domingo, 20 de junio de 2010

Diferencias Irreconciliables

Hay momentos en la vida para ser contemplativo. Conciliador, polite, considerado, aún al punto de tolerar cosas que no resultan evidentes o justas. Son probablemente aquellos momentos en los cuales uno está formando su personalidad y con ella el entorno, el círculo vital que lo identifica y define, y se considera que la aceptación del prójimo implica, siempre, concesiones no del todo fáciles.
Felizmente, sin embargo, hay un momento en el cual decir “no” comienza a ser una de las alternativas naturales. Cuando la eventual pérdida (de amistades, de prestigio, de seguridad) termina siendo menos deletérea que la pérdida de la identidad y lo que nos costó adquirirla. En el medio, diría, existe un limbo en el cual aún se debaten de manera heroica nuestra esencia y nuestro deber. También el deseo de ser amado juega algún tipo de papel en estos entuertos.
Cuando uno madura, empieza a pagar ese precio que es a la vez incómodo y liberador: poder negarse a lo que ya no lo colma. Si bien nunca se deja de transar en la vida, hay claramente una bisagra a partir de la cual aparecen más permisos para declinar cortésmente y hacer la de uno, sin reparar en las consecuencias.
Puede que duela un poco al principio, pero perder ese miedo es algo que uno se debe a sí mismo, pueda entenderse en su momento o no.

viernes, 18 de junio de 2010

El Pasado II

Como es natural, yo no era la misma persona a mis veinte años. Probablemente hubiera ya una estructura, un esqueleto común, la psique en ciernes. La esencia humana abriéndose paso en ese mar de posibilidades, quizás. Pero lo periférico termina ganando siempre tanto peso, que es difícil establecer a ciencia cierta si lo adquirido le gana a lo constitutivo o es al revés.
Como sea, en ocasiones hay hechos cristalizados del pasado que sin previo aviso se le presentan al que es uno hoy. No sé si hay tantas paradojas como ésta en la cual uno termina enfrentándose a cosas que hizo el que fue hace muchos años.
Y entonces, inevitablemente, uno compara, sopesa, se asombra de la cantidad de agua que pasó debajo del puente y todos esos lugares comunes. Estoy en una edad en la cual aún se percibe con mucha perplejidad el paso de los años, el abandono de la infancia y la adolescencia; la adultez es un hecho consumado que no obstante se acepta con cierto recelo. Pasará un tiempo antes de que se establezca definitivamente todo aquello como el “pasado”. Probablemente esta perplejidad de lugar a la resignación o la melancolía, pero al parecer todavía no me llega la hora para ese pasaje.
Por eso los personajes de mi pasado, los que me conocieron en ese tiempo que está a la vez tan lejos y tan cerca, me provocan una sensación ambivalente. Una gran curiosidad me une a ellos, porque son de alguna manera el espejo donde mirar algo de lo que fui, mi yo interpretado por el caprichoso idioma de sus recuerdos. Pero también algo de rechazo, de otredad, una necesidad de aclararles que ya no soy ésa, que aprendí muchísimo, que me gané con esfuerzo el aplomo que me dan mis treinta y cuatro años.

(Treinta y cuatro es una expresión extraña aún para mí. No es difícil creer que me voy a despertar mañana para descubrir que todo fue un largo sueño, que la vida continúa a los dieciocho, que los que llamo fantasmas me rodean aún de pleno derecho.)

martes, 8 de junio de 2010

Dublinesca


Me gusta mucho Vila Matas pero en este libro tuve la constante sensación de algo que no acababa de desarrollarse. Por ahí, ahora que lo pienso, esa era la idea. Por ahí Vila Matas es uno de esos escritores que no necesitan disfrazar sus intenciones, que no abusan del eufemismo ni la doble línea. Sus paralelismos con el Ulises no son sutiles ni un guiño gourmet al selecto público joyceano; más bien, cualquier estudiante secundario los advierte al instante. Podríamos decir que, como es un autor de culto, le importa un carajo cumplir con los rituales de los autores de culto.
Súbitamente recuerdo cómo llego Vila Matas a mi vida: le hice caso a Bolaño porque me parecía imposible que alguien de su talla pudiera equivocarse en sus recomendaciones. Bolaño hizo, incluso, que leyera a Alan Pauls –aunque sigo sin terminar de entender por qué figura entre los diez o quince privilegiados del ángel trasandino. Es que como Bolaño es un autor de culto, no le hiere la reputación el manifestar de vez en cuando una predilección incorrecta.
Como sea, Dublinesca nunca terminó de ponerme en clima. No empaticé demasiado con Riba; en el fondo yo hubiera querido que se pareciese más a Vila Matas o a lo que yo me imagino que Vila Matas es. No me conmovió el funeral de la era gutenberg con el Bloomsday como trasfondo. Demasiado. Sin embargo, me pareció un libro bellísimo. Cómo explicarlo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Colonia


Hay lugares que, no sé cómo demonios, quedan asociados para siempre a un cúmulo de cosas muy difíciles de desarticular.
Para mí Colonia es lo siguiente: días de sol capturados en color sepia, perros callejeros con nombres ingleses, “La Balada del Alamo Carolina” de Haroldo Conti leída en las tres horas de viaje en el buquebus lento, una noche narcótica yendo a comer muertos de hambre a un restaurante que tardó horas en hacer un arroz y lo trajo con un insecto en la decoración de albahaca, un frío tremendo que no obstante no impidió jamás salir a recorrer por enésima vez las calles empedradas, la lágrima de Beltrán, el exceso irresistible del dulce de leche de crema, la habitación del Virrey con su cama interminable, pero por sobre todas las cosas, el olor de las leñas quemándose, al punto de que dondequiera que esté en el mundo, donde una leña se quema hay olor a Colonia para mí.

viernes, 21 de mayo de 2010

Todos los días es el Día de la Misantropía

Cuando algo malo te ocurre las reacciones ajenas son de lo más curiosas.
Están, por supuesto y para arrancar con un poco de fe en la raza humana, los que te quieren ayudar genuinamente, te aportan consejos o una visión superadora que quizás no pudiste ver, y los que se ponen a tu entera disposición haciéndote sentir que podés confiar en ellos para lo que sea. No pocas veces, se trata de personas que no componen tu círculo más íntimo y te muestran de esta forma que probablemente deberían. Por lo general la amistad sale mucho más fortalecida luego de estas instancias.
También están, lamento decir y entrando ya de lleno en terreno cenagoso, aquellos a quienes se les nota demasiado que la desgracia ajena los excita, los eleva un poquito de la mediocridad en la que viven inmersos y de la que sólo sienten que pueden emerger si los demás se hunden con respecto a ellos.
Están los que “huelen la sangre”, gente que normalmente no te da demasiada pelota pero ante la mínima señal de adversidad se hacen presentes, indagando, queriendo saber el detalle morboso, los plazos, categorías y alternativas menores de tu pesar; son los amarillistas que hay en todo grupo humano, los que no conocen la discreción ni el buen gusto. Nunca te llaman tantas veces a la semana como en los momentos en los cuales es probable que te pegues un tiro. Sin embargo, no te disuaden sino que por lo general te dejan con más ganas.
Tristemente y para finalizar, también están los que tienen un talento enorme para borrarse justo cuando uno más los necesita. Los que están demasiado acostumbrados a ser los escuchados o contenidos, y sencillamente no se hallan o no les interesa demasiado el rol de escuchador. Son los que no comprenden que toda relación medianamente sana tiene que poseer ambos componentes, que los roles estancos no son buenos para ninguna dinámica de grupo. Estos ejemplares huyen cuando te llega el turno de hacer catarsis a vos. Cumplen con los rituales establecidos, o sea, te manifiestan con cara de preocupados que están para lo que necesites, pero a la larga siempre son cuestiones bastante más baladíes de su propia vida las que les impiden cumplir con tan solemne promesa.
Hoy es un día gris. El filtro de emociones en contra de la naturaleza humana no funciona a un cien por cien.

viernes, 14 de mayo de 2010

The Scientist (esos inglesitos de Coldplay)

Vengo a verte, a decirte que lo siento
No sabés lo encantadora que estás

Tuve que encontrarte
Decirte que te necesitaba
Decirte que te elijo

Contame tus secretos
Haceme tus preguntas
Volvamos al comienzo

Corriendo en círculos
Las mentes en una ciencia aparte

Nadie dijo que era fácil
Es tan triste que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al comienzo

Solo estaba adivinando
Números y figuras
Desarmando tus rompecabezas

Las preguntas de la ciencia
La ciencia y el progreso
No hablan tan alto como mi corazón

Decime que me amás
Volvé y perseguime
Y yo correré hacia el comienzo

Corriendo en círculos
Mordiéndonos las colas
Y volviendo tal como somos

Nadie dijo que era fácil
Es una pena que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al principio

miércoles, 12 de mayo de 2010

El Museo de Einstein en Princeton, o cómo estar y no estar en un mismo lugar

En Princeton no queda demasiado rastro de Albert Einstein.
A pesar de que el eminente físico pasó allí más de veinte años, y engalanó la universidad con sus lecciones, es poco el legado que se ofrece al turista interesado en él.
Por una parte, si bien la casa en donde vivió está absolutamente identificada, por expreso pedido del científico no se la puede visitar y jamás tendrá carácter de museo. Tengo entendido que ahora vive allí una vieja, quien respeta a rajatabla la última voluntad de Einstein y se niega a abrirle la puerta a los curiosos. Por otra parte, parece ser que ha existido hasta no hace mucho un Museo de Einstein sobre la Avenida Nassau, que vendría a ser la arteria principal de la ciudadela de Princeton. Los mapas muestran el punto en donde deberíamos encontrarlo con asombrosa exactitud: una flecha entre dos comercios montados sobre un edificio más propio de Nueva Inglaterra, de fachada de ladrillos y vistosas escaleras de incendio. Uno llega hasta ese punto para descubrir que sólo hay una puerta, cerrada para más datos, sin ninguna señal de que alguna vez hubo allí algo parecido a un sitio turístico. Es inevitable ir del mapa a la puerta y de la puerta al mapa con perplejidad de autómata. Finalmente la evidencia cae por su propio peso: haya existido alguna vez o no, está claro que no hay allí ningún museo de Einstein y que la misma gente que puede recomendarte sin dudarlo diez lugares distintos para comer, es incapaz de precisar si es que hubo algo ahí que rememorase al visitante más ilustre de la ciudad.
El panorama dentro del campus de la universidad, bellísimo como pocos, es parecido: los nombres de los pabellones se deben a quienes donaron el dinero para construirlos, no a los maestros que iluminaron las aulas con su genio.
Un anciano de la zona da, finalmente, con la clave. Me dice entre risas misteriosas, a mí, una turista desconcertada con su mapa en la mano, que probablemente Einstein nunca hubiera querido que encontremos su museo. Esas cosas que tiene la relatividad.

jueves, 1 de abril de 2010

El Antisemita Simpaticón

Ya mucha gente antes que yo habló alguna vez del antisemitismo. No voy a explayarme aquí sobre eso, primero porque me aburre y segundo porque lo mismo no llegaré a ninguna conclusión razonable. El fenómeno que me genera una malsana curiosidad, a decir verdad, es el antisemitismo simpático. Hay una franja importante de personas cuya corrección política le impide, en condiciones normales, expedirse abiertamente en contra de la existencia de los judíos. Pero como dice la pensadora contemporánea Ana María Casanova, todo lo que entra debe salir, y por eso los antisemitas simpáticos suelen aliviar su necesidad de antisemitear mediante chistes, indirectas y chascarrillos de salón.
Hace ya mucho tiempo, dije una vez a un amigo algo perplejo que el antisemitismo ideológico me es más comprensible que el antisemitismo idiota. Quiero decir: los dos son hijos de la ignorancia, la inseguridad, el miedo y otras terribles falencias del discriminador, pero así y todo entiendo más la locura de quien se sostiene por una ideología y no por lo que le repitieron generaciones de tíos borrachos en la mesa de los domingos.
La mayoría de los discriminadores simpáticos se sintió alguna vez amenazado por la inteligencia, la prosperidad o la mera buena suerte de algún judío de ocasión. Sin que haga falta aclarar que hay inteligentes, ricos y suertudos en todas las etnias, me atrevo a afirmar que cuando se trata de un gentil, la cosa no reviste nada más que visos anecdóticos. Los judíos, en cambio, para los antisemitas light, son en el fondo culpables de alguna componenda turbia para llegar adonde llegaron.
El antisemita simpático es más que nada proclive a los chistes sobre la condición supuestamente avara del judío. No pocas veces, es el simpático quien termina pidiendo plata que jamás devolverá o abandonando el recinto sin dejar propina, pero como no hay ancestros que lo incriminen, el desliz pasa sin pena ni gloria.
Este travieso exponente de nuestra sociedad suele aclarar muy rápidamente, cuando las hordas tolerantes se le imponen, que sus dudas y prevenciones van por el lado del “judío-judío” (llámese el barbudo comerciante de Once), y no las personas “normales”. A los que no parecen judíos les perdonan la vida, deshaciéndose incluso en elogios del estilo de, lisa y llanamente, “no parecés judío”, como si el judaísmo fuera algún tipo de marca de nacimiento (en mis años de vida jamás vi un pueblo más multifacético ni heterogéneo, pero los antisemitas son expertos de la antropometría)
El antisemita simpático, cuando está tranquilo y la vida le sonríe, se permite ciertas bonachonadas como alabar la “comida típica” de los judíos (¡los judíos comemos pizza y espaghetis hace siglos, por dios!!!), aunque muy a menudo confunden los kebabs árabes con el guefilte fish y no tienen la más mísera idea de los alimentos prohibidos por cashrut.
Otra característica del antisemita encubierto es que suele invertir los cargos, aduciendo que son los judíos quienes se auto discriminan. Aparentemente, preferir casarse según afinidades culturales y religiosas es una afrenta personal para esta gente que sin embargo no parece estar haciendo cola para fundirse en dulce montón con judíos. Les molesta que los judíos tengan sus propios clubes, sus propias escuelas y hasta su propia radio. Debe ser que se mueren de ganas de que sus hijos también aprendan hebreo o de que en FM100 pasen música klezmer. Y bueno, entonces que llamen y lo pidan para los cuarenta principales, ¿no?

Hostilidad automotriz o cómo una carrocería nos hace valientes

Cada vez estoy más convencida de que el conducir un automóvil hace que muchos energúmenos suelten la agresividad que su cobardía no les permitiría desplegar en un encuentro face to face.
Esta característica, debo decir casi privativa del género masculino, de tan precaria me daría ternura, si no fuera porque nos obliga a enfrentarnos a diario con criaturas básicas y neandertálicas que hasta logran arruinarnos el día.
Cualquier pequeña desinteligencia que en otro escenario ameritaría como máximo un intercambio de miradas furiosas, en el inframundo del tránsito es causal de los insultos más escandalosos y las amenazas más terroríficas. Por ejemplo, si vamos por el supermercado y otro transeúnte despistado nos embiste con su carrito, dudo mucho que vayamos a putearle la familia entera hasta tres generaciones atrás, o blandir un trabavolante sobre su cabeza. Sin embargo, el más mínimo e inocuo roce automotriz provoca eso y mucho más. No se me escapa el detalle de que, la mayoría de las veces, estas bravuconadas se ven avaladas por el hecho de que el puteador en cuestión puede darse rápidamente a la fuga en su vehículo en lugar de enfrentar al adversario con, no lo permita dios, una argumentación civilizada.
La conducción de automóviles es el único ámbito donde, sin excepción, el principiante es tratado como un ser inferior que solo merece el desprecio y la pena capital. En cualquier otra disciplina, es regla general de urbanidad que aquellos con más experiencia ayuden y asesoren a los que recién comienzan. En mi oficina, pongamos por caso, no se suele vilipendiar al nuevo que traba la impresora con sus torpes manitos, sino que, aunque nos atrase horriblemente, le explicamos con paciencia cómo apretar el botoncito de Scan sin provocar el Y2K. Para los automovilistas, en cambio, la lógica impericia del principiante es un agobio que no sienten que deban soportar, como si ellos hubieran nacido siendo Ayrton Sena. Hasta me atrevería a decir que se guardan los peores improperios para los debutantes: como no son de su cofradía, merecen el escarnio hasta que aprendan a ser tan bestias como los mejores.
La discriminación de género es un “must” entre los automovilistas. Es increíble pero clásicos del humor clase zeta como “andá a lavar los platos” se siguen oyendo con alarmante frecuencia por tratarse de tipos que después muy probablemente se dejen operar la vesícula por mujeres. Sospecho, incluso, que el conductor furioso se decepciona un poco cuando quien comete una burrada es un hombre y no una mujer. Apenas algo los exaspera, los vemos estirando el pescuezo para divisar una figura femenina y poder, entonces, soltar la frase cavernícola de ocasión. Cuando la estadística los traiciona, suelen relativizar diciendo que se trataba de un viejo, un minusválido o un gay; los errores no los cometen nunca los machos argentinos y vacunados.
Por último, merecen una consideración especial los tarados que se creen lo más porque manejan alguna camioneta escandalosamente inútil para la vida urbana. Casi sin excepción, estos presumidos miden un metro treinta, la mujer los denigra, de chicos les decían que eran inútiles, o tienen pito corto. Por eso la reafirmación que tanto necesitan les cuesta arriba de cincuenta mil dólares.
Estoy ansiosa de que el scoring algún día termine de arruinar a estos boludos con licencia. Me muero de ganas de que algún funcionario de cuarta línea proponga bajarle puntos a los puteadores, los tocadores consuetudinarios de bocina, los cancheros y los violentos. Y que le apoyen la moción.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Facebook y la fotito de perfil como identidad


Esta semana, con motivo de la conmemoración del Día de la Memoria, muchos de los usuarios de FB decidimos quitar nuestras fotos de perfil como símbolo de que recordamos la pérdida de tantos que ya no están. Celebré la iniciativa: siempre me alivia que en espacios tan frívolos como puede ser una red social, surjan cuestiones valiosas, pruebas de que no sólo pensamos en reunirnos con nuestros ex compañeros o mandarnos capussotitos, sino también mostrar nuestra postura, nuestra filiación en temas que son de extrema importancia. Porque no jodamos: seguro hay muchos que no sacaron la fotito porque son colgados, porque no entraron a internet por semanas o porque les parece pelotuda la idea, pero sabemos que también hay varios que jamás lo harían porque el tema de los desaparecidos les chupa un huevo o incluso descreen un poco de su veracidad (espero que mi lista de contactos no contenga muchos de estos últimos). Entonces, me encanta mostrar que hay quienes tenemos otra visión de las cosas y que pretendemos no olvidar ni dejar que olviden, aún desde el más banal de los espacios.
Uno de mis contactos, que no sacó la foto, publicó algo así como “Se extraña a los desaparecidos todos los días. Gracias a Dios conservo mi identidad”. Sofisma de principio a fin. Primero, en el supuesto caso de que le creamos a esta persona que todos los días de su vida hace ejercicio activo de memoria por los desaparecidos, aún deberíamos recordarle que ya que somos animales sociales, no sólo alcanza con albergar un pensamiento sino que es bueno materializarlo de vez en cuando, hacerlo tangible, “manifestarse en común”. Si no, hasta que no se perfeccione la telepatía, vamos muertos en cuanto a eso de comunicar ideas. Por otro lado me causa asombro que para la misma persona que cree que quitar una fotito de FB es intrascendente, su identidad esté definida por la misma. Loquísimo.
Ojalá no sean simplemente expresiones de personas que detestan la manifestación de ideas que les son ajenas o incómodas. Siempre es más fácil criticar o creerse de vuelta de todo, pero a veces los actos más simples hacen la diferencia.

lunes, 22 de marzo de 2010

Physics Drops II: El Sindrome de Asperger, los débiles mentales y la supervivencia


Cada vez se postula con más fuerza que Isaac Newton, Paul Dirac, y otros grandes de la física y la astronomía, padecieron el síndrome de Asperger. Esto se deduce del hecho de que fueran personas increíblemente brillantes para las ciencias duras pero seriamente limitados en el manejo de la vida social.
Esta proposición, que a priori podría parecer un poco rebuscada, es sin embargo una posible explicación para la abismal diferencia entre ellos y el resto de los seres humanos en cuanto a capacidad de pensamiento abstracto.
Quizás ahora, que millones de personas acceden a conocimientos avanzados en materia de ciencia, y las universidades mundiales compiten en generación de luminarias que cambiarán nuestra visión del mundo, no sorprenda demasiado la potencia de ciertas mentes en función de la producción de conocimiento.
Pero, ¿qué pasaba con estos tipos que, en épocas oscuras o al menos no particularmente propensas a los cambios de paradigma, lograron imaginar universos enteros y nuevos, completamente distintos al “sentido común”, a lo que se enseñaba a pensar? ¿Qué tenía Einstein que pudo legar a la humanidad la teoría más creativa y pasmosa de todos los tiempos, al punto de que no pasa de moda ni deja de sorprendernos aún más de un siglo después, y cómo pudo hacerlo desde una oficina de patentes y no desde el ámbito propicio de una universidad?
Oliver Sacks, renombrado neurólogo (y botánico), postula que ciertos tipos de autismo, y aún de idiocia, presentan una relación con las matemáticas y otros tipos de pensamiento abstracto que no son posibles en personas normales. La hipótesis es que, en quienes no sufrimos este trastorno, algún sentido arcaico relacionado con los números ha sido atenuado por las capacidades superiores que nos trajo nuestra neocorteza. Como parece lógico, para depredar y reproducirnos tuvimos que desarrollar, al principio, aptitudes más terrenales. Según Sacks, esto explica que algunas personas con severo retraso mental sean capaces de listar números primos hasta un nivel que ni la mejor de las computadoras modernas puede. Ellos, que no tienen ninguna capacidad de realizar cálculos aritméticos básicos como dos más dos, lograrían esta hazaña porque simplemente “ven” la secuencia de números primos. Esto lo han deducido los neurólogos luego de interrogar a los pacientes, algunos de los cuales manifestaban estar simplemente leyendo en voz alta lo que veían en su mente como una espiral inacabable de números.
Por eso, no sería de sorprender que algunos científicos (no todos, por supuesto) hayan llegado a ser tan brillantes justamente porque desarrollaron a un máximo el potencial que ellos poseen y nosotros no, en desmedro de otras aptitudes como la sociabilidad o la emotividad.
El propio Einstein (salvando las distancias ya que de autista no tenía nada) decía atribuir sus logros al hecho de que él, contrariamente a otros físicos teóricos, necesitaba “visualizar” cualquier teoría de una manera gráfica (exagerándolo un poco, decía que tenía que ser entendible para un niño). Por eso él pudo hablar de trenes en movimiento, personas convertidas en spagettis en el centro de un agujero negro, y otras imágenes que ya se han convertido en clásicos de la divulgación científica. No otra cosa fue la manzana de Newton, a la cual no obstante luego cubrió de sofisticadas fórmulas matemáticas ya que el sí que podía.
El secreto de estos genios quizás sea más simple de lo que uno cree. Sin quitarles mérito, ellos deben poder “ver” con claridad cuestiones que a nosotros no costarían sangre, sudor y lágrimas.
Cada vez más científicos en diversas disciplinas se ven orientados a creer que, con el tiempo, la humanidad sí necesitará habilidades intelectuales superiores para subsistir, que ya no tienen que ver con obtener alimentos o generar descendencia sino, probablemente, procurarnos nuevas fuentes de energía e incluso ser capaces de migrar a otros planetas cuando éste ya no sea habitable. Esto será posible para lo que el físico Michio Kaku denomina una civilización de tipo III, en la cual la energía que contiene el universo es explotada al máximo. Nosotros, que aún nos valemos de la energía que dan los fósiles, somos una rudimentaria civilización de tipo 0 o quizás I, por lo cual falta bastante para que las habilidades superiores sean una condición prioritaria a transmitir en nuestro ADN.

Physics Drops I: La fealdad de las teorías enoja a los físicos


A los físicos no les gusta que una teoría sea enrevesada. Aclaremos rápidamente que cualquier cosa que manejan, por básica que les pueda parecer a ellos, es una maraña de ecuaciones para la mayoría de nosotros. No obstante, en física se suele “confiar” preferentemente en axiomas que luzcan bellos y redonditos.
Por ejemplo, hay algunos físicos que están fastidiados con el hecho de que parezca no haber fin para la subdivisión del átomo. Esa entidad que curiosamente fue llamada así, átomo, por pensarse que era la unidad final e indivisible de cualquier cosa, nos sigue sorprendiendo por la cantidad de amiguitos que lleva dentro, al punto de que un destacado físico dijo hace poco que habría que darle el Nobel a quien este año NO descubra ninguna partícula subatómica nueva. Los electrones y protones que aprendimos en la escuela son los dinosaurios de esta historia. Ahora se sabe que el átomo bulle con la actividad de exóticas partículas llamadas quarks, hadrones, bosones de Higgs y otras rarezas por el estilo. Cada descubridor se ha dado el gusto de que una partícula lleve su nombre, y parece que hay más.
Hay teorías nuevas, desprendidas de la de cuerdas, que para Stpehen Hawking, son “feas”. Nótese que los físicos y cosmólogos dan mucha importancia a que un postulado cumpla ciertos requisitos estéticos. También, los apasiona la posibilidad de que todo pueda ser explicado con una única y simple teoría unificada. Quien consiga describir esta famosa y por ahora esquiva Teoría del Todo, armonizando así la Relatividad General y la Teoría Cuántica, dará un giro cismático a la física, probablemente el más grande de la ciencia moderna. Pero por ahora, estamos lejos de que alguien describa alguna concordancia entre las leyes que rigen los espacios inmensos (el cosmos) y los minúsculos (la física subatómica)
A mí, la idea de que los físicos y cosmólogos sean preciosistas, me llena de esperanzas. Me parece que estamos en las buenas manos de unos maniáticos brillantes.

viernes, 19 de febrero de 2010

The Big Bang Theory

Existen ocupaciones que obligan a vivir a quienes las ejercen en un mundo distinto, en una esfera de realidad muy diferente a la que habitamos el resto de los mortales.
Me refiero a los físicos teóricos, a los cosmólogos, a los astrónomos y en menor medida tal vez a los matemáticos.
Muy a menudo pienso que, mientras los demás dedicamos nuestras vidas a “pequeñeces” tales como construir una casa, defender a la gente que es acusada de algo, vender autos, o, como es mi caso, colaborar en el desarrollo de nuevos medicamentos, hay personas cuyas preocupaciones giran en torno al origen del universo, a la posibilidad de los viajes en el tiempo, a aquellas singularidades donde todo el mundo físico que conocemos deja de aplicar… y no puedo evitar sentir que me hallo en un plano inferior del pensamiento.
Digo: ¿cómo se puede seguir diseñando ropa cuando hay gente que sabe hace rato que no vivimos en un mundo de cuatro dimensiones –como creíamos- sino once como mínimo y probablemente más? ¿Cómo se puede, incluso y yendo más lejos, producir arte o escribir libros cuando sólo somos la molécula de una molécula en la vastedad de un universo cuyo tamaño no podemos ni soslayar? ¿Cómo es que no corremos todos a tratar de asir el minúsculo conocimiento que ya se tiene sobre el todo? ¿Cómo es que casi nadie sabe que hay laboratorios donde se ha logrado que el mismo átomo, la misma pizca de materia, esté en dos lugares al mismo tiempo?
Está bien, y lo entiendo, vivir nuestras vidas de la mejor manera posible lo cual incluye que dispongamos de médicos, amas de casa, pintores, escritores y lectores. Está bien porque de otro modo moriríamos con la horrible sensación de que la única verdad que vale la pena conocer se nos escapará por miles de generaciones más, si llegamos a tanto, y que en el interin no disfrutamos demasiado de la existencia, sea ésta de la naturaleza que fuere.
Pero, ¿qué puede importarles a los físicos esta minucia de la finitud de la vida? Si ellos están preguntándose muy seriamente si el eterno retorno es viable, o si la línea temporal tiene necesariamente que ir siempre en la misma dirección, o si no habrá de hecho infinitos universos paralelos que se crean cada vez que un viaje en el tiempo introduce un ligero cambio en la historia.
Hace ya casi un siglo atrás, durante el funeral de su amigo y colega Michele Besso, ese visionario que se llamó Albert Einstein dijo a la viuda: “Le daría mi pésame si no fuera que para nosotros, físicos convencidos, el tiempo es sólo una ilusión”.
Sin embargo (como nos demuestran esos adorables nerds Leonard, Sheldon, Raj y Howard), estas cabezas privilegiadas también padecen por amor, dudan entre el kétchup y la mayonesa, se pelean por huevadas y olvidan por momentos la pequeña dimensión del mundo que habitan. Porque saben que ese mundo pequeño que persiguen e intentan reconciliar con el infinito –ese mundo que se mide en quantos- está lleno de acertijos y maravillas y que todo, si bien se mira, comenzó con el estallido de una mota infinitesimal.

martes, 16 de febrero de 2010

Duo

Colette, en cambio, me gusta sin lugar a dudas.
Hace poco Página12 publicó una modesta edición de Duo, una obra no muy difundida de esta autora que revolucionó los albores del siglo XX.
Duo es la breve historia de una infidelidad, mejor dicho del instante en el cual el marido descubre la aventura amorosa de su mujer con otro hombre, para más bochorno su socio en los negocios del espectáculo. Durante un par de días nos metemos en la intimidad de esta pareja que se deja hundir y cae en la espiral de lo maliciosamente sugerido entre líneas, de lo no dicho. Están, solos con una criada que todo lo ve, en una alejada casa de campo en la cual se sofocan y agreden, se vuelven a amar y a perdonar para luego rendirse nuevamente a las susceptibilidades, a las formas y la imagen que deben dar como miembros de la clase acomodada que son. Hay pasajes deliciosos, diálogos breves donde uno siente que todo puede explotar para luego volver a la apacible marcha de esos días de descanso en la campiña.
La descripción de los personajes es económica pero muy eficiente. Ella es más joven, muy sensual pero con algunos rasgos que pueden afearse según la mirada del marido pase de la adoración al desengaño. El está abandonando los mejores años, un hombre de cuarentitantos cuyos éxitos profesionales comienzan a declinar. Tiene a su favor, como la mayoría de los hombres de la década del 30, que la mujer no puede llegar muy lejos sin la crisálida de su matrimonio. Pero en su contra pesa que ella parece no envejecer y que todavía posee la capacidad de ponerlo todo del revés con una caída de ojos.
Lectura más que recomendable por $9.

Millennium

Todavía no sé si me gusta o no Stieg Larsson. A veces me parece que sólo le falta que pasen algunos años y se convierta en un autor de culto de esos que escribieron un par de obras y te dejan con unas ganas irremediables de más (sin ánimo de comparar me pasa eso con Bolaño, con Sebald, con Paola Kauffman, de quienes uno tiene la triste certeza de no poder volver a leer nada más de ellos cuando acabe el reciclaje de obras inéditas e inconclusas). Es que el pobre Stieg falleció de un ataque cardíaco antes de llegar a ver el éxito de su trilogía Millennium.
Larsson hasta ahora es, sin embargo, un autor de policiales que no se salen demasiado de la media salvo probablemente en la extensión y en la capacidad de crear personajes difícilmente olvidables para el público. Lisbeth Salander podrá gustarnos o no (oscilo todo el tiempo entre el amor y el rechazo, lo cual considero un gran logro del escritor), pero a nadie deja indiferente. Ahora nos han obligado a ponerle un rostro debido a la inminente aparición de –cuándo no- la película, que se promociona con gigantografías de la actriz sueca que interpretará a esta conflictuada hacker. Pero es innegable que, pese a lo inverosímil que se pone según avanza la obra, Salander es una mujer de armas tomar y una creación literaria muy distinta a lo que conocemos.
Todavía no sé si me gusta o no Stieg Larsson, pero su efectividad narrativa es innegable ya que hizo que muchos leyéramos, un poco a desgano y enojadísimos con el precio, las más de mil quinientas páginas de su trilogía.

domingo, 7 de febrero de 2010

Tus hijos no son tus hijos

Esta poesía de Kahlil Gibran estaba colgada en una pared de la casa de mi infancia:


Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti

y aunque estén contigo no te pertenecen.

Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos,

pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas,

porque ellos viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti.

Porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad.


A pesar de lo trillada que la volvió la repetición en afiches y señaladores, sigue siendo de una veracidad asombrosa.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Prejuicios contra la Caridad (La Máquina de Impedir)

Últimamente un prejuicio se puso de moda: el de que la caridad contante y sonante está mal.
Algunas personas (muchos de mis queridos progres), que me consta sienten verdadera empatía por los menos favorecidos de la sociedad, rara vez sin embargo ponen sus manitos en la masa pobre, es decir, ayudan in situ a un necesitado. Todo lo que desde su discurso es urgente e impostergable, encuentra nulo eco en la acción.
Hasta ahí, podríamos decir que no se diferencian de la mayor parte de la sociedad, la cual, además de vociferar lo que habría que hacer, básicamente hace poco o no hace nada.
Sin embargo, la vuelta de tuerca que le han encontrado los progres es que, además, se sienten inclinados a condenar todo acto de caridad que hagan los demás, casi siempre al grito de que no hay una verdadera ideología detrás, o que es tapar agujeros, o alguna de esas máximas que los que ayudan con su humilde contribución se ven obligados a soportar.
Las siguientes manifestaciones de caridad son cuestionables para los progres: voluntariado promovido por cualquier empresa privada (si la misma, encima, colabora financieramente, es peor), grupos de ayuda de las parroquias, tés canasta a beneficio organizados por viejas ricas, colectas de sindicatos, y en general cualquier ayuda más o menos espontánea y útil que salga de un grupo de gente nucleada por una institución.
El problema que le encuentran a esto los progres es que, en la mayoría de los casos, se trata de movidas para lavar la cara de empresas de dudosa imagen pública o actos tendientes a saciar la propia necesidad de protagonismo, de alivio de culpa, de sensación de magnanimidad y otros etcéteras. Digamos rápidamente que lo antedicho es cierto en la gran mayoría de los casos. Es decir, no creo que al directorio de Mac Donald’s lo desvele genuinamente el porvenir de los niñitos con cáncer sino que tiene un grupo de asesores de imagen que estableció que la ayuda de Ronald daría un cariz humano a la compañía (lo cual es curioso, ya que el payaso parece cualquier cosa menos humano). También es cierto que las viejas ricas sueltan la moneda a la salida de misa pero intramuros aplauden las gestiones de sus maridos para esquilmar a los que menos tienen. Todo eso es verdad. Sin embargo…
Yo creo fervientemente que un bien que se hace es bueno en sí mismo, más allá de las motivaciones. Un acto de caridad redunda siempre en un estado de las cosas que sería peor de no haber existido aquél. Luego podemos discutir si es pan para hoy, si es mejor enseñar a sembrar que dar el pan hecho, y todos esos dilemas que entretienen a los que poseen el estómago lleno y pueden entregarse a entuertos morales. Algunos jóvenes de la empresa multinacional en la cual trabajo, que hacen voluntariado en un hogar de niños y vuelven cada sábado llenos de piojos pero también de una clase de amor que en ningún otro lugar podrían obtener, producen un bien concreto que no veo que ninguna ideología política reemplace: cambian pañales sucios, dan un beso a tiempo, felicitan por un dibujo, acompañan en la risa y en el llanto. Eso mientras toleran que algunos progres, que nunca pisaron un hogar de huérfanos, les espeten en la cara que están siendo marionetas de un lavado de cara de su empresa.
Todo esto es producto del aburguesamiento de los que se definen de centroizquierda, tendencia últimamente copada por pelotudos de clase media alta con inquietudes existenciales pero incapaces de sonarle los mocos a un pibito lleno de mugre. Qué distinto a la maravillosa juventud de sólo unas décadas atrás, que amén de filosofar, leer a los clásicos y querer salvar al mundo, también se daba unos paseítos por la corte de los milagros para alfabetizar, alimentar y acompañar. Muchos de ellos decidieron su inclinación política cuando finalmente vieron la pobreza en primera persona, cuando salieron del búnker para conocer la desigualdad en su aspecto más concreto y urente.
La verdad es que me cansé de los que hablan y no hacen. Me cansé de los que dicen que es inmoral ayudar a los perros callejeros habiendo niños con hambre, pero no ayudan ni a unos ni a otros. Me enerva la máquina de impedir, la que prefiere que un acto generoso no se haga mientras ellos discuten la filosofía del tema de la caridad. También –y esto excede a los progres- me molestan los tacaños que nunca le dan una moneda al trapito aduciendo que seguro el padre se la va a gastar en vino. O sea, ante la duda, aún si hay una ligerísima posibilidad de que ese chico use la moneda para comprarse algo que lo haga un poquito feliz en medio de la basura en la que vive, los avaros deciden abstenerse, y para colmo sintiéndose paladines de la ética. Son los mismos que dicen “yo nunca doy plata; prefiero darles un sándwich” aunque jamás nadie los vio dando cosa alguna.
Está de más decir que al final del día se habría hecho mucho más el bien si algunos de ellos se arremangaran de una buena vez y ayudaran sin cuestionarse si es lo mejor o no.
Al menos, entretanto y mientras deciden la mejor forma de salvar al mundo, sería bueno que se abstuvieran de pontificar sobre la manera de ayudar que tienen los que no son tan agudos, morales, ni ideólogos como ellos.

domingo, 31 de enero de 2010

Un Caso de Personalidad Múltiple

El cine y la literatura han sido inspirados una y otra vez por un trastorno mental recientemente descripto pero, a todas luces, tan antiguo como la humanidad: el Trastorno Disociativo de la Personalidad, o, más coloquialmente hablando, trastorno de personalidad múltiple, del cual Jekyll & Hyde son probablemente la versión más célebre.
Hace poco vi una película bastante interesante sobre el tema, “Identidad”, y digo interesante porque comienza a abordarlo desde un encuentro -imaginario por supuesto aunque esto lo descubrimos sobre el final- entre las múltiples identidades de un hombre que lucha por deshacerse de las más dañinas entre ellas.
La verdad es que para no arruinarles el final debería haber dicho que la película trata sobre un grupo de personas que el azar reúne una noche lluviosa en un tenebroso motel, donde una a una irán muriendo (asesinadas o por causas naturales), siguiendo el orden decreciente de sus números de habitación. Una trama original y atrapante.
Esto me llevó a desempolvar la historia, llevada a la divulgación literaria por su psiquiatra, de Karen Overhill, una mujer americana con una evolución bastante atípica de la enfermedad, ya que gracias a terapias combinadas y tratamiento farmacológico logró estabilizarse, conocer a fondo sus 17 identidades y hasta aprender a manejarlas o al menos a predecir sus “apariciones” en escena.
La historia de Karen Overhill es, como la de casi todos los que padecen este trastorno, una historia de abusos y violencia en edad temprana, perpetrados por integrantes de su círculo más íntimo. De hecho, lo que se postula como etiopatogenia de esta enfermedad es la necesidad de suspender la identidad propia ante lo intolerable de la realidad, reemplazándola por identidades más fuertes o que posean algún atributo en particular que les / le permita sobrellevar determinadas situaciones de otra manera aniquiladoras. Por ejemplo, una de las identidades de Karen, un hombre llamado Holdon ("hold on", si bien se mira), era el único que podía conducir y cuando él no aparecía, Karen y su corte de personalidades se veían literalmente impedidos de movilizarse. Holdon representaba también al hombre protector y la figura paterna.
Lo fascinante de la historia de Karen es, asimismo, su evolución, su lento devenir durante el cual fueron asomando, producto de la inmensa labor del psiquiatra, uno a uno los seres que la habitaban, ya fuera surgiendo durante una sesión de hipnosis o enviando cartas al consultorio del terapeuta (todas con letra diferente, por supuesto), cartas de las cuales Karen no tenía recuerdo alguno durante la siguiente sesión. Una de ellas decía: “Estimado Dr. Baer: Mi nombre es Claire, tengo siete años y vivo dentro de Karen. Puedo escuchar todo lo que usted dice. Quisiera hablarle pero no sé cómo”. La caligrafía era la de un niño pequeño.
Karen Overhill llenó sus necesidades tremendas e impostergables con diecisiete invenciones que le permitieron sobrevivir, algunos hombres, otras mujeres, adultos, niños y niñas, blancos y de color, cada uno con atributos especiales, dones, habilidades, maneras de hablar, de escribir e incluso de dibujar. La paciente no fue consciente de que coexistían tantas personas en ella hasta su adultez temprana, cuando consultó al psiquiatra a causa de una sensación de vacío, de “despersonalización”, y reiterados episodios de amnesia (blackouts) durante los cuales aparecía en determinado sitio sin tener idea de qué la había llevado allí. Karen comenzó a sospechar que algo en ella andaba mal porque en ocasiones, las otras personalidades se le presentaban bajo la forma de “voces”; así fue que conoció sus nombres y edades y propósitos (¡los cuales paradójicamente habían sido íntegramente inventados por ella!), y pudo hacerlos comparecer durante las sesiones con su psiquiatra, quien se valió de la capacidad de algunos de los personajes de ser más elocuentes y expansivos que otros. Uno de los niños, Jensen, “nació” durante una violación a Karen perpetrada por su tío abuelo, y continuó creciendo desde entonces. Se cree que estas personalidades cumplen el rol de sustituir al enfermo durante momentos de naturaleza intolerable, en una compleja forma de evasión de la realidad. Algunas de las personalidades escribían un diario pero otras, durante momentos de furia, lo quemaban o destruían.
La “integración” que comenzó a ocurrir como resultado de la terapia, llevó al conocimiento profundo de las 17 personalidades y a la desaparición de algunas de ellas. No conozco el caso en detalle y es altamente posible que Karen sufra recaídas o reapariciones en escena de algunas de las identidades abandonadas, aunque el hecho de haber podido escribir en primera persona su historia le da una ventaja prognóstica que va más allá de lo que se esperaba de esta patología cuando fue finalmente compendiada en el DSM III, allá por la década de los ochentas.
Un rasgo fascinante de este caso, además de la lucidez y autoconocimiento logrados por la paciente, es que ella realizó un retrato de sus diecisiete alter ego, tal como los veía y los conoció. En ese dibujo, inquietante pero esperanzador, podemos ver el verdadero mosaico de seres que se vio forzada a crear para hacerle frente a su dolorosa vida. Fue un mecanismo que nació en la temprana infancia ante situaciones altamente traumáticas y se consolidó luego para capear eventos vitales propios de la vida adulta (un divorcio, un desempleo, miedos e inseguridades usuales)
Lo más asombroso es que el dibujo no transmite lobreguez ni el típico desasosiego de las creaciones psicóticas, sino que rezuma algo del brillo que la propia y original Karen debió poseer alguna vez, antes del comienzo del infierno. Alberto Monchablon, emérito profesor que tuve de Psiquiatría, decía que todos los locos, por alienados que estén, poseen un pequeño ojo de cerradura por el cual se puede abordar al verdadero ser, que yace debajo de capas y capas de locura, y que es tarea del buen psiquiatra encontrar ese pequeño ojo de cerradura aunque le lleve la vida.
Esto es lo que vemos cuando miramos por el agujero que Karen misma logró abrir:

viernes, 29 de enero de 2010

Escarceos con la actuación y el divino marqués


En mi adolescencia tuve un escarceo amoroso con la actuación.
Tuvo un comienzo absolutamente azaroso, como tantas otras experiencias de mi vida que terminarían siendo ricas y determinantes.
Había ido –sola, como hacía muy a menudo- a ver una obra de teatro under que daban en una sala de San Telmo. La obra era “Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo”, del Marqués de Sade. Lo había visto en la cartelera teatral y me sedujo al instante la idea de ver la puesta en escena de esta obrita tan singular, tan atípica, del Divino Marqués. Llena de expectativa me fui hasta el teatro que quedaba en un tramo empedrado y precioso de la calle Estados Unidos, en el corazón de nuestro Montmartre porteño. Era un miércoles y llovía a cántaros; no sé qué me llevó a pensar que alguien además de mí podría apersonarse a ver esa obra y en esas condiciones.
El teatro, de hecho, estaba vacío. En la puerta estaba quien sería mi maestro de actuación, Federico Herrero, como era entonces o al menos como yo lo recuerdo: de unos cuarenta años, coleta tirante, camisa blanca entreabierta y cigarrillo constantemente encendido; era un Marqués de Sade traído a nuestras pampas vaya a saber mediante qué conjuro temporo espacial. Tenía una mirada de cocainómano que, tristemente y como tantas veces, contribuía a darle un aire lánguido y seductor.
Herrero me explicó que la obra no se haría y nos quedamos conversando un rato. Había algo en él que me cohibía terriblemente y a la vez supe que querría permanecer en ese teatro por un buen período de mi vida -que en ese instante de la adolescencia era casi imposible de medir.
(Semanas más tarde me enamoré perdidamente de quien interpretaba al moribundo, el genial actor off Alvaro López, y como descubrí que además de actor era profesor de matemáticas, fingí durante meses una dificultad para dicha materia que me llevó a contratarlo como profesor particular. Alvaro venía a mi casa, con sus rulos y su mochila hippie, y me daba lecciones geniales de trigonometría mientras yo le hacía tecitos y suspiraba por él.)
Me quedé, entonces, en el Teatro Escuela Central por algunos años, primero aprendiendo los rudimentos de este arte que Herrero insistía en desmitificar, en poner a la altura de cualquier otro oficio, y más tarde representando las mismas obras under para el escaso pero siempre efusivo público de San Telmo. Pusimos obras de Pier Heller, de Osvaldo Dragún, y del Marqués por supuesto. El Teatro Escuela había sido durante los años de la dictadura un bastión para esos autores malditos, muchos de ellos como Dragún perseguidos y exiliados. El mismo Herrero formaba parte, según la mitología local, de las listas negras de los militares. En el Teatro Escuela conocí personas únicas, indescifrables, una fauna preciosa de seres que por un extraño motivo desaparecieron uno a uno de mi vida, al punto de que hoy bien podría dudar de la existencia de ellos, de ese tiempo (ni el Teatro Escuela queda en pie hoy en día), de mis propias vivencias que habían sido, no obstante, tan intensas. Decenas de personas que no se parecen en nada a los que habría de conocer antes o después, que eran de otro mundo, que se evaporaron como corresponde a los fantomas: el atribulado actor que me hacía acordar a mi padre y usaba camisas con dibujos de pequeñas tijeritas, las actrices hermosas y algo extraviadas, el cellista de la filarmónica, la conflictuada compañera de obra que no quería a los hombres sino a las mujeres y se paseaba desnuda cuando iba a visitarla a su casa, Herrero mismo, que se escondía en su oficina para luego emerger con la mirada perdida y narcótica a hablarnos de Brecht y de Ionesco y de lo absurdo de la memoria emotiva, ese invento psi. El boliche Pelourinho, la espera emocionada y la pequeña decepción de Mariposa Tecnicolor luego del hit inigualable de El Amor Después del Amor. El teatro mismo que era oscuro y húmedo, lleno de fantasmas, preñado del eco de tantas funciones y voces que lo habían poblado.
Esos días fueron mis pequeños sesentas, mi sueño de amor libre, mi coqueteo con la noche y lo inexplorado, pero como todo sueño acabó pronto y se esfumó para no dejar huellas.
Estaba comenzando a vivir, las puertas de la experiencia parecían abiertas e infinitas; era, en otras palabras, el mundo que existe cuando se tienen dieciséis años.

martes, 26 de enero de 2010

La Verdad Sobre Perros y Gatos

Hace unos días vi, no sin asombro, que cierta conocida mía se unió a un grupo de Facebook en contra de las publicidades donde las mujeres limpian sartenes y los hombres conducen autos de lujo. Si no entendí mal, el encono se extendía también a las propagandas en las cuales las mujeres lucen sus atributos para vender shampoos, cremas, y otros artículos de belleza.
Obviamente la persona de marras es una “feminista” confesa.
Siempre me asombró que entre las feministas hubiera mujeres realmente inteligentes (ésta es un ejemplo). Es decir, no abrigo ninguna esperanza con respecto a la inteligencia de las personas agrupadas en otro tipo de clanes (que no especificaré para no herir sensibilidades). Pero, nobleza obliga, entre la gran masa de feministas taradas hay siempre mujeres brillantes, hermosas, distinguidas, simpáticas, sensibles.
¿Qué se les pondrá en juego? ¿Qué inseguridades ancestrales las llevarán a sentir que deben demarcar su territorio femenino todo el tiempo?
La pregunta, simple pero necesaria, es por qué habría de molestarnos la existencia de mensajes con los cuales, después de todo, muchas no nos sentimos identificadas. A ver: las mujeres que sienten una euforia subclínica cuando ven la publicidad donde una madre abnegada hace un rulito de mayonesa para sus hijos, y luego en el supermercado de alguna manera reviven la sensación agradable al adquirir ESA mayonesa y ninguna otra, allá ellas, que sean felices, quién podría negarles su derecho a ser seducidas como les plazca. Lo asombroso es la lucha a brazo partido de las mujeres que NO se dejan doblegar por la propaganda de Hellman’s, que se ríen de esas amas de casa edulcoradas para la tele, y que básicamente compran la marca más barata o la que más les gusta o la que les viene en gana en ese segundo. ¿Cuál es el problema que podrían tener en contra de las publicidades tradicionales, si no afectan a unas ni a otras?
Se me antoja un poco rebuscado eso de reclamar que las empresas dejen de hablarles a ciertas mujeres que después de todo, y basándonos en los estudios de mercado que perpetúan esas tendencias, deben ser unas cuantas y no parecen estar afligidas por cómo son abordadas por el aparato marketinero.
También me parece superflua la eterna discusión sobre si somos distintos o iguales, si las mujeres pueden o no hacer las mismas tareas que los hombres, si es todo una cuestión biológica o cultural, etc etc. No es por ofender pero me parecen dilemas un poco siomes. Para mí está clarísimo que hombres y mujeres somos muy distintos (a dios gracias), que hay trabajos mejores y peores para ambos géneros, y que lo cultural moldea a lo biológico todo el tiempo, por lo cual reemplazar los postulados ancestrales no es tan simple como proponérselo desde el discurso de moda.
Los semiólogos suelen describir esto con mucha más elegancia, pero está claro que el ser femenino o masculino está implícito en todo lo que hacemos, que es una de nuestras primeras cartas de presentación, que resignifica lo que el mundo recibe de nosotros. Yo en lo personal comienzo a admirar a las mujeres cuando dejan de declamar que lo son; cuando se expresan desde su humanidad, que tiene por supuesto tintes ineludibles de lo femenino. Me encanta que Virginia Woolf sea ante todo una persona que habló, como nadie, de temas primarios e inherentes a la humanidad como la angustia, la futilidad, la soledad, la creación. Me encanta que su capacidad de retratar a una mujer -Mrs. Dalloway- esté a la altura de los mejores retratos femeninos de la literatura que, en mi opinión, fueron hechos por hombres.
Y lo que más me encanta, es que nada de lo que hace un hombre puede ser enteramente imitado por una mujer, y viceversa. Nuestros universos son tan diferentes y complementarios a la vez, que cualquier discusión de género me parece superflua, innecesaria, un refugio para personalidades en eterno conflicto con lo que reciben del entorno.