jueves, 21 de enero de 2010

La Teoría de la Relatividad


No es un secreto para nadie que las personas parecemos actuar según a quién tengamos como interlocutor. Esto es válido desde el hecho banal de que intentaremos parecer más interesantes frente a alguien que queremos seducir, hasta la forma en que defendemos a ultranza nuestras ideologías frente a personas que piensan exactamente lo contrario a nosotros.
Lo que sigue lo ilustra:
Parece ser que en mi casa soy de derecha y afuera soy de izquierda. Exageraciones aparte, me ocurre muy a menudo que con los íntimos me permito críticas u observaciones hacia, por ejemplo, el gobierno (con el cual simpatizo), pero afuera me veo en la obligación de defenderlo a capa y espada porque no tolero los argumentos de la oposición recalcitrante.
Esto me conduce, irónicamente, a innumerables conflictos de un lado y del otro.
En casa, mi marido no me deja pasar una y cualquier cosa que yo diga puede ser tildada de “gorila”.
Afuera, casi todo lo que digo me convierte en una chica K, una bolchevique; una zurdita, bah.
Lo gracioso es que a esta dicotomía le llamo yo criterio, objetividad, imparcialidad (aunque nunca sea completa, claro está). No me gusta ser fundamentalista para ningún bando, aunque obviamente si me obligaran tengo muy claro adónde apuntaría. No me gusta sentir que me caso para toda la vida con nadie (políticamente hablando, por supuesto), porque una agachada es una agachada la haga quien la hiciere, y creo que está bueno no perder la inocencia de darnos cuenta de eso.
La paradoja se extiende a otros ámbitos por supuesto: el conflicto de Medio Oriente, la inseguridad, el peronismo, Latinoamérica, el rol de los comunicadores sociales… Casi que parece que todos los temas me pueden dejar parada en polos opuestos según quién me esté juzgando.
Tenía razón Albert: todo es relativo, el observador modifica la realidad.

jueves, 14 de enero de 2010

El Código Rodríguez


Categorías según preferencias musicales y literarias


-Silvio Rodríguez solo: Si es mujer, tarada hippie; seguirá torturando a sus amigos con el Unicornio Azul hasta bien entrados los treinta cuando ya a todos hace rato que les gusta Coldplay. Si es hombre, tiene un trabajo horrible y tendencia a la depresión.
-Silvio Rodríguez + Pablo Milanés: Progre empedernido, algo loser, tiene la casa llena de adornitos mayas.
-Silvio Rodríguez + Castaneda: Si tiene menos de dieciocho, aceptable; si es mayorcito, seguro es un pelotudo importante. Puede tener alguna remera con el Che, aunque la usa sólo cuando lava el auto. Sueña con tener una experiencia con ayahuasca pero no se anima.
-Silvio Rodríguez + Alejandro Sanz: Es comprometido pero, como tantos, tiene un muerto en el placard. Escucha melódicos a escondidas o sólo cuando el entorno “da”.
-Silvio Rodríguez + Peter Capusotto: Se la da de cool pero, entre nosotros, lo de Capusotto sólo es una fachada. No pueden entrar en la misma cabeza dos gustos tan dispares, que Bombita se llame igual no es excusa.
-Silvio Rodríguez + Beatles: Tiene alguna esperanza, no está del todo arruinado. Poco confiable, es medio veleta.
-Silvio Rodríguez + Vivencia: Oldie total. No se debe ver a colores.
-Silvio Rodríguez + Cortázar o Herman Hesse: Pudo haber sido intelectual, pero colecciona duendes de la suerte y señaladores con frases boludas: no tiene arreglo.
-Silvio Rodríguez + Paulo Coelho: Confundido. No sabe qué esperar de la vida. Si le tirás un libro de Sidney Sheldon se pasa de bando.
-Silvio Rodríguez + Stanislavsky: actorcito sensible, tiene una fundación para pinguinos empetrolados o mujeres víctimas de la violencia de género. Escribe con faltas de ortografía y es un poco garca.
-Silvio Rodríguez + Lacan: Psicobolche.

miércoles, 13 de enero de 2010

El aura

Por lo general empieza con algo que lo gatilla, un olor la más de las veces pero puede también ser una melodía; uno ingresa entonces en un plano de percepción totalmente distinto, donde las puertas de la sensorialidad parecen abrirse al máximo. No se imaginen una escena mística. No es nada de eso. Pero sí hay, claramente, un entrar en una sensación de la cual no es fácil salir, porque todo lo que uno comienza a percibir desde ese momento (sonidos, un diálogo, un ladrido, la película que estábamos viendo) parece resignificarse bajo la atmósfera del aura. Con el tiempo uno aprende ciertas técnicas para salir de ese aire enrarecido (cuando es necesario): concentrarse en un detalle de lo que nos rodea, pensar en algún elemento claramente pragmático del presente (por ejemplo, la ropa que hay que lavar o un problema del trabajo), pero aún así a veces es dificilísimo sacudirse las últimas partículas de semisueño, de rareza, de onirismo.
Cuando era adolescente lo llamaba “mi realidad virtual”, aunque por supuesto no sabía bien qué era. Si uno es niño tiende a creer que lo que le ocurre, los insistentes déja-vu por ejemplo, es una clara prueba de que fuimos otros en el pasado y lo que sentimos son reminiscencias de alguna remota encarnación. El neurólogo que me puso en autos al mismo tiempo me desilusionó un poco: mientras me hablaba de crisis comiciales, del uncus del temporal, del aura migrañosa, era un poco como decirme que los Reyes son los padres.
Cuando cumplí veintitantos y ya las cefaleas me partían al medio el neurólogo especialista en migrañas me propuso comenzar un tratamiento profiláctico, es decir, un fármaco a tomar en forma diaria para prevenir las crisis migrañosas. Como hacen tantos epilépticos que se rehúsan a perder sus auras, por supuesto me negué. Es que no podía vivir sin las mías. No imaginaba vivir en un mundo sin imágenes caleidoscópicas, fractálicas, sin los bellísimos estampados de flores que veo claramente al cerrar los ojos cuando me está por venir una jaqueca antológica.
Los migrañosos y epilépticos somos una cofradía que entiende muy bien el raro privilegio que nos tocó: atisbar por un ratito la singularidad sabiendo que luego se caerá en un espantoso dolor o una convulsión incapacitante.
Con los treinta, debo decir, las cefaleas (y con ellas sus auras) fueron mermando. Hoy soy sólo una ordinaria jaquecosa ocasional que lo soluciona muy fácilmente con dosis ortodoxas de Migral. La edad tormentosa pasó, la era surrealista se fue; parece que uno se aburguesara, también, en la forma de sufrir.

martes, 12 de enero de 2010

Recursos Humanos

Los que trabajamos en el seno de una compañía más o menos organizada, tenemos que vérnoslas a diario con una especie tan inútil como peligrosa: los licenciados en recursos humanos.
No se sabe bien cómo, la cosa devino en que desde hace unos años cualquier empresa que se precie tiene que tener un departamento de borregos graduados en una carrera corta pero que, paradójicamente, pueden decidir el destino laboral de respetables profesionales y técnicos.
La primera tortura se le impone a uno al querer ingresar a una de estas compañías: la mayoría de las veces, antes de poder sentarse frente a alguien en capacidad de juzgar nuestras habilidades profesionales, hay que superar una entrevista con alguno de los energúmenos de RRHH, quien casi invariablemente nos desafiará con consignas tan bobas como decir qué queremos ser dentro de cinco años, nombrar un defecto y una virtud propios, o contar una situación difícil que hayamos vivido en lo laboral. La lista es tan previsible que podríamos sacar las respuestas de un capítulo de Seinfeld y salir de lo más airosos. Lo peor de los RRHH es que siempre, aunque te hagan las preguntas más espantosas o te subestimen como cerdos, llevan pegada una sonrisa kolynos que hace que las ganas de pegarles un bife sea casi irrefrenable. Lo increíble es que la mueca no se les va ni siquiera cuando tienen que despedir a alguien o anunciarle que no verá un aumento en los próximos quince años.
Una vez sorteada la “etapa de selección” (así le llaman al caprichoso proceso por el cual eligen el aspirante que les cayó más simpático o les pareció que dará menos problemas a la empresa), los tormentos continúan porque casi todo lo que uno hace o deja de hacer en su trabajo está regulado por las ideas geniales de estos publicitarios frustrados. Me los imagino en sus sesiones de brainstorming, pensando la mejor forma de anunciarles a los empleados que a partir de ahora el festejo de fin de año, por recortes presupuestarios, será reemplazado por una merienda autogestionada en la plaza de la esquina. Seguramente, ellos lo convertirán en un alegre anuncio elogiando las bondades de comer un sándwich de mortadela al aire libre o la importancia de colaborar con los que no pueden pagarse el refrigerio solitos.
Los RRHH encuentran su máximo canal de expresión en el e-mail, probablemente porque mediante esta vía pueden dar rienda suelta a su necesidad de llenarlo todo con caritas felices, matecitos, e-guirnaldas y signos de admiración. Todo aviso parroquial, por ejemplo que hay que renovar el formulario de ganancias, va acompañado de emoticones y letras de colores que, se supone, colaboran en hacernos el día mucho más feliz. Lo que ocurre en realidad es que los RRHH son todos, pero todos, adultos bastante pavotes que le encontraron la vuelta a poder seguir actuando como nenes el resto de sus vidas. Se excitan terriblemente cuando la consigna es decorar, recordar cumpleaños u organizar el amigo invisible de la oficina.
Aunque pudiera colegirse lo contrario, los RRHH no son para nada solidarios con los movimientos trabajadores; ellos sólo conciben al empleado como un ente individualista que cuando se agrupa en más de dos se convierte en un agitador peligroso que hay que remover de la empresa. En la facultad por correspondencia que les da el diploma les enseñan, seguramente, todas esas huevadas relativas a que una persona que es autosuficiente no necesita organizarse para exigir sus derechos, etc, etc. También les deben enseñar a estos cabecitas frescas, a juzgar por su conducta genuflexa, que los jefes son siempre personas amigables y bonachonas que buscan nuestra felicidad regalándonos luncheon tickets y beneficios exclusivos. Ellos, cual arcángeles ungidos, son encargados de comunicar las bendiciones papales de turno. Se sienten en la cima de la dádiva cuando anuncian (por e-mail, por supuesto) que la empresa ha decidido, en un esfuerzo económico sin precedentes, otorgar a sus colaboradores un descuento del 5% los jueves impares en el supermercado Nine de Castelar (que no incluye bodegas Chandon). Los RRHH suelen comentar entre ellos, como si se susurraran un secreto divino, lo lindo que es tener un trabajo donde siempre se dan buenas noticias y se ayuda al crecimiento de las personas. Si hasta parece que cuando reparten los sobres con los recibos de sueldo, se creyeran un poquito que son ellos los que nos están pagando…
Los RRHH suelen trabajar en dulce montón con sus principales cómplices, los psicólogos laborales. Estos sujetos, expulsados del circuito de la asistencia de salud, terminan vaya a saber cómo trabajando para empresas que los convencen de que ellos solitos podrán definir el perfil psicológico de los postulantes. En realidad es como la ambulancia para los médicos (o sea, el trabajo que nadie quiere y que queda para los mediocres que aprobaron con cuatro), pero ellos, fingiendo encanto con su trabajo detectivesco, nos abruman con su batería de tests pseudocientíficos, los cuales, de nuevo, son de respuesta obvia y remanida cuando ya se hicieron más de una vez. Mi teoría es que, salvo que en las manchas uno insista en ver testículos o tipos matando viejas, la cosa está más o menos zanjada. Los “informes” que preparan luego de estos psicotécnicos contienen insensateces que siempre deschavan nuestras pulsiones anales o nuestros deseos ocultos de serruchar a un abuelo, por lo cual nadie en su sano juicio pide leerlos una vez que superó el trance. Estos perfiles que elaboran, la más de las veces son absolutamente compatibles con el puesto al que se aspira, por lo cual uno tiene que concluir que a estos enfermos les gusta escribir chanchadas sobre las personas que no conocen, just for fun.
RRHHs y psicólogos laborales están en el mundo para limar las singularidades, elegir al más estándar y tratar de descartar la originalidad que pueda cuestionar al status quo. Fueron entrenados para privilegiar a los no problemáticos y hacer encajar a las personas en los tres o cuatro moldecitos que les enseñaron en sus días de estudiante. Los aterroriza la idea de la innovación a pesar de que se llenan de frases modernas y efectivas como “motivación situacional” o “pensamiento lateral”. Por eso, la mejor estrategia con ellos es tratar de parecer siempre un poquito más estúpido de lo que se es en realidad, celebrarles las frases cursis y hacer todo lo que esperan de uno: no mirar para abajo, no mirar para arriba, no rascarse la nariz mientras se responde, no titubear pero tampoco responder muy rápido; en definitiva, no ser nunca espontáneos. De esa manera aumentamos las chances de pasar a la etapa siguiente donde sí nos entrevistará, con toda probabilidad, un homo sapiens.

domingo, 10 de enero de 2010

Mr. Músculo Anti Negro


Hace unos días les di duro a los progre. Lo reconozco: les tengo cariño, admito que si no fuera por las paparruchadas que hacen para convencernos de que son especiales, probablemente concordaría con gran parte de sus ideas.
Ahora, los que están del otro lado de la línea divisoria, los anti-negro, esos sí que definitivamente merecen algún tipo de tortura sofisticada que todavía no termino de elucubrar.
Llamo anti-negro al miembro de clase media (puede ser tirando a alta o baja, increíblemente da lo mismo), que siente escozor, rechazo, terror y desasosiego frente a cualquier cosa que le parezca popular o relacionada con los estratos socioeconómicos más bajos. Aún más, ni siquiera sé si realmente eso es lo que sienten o lo que necesitan vocear para dejar bien en claro que no forman parte de la negrada.
Son los que dicen frases del estilo “pobre pero honrado” (haciendo alusión, casi siempre, a una empleada doméstica que tuvieron y que pese a haberse criado en una familia de nueve personas donde comían día por medio, nunca salió a robar sino que trabajó como una burra para ellos desde los catorce años, lo cual les permite colegir inmediatamente que los pobres que son ladrones es porque quieren). O sea, algunos anti-negro funcionan como los nazis que tienen un amigo judío. También les produce una irritación tremenda todo lo que tenga que ver con sindicatos y gremios, menos por supuesto cuando les toca ir a buscar la canasta de Navidad de la oficina: ahí se las apañan para besarse con el delegado y hasta sacarse una foto con algún que otro morocho.
La mayoría de estas personas anti-negro se hacen devotos o detractores de políticos, cantantes, deportistas y astrólogos según les parezca que éstos tienen olor a negro o no. Por ejemplo, todo lo que hace el matrimonio Kirchner, desde abrazarse con Chávez hasta usar carteras Louis Vuitton, inexplicablemente es de negros. En cambio, Macri sí que les huele a limpio y a tipo que, en su imaginario, los puede ayudar a dar el saltito definitivo a una clase superior. Entonces suelen apoyarlo incondicionalmente o, al menos, abstenerse de opinar cuando sus mocos son abiertamente bochornosos.
Con lo del campo, los anti-negro salieron a desfilar con sus mejores galas porque sintieron que podían expresarse bajo un consenso casi ilimitado. Estaban en éxtasis, fueron sus días de gloria. Imagínense que durante esas semanas pudieron asomar de sus agujeros a decirle a cualquiera las cosas que normalmente sonaban un poquito políticamente incorrectas y sólo se decían entre casa con los fideos de los domingos. Que este gobierno quiere sacarle a los que trabajan de verdad para repartirle a los negros vagos, que queremos parecernos a Bolivia y no a Suiza, etc etc. Circularon mails, con gráficos de columnas incluidos, mostrándonos a todos cuán vandálico era pedirle a los estancieros que largaran un poco la torta. Las palabras “retenciones” y “mesa de enlace” fueron repetidas como un mantra por imbéciles que no saben ni dividir por dos, pero sintieron que de alguna manera había que tomar partido y no estaba bueno quedar del otro lado de las 4x4 y las señoras paquetas que salían por la tele al lado de Biolcatti.
Ahora, con la inseguridad (a Sandro, pobre, además de unas cuantas alegrías musicales le debemos también que por unos días no haya habido inseguridad en el conurbano), hay un nuevo campo fértil para que todo se pueda decir sin costo político. Cualquier taxista ignorante piensa ahora que está un poquito más justificado pasarle con el auto por encima al trapito que le rompe las bolas, total la pueblada no se le va a venir encima precisamente a él.
Lo curioso, lo inadmisible, es que este fenómeno como dije antes atraviesa incluso aquellas clases que debieran sentirse más cercanas a lo popular que a la crema patricia de nuestro país. Es, como dijo una vez mi marido con respecto al racismo increíble que vio entre los mexicanos, el marrón discriminando al negro. Me parece que los ricos que son groseramente ricos ni se calientan por estas cosas que a los medio pelo los tiene tan preocupados. Y es de no creer. Me produce la misma perplejidad que cuando veo a algún neonazi local que, con sus rasgos claramente mestizos, se tatúa esvásticas y reivindica al Tercer Reich. Es como que me muero de ganas de salir a aclararle que si Hitler hubiera seguido con lo suyo, los pibes como él tampoco hubieran tenido mucha chance de ser incluidos entre los de la raza privilegiada. Pero después me digo que no tiene sentido (además de que probablemente me ganaría una piña bien puesta); no se puede contra la pulsión de los humanos por ser algo que no se es o, en términos más académicos, querer cagar más alto que el culo.

Enigmas Médicos


Hay un fantasma que recorre Argentina: el del opinador en materia médica.
No es, como podría inferirse, médico; ni siquiera, la más de las veces, tiene formación biológica alguna. Es que el opinador médico es siempre un ciudadano bastante comunardo –algunos con más saña y bruteza puesta al servicio de la opinión salame, otros con menos-, y hasta me inclinaría a pensar que cuanto menor es el conocimiento, mayores las ganas de verter burradas por todos los orificios para la consideración del prójimo.
Pocas ramas de la ciencia deben haberse visto tan azotadas por este flagelo como la medicina. Digamos que si uno eligió ser abogado, arquitecto o economista, está bastante a resguardo de las salvajadas de los opinadores de turno. Rara vez vemos a un lego explicarle a un ingeniero la mejor forma de hacer un puente, o a un filósofo la verdadera implicancia del espíritu del mundo según Hegel.
Sin embargo, los que somos médicos nos vemos atormentados muy seguido por charlatanes que, sin pudor alguno, nos discuten, informan, esclarecen y asesoran sobre temas que se supone manejamos un poquito mejor que ellos, dada la respetable cantidad de años que pasamos quemándonos las pestañas al respecto. La fuente de tan lúcidas aseveraciones es, por lo general, alguna columna de la revista Para Ti, un mail que anda circulando, lo que escuchó el lego en “el noticioso” o, indudablemente la estrella de la evidencia científica, lo que le pasó a un amigo o entenado.
El mecanismo por lo general es así: ávido de comunicar su sapiencia, el opinador médico comienza sacando el tema disimuladamente, como al azar; es decir, la mayoría de las veces preguntándonos con aire inocente nuestra opinión sobre un tema médico X. Cuando nos avenimos a explicarles lo que sabemos del tema (no suele ser mucho, pero al menos lo poquito que podemos decir tiene cierto aval, digamos, académico), el opinador aprovecha para ilustrarnos con la verdad de la milanesa, que por lo general es una iluminación genial que desbarata todo lo que el corpus galeno da por verdadero. Al opinador médico le encanta discutir. Es capaz de pasarse una semana googleando para encontrar ESE caso raro y especial que desmiente lo que la casuística mundial ha establecido. Muy a menudo, otorga más valor a lo que dicen curanderos, kinesiólogos y parteras que a lo que dicen los médicos. Se le juegan cuestiones de índole muy personal a la hora de argumentar; cuando da el brazo a torcer sólo es una tregua que ya tendrá ocasión de romper al grito de “¡Mucha facultad, mucha facultad pero tenía razón yo!”
La verdad es que no sé cómo logramos que una ciencia de considerable complejidad como es la medicina, esté en boca de cualquier pavo que lanza postulados científicos sin ponerse colorado. No sé cómo te hablan tan frescos del infarto cuando la mayoría no sabe ni siquiera cómo funciona la circulación de la sangre. ¿No se nos habrá ido la mano con lo de la divulgación científica? ¿No nos habrán enterrado tantos Zin, Cormillot, Socolinsky y otros que pretendieron poner en el soberano la llave del conocimiento sagrado que Hipócrates nos legó casi al oído?
Puede ser.
Voto por volver al oscurantismo total, sólo por verme librada de los opinadores que me rodean e insisten en enseñarme las cositas que, por algún motivo, creen que no terminé de entender en mis días de facultad.

sábado, 9 de enero de 2010

Anfitrión


En el mundo hay malos y buenos anfitriones. Me atrevería a decir que es casi imposible, incluso tras una vida de esfuerzos y buenas intenciones, pasar de una categoría a otra. Es innato, es como ser diestro o zurdo. Conozco gente muy buena y voluntariosa que sin embargo hace de sus agasajos una experiencia espantosa para quien los padece.
En general los buenos anfitriones tienen el don natural de preparar cualquier escena para la llegada de un invitado. Es la típica persona a la cual le caen dos amigos de sorpresa y con lo que tiene en la heladera les arma un buffet froid. Llena en un minuto la mesa de comida y siempre, pero siempre, hay de más. El buen anfitrión espera con placer el momento de la llegada de los amigos; es más, suele ser bastante ansioso y tener todo listo con mucho tiempo de anticipación. En honor a la verdad, y porque me considero de este grupo, también hay que decir que muchos buenos anfitriones nos calentamos terriblemente cuando los invitados llegan tarde y podemos ser muy cabrones si algo sale distinto a lo planeado. Pero la idea, lo digo en descargo mío y del gremio, es que quien viene pase un buen momento y nada lo arruine.
El mal anfitrión, en cambio, casi siempre te espera con cosas recalentadas, e invariablemente le falta un ingrediente esencial que tiene que salir corriendo a comprar para que su pollo al horno no sea rápidamente reemplazado por una mala pizza de delivery.
Sin embargo, lo que más me enerva de los malos anfitriones no es la fatal experiencia culinaria a la cual por lo general te someten. Para eso hay una solución que es ir ya comido y argüir que uno está a dieta o con enterocolitis fulminante.
Lo que sí me saca de quicio y me da unos deseos enormes de borrarme del lugar del crimen, es el hecho de que el mal anfitrión, aún sin proponérselo, casi siempre te hace sentir que sos una molestia en su propio ágape. No importa si te invitó con dos meses de anticipación, si confirmaste que ibas, si te insistió amablemente para que lo hicieras: cuando llegás, el mal anfitrión y su familia aún no están listos para recibir decentemente a un ser humano, o en ocasiones ni siquiera llegaron a su casa y los tenés que esperar en el palier con el vinito que trajiste en la mano, o -si tenés más suerte- adentro, rodeado de personas que no conocés pero tuvieron la amabilidad de hacerte pasar para que no te congeles en la calle. Cuando finalmente llega, el mal anfitrión, lejos de disculparse o demostrarte que intentará enmendar la situación al instante, comienza a quejarse del día de perros que tuvo y de que todavía le falta ducharse, cambiarse, bañar a los chicos, preparar la comida con la cual aparentemente te va a agasajar, y, por fin, sentarse tranquilo a tomar una copa de vino. Generalmente uno termina sintiéndose fuera de lugar, sentadito en el borde de una silla (mientras el mal anfitrión pasa semidesnudo con la toalla en la cabeza), obligado moralmente a colaborar con las cosas que se supone debían esperarte hechas, y culpable por tener hambre a las once de la noche.
Como a esta altura ya nadie se atrevería a pedir a este atribulado ser la excelencia en los servicios prestados, y para evitarle la enorme carga de limpiar después, se termina comiendo cual tribu de caníbales, compartiendo tres platitos entre doce, disputando al prójimo la posesión de un tenedor, o tratando de comer con algo de decoro la torta que sirvieron en servilletas y que claramente va en un plato. Abundan las frases del estilo “Dejá, nos arreglamos así” o “Con esto está perfecto”, cuando en el fondo de tu alma lo querrías matar no sin antes mandarlo a hacer un curso acelerado de la condesa de Chikoff. Con la experiencia uno aprende que en casa del mal anfitrión, hay que devorar todo lo que cae en tu área de la mesa, porque nunca se sabe si es lo último que van a repartir en toda la velada. No es recomendable hacerse el comedido. Las reglas de protocolo no te conducen a ninguna parte, porque el mal anfitrión carece de la preocupación de que cada uno reciba una ración lógica y mínima de comida, y eso hace que sea el mismo invitado quien esté a cargo de su propia subsistencia. Es un poco como la ley de la selva.
Recién cuando uno está empezando a sentir que su estómago recibió algo de alimento y ya se puede iniciar alguna conversación cortés (por lo general interrumpida constantemente por los niños anfitrionitos, quienes copan la escena y hacen berrinche), es ahí entonces cuando los malos anfitriones empiezan con el numerito de los bostezos y el taza, taza, cada uno para su casa. Increíblemente, termina pareciendo de mala educación no pararse a levantar la mesa, ayudar a lavar, y huir avergonzado como si el desubicado fuera uno.
La pregunta obvia es, por supuesto, ¿para qué carajo te invitan? ¿Por qué no se quedan tan tranquilos mirando una película y comiendo pizza fría? Probablemente la respuesta sea que en el fondo de sus insondables cabecitas, los malos anfitriones disfrutan estos momentos y se sorprenderían muchísimo de saber que uno no. Quizás es por eso que se ofenden tanto cuando declinás una invitación arguyendo que tenés un bar mitzvá en Baradero o una indisposición de último minuto. No lo entienden. No pueden creer que haya gente a la cual no le parezca re divertido improvisar, “salir de la rutina” y pasar siempre un poquito de hambre.


(Este post, por razones prácticas, sale bastante después de su creación para evitar herir susceptibilidades anfitrioniles)

martes, 5 de enero de 2010

El Pasado (y no de Alan Pauls)

En contra de quienes piensan que ahora es Facebook la fuente de todo reencuentro con el pasado, a mí el pasado me encara todo el tiempo en los lugares más caprichosos.
Hoy, por ejemplo, frente a la vidriera de Ferraro mientras decidía si compraba un par de sandalias divinas. En eso andaba cuando me aborda un hombre de unos cuarenta y cinco años, y al “Disculpame” pensé inmediatamente que se trataba de un intento de levante, o un loco que me iba a lanzar una profecía… es que nada en mi actitud, absorta como estaba en la contemplación de los zapatos, invitaba a preguntar por una calle o la parada de un colectivo.

-¿Sos Carolina?, me dice el hombre
-…Sí… (saliendo del sueño zapateril, sacándome los auriculares del MP3)
-¿No sabés quién soy?
-…
-Mirame bien
-…
-Soy tu hermano, me dice

Y explotó la caja de los recuerdos. Mi medio hermano Pablo, mitad leyenda, mitad sueño, que no podía ser ese hombre de cuarenta y tantos si en mi recuerdo era, todavía y siempre, un adolescente.
Charlamos, claro. Hubo inmediata empatía; decidí en una décima de segundo que pese a los secretos familiares y las intrigas y el desconocimiento no actuaría con recelo ni especularía ni trataría de mostrarle los dientes para no ser lastimada. Simplemente le hablé. Le dije que ya no me sorprendía que retazos de mi historia aparecieran así, de la nada, cuando ya no los esperaba, que ramas y ramas de mi árbol genealógico anduvieran por ahí al acecho para siempre sorprenderme un poco más.

-¿Pero vos no vivías en el sur?

Lo último que yo había sabido de él, era que se había enamorado de una chica que no era lo que mi padre soñaba para él, y que peleadísimo se había ido a vivir al sur. Sin embargo, vive en San Luis, y es profesor de tenis, y tiene una hija que según sus palabras es más alta que yo.

-Vos escribís, me dice

Le digo que eso es sólo una parte de mí que conoce quien me googlea, pero que soy médica, madre, esposa, que tengo otra vida que no puede ser rastreable por internet.
Y mientras hablamos, y nos intercambiamos teléfonos que probablemente nunca vayamos a usar, yo no paro de mirarlo y pensar que es imposible, que este hombre algo ajado por los años no puede ser mi medio hermano Pablo, el que tenía un amigo italiano (Octavio) que era la perdición de las chicas, el que un día juntó unas monedas para llevarnos al Italpark, el que siguió teniendo siempre una habitación en cada casa que habitábamos (“la pieza de Pablo”) pese a que era poco probable que volviera a ocuparla alguna vez.
Me acordé de una parte de “Before Sunrise”, donde Celine le muestra a Jesse su tumba preferida en el cementerio de Viena (la tumba de una niña muerta hacía siglos, que ella solía visitar cuando era chica) y en ese momento descubre que ahora ella ya no tiene la misma edad que la niña muerta, que ésta siempre tendrá nueve años mientras Celine seguirá creciendo. Así era Pablo para mí, cristalizado en sus dieciocho o diecinueve, hasta que volvió a mi vida para mostrarme que el tiempo también pasó para él.

-No soy fisonomista, le dije, disfrazando mi desconcierto. Pero todo ya estaba bastante dicho entre nosotros.

lunes, 4 de enero de 2010

Lecturas infantiles y morbo


De niña tuve una relación morbosa con algunos de mis libros. Oliver Twist, por ejemplo, del cual tenía una edición infantil ilustrada, me atraía a la vez que me espantaba con su fantasmagórico retrato del Londres de los villanos y los bandidos. Los Músicos de Bremen, por su parte, me aterrorizaba porque trataba básicamente de una pandilla de animales salvajes que entraban a hacer estragos en la casa de unos ladrones mientras éstos salían de atraco.
Sin embargo, volvía una y otra vez a estos libros. A Oliver Twist lo leía escondida en algún rincón de la casa, comiendo pan con queso y soñando con que era yo la pobre huérfana a merced de la ciudad extraña.
A Los Músicos de Bremen lo dejé olvidado en un hotel de Mar del Plata; lloré su extravío porque me daba cuenta de que algo muy poderoso, que lograba encerrar entre las páginas de un libro a mis terrores más profundos, se había perdido para siempre
.

domingo, 3 de enero de 2010

Nosferatu el festivalero


Hay una especie muy identificable dentro de la fauna vernácula: es el asistente a festival de cine, de ahora en más “festivalero”. Nótese la sutileza: no el cinéfilo amateur, ni el asiduo consumidor de películas, ni siquiera el estudiante de cine (aunque pueden coexistir), sino el fan “raro” del Bafici y similares. Primero debería aclarar que existen, de hecho, personas muy respetables que consumen Bafici a troche y moche pero no se han contaminado de las características que pasaré a describir, sino que disfrutan genuinamente del cine independiente y alternativo. Suspenden la incredulidad cuando es necesario, tal como pedía Coleridge. No necesitan parecer originales, no les interesa. Mi marido es uno de ellos.
El festivalero, en cambio, es fácilmente reconocible para el ojo entrenado. Fluctuaciones de moda aparte, el varón por lo general viste alguna remera de diseño alusivo, o cool, o demasiado loco para que los que usamos marcas tradicionales podamos identificarlo. En otras palabras aspira a que sus remeras digan a gritos lo original que es y las cosas tan alternativas que le gustan.
La mujer, en cambio, suele usar anteojitos a lo Lennon (me animaría a decir que incluso aquellas que no los necesitan para ver, sino solamente para parecer), indumentaria con mucha superposición, bombachudos, carteras de materiales ridículos y medias rayadas.
Si uno tiene la fortuna de ocupar un puesto cerca de una pareja de estos especímenes, notará con asombro que no entiende una palabra de lo que hablan, aunque entre ellos parecen comprenderse a la perfección, a juzgar por el gesto embobado de admiración que se prodigan mutuamente.
Su relación con los films es francamente asombrosa. La mayor parte de lo que consumen es cine de países exóticos, asiáticos, iraní, turco, pero también de lugares impronunciables como Kurdistán. Los excita profundamente que el país original sea desconocido, pequeño o azotado por una dictadura. Eso no es lo llamativo. Lo que es asombroso, es que no parece importarles si la película es interesante o mala, profunda o banal, bella o de estética espantosa: lo que el festivalero celebra es el plano largo, el diálogo austero, las locaciones agrestes, el presupuesto barato, la secuencia temblorosa de la handycam. Digamos que el lenguaje narrativo tradicional donde se cuenta una historia siguiendo una introducción, un nudo y un desenlace, no les interesa en lo más mínimo; es más, lo consideran demodé, berreta, para los no iniciados. La mala palabra entre los festivaleros es mainstream. Les encantan algunos directores de culto pero no importa cuán bien haga los deberes Spielberg, jamás le perdonarán el éxito obtenido con algunos de sus productos.
Interesante de ver es el espectáculo de los festivaleros a la salida de la película de ocasión. Los diálogos entre los de su tribu son, de nuevo, ininteligibles y parecería que la consigna es poder decir menos con más. Les gustan las palabras rimbombantes y las alusiones interdisciplinarias: una película es muy Picasso, es del mejor Baudelaire, es demasiado barroca. Si un impío llegara a decir “es buena”, “es mala”, “me gustó”, “me pareció una porquería”, sería automáticamente expulsado del clan. Lo vital es ser afectado. Y es que el festivalero rara vez es culto; por lo general es bastante burro y de lo único que puede hablar durante diez minutos seguidos es del cine que vio, verá o espera ver, por lo cual, imagino, aspira a estirar su protagonismo todo lo que se pueda.
Hace unos años me tocó vivir una anécdota que, creo, los pinta de cuerpo entero: si bien ocurrió en el ámbito del teatro y no del cine, estábamos frente a la misma fauna (no los subestimemos, los festivaleros invaden toda expresión artística, ¿o nunca los vieron haciendo huevo en el Malba?). Asistí a la obra en la cual actuaba un amigo mío, en una de cuyas escenas él debía encender un cigarrillo. Hizo varios intentos fallidos con el encendedor, y como al décimo logró encender el pitillo rebelde. A la salida de la obra lo intercepta una festivalera vestida con todas las galas, quien le dice, embargada por la emoción, que la obra la conmovió profundamente, pero muy especialmente la parte en la cual el autor nos quiere transmitir, mediante esa incapacidad de prender el cigarrillo, la crisis de nervios en la que se encontraba el personaje, su futilidad para lograr las cosas más pequeñas. La verdad era, según me contó después mi amigo, que el encendedor simplemente se le había atascado y la cosa no revestía intencionalidad expresiva ninguna.
Será por eso que los festivaleros ven siempre angustia en el plano de un arbolito pelado, presencia de muerte en un oscuro sostenido, alegorías diversas en imágenes que la mayoría de las veces son simplemente eso, imágenes que el director encontró bellas, lo cual no les quita mérito expresivo en lo absoluto.
Es que los festivaleros no son nada si no se definen a sí mismos a cada segundo. Sin la remerita loca y el uniforme cool, o si no pueden ir a ver una película y agredirla con sus elucubraciones baratas de estudiante conflictuado, sólo son pibes algo bobos.
Prefiero al ama de casa que se permite emocionarse con La Lista de Schindler, sin preguntarse primero cuánto levantó el director con E.T.

Mis queridas palomitas blancas

Es curiosa la forma en que las personas buscamos demarcar nuestra identidad soñada.
Últimamente no dejo de reflexionar sobre este punto y, como sucede casi siempre que un tema ocupa la mente, múltiples ejemplos afloran a mi alrededor –y yo los hago significativos, por supuesto.
Seguramente los sociólogos ya llenaron páginas y páginas de esto. No lo sé. Me fascina (en el sentido de asombrarme y maravillarme) la manera en que la gente elige, se agrupa, se asocia, se afilia, educa a sus hijos, lee, no lee, repudia o alaba, en función a la imagen que desea dar de sí al mundo, al tipo de persona que desea ser, incluso al precio de dejar de hacer lo que probablemente los haría más felices. Y lo más curioso es que cuanto menos se ES esa clase de persona, más ahínco se pone en tratar de adornarse con signos que denoten que sí se ES. Admito que este punto es lógico: probablemente si estamos muy seguros de lo que somos, y de que lo que somos nos gusta y colma nuestras expectativas, no sentiremos necesidad de reforzarlo para el exterior, por las dudas que no se note.
Sé que el tema es ambiguo; doy ejemplos: si una persona X desea dejar bien en claro que es sensible a los efectos nocivos del paso del hombre sobre el planeta (al margen de que los mismos, según los biólogos evolucionistas más avezados, es parte imparable del proceso de cualquier ecosistema), es probable que elogie lo “natural” por sobre lo “artificial” o “químico” (no importa que las bacterias o virus sean, obviamente, “naturales”, y las vacunas que salvan vidas, “artificiales”), que abomine a cualquier edulcorante y prefiera el azúcar (no importa que la nueva plaga occidental sea la diabetes tipo II y que nuestros niños consuman cantidades alarmantes de azúcares de todo tipo), que coma con delectación cualquier pollo que le hayan vendido como “de granja” aunque las condiciones de cría no sean inspeccionadas ni por el Dr. Cureta.
Si, en cambio, otra persona Y desea hacer saber al mundo que es “progre” (indescifrable cocoliche que eligen muchos miembros de la clase media con aspiraciones de alta pero anhelo de no ser “grasa” o “insensible”), probablemente y aunque en su fuero interno las minorías le produzcan algo de escozor, no dejará pasar oportunidad de comentar con cuánta felicidad tolera e integra, aprecia las culturas indígenas, le encanta lo étnico, se preocupa por los pobres (por lo general, sólo desde el discurso)
Dentro de esta categoría encontré, por supuesto y cuándo no, madres. El yeite es que ahora las madres progre ya no se contentan con contarle al mundo que sus hijos van a una escuela progre, que educa “por el arte” (nunca entendí bien qué significa esto y cómo se las arreglan, por ejemplo, con el teorema de Pitágoras… ¿lo cantan?), que integra, que es waldorf, que considera a cada niño como un individuo único e irrepetible y todas esas cosas que gustan de anunciar al mundo, cuando para otros son simplemente obviedades que esperamos que la escuela de nuestros hijos posea en forma natural (algunas, no lo de waldorf por ejemplo, que en lo personal me parece un delirio para ricos preocupados de que sus hijos no obtengan el suficiente protagonismo)
Ahora, la nueva onda es que nuestros hijos vayan a la escuela pública. Ya fueron las privadas, eso es para nuevo rico o menemista. Las escuelas que elegimos hasta hace poco ahora son una grasada. Ni hablar de las que contemplan intereses minoritarios como escuelas de alguna etnia en particular. Horror, antigualla. Ahora lo más top es mandar a los hijos a la escuela pública, pero OJO, no a cualquiera por supuesto. Hay una o dos que se han convertido en la meca de las mamis progres, e intuyo que para eso hay dos motivos: el explicitable es que se trata de escuelas con una dirección piola, con intereses pedagógicos, con maestras integradoras, con una cooperadora muy presente (todo lo cual me parece muy loable.) El motivo oculto es que, en realidad, estas escuelas no son el crisol de razas que podría esperarse de una escuela pública (lo cual a esta altura también es una falacia, ya que hoy día hasta las clases medias bajas hacen todo su esfuerzo por dar a sus hijos educación privada, por lo cual la mayoría de los establecimientos públicos han quedado destinados solamente a aquellos que no tienen otra posibilidad): muy por el contrario, y según el testimonio de cierta mamá progre que enviará a su hijo a una de estas escuelas de Belgrano, la misma maneja una lista de inscriptos paralela, privilegiando el ingreso de niños de cierto target (hijos de profesionales o artistas), mientras que los “hijos de porteros o verduleros” (sic) asisten a otra escuela pública que queda a escasas cuadras de la primera. Esta misma madre me contó, no sin jactancia, que cuando fue a la entrevista con el director, había varias 4x4 en la puerta del establecimiento. O sea, una escuela pública pero para gente como uno.
Honestamente, lo que me sorprende no es que haya gente que aspire a esto, sino establecimientos públicos que le cumplan el capricho.
Como dijo atinadamente Mónica López Ocón en un artículo –que recomiendo- sobre los nuevos progres, también la onda ahora es parir en cualquier lugar salvo en las instituciones especialmente preparadas para ello. Lo más es tener los hijos agachada, en el baño, dentro de una pileta, en el patio de casa o en medio de una ceremonia chamánica; parir como los tobas. Por supuesto, lo de las complicaciones intraparto que pueden surgir, es sólo una mentira de quienes abogamos por el parto inhumano y medicalizado. Sería en vano explicarles lo de la desventaja evolutiva que nos ganamos al bajar de los árboles y pararnos en dos patas, porque no creo que a estas mamás tan proselitistas les interese demasiado lo que dijo un tal Charles Darwin hace ya tanto tiempo. ¿Cómo hacían sino los antiguos, tasas de mortalidad aparte? ¿Cómo se las apañan los animalitos sino, que son tan sabios? Hasta he escuchado a alguna de estas parturientas progre decir que de otro modo, el parto no es una hazaña de la mujer, que la misma no participa, lo cual nos instala a la masa de mujeres que hemos ido a cesárea en el papel de un simple vegetal que se deja maniobrar por un médico.
Sin embargo, y aunque no lo parezca, me inspiran cariño los aspirantes a progre. Me recuerdan mis propias inseguridades (que las tengo, y muchas, aunque no en este sentido en particular), y las formas que elijo para ocultarlas, disfrazarlas, esconderlas tras las virtudes de las cuales sí me enorgullezco. Es tan viejo y natural como eso de “dime de qué te jactas y te diré de lo que careces”.

martes, 22 de diciembre de 2009

John Crowley recibe un e-mail

Fue uno de esos días de viaje (cuándo no); el día ya arrancaba raro, era en Mar del Plata donde casi inevitablemente me siento foránea, alienada, y caía una llovizna persistente. Yo estaba liberada de mis obligaciones laborales desde el mediodía y el avión partía recién bien entrada la noche. Había decidido recorrer un poco la ciudad, la zona de los parques que dicen que es tan hermosa, pero lo de la lluvia desbarató mis planes muy rápidamente. Y estaba esta sensación que no me abandonaba, una de mis auras migrañosas, cuando parece que camino sobre papel y los sentidos se abren a un máximo de percepción tal que para los que no conocen el fenómeno neurológico, la cosa adquiere ribetes místicos.
Como fuera, estaba pateando en una ciudad vacía, cuando me metí en una mega librería de viejo que hay en el centro de Mar del Plata a ver si conseguía algo de lectura para pasar la tarde.
Encontré, como suele pasar en estos lugares, dos libros maravillosos.
Uno era “Veredictos Discutidos”, (Edgard Lustgarten), de la colección El Séptimo Círculo que dirigían Borges y Bioy. El otro, y el que ocupa este post, era “Antiguedades”, de John Crowley. Una portada que me invitaba hipnóticamente desde su diseño botánico (tengo alguna fijación con los diseños fractálicos de ramas, flores y plantas). Una contratapa con el retrato del enigmático escritor, una mezcla de soñador y retorcido de unos cuarenta y cinco años al momento de tomarse esa fotografía. Y la mini bio dice que se trata de un profesor que vive con su mujer e hijas en una apartada casa gótica en las colinas de Massachusetts, que admira a Cervantes y a Góngora. Ideal.
El contenido del librito no podía ser menos. Lo leí íntegro en una hora y media de espera en el aeropuerto, totalmente absorta, al punto de que una enérgica discusión en inglés ocurría a mi lado y yo la oía como entre sueños, como si no estuviera teniendo lugar exactamente allí.
El libro es de cuentos, uno más estremecedor, inquietante, y a la vez adorable que el otro.
Arranca con “La niña verde”, un relato mágico, preñado de alegorías y de reminiscencias celtas, aunque algo inquietante que tiene que ver estrictamente con lo humano, y no con lo mágico, se cierne allí. El breve cuento trata de la otredad, del abandono de lo propio, es como un cuento de sirenas y de lo que les pasa cuando se aventuran fuera de su mundo acuático.
Todos son increíbles pero hay uno, “Nieve”, que es sencillamente estremecedor (sin dejar de ser de lo más simple y despojado que leí en mucho tiempo): una fábula sobre una compañía que comercializa “avispas” filmadoras encargadas de registrar la vida de una persona desde la cercana perspectiva de un dispositivo que vuela a su lado todo el tiempo. No es, obviamente, como ver un video de cumpleaños. El negocio verdadero de esta empresa es el microcine individual que tiene montado para que aquellas personas que perdieron a un ser querido puedan, luego del deceso, sentarse a ver horas y horas de material “crudo”, casual, hiriente desde la misma cotidianeidad que emana de ellas. Instantes de vida. La mujer del protagonista, con la cual éste mantenía una relación equívoca pero indudablemente apasionada, muere, y a él le toca concurrir a ver las interminables horas que la avispa ha filmado. Pero el sistema tiene un defecto, que de tan sensorial estremece: va perdiendo nitidez con el tiempo, efecto misterioso contra el que los técnicos de la megaempresa no pueden hacer nada, y es implacablemente aleatorio, por lo cual no es posible retroceder ni adelantar ni volver a ver una escena que a uno le haya emocionado particularmente. O sea, es como una reedición de la pérdida verdadera, una segunda pérdida mucho más dolorosa, industrializada, que nos muestra tan humanos como somos.
Quedé muy impresionada luego de la lectura de “Antiguedades”.
Días más tarde, googleé a este autor para poder conseguir más libros y saber mejor de quién se trataba. Descubrí que enseña en Yale, adonde aparentemente va cuando sale de su retiro gótico en las montañas. Y, en un acto en el cual no me reconozco demasiado, le envié un e-mail. Un e-mail breve, extraño indudablemente para que lo leyera un escritor americano de segunda línea. Le conté en ese e-mail, con la familiaridad que nos dan estas cosas por las cuales no damos dos mangos, que estaba en una ciudad costera de la Argentina, y que su libro me había hecho sentir a la vez extranjera y en casa, if you know what I mean. Que entendía que debía recibir muchas cartas y no esperaba que esta fuera particularmente valiosa para él.
Mr Crowley knew what I meant, porque a la semana o así me respondió. Me dijo que de hecho no solía recibir casi ninguna carta por lo cual la mía había sido una sorpresa muy agradable. Me habló un poco de El Verano del pequeño San John, su novela, y la editorial que la comercializaba en español. Y se alegraba de que su libro hubiera tenido tanto significado para mí.
Sí, somos todos seres humanos, no hay nada en la superficie que nos haga mejores o más especiales que otros. Los escritores de esta talla no deben ser idolatrados.
¿No?

domingo, 20 de diciembre de 2009

Interiores II


Este es un post antipático, y un poquito políticamente incorrecto.
Es que nada cambió bajo el sol, al menos en lo que respecta a mis experiencias, cada vez más frecuentes lamentablemente, por las ciudades de nuestro interior.
Antes de que se levanten las protestas federales aclaro que, obviamente, no es lo mismo vivir la encantadora experiencia de un viaje al interior cuando se es turista y, básicamente, a uno se lo atiende como tal (lo cual no está exento de malos tragos, sin embargo) que la experiencia de visitar asiduamente ciudades diversas por cuestiones de trabajo. Allí, las cosas son tal como son, sin maquillaje posible.
Lo que sigue es un resumen de los factores que ya no tolero de mis viajes a las grandes urbes argentinas que no son Buenos Aires:
-La dudosa calidad de los servicios. Por algún extraño motivo, los bares tienen la necesidad pajuerana de anunciar con carteles enormes que HAY WIFI. Igual daría que pusieran “Pida flan con crema”. Indefectiblemente, el servicio no funciona o es lento como una carreta. Encontrar un mozo que, además, sepa la clave, o qué es un modem, es una utopía.
-La ceremonia de la “siesta”: a ver… no estamos hablando de pueblitos perdidos que, cómo no, tienen todo el derecho del mundo a mantener la costumbre de la cabezada diurna porque no les interesa para nada parecerse a Buenos Aires. Estamos hablando, en cambio, de urbes de envergadura, que desean trabajar para compañías multinacionales, cobrar en dólares y todo eso. Entonces, es inadmisible que de dos a cinco se pare el mundo, el lugar en cuestión parezca una ciudad fantasma, y conseguir un taxi que te traslade al aeropuerto requiera de complicadas maniobras como llamar a Annie Millet para hacer un trayecto de quince cuadras. Los profesionales con los que interactúo, respetables galenos de guardapolvo blanco, se escandalizan si los llamo a la tarde y algunos me han confesado que se ponen el pijama a rayas para dormir la siesta.
-El agrande innecesario: a estas alturas ya aprendí a decodificar: un "Cinemark" es el Gran Rivadavia en su mejor época, un “shopping” es una galería de dos pisos, una “zona de restaurantes que no tiene nada que envidiarle a Palermo” es una cuadra con dos boliches, y un “Casino Gala” es un bingo donde amas de casa hacen cola a las diez de la mañana para usar las maquinitas tragamonedas.
-Los taxis impresentables: en la mayoría de las grandes ciudades del interior, lo que circula como flota estable de taxis es una corte de los milagros automotriz donde lo mejorcito es un corsa y lo peor, un Renault doce con olor a pis de gato. Suele haber dos o tres mafias distintas que cobran diferente y se odian entre sí, lo que te obliga a preguntarles antes de subir si tienen taxímetro, si pueden dar ticket, si están habilitados y si corrés riesgo de que te maten de una pedrada los del bando contrario (en eso no difieren mucho de los de aeroparque). Nobleza obliga, una a favor: los taxistas tucumanos tienen la mejor conversación del gremio, charlan lo justo y siempre sacan temas interesantes como los casos policiales resonantes de la ciudad.
-Las plagas: no todo es aedes aegypti bajo el sol. Hay provincias con plagas crónicas de cosas tales como moscas (he estado en lugares donde se extrañan si te negás a compartir tu mesa con una docena de amiguitos voladores), escarabajos que abundan incluso dentro de los aeropuertos y otras. En Mendoza están orgullosos de haber erradicado la mosca de la fruta arrojando desde aviones bolsas de excremento y moscas castradas, caigan donde cayeran. Debe haber sido un especáctulo digno de verse, amén de la proeza biológica que no desmerezco. La última vez que estuve en Santa Fe (esto es real), luego del conteo de pasajeros la azafata le dio el parte al comandante: veintiocho XX, dos extras, y siete mosquitos.
-El slang: entiendo que las cosas no se nombren igual en todos lados y, por supuesto, no pretendo que se adopte el dialecto porteño en el resto del país. Lo que no entiendo es que cuando pedís un “tostado” en lugar de un “carlitos”, se te queden mirando como si hubieras hablado en esperanto, o cuando decís que vas a “probarte” una ropa en lugar de “medírtela”, las vendedoras se crucen miradas de estupor. Lo mismo aplica a las medialunas de manteca o de grasa, que aparentemente son, en la lógica del interior, “dulces” o “saladas”. Una vez en una librería pedí una “Pilot”, aludiendo a uno de esos famosísimos bolígrafos finitos, y me tildaron de porteña presumida. Aparentemente allí son “Uniball”
-Los aeropuertos: todos, pero TODOS, parecen lo que son: aeropuertos pueblerinos. No le deseo a nadie la experiencia de quedarse varado cuatro horas en un aeropuerto que no tiene un bar abierto, ni una farmacia, ni internet, ni cabinas telefónicas. He llegado a ponerme psicóticamente alegre ante la perspectiva de que el kiosquito de Bahía Blanca abra y me expenda un paquete de Halls.

martes, 15 de diciembre de 2009

La semana de Sigmund (o analizate esta)


La Inquisición trabajaba más o menos así: habiéndose identificado a una mujer como potencial bruja, se la sometía a un juicio sumario. Si la mujer admitía la acusación y confesaba estar en comercio con el diablo, la cuestión no merecía mayor polémica: se trataba de una bruja confesa. Por el contrario, si la mujer negaba tener relaciones demoníacas, se daba por hecho que quien estaba actuando en su nombre era el diablo mismo, por lo cual el veredicto era, nuevamente, condenarla a morir en la hoguera. En realidad, no había ninguna instancia en la cual la inocencia de la persona pudiera emanar directamente de su conducta (no de casualidad tantas fueron incineradas)
¿A ustedes a qué les hace acordar este metalenguaje? Resistencia, negación, proyección. El dogma que se revisa a sí mismo y no admite el disenso ilustrado.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Un cuento de Navidad y una epopeya macabea



Mi amiga S fue a ver con su hijo adolescente Los fantasmas de Scrooge (título vernáculo de “A Christmas Carol” de Charles Dickens). El script, bien; la animación 3D, sensacional. Ahora… la corrección política parece que quedó sospechosamente a un lado a la hora de “adaptar” este clásico al gusto de los niños contemporáneos.
Una cosa es tolerar, comprender el antisemitismo de Dickens visto en su marco histórico, o sea, uno en el cual una gran parte de la sociedad veía a los judíos con cierto recelo. De hecho no otra cosa hicimos tantos estudiantes de Letras ávidos de explicar al inefable judío Fagin dentro de la maravillosa imaginería del Londres dickensoniano. No necesitábamos relativizar su maldad ni imaginar su nariz menos aguileña: el jefe de los ladrones, corruptor del inocente Oliver Twist, era el estereotipo del semita a más no poder, y para salir de toda duda, el adjetivo “judío” iba siempre pegado al nombre propio Fagin.
Eso, para los estudiantes de Letras. Y los literatos aficionados.
Para el público infantil la cosa se complica un poco. No creo que la audiencia pequeña esté en condiciones de comprender que todo texto debe verse en un contexto. No se le puede pedir, pongamos por ejemplo, a mi hijo de cuatro años, que intuya un diferente entorno social dentro del cual Dickens no sólo no era inadecuado sino abiertamente popular y célebre.
La historia va más o menos así: (no vi la película pero echaré mano de mi módico recuerdo del clásico de la literatura) el mezquino Scrooge, para más detalle llamado Ebenezer (nombre hebreo hasta la médula), se dispone a pasar otro Diciembre sin festejar la adorable, popular y esperada Navidad, cuando es visitado por tres fantasmas, quienes entre terrores inimaginables le hacen ver su pasado, su presente y su futuro, el que podrá modificar si se redime a tiempo. A estas alturas ya a nadie escapa en qué consiste esta redención: aceptar el espíritu de las navidades, lo cual hasta para el menos avispado de los lectores, significa aceptar el nacimiento de Jesucristo como mesías, o sea, acoger el cristianismo en su seno. La lección, de tan simplona, da miedo: la redención sólo llega si se abandonan las creencias herejes y se acepta el credo cristiano como verdadero. Cuando me lo dijo S, no me creí del todo que la transliteración a la pantalla grande pudiera ser así de burda, pero acto seguido pensé que hablamos de una industria que no sólo toleró sino que premió la película de Mel Gibson “La Pasión de Cristo”, donde se dio rienda suelta al fundamentalismo antijudío en su más pura expresión, y que acuña joyas del séptimo arte donde los malos son siempre los mismos (ayer rusos, hoy árabes, mañana probablemente latinos), lo cual me convenció de que todo es posible en la dimensión del cine mainstream.
No estoy segura de cuánto de esto se transfiere al espectador, sea joven o adulto. Tiendo a pensar que las personas podemos, pese a las insistentes señales del exterior, sacar conclusiones y abstraernos de los mensajes que nos parecen demasiado tendenciosos. Sin embargo, preferiría no correr esa prueba con los chicos. Preferiría no tener que explicarles que lo que acaban de ver les resultará literal hasta que puedan empezar a leer entre líneas. Preferiría que puedan acceder a otras cosas, de ser posible más emparentadas con la tolerancia y la celebración de la diversidad.
Mientras el espíritu de la navidad nos rodea casi sin dejarnos espacio para otra cosa, los judíos siguen existiendo, aparentemente sin rabo y sin devorar niños, y por estos días festejan Januka, la fiesta de las luminarias. Esta fiesta recuerda la epopeya de los macabeos contra la helenización compulsiva (¿les recuerda algo, esta costumbre de pretender que los judíos abandonen su dios y acepten el ajeno?), cuando dice la tradición que al ingresar al templo profanado, esta tribu encontró aceite para encender las velas sólo un día, aceite que sin embargo duró por ocho días. Por eso durante esta festividad se enciende la janukiá, o candelabro de ocho brazos, que simboliza el milagro de la duración del aceite votivo. También durante Januka es costumbre que los niños jueguen con una perinola (“sevivon”) cuyas letras hebreas significan “Un gran milagro ocurrió allí”.
Admito parcialidad al respecto, pero me encanta la fiesta de Januka, donde se festeja la rebeldía de un pueblo indómito al cual, sin embargo, le faltarían todavía tantas más batallas en contra de la imposición de culto o el exterminio liso y llano. Me encanta de las fiestas judías que cada una de ellas se defina a sí misma, que lo que se conmemora o celebra ocupe un lugar tan intenso que no es necesario preguntar qué se festeja o por qué.
A pesar de que ya no festejamos Januka en casa, y de que me convertí en una laica empedernida, no puedo evitar emocionarme cuando veo una janukiá a medio encender o escucho que un niño en el seder de Pesaj pregunta a sus padres por qué esta noche es distinta de todas las noches. Siento que no va a ser necesario explicar nada a las generaciones venideras, elijan éstas el laicismo o la tradición. Y me da pena que Ebenezer Scrooge, así de malvado como es, esté hace dos siglos tratando de que lo dejen ser, simplemente, un viejo cascarrabias que no festeja la Navidad.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Más madres, el vicio de leer y contiendas de Mamá Ganso

Una frase inocente en una página web social, “¡Mi hijo lee!”, tuvo efectos inesperados. Lo que nació por motivaciones totalmente puras, es decir, sorpresa y alegría por un logro más adquirido por un hijo, me devolvió facetas de algunas personas que honestamente me asombraron…
No puedo soslayar el hecho de que esas personas tienen hijos de edades parecidas al mío y, en un acto que confieso no entender demasiado, viraron directamente para el lado de la comparación burda y llana. ¿POR QUE??
Digo, sin ánimo de postularme como modelo de compostura: por qué es tan inevitable comparar las “proezas” de los hijos, al punto de que muchas veces me he encontrado en la ridícula sensación de tener que ocultar o no comentar cosas que hace mi hijo, por miedo a que se lo tome como un show-off, como un pavoneo propio de una momma goose que no hace otra cosa de su vida, como algo, en definitiva, que no es.
La reacción de estas madres, cual modernas émulas de Montessori, fue del estilo de bajarle el perfil a lo de la lectura enarbolando la supuesta bandera de que no es tan importante a esta edad, que es mejor que un niño “no queme etapas”, que no hay que forzarlos con eso (a pesar de que aclaré que, lejos de haberlo forzado, hasta me sentí culpable por haber descubierto esta habilidad de mi hijo de casualidad, sin haberlo ayudado ni un poquito a que la adquiriese)
No estoy a priori en contra de lo que fundamentan estas madres (al menos, no del todo); lo curioso es que provenga de madres que habitualmente no pierden oportunidad de jactarse de lo especiales y sensitivos que son sus hijos (especialidad y sensitividad que francamente a veces me cuesta identificar, pero bueno, eso ya es harina de otro costal)
Entonces, la moraleja es la siguiente: los logros o habilidades son importantísimas cuando se trata del niño propio y superfluas, e incluso indeseables, en niño ajeno.
Yo siempre me he sentido más cerca de las madres “pudorosas”, las que entienden que lo que ellas ven de especial en sus hijos, los demás seres de este planeta no tienen por qué verlo. Que la amorosa caquita de nuestro recién nacido sólo es inodora para nosotras (y hasta por ahí nomás) ¿Quieren la verdad? Sí, realmente creo que mi hijo es muy inteligente, sensible, y preveo que tendrá una natural inclinación por la cultura y la intelectualidad, considerando que creció y seguirá creciendo en una casa donde el libro es un objeto ubicuo, la lectura es algo que ve hacer a sus padres todo el tiempo, y la creatividad es parte crucial del trabajo que desarrolla su padre para ganarse la vida y su madre para despuntar el vicio. Tampoco, si me apuran, me asombra que aprenda a leer a los cuatro años ya que yo hice lo mismo, y sin siquiera concurrir al preescolar. Ahora… si preguntan a mis amistades si alguna vez hice gala de eso, o siquiera lo mencioné… creo que la respuesta es obvia.
Por eso me extraña y me duele esta reacción ante una pequeña frase de mi parte que no hizo sino manifestar mi sentir ante un hito que, aunque casi todos los humanos logramos más tarde o más temprano, no deja de ser celebrable y emocionante cuando se expresa por primera vez.
Ojalá la inseguridad, el miedo de “no ser menos”, no nublara la visión de las personas bienintencionadas. En otros ámbitos, es entendible la competencia, pero cuando se trata de nuestros hijos, no es tan importante dirimir quién la tiene más grande.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Disgresiones sobre el método científico, las madres y otras yerbas

Una conversación cualquiera con L despertó en mí reflexiones epistemológicas, con las cuales cada vez me siento más identificada.
Todo empezó porque mi hijo tiene, como millones de otros niños, molusco contagioso, una dermatosis viral para la cual no hay tratamiento específico salvo la remoción quirúrgica. Es, por suerte, una dolencia más estética que otra cosa por lo cual dejaré que el bicho cumpla su ciclo de algunos meses y decida dejar el huésped por sí solo.
L, fan de la homeopatía, me informó con mucho convencimiento de que tanto su hijo como algunos compañeritos más que recibieron microdosis de algún preparado homeopático, perdieron sus moluscos en el lapso exacto vaticinado por el homeópata, mientras que sus incautos amiguitos, víctimas de la alopatía, parece que tienen para rato.
Sin embargo, lo que gatilló mis reflexiones no fue eso.
Fue la amiga de L, quien, en una corriente muy parecida (por algo los amigos son amigos, después de todo), y ante mi afirmación de que jamás expondría a mi hijo a una sustancia que no haya demostrado eficacia, me dijo algo así como “Claro, no sea cosa que funcione y toda tu estantería se venga abajo…”
Obviamente, charla informal en la plaza, no daba para un entuerto epistemológico. Una vez más, mis argumentos dieron lugar a un simple asentimiento (estas batallas suelen agotarme antes de comenzadas)
Y lo que reflexioné fue lo siguiente:
Es curioso que los seguidores de prácticas que a los ojos de la ciencia moderna son el dogma por excelencia (ejemplo, el psicoanálisis o la homeopatía), piensen que un amigo del método científico puede llegar a temerle al cambio del paradigma. Qué otra cosa es la historia de la ciencia, sino un constante enamoramiento fugaz de lo “mejor que conocemos al momento”, hasta que sea reemplazado por otra cosa (paradigmas enteros, a veces) que demostró ser más cercana a la verdad. Qué curioso que crean que un simpatizante de la medicina (o lo extendería a la CIENCIA) basada en la evidencia, tendría a priori un encono con cualquier molécula que demuestre ser eficaz. ¿Hay algo más democrático que la ciencia pura, donde lo que cualquiera demuestre fehacientemente, tiene inmediata validez si puede ser reproducido por el que así lo desee?
Pero lo más curioso, lo que sigue sorprendiéndome enormemente, es la capacidad que tienen estas personas de desconocer por completo la forma en la que se produce evidencia en el mundo moderno, insistiendo con que su experiencia personal (llámese “mis hijos”, “mis amigos”, “a un primo de mi tía”) tiene la fuerza de representar al todo, de convertirse sin problemas en una muestra representativa, de servir de evidencia. Me vi tentada de contarles el viejo mito que contaba mi profesor de Metodología de la Investigación, acerca de cierto pueblo primitivo convencido de que, luego de un eclipse, el tocar los tambores producía la reaparición del sol. Quién podía negárselos, después de todo, si esto ocurría el 100% de las veces. ¿Pero qué le faltaba a este esbozo de experimento? El grupo control, precisamente. Faltaba ver qué ocurría, bajo las mismas condiciones, pero sin el toque del tambor. O sea, qué le pasa a la culebrilla si no le aplico tinta china… qué le pasa al molusco si no le doy globulitos. Sería interesante contarle a estas madres que, así como su fuerza de evidencia les parece abrumadora, también hay millones de personas en el mundo dispuestas a aseverar que luego de la aplicación de agua bendita se produjo alguna cura, o luego de un rezo se concretó determinado imposible. Les aseguro que, si quisiéramos publicarlos, tendríamos una casuística impresionante de este tipo. Y sin embargo, convenimos en que eso no los convierte en evidencia, ni agrega al agua bendecida por un cura propiedades que no posea el agua de la canilla.
También me asombra la falta de consideración del efecto placebo, fenómeno tan estudiado para nuestros días que se asume siempre presente y se adiciona al resultado de cualquier producto, sea eficaz o no, y que ha servido de fundamento para el diseño doble ciego de la mayoría de los experimentos modernos. ¿Desconocen estas madres que lo que le administren a sus hijos desde la fe, tendrá necesariamente un efecto mayor que lo que administren desde el escepticismo? ¿Valdría la pena aclararles que el efecto placebo no es un ente borroso sino que se ha estudiado exhaustivamente al punto de no poder divorciarlo de ningún experimento médico? Para no hablar del sesgo, que hace que inevitablemente creamos ver mejores resultados con aquellas opciones que nos resultan más confiables, por lo cual quien investiga debe desconocer qué rama de tratamiento está probando en cada quién.

Igualmente, lo extraño no es que existan personas que no han accedido acabadamente a los fundamentos del método científico (a pesar de que no lo han inventado, como podrían creer, Mr. Bayer ni Janssen, sino un tal René en el siglo XVII). Lo curioso es que su convencimiento sea unilateral, funcione siempre hacia un mismo lado, no acepte la misma vaguedad para todos los sentidos.
Es gracioso que haya gente que aún cree que la homeopatía no ha alcanzado status científico por algún tipo de complot de los laboratorios. Queridas madres: no hay botín más preciado para un laboratorio que una molécula barata, siempre que tenga visos de eficacia por supuesto. Créanme que si la crotoxina hubiera superado los preliminares de algún ensayo clínico controlado, se vendería hoy día a precio de oro, alguna multinacional le hubiera comprado la patente. La realidad es que los laboratorios no se interesan en principios activos que no puedan ser demostrados mediante pruebas clínicas, por la sencilla razón de que para poder comercializarlos y enriquecerse con ellos, primero deben probar una cantidad tan abrumadora de cosas relativas a la eficacia y la seguridad, que son pocas las moléculas privilegiadas que llegan al final del camino. La realidad es que las famosas “microdosis” que usan los homeópatas, tienen nulo efecto farmacocinético y farmacodinámico, cosa que puede probar cualquier estudiante básico de medicina, bioquímica o farmacia que juegue con diluciones progresivas, lo cual nos deja frente a un efecto placebo en casi un 100% (aún peor, hay casos en los cuales el homeópata deliberadamente prescribe placebo, escribiendo a un lado de la receta la discreta letrita "P", código que el paciente desconoce y el cómplice farmacéutico comprenderá, en una práctica totalmente reñida con el principio de autonomía que asiste a los pacientes). La realidad es, también, que por un lado son muchos los médicos que ni siquiera conocen los rudimentos de la investigación científica (por triste que parezca), por lo cual que un médico pueda dedicarse a la homeopatía no es prueba de nada. Y la última realidad, es que la homeopatía, como tantas otras pseudociencias, no es una inocente actividad sin fines de lucro, sino que mueve fortunas y da de comer a tanta gente, que no es casual que sigan sin querer someterla a ensayos que podrían significar su fin. Asimismo, su aceptación por parte de un gran sector de la sociedad es comprensible: resulta más fácil comprender expresiones ambiguas como "energía", "equilibrio", "armonía" etc., que conceptos más complejos tales como las leyes de la termodinámica.
Es cierto que no podemos acceder a la verdad absoluta (ni siquiera atisbar si hay tal cosa), pero también es cierto que el conocimiento y la razón nos permiten acercarnos, cada día un poquito más, a lo menos errado. No elijamos el camino del oscurantismo y el dogma, pudiendo elegir el de la evolución.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Morpho Eugenia


Eugenia duda entre ir de vacaciones a Perú o a Cuba. Los dos destinos le son amigables por igual, y en los dos reside el dudoso encanto de visitar algo que pronto ya no estará ahí. Eugenia no sabe si ver, antes de su inminente cierre definitivo, a las ruinas incas o al comunismo.
Gracias Jen!

domingo, 6 de diciembre de 2009

Sylvia



Vi Sylvia, la película interpretada por una voluntariosa pero poco convincente Gwyneth Paltrow. No conozco los pormenores de la filmación, pero algo me dice que el recientemente extinto Ted Hughes no la hubiera aprobado. Antes de la película, muchos debieron abrazar la historia oficial del papel bienhechor de Hughes, que poco había podido hacer contra la melancolía constitutiva de Sylvia.
El film simplifica un poco las cosas centrando la causa de la decisión suicida en las repetidas infidelidades de Hughes, sobre todo considerando que Sylvia tenía ya en su haber, a la corta edad de treinta años, varios coqueteos nunca consumados con la muerte.
Sea como fuere, fue triste hasta el dolor ver plasmado en imágenes ese momento en el cual el gas logró lo que no habían podido el agua, las píldoras ni las gillettes en su momento. La amorosa forma en la cual cubrió las puertas de paños húmedos para proteger a sus pequeños hijos que dormían en la habitación contigua (probablemente una licencia fílmica, pero eficaz al fin). También es muy locuaz la escena donde una desesperada Sylvia llega hasta la orilla del mar y es detenida por la mirada de sus niños desde el automóvil estacionado en la arena, aunque lo que la llevaba hacia el agua fuera una llamada mucho más ancestral e imparable.
The Bell Jarr, y en menor medida Ariel, fueron un espejo bruñido en el cual muchas soñadoras nos miramos de frente alguna vez, con parecidas certezas pero muy diferente valentía para enfrentarlas. Parece mentira que un director de cine que tuvo la iniciativa de contar la historia de Sylvia Plath, no haya sabido mostrar todas esas otras cosas que la herían de muerte, la sumatoria de cotidianeidades que la devastaban, entre las cuales los affaires de su marido debieron haber sido sólo una excusa para materializar el desenlace.
Y este es el último poema que escribió, la tarde antes de matarse. Se llama Límite:

La mujer alcanzó la perfección.


Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,


la apariencia de una necesidad griega


fluye por los pergaminos de su toga,


sus pies desnudos parecen decir,


hasta aquí hemos llegado, se acabó.


Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,


uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.


Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;


así los pétalos de una rosa cerrada,


cuando el jardín se envara


y los olores sangran de las dulces gargantas


profundas de la flor de la noche.


La luna no tiene por qué entristecerse,


mirando con fijeza desde su capucha de hueso.


Está acostumbrada a este tipo de cosas.

Sus negros crepitan y se arrastran.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Océano Mar


El otro día, un amigo le devolvió a Pablo un libro prestado hace mucho tiempo (años): Océano Mar, de Alessandro Baricco. Me sorprendió volver a ver la familiar cubierta verde agua de nuevo; yo le regalé ese ejemplar a Pablo hace muchos años, cuando éramos novios y Baricco ocupaba un sitial privilegiado entre los autores que leíamos y compartíamos entre los dos. Una corriente literaria que existía entre ambos como una cosa más de las cuales se nutre una pareja recién formada.
Lo curioso, sin embargo, es que tal como le dije a Pablo cuando volví a ver el libro, probablemente hoy no me gustaría tanto como entonces. Recuerdo, por supuesto, una lírica, una cadencia, esa poesía en prosa que me gustó encontrar en esas páginas. Pero de alguna manera ya le solté la mano y ahora lo veo como a un viejo amigo que sin embargo ya no se admira tanto.
Como si se tratara de una fotografía de eso que fuimos y ya no somos, también la dedicatoria me resultó adorablemente anacrónica. Unas frases de puro amor de novios –promesa de lo que vendrá-, y un verso que por entonces yo atesoraba como un hallazgo único:

Cómo explicar con palabras de este mundo
Que partió de mí un barco llevándome

Me enterneció la memoria de ese día, la elección del verso, y tal como me pasó con Baricco, tampoco pudo evitar pensar que ahora no sería de Alejandra Pizarnik el fragmento escogido. Me pareció- injustamente de seguro- adolescente, inaugural. Cierta vez dije a J., cuando una nueva novia le hablaba embelesada de La Maga, que yo había querido parecerme a La Maga hasta los diecinueve años, que hasta entonces estaba bien, y que ahora (en ese momento) probablemente hubiese preferido ser… Katherine Mansfield tal vez, no lo recuerdo. Como si hubiera un escalafón de los sueños literarios donde el peldaño anterior pareciese inevitablemente pueril y el presente fuera un estandarte que nos identifica y nos muestra tal como somos.
Esos éramos nosotros, parece decir la primera página, garabateada con letra adolescente, de Océano Mar.