad y la llevan al acto como si para ellos fuera secundario el hecho de que más de sesenta años los separan de ese instante en la historia. No conozco muchos más casos así de reivindicación de la memoria ancestral, si puede llamársele de esa manera, aunque sé que la colectividad armenia vive algo parecido y sus jóvenes llevan la antorcha del recuerdo del genocidio que los devastó, a ellos, a su tiempo.

Iba a decir que mi debut en las filas de los “holocaustólogos”, como nos llamábamos irónicamente, ocurrió en mis tempranos veinte, en la preparación de lo que sería mi primera “Marcha por la Vida” (anécdota que abordaré en un instante), pero inmediatamente comprendí que en realidad este viaje hacia el pasado ocurre, casi en todo chico judío, cuando muy tempranamente en la infancia comienza a interpretar ciertos relatos de sus abuelos o sus padres –dependiendo de la generación-, ciertos silencios incluso, algunas conversaciones susurradas y que se detenían abruptamente cuando llegaban los niños, unos nombres de parientes que quedaron en Europa, quién sabe si vivos o muertos, conductas especiales frente a la comida, la oscuridad, el dinero, todas ellas achacadas a algo inasible para nosotros y que se llamaba genéricamente “la guerra”.

Como sea, más allá de este bautismo tácito que experimentábamos en nuestras casas, los holocaustólogos teníamos en común una cosa muy concreta: todos habíamos decidido que ya no alcanzaba con haber leído todos los libros, visto todas las películas o haber escuchado cien veces reproducidos los testimonios de los sobrevivientes: queríamos estar allí. En lo que sería un debate nunca zanjado entre las generaciones post-Shoah, nos debatíamos entre la postura del “no-lugar” (término semiológico atribuido a Auschwitz), o sea a la noción de que lo que había ocurrido era tan inefable que no importaba verlo en persona o no, y la necesidad casi física de ver esos lugares, de reconocer a los viejos en los jóvenes. Paradójicamente, no eran los campos lo que más llamaba nuestra atención sino los pueblitos (los shtétl), los guettos, la vida judía de la peri guerra.

Estar finalmente allí, debo decirlo, no es un detalle menor. Hay una razón y un propósito en que sitios tan tenebrosos como Auschwitz-Birkenau se hayan “museificado” (hay quienes se oponen a esto, por ejemplo el propio Lanzmann, quien identifica esta conversión en museo con cierta hollywoodización de la muerte). No me pregunten por qué, pero sin embargo es necesario poder identificar los íconos y los lugares, cerrar el círculo con la verificación ocular (que no es sólo ocular, porque los sitios de la Shoah tienen aún un olor particular que se contradice con el paso de los años).

Recuerdo la decepción de muchos de mis compañeros de viaje, incluida yo, cuando arribados al célebre campo de Treblinka donde muchos de nuestros propios familiares perdieron la vida, descubrimos que nada salvo unas simbólicas piedras quedaba allí para atestiguar el terrible pasado. Echamos en falta las barracas, las vías, y, ay, las cámaras de gas y los crematorios. Veníamos de la experiencia de Auschwitz donde todo ha sido puesto para la consideración del visitante, desde toneladas de cabello hasta piernas ortopédicas, lentes, maletas y juguetes de los niños exterminados, y esta austeridad de Treblinka nos dejaba fríos, como si no fuera posible sentir a la Shoah en toda su dimensión si faltaban los elementos narrativos básicos.

También recuerdo ahora, súbitamente, la tristeza de J.P., encantadora chica platense, cuando descubrió que la barraca donde pasaba las noches su abuelo sobreviviente en Auschwitz había sido desmantelada. En el ícono del campo-muestra por excelencia, quiso el azar que esa barraca en particular fuera convertida en otra cosa, por lo cual no sirvió de nada la memoria detallista del abuelo de J.P., que recordaba el número y la localización exacta de su infierno personal dentro del inmenso campo. La ausencia de esta barraca pudo más que la imagen devastadora de los hornos y las cámaras de gas, y J.P. se quebró cuando comprendió que nunca vería ese recuerdo al que su abuelo había quedado tan sujeto.

Otra imagen que se me viene es la de P.S., quien tuvo un acceso de nervios y llanto a la salida del campo de Majdanek, uno de los más espantosos por su estado de conservación (es el único en toda Polonia donde aún están, intactas, las falsas duchas por las cuales salía el Zyklon B), cuando se le presentó en toda su abstracción una inmensa pira circular de unos diez metros de diámetro llena de las cenizas encontradas en los hornos del campo. Este monumento, contundente como pocos, es eficaz a la hora de transmitir la magnitud del genocidio. El viento no disemina las cenizas, que permanecen en muda montaña dentro de la tumba circular.

Mi experiencia personal en los escenarios de la muerte es, también, caprichosa e inesperada. Puede decirse que toleré bastante bien el tour por los sitios iconográficos de la Shoah; no es que no me afectara pero, de alguna manera, lo que me generaba era del orden de lo esperable, del desasosiego que anticipaba sentir. Sin embargo, hubo un lugar donde sentí que mi resistencia me abandonaba: ese lugar se llama Tykochin y es un pequeño pueblito, igual a tantos otros en la periferia polaca, aunque especial ya que en él se han conservado muchos elementos de la vida judía de preguerra: un hermoso templo con vitreaux (donde entramos, al principio con cauteloso respeto, y terminamos bailando espontáneamente tomados de los brazos un improvisado rikud), casitas con las marcas de las mezuzot en las puertas y otros rastros de que alguna vez hubo vida judía allí. Las personas que habitan hoy Tykochin, probablemente descendientes de quienes se apropiaron de las viviendas, se replegaron dentro de las casas y de pronto pareció que transitábamos un pueblo fantasma: ojos adivinados escrutándonos detrás de las cortinas, ni un alma en las calles.

Ya en Tykochin, fuimos llevados a un bosquecito cercano donde la población entera del shtetl fue fusilada y enterrada en una enorme fosa común que previamente fueron obligados a cavar. Allí, en ese bosque en apariencia inofensivo y agreste, donde sólo el canto de los pájaros se dejaba oír, me oprimió una angustia y un pánico tan grandes que tuve que salir de allí de inmediato. Ni siquiera estábamos seguros de hallarnos en el exacto punto donde yacía la fosa común, pero no me importó: algo tremendo me expulsaba de ahí con más violencia que de las barracas inmundas de Birkenau.

Años más tarde, descubrí gracias a un restaurador de la historia de los judíos de Polonia y Bielorrusia (J.S., para quien traduje durante largos días y noches un libro memorial de la región Pruzhany-Bereza) que la familia de mi abuela fue exterminada en un bosque como ese, no muy lejos de allí, llamado Brona Gura. El modus operandi fue el mismo: hombres, mujeres y niños llevados al corazón del bosque y obligados a cavar un pozo donde ellos mismos habrían de caer.

No pude evitar darme cuenta de que esa información genética corría en mis venas, probablemente alimentada por cosas dichas a medias por mi abuela, calladas y adivinadas, porque el lenguaje de los recuerdos traumáticos atraviesa todas las formas posibles de comunicación.

A nuestro paso por los campos de la muerte, nos topábamos con los “mitos de los campos”, esas historias terribles aunque verosímiles dentro del entorno espectral en el cual se supone ocurrieron. No las reproduciré aquí ya que, anónimas y siniestras como son, nada aportan al conocimiento de la verdad.

Mi otra experiencia axial en los campos ocurrió en Auschwitz-Birkenau: apenas traspasado el límite entre ambos campos (límite que significaba, en la mayoría de los casos, el pasaje desde los trabajos forzados a la muerte), esperábamos el inicio de un acto en conmemoración de Iom Hashoah, cuando vimos aparecer a lo lejos un grupo de polacos, ancianos en su mayoría, con pancartas que no podíamos entender. Primero se mantuvieron respetuosamente a un lado, y pude ver que algunos carteles estaban escritos en inglés y decían frases del estilo “We love you people of Israel”. Finalmente, algunas de estas personas se acercaron a nosotros y comenzaron a hablarnos. La que se acercó a mí era una mujer de unos sesenta años, de expresivos ojos azules, quien comenzó a hablarme en una mezcla incomprensible de polaco e inglés, con algunas palabras hebreas salpicadas aquí y allá (“shalom”); su verborragia era casi incontenible, y mientras me hablaba, tomaba mis manos con algo parecido a la ansiedad, me besaba y me abrazaba. Puede entenderse mi estupor ya que hasta entonces, el escaso contacto con los polacos no había sido muy auspicioso (créase o no, sesenta años después de la ocupación alemana, algunos nos recibían haciendo el saludo nazi o ponían música de rock a todo volumen para boicotear el Kaddish de los actos conmemorativos). Esta polaca, sin embargo, parecía amistosa, y cuando finalmente empecé a comprender algo de su argot, me di cuenta de que estaba intentando contarme que su padre también había perecido en ese campo, que era un preso político comunista, y lo habían enviado a morir allí. Tomándome de la mano, me obligó a acompañarla al interior de una de las barracas-museo, y allí por un corredor interminable tapizado a ambos lados por retratos y más retratos de los prisioneros que habían pasado por Auschwitz-Birkenau. Yo ya había visto esa hilera de rostros y no me había detenido porque, como puede inferirse, todos los rostros se ven iguales luego del rapado, la inanición y el gorro de prisionero. Esta mujer, sin embargo, supo exactamente frente a cuál detenerse –en una ceremonia que habría hecho cientos de veces en todos esos años- y con gesto decidido me mostró, al fin, la foto de su padre asesinado: una cara prisionera más, indistinguible para mí de las otras, única entre miles para ella. Confieso que esos ojos sepia a los que miré de frente me hablaron con más elocuencia que cualquier otro rastro de la vida humana en los campos de la muerte. Los ojos de un joven hombre católico, alistado en la resistencia, que habría enfrentado la muerte con iguales dosis de perplejidad y determinación.

Nuestros viajes a Polonia y Alemania están llenos de momentos como éstos, preñados de significado, pero hay algo más que casi invariablemente ocurre cuando uno visita estos solares, algo difícil de explicar, que no puedo sino describir como la patente sensación de una fuerte presencia que de pronto se ha ido. Es, como lo he dicho en algún cuento que escribí, el canto del pueblo exterminado, que no termina de callarse porque han quedado, a pesar de muchos, huellas por todas partes. A veces es sólo un silencio donde antaño funcionó una próspera casa de estudios jasídicos. Otras veces es la llanura yerta, interminable, por donde uno sabe que pasaron caravanas de miles y miles de personas, movilizadas del ghetto a la exterminación. Es la valija –una entre miles- que se ve en una vitrina de Auschwitz y perteneció a la niña Anna Frank. O las casas vacías en lo que fue el ghetto de Varsovia, en especial el muro de Mila 18, centro del épico levantamiento que lideró un joven de sólo veintitrés años.

Hace poco, y varios años después de mi última visita a estos parajes desolados, visité el Jewish Museum de la ciudad de Nueva York. La muestra permanente es preciosa, llena de reliquias que datan de los albores de la cultura israelita. Hay, por supuesto, una sala dedicada al recuerdo de la Shoah; es, según me han contado, una muestra cambiante donde artistas jóvenes plasman su visión de la tragedia. El día que yo fui, la muestra incluía una instalación de George Segal, una serie de estatuas de yeso a escala humana, completamente blancas, recostadas en el piso como cadáveres recientes sorprendidos en un último gesto de humanidad: si se miraba con detalle, podía verse la estela de una dinámica en las figuras: el pliegue de una túnica, una mujer tomando la mano de un niño yaciente a su lado. Había algo que recordaba vagamente a las figuras petrificadas de Pompeya, eternizadas por el Vesubio en sus gestos banales. La instalación, rezaba el cartelito, había sido creada a partir de modelos vivos a quienes se les pidió que se acostaran en el suelo e imaginaran que era la escena de su propia muerte.

Esta instalación me hizo llorar, larga y sostenidamente. Primero con timidez –estaba sola en el museo- luego con abiertos sollozos, para qué negarlo. Mi asombro ante mis propias lágrimas y su carácter incontenible fue mayúsculo. Yo era una heroína de Marcha por la Vida, había visto la muerte in situ, pero me estaba quebrando por unas figuras de yeso de arte moderno.

Es que la melancolía del pueblo exterminado se colaba también a través de ellos, caminaba a mi lado, resignificando la música klezmer que se oye por doquier en Nueva York y me produce melancolía desde antes de comprender que, allí donde suena un clarinete, es el murmullo del bosque lo que sigo escuchando cuando la música ya se ha apagado.


George Segal (The Holocaust)

miércoles, 6 de abril de 2011

La Camara Lucida

Hace un tiempo que tengo en mente enmarcar mis “fotos viejas” y lucirlas en una pared de casa, engalanadas, sepias, anárquicamente distribuidas.

Cuando digo fotos viejas me refiero a fotos realmente viejas, de principios de siglo XX algunas de ellas, fotos posadas, graves, de fotógrafo de antaño.

Lo curioso fue que al hacer la selección de las fotografías, me encontré con otros documentos que dormían allí mismo y tienen no menos peso histórico que aquellas: los pasaportes de mis abuelos, sus pasajes de barco, los certificados de sanidad, notas de recomendación para un ignoto empleador que los esperaba en Argentina.

Dice una carta, escrita en francés, fechada el 20 de Agosto de 1928 en Vilna:

“Certifico por la presente que Monsieur Szloma L. ha trabajado en mis empresas de textil y en mis talleres de materia prima en Vilna (Polonia), como empleado luego del año 1919 y hasta el presente. Lo recomiendo como un joven serio, honesto y cumplidor, con mucha atención y celo en su trabajo. Monsieur L. parte a la Argentina. En razón de ello se extiende este certificado.” Israel Frenkel, Vilno, Polonia.

También hay ketubot (certificados de casamiento), postales y papelitos que serían intrascendentes si no fuera por la cantidad de años que tienen encima. En uno de ellos, alguien –probablemente mi entonces joven abuelo- escribió con letra temblorosa una dirección en la calle San Luis del barrio de Once, calle cuyo nombre no le debió ser menos extraño que a mí un ideograma oriental.

Hay, incluso, una fotografía tomada en lo que creo que es el Zoológico de Buenos Aires, donde, a un lado del grupo familiar engalanado de domingo, se ve claramente la figura de unos pies con zapatos oscuros, y sobre ellos una silueta borrosa y el esbozo de lo que parece una cara difuminada. En opinión de un escéptico fotógrafo amateur que conozco, un error de copiado; para los más fantasiosos a todas luces un fantasma.

Todas estas fotos tienen su singularidad, su propia historia que está hecha de luz y sombra más que de palabras, todos esos ojos que miraron a la cámara y ahora nos miran a nosotros para siempre, quietos y convulsos, idos pero siempre volviendo. Yo morí y sin embargo aquí estoy; soy la antepasada de Vilna y fui hermosa.

lunes, 29 de noviembre de 2010

LOCO EL, LOCA YO


Hoy, a la salida del dentista de niños, salimos con Uri a pasear por el centro. Arrancamos la travesía por Callao hacia Corrientes, a priori en busca de una heladería, aunque el modesto objetivo pronto devino en un verdadero paseo por la Buenos Aires nocturna. Pasamos por la Iglesia del Salvador y se me ocurrió de repente que mi hijo jamás visitó una iglesia (jamás visitó, de hecho, templo de ningún credo), y como mi recuerdo era que esta en particular era majestuosa, le pregunté si quería saber cómo era una iglesia por dentro. Entramos corriendo, pidiéndole permiso al celador que estaba por cerrar (yo ignoraba que las iglesias cerraran, es un hecho obvio pero de alguna manera uno esperaría que hubiera un servicio 24 hs para los fieles en apuros, que deben ser unos cuantos) y emergimos de pronto en la nave silenciosa, vacía, crujiente. La belleza de estos sitios suele ser sobrecogedora y Uri no fue ajeno a ese influjo. “Hay olor a madera, ¿no?”, le dije, y nos quedamos un rato en silencio. Uri por supuesto quería saber el propósito y significado de cada una de las cosas allí (las iglesias católicas están llenas de cosas, iconográficas como son), pero el apuro y sobre todo la ignorancia me hicieron terminar allí mismo la incursión en la casa de dios.

Como a Uri le gustó eso de meterse en lugares desconocidos y a punto de cerrar, acto seguido nos metimos en el Colegio del Salvador, al menos en el hall, que fue lo más lejos que la cara larga del portero me dejó llegar. Alcancé a explicarle a Uriel que se trataba de un colegio muy antiguo, algunas molduras, las palabras en latín, VIRTVS, LABOR.

El camino de salida estuvo lleno de preguntas sobre por qué él no podía ser católico para ir a un colegio así, o para creer en dios al menos (mi hijo, en gran parte debido a mi ateísmo, llegó a creer que por ser judíos nos privamos de festejar Navidad pero también Halloween, San Valentín, Thanksgiving y todas las buenas cosas que ve en la televisión. También suele adjudicar al judaísmo que nosotros le recemos al Ratón Pérez y no al Hada de los Dientes, deidad algo más glamorosa)

Calmada su angustia existencial (algo terrena, debo reconocer), tuve la fortuna de que a la siguiente cuadra hubiera, ahora sí, un colegio público, para más albricias uno ediliciamente hermoso, el Normal Superior Nro 9, y por ende demostrarle a Uri que para estudiar en algo parecido a Hogwarts no hace falta ser católico. El ambiente del colegio nocturno lo fascinó: adolescentes-adultos haciendo tiempo sentados en las escaleras centenarias, la austeridad digna del edificio que no se marchita de todo. Pedimos permiso para que viera, la ñata contra el vidrio, cómo era una clase de verdad en una escuela de “grandes”. Ahí estaba la profe pública, tan parecida a las que yo tuve en mis días, algo indolente, dejando que una cursada no muy numerosa charlara de espaldas a ella en relativo silencio. Salimos –en realidad salí- imbuida de un espíritu confortablemente laico.

La vuelta a casa en subte fue deliciosa. Alguien nos cedió el asiento y así fuimos, escuchando un auricular cada uno, a Michael Jackson (increíblemente, el nuevo ídolo de los niños de 5 años, que lo prefieren en su etapa negra), y Sheryl Crow.

Cuando llegamos a casa el gato Cuahutemoc se escapó a su isla favorita, el jardincito del vecino. Uriel sabe que el gato hace eso a veces y que en seguida vuelve. Sin embargo, con la tranquila fatalidad que suelen tener los niños, me miró y me dijo:

-Ya no tenemos gato.

Y lo llevé a dormir, como cada noche, queriéndolo más que a la mañana.

jueves, 21 de octubre de 2010

Nick Hornby Hace Escuela


No podré agradecer suficiente a D.A. su recomendación del libro How To Be Good, de Nick Hornby.

El libro es espectacular, un gigantesco sarcasmo sobre la vida burguesa y las ideas progresistas de la clase media acomodada. Está escrito en primera persona (y desde una voz femenina terriblemente creíble, lo cual elevó en gran manera mi admiración por Hornby), narrado por la esposa de David Carr, un hombre corriente que un día, sacudido por una crisis matrimonial, decide comenzar a practicar su sensibilidad social al pie de la letra. Es decir, deja de ser un inconformista profesional satisfecho con sus ideas progresistas y comienza, de buenas a primeras, a dejar limosnas exorbitantes a los pobres, regalar los juguetes que le “sobran” a sus hijos y los insumos que sobran en general (lo cual en una familia de clase media es casi todo), e invitar a cenar a su casa a mendigos impresentables y locos del hospicio. La esposa y los hijos, como es de esperarse, empiezan aplaudiendo la iniciativa hasta que la misma se mete con sus pertenencias personales o su confort tan buenamente adquirido, momento en el cual todo les empieza a parecer una locura que forzosamente debe terminar. La cosa va in crescendo y culmina con el hombre instando a sus vecinos a alojar en sus habitaciones vacías a los homeless del barrio. La llegada de GoodNews, gurú espiritual algo mugroso y chanta que se instala a vivir en la casa de la familia, no ayuda a restaurar la armonía perdida.

Por supuesto, Hornby se las arregla para que la historia no sea un disparate y, en rigor de verdad, la mayoría de las veces terminamos por darle la razón a David, quien no hace sino enfrentarnos a una de nuestras más pecaminosas hipocresías: la de creernos mejores de lo que somos, la de llenarnos la boca con preciosas teorías de amor hacia los semejantes que jamás haremos realidad. Como diría un psicólogo, David hace pasaje al acto. Y en el proceso nos hace quedar a todos un poquito peor que antes de comenzar el libro.

En lo que es la frase pivot de la novela, Hornby hace decir a David las siguientes palabras:

-Soy la pesadilla de cualquier progresista. Creo en todo lo que tú crees, pero yo voy a ponerlo en práctica.

G, joven colaborador de la empresa donde trabajo, se mostró muy entusiasta con respecto al argumento de este libro. G se autodefine como socialista y cree que su paso por esta compañía multinacional es sólo una escala temporal y necesaria para desarrollar su verdadera vocación, que creo entender no está en el amasar dinero. Confieso que muchas veces, el estoicismo de estos jóvenes comprometidos me genera una especie de tristeza, esa insoportable suficiencia del que ya estuvo ahí y sabe cómo terminará la historia (en la mayoría de los casos, con un aburguesamiento tan paulatino que es difícil identificar su lenta invasión de los ideales)

Sin embargo, esta vez algo en la mirada de G, su brillo quizás, me dio la pauta de que algo había encendido una pequeña llama.

Terminada la conversación sobre libros, cada cual regresó a su trabajo, pero a la media hora o menos G se acercó a mi escritorio y me dijo:

-Ya está.

-¿Ya está qué?

-Acabo de hablar con mi novia. Vamos a ir a alfabetizar a una villa.

De pronto, tuve unos deseos inmensos de volver a tener veinte años. Y no por la piel firme, o las tetas paradas, o la vida nocturna. No por la frivolidad de los bailes ni el goce de los romances inaugurales y efímeros. Simplemente por ese impulso vital de creer aún que todo es posible, ese idealismo que, lejos de lo que muchos creen al hacerse grandes, nada tiene de estéril ni de ingenuo, sino que muchas veces es el motor que impulsa procesos históricos imparables. Tuve unas ganas terribles de abandonar mi comodidad burguesa, incluso esa concepción “gourmet” de la vida de la cual tanto me jacto cuando prefiero mis treintas a los veintes de los otros.

Por lo menos, fue un señor grande quien escribió esta gran novela irónica sobre la imposibilidad de ser realmente buenos.