lunes, 16 de agosto de 2010

Nada -o los libros que llegan por azar

El otro día volvía a contar a un siempre asombrado P, mi azarosa relación con los libros y el heterodoxo método que empleo a veces para elegirlos. Últimamente soy habitué de una librería de viejo que está sobre la Avenida Santa Fe- desde afuera no es nada prometedora pero su interior resulta una fuente inagotable de hallazgos literarios. Resulta que en esta librería sigo aplicando una de las técnicas que más me gusta a la hora de elegir lectura, que es básicamente dejarme llevar por el libro-objeto: por su forma, olor, cubierta, colores, y muy importante aún, tipografía. En segundo lugar suelo dar crédito a la ubicación dentro de la librería e incluso del estante. Este método no ha dejado nunca de darme satisfacciones y hasta sucesos no del todo despojados de cierta mística, como verme conducida a una secuencia de libros o autores conectados entre sí, cuando la selección había sido del todo caprichosa y librada al azar. Casi nunca, debo reconocerlo, me falló este tipo de elección.
De más está decir que la mayoría de las veces entro a una librería sabiendo lo que quiero y eligiéndolo a consciencia, pero hay momentos lunares en los cuales dejo que los libros me elijan a mí. Y ahí están ellos, ofreciéndose desde sus portadas coloridas, o insinuándose medio escondidos en una pila de ejemplares comprados a un buhonero, todavía sin clasificar, sin precio, sin sector asignado dentro de la librería.
Mi último hallazgo gracias a esta manía mía fue la española Carmen Laforet. Por poco dinero, pude hacerme del volumen I de sus obras completas (el II jamás apareció, lo cual no le quita cierto encanto), una hermosa edición de papel de biblia de esas que se hacían antes, con bordes dorados y tapa de cuero.
La primera novela corta, Nada, me la devoré en dos noches. Luego habría de enterarme de lo importante que fue esta obra como una voz que se alzaba en la España de los años cuarenta, pero fue bueno leerla libre de todo prejuicio, sin saber si era una novela sin gran importancia o un premio literario de las ligas mayores.
La verdad es que aún sin saber nada de esta escritora, noté enseguida que estaba en presencia de una especie de Emily Bronte de las letras españolas. El ambiente lúgubre, opresivo, dentro del cual florece el personaje femenino –que uno no puede dejar de pensar autobiográfico-, recuerda en gran medida a Cumbres Borrascosas, incluso en lo sombrío del antihéroe que gravita como un centro de atracción y repulsión a la vez. No falta tampoco el elemento bohemio, surrealista, representado en el castillo derruido donde un grupo de artistas locos tienen su buhardilla.
Como me suele pasar, después de terminada la novelita busqué la biografía de la autora. Efectivamente se trata de una escritora muy respetada, de gran prestigio sobre todo en la inmediata posguerra, cuando a pesar de su juventud se hizo con muchos premios importantes de la literatura hispana.
Me decepcionó un poco que hubiera muerto de Alzheimer a sus largos noventas. Casi podía ver venir que, como tantas de mi cenáculo literario, se hubiera suicidado (hubo una época en la cual casi sin excepción toda escritora que me fascinaba era suicida y/o bisexual). Sin embargo, Carmen Laforet abandonó este mundo en la placidez de ya no recordar nada y, seguramente, el aburrimiento que debió darle un poco el extenderse tanto en la vida.
Su foto recuerda vagamente a Sylvia Plath y su nombre tiene reminiscencias arbóreas (“el bosque”). Todo muy apropiado para la estación.

sábado, 14 de agosto de 2010

El Socialismo de los Imbéciles

Estoy definitivamente podrida. Harta, de toda hartedad. Harta de que la mediocridad y la ignorancia sigan manifestándose con tanta vigencia.
Para que esto se entienda quizás debería comenzar por explicar que soy judía. Probablemente quienes leen este blog lo saben. A pesar de que soy atea, agnóstica, casi podríamos decir que enemiga de todo pensamiento religioso o místico, mi identidad sigue siendo judía (más que nada porque el judaísmo, lejos de ser solamente una religión, es también un pueblo y todo aquello que lo conglomera: tradiciones, cultura, lengua, fiestas, historia, herencia, identidad)
Soy judía pero hay muchas cosas (mi apellido equívoco, mi pinta de “turca” –aunque en Israel parezca definitivamente israelí-, mi aparente desinterés por la faceta religiosa del tema) que hacen que quienes me rodean tarden en darse cuenta de que lo soy. El tema, digamos, no aparece a menos de que la conversación por allí derive; es decir, no suelo sacarlo espontáneamente.
Pero cuando el tema sale, finalmente, en un porcentaje alarmantemente alto para mi desconcierto, suele dejar en evidencia un solapado antisemitismo que mis interlocutores no se esfuerzan en disfrazar, dado que ni sospechan que soy judía.
A ver si se entiende: estoy podrida, harta de toda hartedad, de tener que desilusionarme tarde o temprano de personas que empiezan pareciendo normales pero en algún momento sueltan el comentario obligado de antisemita Light. Y de que encima lo hagan con gesto canchero, esperando mi aprobación o mi complicidad. Harta de toda hartedad de que muchas afinidades aparentes (por ejemplo, cierta pertenencia a lo que podríamos llamar la centroizquierda) me terminen poniendo enfrente de personas que, lejos de ser afines, se despachan con el comentario antisionista de turno. Ya lo dijo August Bebel (pope de socialismo) antes que yo: el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles. Y el antisionismo vendría a ser la forma políticamente correcta de ser antisemita estos días. Es lo que permite a muchos racistas no confesos liberar su miedo, su ignorancia, su cortedad de miras. Estoy harta, también, de toda hartedad, de quienes dicen abrazar la causa palestina y no saben ni siquiera de dónde vienen los palestinos, qué reclaman, cuál es el background histórico, con qué se come la baclawa. Les basta con saber que del lado opuesto hay algún que otro judío. Y digo algún que otro, porque a esta altura parece que también hay que salir a aclarar que no todos los judíos, no todos los sionistas siquiera, adherimos con las políticas externas del gobierno de turno. Que la mayoría de los judíos, para no hablar de los israelíes, sólo añoran la paz y un escenario en el cual vivir en Medio Oriente no sea muerte ni exclusión para ninguna de las partes.
Estoy podrida de decepcionarme, de que el mismo numerito se repita al punto de que si no me siguiera indignando, me aburriría espantosamente.
Antes quizás me gastaba en aclarar. En instruir, en polemizar, en explicar lo obvio. Ahora ni para eso me da. Simplemente me doy vuelta, me encojo de hombros y sigo mi camino. Me lamento, claro, de que una persona más sea víctima de un pensamiento tan simplificador y corto. Pero me alcanza con lo que sé. Ya no necesito defender lo evidente de las embestidas del desconocimiento y la intolerancia.
Sólo deseo un interlocutor instruido, bienintencionado, sin rencor, sin el miedo que da la ignorancia y con la riqueza que sí dan la curiosidad sana y la voluntad de convivir en armonía.
¿Será mucho pedir?

jueves, 12 de agosto de 2010

Genes & Jeans


El sábado pasado fuimos con P a ver a Noa. Noa (Achinoam Nini) es una cantante nacida en Israel y relativamente famosa en Europa (cantó con Serrat, Pavarotti, Sting y otros, e interpretó el tema de la película La Vida es Bella)
Sin embargo, lo valioso de Noa para mí no es solamente su talento musical –que lo tiene, y mucho. Noa, con su arte impregnado de la multiculturalidad que le dan sus raíces israelíes, norteamericanas y yemenitas, representa para mí ese desgarro eterno de que tus genes, tu historia, tu lugar de nacimiento y tu destino de elección no sean necesariamente el mismo punto geográfico.
Una de las canciones de Noa, que pinta esto de maravillas, se llama “Pinos” (Oranim, en hebreo); es un poema de Leah Goldberg al cual Gil Dor puso una hermosa música, y en su estribillo se resume el espíritu de la canción: “Recuerdo una montaña de pico nevado/Y una canción sonando en la radio/Mi amor/Crecí contigo/Pero mis raíces/Están a ambos lados del mar”
Cuando de jovencita soñé con crecer muy lejos de casa, esta canción me acompañó mucho. Y me consolaba cuando creía que probablemente iba a enamorarme de alguien que cantara y hablara en idioma extranjero (no terminó siendo así, como ocurre casi siempre con estas auto profecías)
En la canción que da título a su último disco, Genes and Jeans, Noa dice que a pesar de querer encajar en su nuevo hogar (la sociedad neoyorkina), nunca pudo evitar ir por la calle cantando en la lengua de su madre (yemenita). Y a muchos nos pasa algo así. Nos vestimos con la cultura del lugar al cual, un poquito azarosamente, arribaron nuestros antepasados, pero hay siempre una voz que nos habla desde el pasado y no nos deja olvidar que hubo ancestros, que la sangre tira como se dice habitualmente, y que veinte generaciones difícilmente son borradas en veinte o treinta años.
Yo me di cuenta algo tardíamente que casi toda mi producción literaria y artística (que no es muy prolífica) está impregnada de mi herencia. Que necesité hablar de los orígenes, aunque sólo los conociera por cosas entredichas en yiddish, por viejos papeles y fotos, por contratos de matrimonio firmados en un remoto pueblito de Polonia al que nunca pude llegar.
Que todos necesitamos alguna vez hablar con la voz de nuestra madre.

Lo que sigue abajo es la letra de Genes and Jeans (inglés y hebreo en el original):


¿Puedo ponerme tus jeans?
¿Alguna vez me quedarán?
Creo que respiraré hondo y haré lo que pueda.

A veces quedan sueltos
A veces apretados
¿Alguna vez los ajustaré a mi gusto?

Hambrienta, hambrienta
Por pertenecer

¿Puedo ponerme tus genes?
Supongo que no tengo opción
Camino por las calles y canto
Con la voz de mi madre

Cuando llegas a este mundo
Húmedo, frío y asustado
Qué poco sabes
De lo que te verás forzado a ponerte

Cuando creces y cambias
Tus ojos se abren
Tratas en vano de metamorfosearte

Hambrienta, hambienta
Por pertenecer

Sei Yonah Weh Shimini
Bakinor Najany
(Escuchame paloma, vuela alto, toca tu violín)

Weh Pasachi Zamari Ran
Beshir Hitboneny
(Canta y baila, contempla la canción)

domingo, 8 de agosto de 2010

American Psycho

Cada tanto, nos enteramos no sin estupor de que algún loco del país del norte la emprendió a tiros contra un grupo de personas. No pocas veces se trata de adolescentes que en una tarde de ira se cargan a decenas de compañeritos de colegio para luego suicidarse. Hoy le tocó el turno a un empleado de una empresa cervecera que, convocado por sus jefes para ser sancionado, tuvo la precaución de asistir a la reunión con un arma automática. Lo que le dijeron sus superiores no debe haberle gustado nada ya que terminó matando a ocho compañeros y quitándose luego la vida.
Este tipo de sucesos me hace reflexionar sobre la imagen que los estadounidenses tienen de sí mismos, y de su concepto de seguridad y delincuencia. Más allá de que es un hecho innegable que los Estados Unidos manejan, sobre todo en algunos de sus estados más pobres, cifras alarmantes de lo que aquí llamamos “inseguridad” a secas (lo cual hace que sea muy curioso que los latinoamericanos pensemos que somos los que más delincuencia común ostentamos), el gran país del norte también tiene el triste privilegio de ser el top one en masacres perpetradas por algún loco (en general, víctima del mismo sistema que a los norteamericanos tanto les gusta identificar como modelo de libertad).
Es llamativo que lo que para cualquier estudiante secundario argentino es un rito de pasaje más o menos normal, por ejemplo, ser cargado por los más populares o que un maestro te boche repetidamente, para demasiados estadounidenses sea gatillo (nunca mejor denominado) de un brote psicótico que culmina en la matanza lisa y llana de los supuestos victimarios. Es curioso que en el mismo país donde asistimos a escenas tragicómicas como empleados aplaudiendo de pie la clausura de fábricas o empresas, que es el mismo donde tanto gustan de cantar el himno con la mano en el pecho, después surja tanto loco suelto que no soporta más la opresión del sistema.
Es oportuno decir que el grosero acceso a las armas que los ciudadanos promedio tienen en los Estados Unidos no es un detalle menor a considerar. Todos podemos tener un acceso de ira que nos haga fantasear con boletear a nuestro jefe pero si a eso se suma que de hecho tenemos a disposición una ametralladora… la hecatombe está mucho más cerca de materializarse.
Esto es sólo un ejemplo de lo que yo veo como una gran ceguera de la mayoría de los norteamericanos para aceptar que las mismas miserias y cortedades que tanto gustan de señalar en los países en desarrollo, surgen en el seno de su sociedad bajo formas terribles e insospechadas.
Muchos norteamericanos, por ejemplo, están convencidos de que los índices de corrupción de países como Argentina son un bochorno que en EEUU sería inaceptable. Esto lo sostienen sobre todo basados en conductas individuales que se popularizan como frecuentes, llámese adornar a un policía para que a uno no le hagan la boleta. Es verdad, digamos rápidamente, que el norteamericano tipo rara vez intentará sobornar a un policía. Tampoco son amigos de colarse en una fila de supermercado ni intentar obtener beneficios por amiguismo. No se les escucha mucho la frase “cómo lo podemos arreglar”. Sin embargo, en un país donde los sobres más gordos se pasan bajo la mesa para aprobar leyes, volar algunos países o invadir otros, lo de la boleta de tránsito parece, no lo neguemos, un hecho de corrupción bastante menor. Pero así les gusta vivir a los norteamericanos. Dejando que el árbol les tape, piadosamente, el bosque.
Con la misma inocencia rayana en bobería, ignoran militantemente la geografía y cultura básicas de cualquier país que no sean ellos mismos. No se trata de que sigan pensando que Buenos Aires es una provincia de Brasil. Se trata de que igualmente ignoran que Bélgica queda en Europa o que existió una Revolución Francesa.
Los locos asesinos de EEUU me provocan una morbosa fascinación. Ciudadanos modelo que un día explotan. Dones Nadie que una tarde cualquiera pasan a la posteridad por su furia desatada.
Los amigos y vecinos repiten frente a las cámaras que el loco era “una persona común y corriente”. Y lo más terrible es que eso es absolutamente cierto.

sábado, 24 de julio de 2010

La solidaridad cool

Hay figuras más o menos públicas que decidieron hacer de la solidaridad salame su estandarte. Aclaremos rápidamente que la mayoría de estos principitos conflictuados no tienen la más somera idea de cómo se genera el capital, de cuáles son las verdaderas razones de que haya tantos pobres para tan pocos ricos, y por ende son completamente incapaces de ver conexión alguna entre su deseo de comprarse unas aparatosas zapatillas último modelo cada semana y el hecho de que mucha otra gente no tenga ni para ojotas. No digo que debieran sentirse culpables, no. Lo único que necesito imperiosamente es que estos ejemplares dejen de hablar del “capitalismo feroz” cuando son parte esencial del mismo y no agarran un libro para esclarecerse ni de casualidad.
Para muchos de estos eternos adolescentes, la culpa de la pobreza la tienen “los gobiernos” (frecuentemente confunden los conceptos de gobierno, estado, y poder), y son incapaces de una visión del problema más global o sistemática.
La solución de onda entre quienes no soportan su dilema existencial es adherir a alguna organización no gubernamental o directamente ponerse su propia fundación para los despojados de este mundo (es la versión solidaria de “mi papá me puso el negocio”). Allí los vemos, después, desfilando insufribles por los programas de televisión, con la cejita temblando de angustia, diciendo pero no diciendo que realizan tareas solidarias (todos claman que lo hacen a las sombras pero por algún sospechoso motivo, todos nos terminamos enterando al detalle de sus actividades de beneficencia)
Es mi sensación que estos pavotes que ostentan fundaciones nunca le sonaron los mocos a un nene pobre en sus vidas. Tampoco creo que les den su celular a las mujeres golpeadas para que los llamen cuando necesiten charlar. La mayoría es más bien como Sting con el indio. Me muestro un poco con vos, te saco a pasear, dejo claro que me copa que te vistas como un zafarrancho, pero ahora, si te venís con reclamos un poco más complejos, de vuelta a la villa.
Con la misma contradicción, no es de sorprender que este tipo de preocupados crónicos después no pierdan el sueño por negrear a los técnicos de su propia productora o tirar a la mierda los CVs que esperanzados aspirantes a actor les dan en mano.
En el fondo, nuestras estrellitas solidarias piensan que lo mejor a lo que puede aspirar un pobre es a obtener una changuita decente o a llevar a sus hijos a un comedor comunitario con empapelado de winnie pooh. No creen que merezcan ganar fortunas, como ellos. No los veo haciendo grandes esfuerzos por el movimiento social ascendente. Los pobres les son funcionales así como están. Sino, ¿de qué hablarían con cara de pena cuando los invitan a lo de Mirta Legrand?
La cosa es tan simple como que ninguno de ellos tiene un amigo colectivero o gasista. Ninguno se casa con la chica sin dientes de la bailanta. Su sentido de lo top y lo cool permanece intacto. Y en ese micromundo, los pobres no entran. Se quedan afuera, viendo que se habla de ellos como de la última adquisición de moda.

lunes, 19 de julio de 2010

Mutis y la Expedición Botánica


¡Qué maravilla el libro Mutis y la Expedición Botánica! Me lo trajo P de Colombia, atento a mi predilección por los asuntos plantiles.
El librito es una recopilación de la obra ensayística de Mutis que, como era usual en las luminarias de su época, dominaba no una sino varias ramas de la ciencia y llegó a ser el astrónomo, médico y botánico de Fernando VI en la Nueva Granada. Hay interesantísimos pasajes sobre sus aportes en el conocimiento de la quina (equivalente a la canela de los holandeses, decía Mutis orgulloso, quedándose evidentemente corto en la analogía), su defensa de la teoría newtoniana que sorprende aún tan polémica en las postrimerías del siglo XVIII, sus arengas contra el desmonte –en lo que podríamos ver como un esbozo de la ecología moderna.
Mutis, también, fue estadista, y su participación en la independencia colombiana me sigue siendo esquiva ya que, contrariamente a lo que P creía al comprarlo, este libro casi no toca esa faceta suya. Me parecía intrigante conocer la forma en que una expedición botánica devino, eventualmente, en gesta libertaria.
No tiene desperdicio su ensayo “Observaciones sobre la vigilia y sueño de algunas plantas”. En él, Mutis registra con minuciosa precisión los cambios observados en distintos tipos de flores exóticas. Por supuesto, no tendría ninguna gracia describir que una cierta flor se abre y se cierra. Para Mutis, las exandras se despiertan, las triandras están en sueño, y todas ellas, a intervalos cíclicos, bostezan y se desperezan. No se trata de una licencia poética; es el lenguaje que utilizaban los botánicos para denominar los ciclos diurnos y nocturnos de las flores. Corolas, cálices y pistilos se despliegan y danzan en una descripción que no puede ser sino mágica.
La edición culmina con una serie de ilustraciones que el anciano dibujante de Mutis realizó en cada una de sus expediciones (el célebre botánico siguió hasta su muerte mendigando al rey y al virrey de turno más recursos, más erario, nuevos dibujantes que reemplazaran a los que iban muriendo, porque la selva y la foresta terminaban rápidamente con la vida de los expedicionarios, y Mutis no se resignaba a ver inconclusa la obra de toda su vida). Allí vemos por fin a las hermosas exandras y triandras plenamente abiertas, a la dracena en su esplendor rojo, a orquídeas azulinas, todas ellas retratadas con la fiebre de quienes las estaban contemplando por primera vez. La exuberancia americana deslumbraba a los ojos españoles, suecos, holandeses. Los aborígenes compartían el maravilloso secreto de la quina, el febrífugo universal. Mutis describía con increíble lucidez el paludismo, intuyendo que la humedad se le asociaba pero desconociendo aún que era el mosquito quien lo transmitía.
Esa ciencia tan preñada de poesía es la que vemos, finalmente, en las ilustraciones del viejo maestro dibujante. No es de extrañar que tanta belleza haya sido parte de un sueño de libertad.

sábado, 10 de julio de 2010

De cómo el embarazo produce reacciones en serie

No es por nada, me caen bárbaro y hasta creo que la mayoría debe ser gente muy talentosa, pero si leo otro blog referido a las peripecias de una pareja recientemente embarazada (llámese antojos, labilidad emocional, dudas sobre la paternidad, etc.), si veo una entrada más de título trillado, me corto las venas con una tira de Evatest. Lo digo en serio.

domingo, 20 de junio de 2010

Diferencias Irreconciliables

Hay momentos en la vida para ser contemplativo. Conciliador, polite, considerado, aún al punto de tolerar cosas que no resultan evidentes o justas. Son probablemente aquellos momentos en los cuales uno está formando su personalidad y con ella el entorno, el círculo vital que lo identifica y define, y se considera que la aceptación del prójimo implica, siempre, concesiones no del todo fáciles.
Felizmente, sin embargo, hay un momento en el cual decir “no” comienza a ser una de las alternativas naturales. Cuando la eventual pérdida (de amistades, de prestigio, de seguridad) termina siendo menos deletérea que la pérdida de la identidad y lo que nos costó adquirirla. En el medio, diría, existe un limbo en el cual aún se debaten de manera heroica nuestra esencia y nuestro deber. También el deseo de ser amado juega algún tipo de papel en estos entuertos.
Cuando uno madura, empieza a pagar ese precio que es a la vez incómodo y liberador: poder negarse a lo que ya no lo colma. Si bien nunca se deja de transar en la vida, hay claramente una bisagra a partir de la cual aparecen más permisos para declinar cortésmente y hacer la de uno, sin reparar en las consecuencias.
Puede que duela un poco al principio, pero perder ese miedo es algo que uno se debe a sí mismo, pueda entenderse en su momento o no.

viernes, 18 de junio de 2010

El Pasado II

Como es natural, yo no era la misma persona a mis veinte años. Probablemente hubiera ya una estructura, un esqueleto común, la psique en ciernes. La esencia humana abriéndose paso en ese mar de posibilidades, quizás. Pero lo periférico termina ganando siempre tanto peso, que es difícil establecer a ciencia cierta si lo adquirido le gana a lo constitutivo o es al revés.
Como sea, en ocasiones hay hechos cristalizados del pasado que sin previo aviso se le presentan al que es uno hoy. No sé si hay tantas paradojas como ésta en la cual uno termina enfrentándose a cosas que hizo el que fue hace muchos años.
Y entonces, inevitablemente, uno compara, sopesa, se asombra de la cantidad de agua que pasó debajo del puente y todos esos lugares comunes. Estoy en una edad en la cual aún se percibe con mucha perplejidad el paso de los años, el abandono de la infancia y la adolescencia; la adultez es un hecho consumado que no obstante se acepta con cierto recelo. Pasará un tiempo antes de que se establezca definitivamente todo aquello como el “pasado”. Probablemente esta perplejidad de lugar a la resignación o la melancolía, pero al parecer todavía no me llega la hora para ese pasaje.
Por eso los personajes de mi pasado, los que me conocieron en ese tiempo que está a la vez tan lejos y tan cerca, me provocan una sensación ambivalente. Una gran curiosidad me une a ellos, porque son de alguna manera el espejo donde mirar algo de lo que fui, mi yo interpretado por el caprichoso idioma de sus recuerdos. Pero también algo de rechazo, de otredad, una necesidad de aclararles que ya no soy ésa, que aprendí muchísimo, que me gané con esfuerzo el aplomo que me dan mis treinta y cuatro años.

(Treinta y cuatro es una expresión extraña aún para mí. No es difícil creer que me voy a despertar mañana para descubrir que todo fue un largo sueño, que la vida continúa a los dieciocho, que los que llamo fantasmas me rodean aún de pleno derecho.)

martes, 8 de junio de 2010

Dublinesca


Me gusta mucho Vila Matas pero en este libro tuve la constante sensación de algo que no acababa de desarrollarse. Por ahí, ahora que lo pienso, esa era la idea. Por ahí Vila Matas es uno de esos escritores que no necesitan disfrazar sus intenciones, que no abusan del eufemismo ni la doble línea. Sus paralelismos con el Ulises no son sutiles ni un guiño gourmet al selecto público joyceano; más bien, cualquier estudiante secundario los advierte al instante. Podríamos decir que, como es un autor de culto, le importa un carajo cumplir con los rituales de los autores de culto.
Súbitamente recuerdo cómo llego Vila Matas a mi vida: le hice caso a Bolaño porque me parecía imposible que alguien de su talla pudiera equivocarse en sus recomendaciones. Bolaño hizo, incluso, que leyera a Alan Pauls –aunque sigo sin terminar de entender por qué figura entre los diez o quince privilegiados del ángel trasandino. Es que como Bolaño es un autor de culto, no le hiere la reputación el manifestar de vez en cuando una predilección incorrecta.
Como sea, Dublinesca nunca terminó de ponerme en clima. No empaticé demasiado con Riba; en el fondo yo hubiera querido que se pareciese más a Vila Matas o a lo que yo me imagino que Vila Matas es. No me conmovió el funeral de la era gutenberg con el Bloomsday como trasfondo. Demasiado. Sin embargo, me pareció un libro bellísimo. Cómo explicarlo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Colonia


Hay lugares que, no sé cómo demonios, quedan asociados para siempre a un cúmulo de cosas muy difíciles de desarticular.
Para mí Colonia es lo siguiente: días de sol capturados en color sepia, perros callejeros con nombres ingleses, “La Balada del Alamo Carolina” de Haroldo Conti leída en las tres horas de viaje en el buquebus lento, una noche narcótica yendo a comer muertos de hambre a un restaurante que tardó horas en hacer un arroz y lo trajo con un insecto en la decoración de albahaca, un frío tremendo que no obstante no impidió jamás salir a recorrer por enésima vez las calles empedradas, la lágrima de Beltrán, el exceso irresistible del dulce de leche de crema, la habitación del Virrey con su cama interminable, pero por sobre todas las cosas, el olor de las leñas quemándose, al punto de que dondequiera que esté en el mundo, donde una leña se quema hay olor a Colonia para mí.

viernes, 21 de mayo de 2010

Todos los días es el Día de la Misantropía

Cuando algo malo te ocurre las reacciones ajenas son de lo más curiosas.
Están, por supuesto y para arrancar con un poco de fe en la raza humana, los que te quieren ayudar genuinamente, te aportan consejos o una visión superadora que quizás no pudiste ver, y los que se ponen a tu entera disposición haciéndote sentir que podés confiar en ellos para lo que sea. No pocas veces, se trata de personas que no componen tu círculo más íntimo y te muestran de esta forma que probablemente deberían. Por lo general la amistad sale mucho más fortalecida luego de estas instancias.
También están, lamento decir y entrando ya de lleno en terreno cenagoso, aquellos a quienes se les nota demasiado que la desgracia ajena los excita, los eleva un poquito de la mediocridad en la que viven inmersos y de la que sólo sienten que pueden emerger si los demás se hunden con respecto a ellos.
Están los que “huelen la sangre”, gente que normalmente no te da demasiada pelota pero ante la mínima señal de adversidad se hacen presentes, indagando, queriendo saber el detalle morboso, los plazos, categorías y alternativas menores de tu pesar; son los amarillistas que hay en todo grupo humano, los que no conocen la discreción ni el buen gusto. Nunca te llaman tantas veces a la semana como en los momentos en los cuales es probable que te pegues un tiro. Sin embargo, no te disuaden sino que por lo general te dejan con más ganas.
Tristemente y para finalizar, también están los que tienen un talento enorme para borrarse justo cuando uno más los necesita. Los que están demasiado acostumbrados a ser los escuchados o contenidos, y sencillamente no se hallan o no les interesa demasiado el rol de escuchador. Son los que no comprenden que toda relación medianamente sana tiene que poseer ambos componentes, que los roles estancos no son buenos para ninguna dinámica de grupo. Estos ejemplares huyen cuando te llega el turno de hacer catarsis a vos. Cumplen con los rituales establecidos, o sea, te manifiestan con cara de preocupados que están para lo que necesites, pero a la larga siempre son cuestiones bastante más baladíes de su propia vida las que les impiden cumplir con tan solemne promesa.
Hoy es un día gris. El filtro de emociones en contra de la naturaleza humana no funciona a un cien por cien.

viernes, 14 de mayo de 2010

The Scientist (esos inglesitos de Coldplay)

Vengo a verte, a decirte que lo siento
No sabés lo encantadora que estás

Tuve que encontrarte
Decirte que te necesitaba
Decirte que te elijo

Contame tus secretos
Haceme tus preguntas
Volvamos al comienzo

Corriendo en círculos
Las mentes en una ciencia aparte

Nadie dijo que era fácil
Es tan triste que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al comienzo

Solo estaba adivinando
Números y figuras
Desarmando tus rompecabezas

Las preguntas de la ciencia
La ciencia y el progreso
No hablan tan alto como mi corazón

Decime que me amás
Volvé y perseguime
Y yo correré hacia el comienzo

Corriendo en círculos
Mordiéndonos las colas
Y volviendo tal como somos

Nadie dijo que era fácil
Es una pena que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al principio

miércoles, 12 de mayo de 2010

El Museo de Einstein en Princeton, o cómo estar y no estar en un mismo lugar

En Princeton no queda demasiado rastro de Albert Einstein.
A pesar de que el eminente físico pasó allí más de veinte años, y engalanó la universidad con sus lecciones, es poco el legado que se ofrece al turista interesado en él.
Por una parte, si bien la casa en donde vivió está absolutamente identificada, por expreso pedido del científico no se la puede visitar y jamás tendrá carácter de museo. Tengo entendido que ahora vive allí una vieja, quien respeta a rajatabla la última voluntad de Einstein y se niega a abrirle la puerta a los curiosos. Por otra parte, parece ser que ha existido hasta no hace mucho un Museo de Einstein sobre la Avenida Nassau, que vendría a ser la arteria principal de la ciudadela de Princeton. Los mapas muestran el punto en donde deberíamos encontrarlo con asombrosa exactitud: una flecha entre dos comercios montados sobre un edificio más propio de Nueva Inglaterra, de fachada de ladrillos y vistosas escaleras de incendio. Uno llega hasta ese punto para descubrir que sólo hay una puerta, cerrada para más datos, sin ninguna señal de que alguna vez hubo allí algo parecido a un sitio turístico. Es inevitable ir del mapa a la puerta y de la puerta al mapa con perplejidad de autómata. Finalmente la evidencia cae por su propio peso: haya existido alguna vez o no, está claro que no hay allí ningún museo de Einstein y que la misma gente que puede recomendarte sin dudarlo diez lugares distintos para comer, es incapaz de precisar si es que hubo algo ahí que rememorase al visitante más ilustre de la ciudad.
El panorama dentro del campus de la universidad, bellísimo como pocos, es parecido: los nombres de los pabellones se deben a quienes donaron el dinero para construirlos, no a los maestros que iluminaron las aulas con su genio.
Un anciano de la zona da, finalmente, con la clave. Me dice entre risas misteriosas, a mí, una turista desconcertada con su mapa en la mano, que probablemente Einstein nunca hubiera querido que encontremos su museo. Esas cosas que tiene la relatividad.

jueves, 1 de abril de 2010

El Antisemita Simpaticón

Ya mucha gente antes que yo habló alguna vez del antisemitismo. No voy a explayarme aquí sobre eso, primero porque me aburre y segundo porque lo mismo no llegaré a ninguna conclusión razonable. El fenómeno que me genera una malsana curiosidad, a decir verdad, es el antisemitismo simpático. Hay una franja importante de personas cuya corrección política le impide, en condiciones normales, expedirse abiertamente en contra de la existencia de los judíos. Pero como dice la pensadora contemporánea Ana María Casanova, todo lo que entra debe salir, y por eso los antisemitas simpáticos suelen aliviar su necesidad de antisemitear mediante chistes, indirectas y chascarrillos de salón.
Hace ya mucho tiempo, dije una vez a un amigo algo perplejo que el antisemitismo ideológico me es más comprensible que el antisemitismo idiota. Quiero decir: los dos son hijos de la ignorancia, la inseguridad, el miedo y otras terribles falencias del discriminador, pero así y todo entiendo más la locura de quien se sostiene por una ideología y no por lo que le repitieron generaciones de tíos borrachos en la mesa de los domingos.
La mayoría de los discriminadores simpáticos se sintió alguna vez amenazado por la inteligencia, la prosperidad o la mera buena suerte de algún judío de ocasión. Sin que haga falta aclarar que hay inteligentes, ricos y suertudos en todas las etnias, me atrevo a afirmar que cuando se trata de un gentil, la cosa no reviste nada más que visos anecdóticos. Los judíos, en cambio, para los antisemitas light, son en el fondo culpables de alguna componenda turbia para llegar adonde llegaron.
El antisemita simpático es más que nada proclive a los chistes sobre la condición supuestamente avara del judío. No pocas veces, es el simpático quien termina pidiendo plata que jamás devolverá o abandonando el recinto sin dejar propina, pero como no hay ancestros que lo incriminen, el desliz pasa sin pena ni gloria.
Este travieso exponente de nuestra sociedad suele aclarar muy rápidamente, cuando las hordas tolerantes se le imponen, que sus dudas y prevenciones van por el lado del “judío-judío” (llámese el barbudo comerciante de Once), y no las personas “normales”. A los que no parecen judíos les perdonan la vida, deshaciéndose incluso en elogios del estilo de, lisa y llanamente, “no parecés judío”, como si el judaísmo fuera algún tipo de marca de nacimiento (en mis años de vida jamás vi un pueblo más multifacético ni heterogéneo, pero los antisemitas son expertos de la antropometría)
El antisemita simpático, cuando está tranquilo y la vida le sonríe, se permite ciertas bonachonadas como alabar la “comida típica” de los judíos (¡los judíos comemos pizza y espaghetis hace siglos, por dios!!!), aunque muy a menudo confunden los kebabs árabes con el guefilte fish y no tienen la más mísera idea de los alimentos prohibidos por cashrut.
Otra característica del antisemita encubierto es que suele invertir los cargos, aduciendo que son los judíos quienes se auto discriminan. Aparentemente, preferir casarse según afinidades culturales y religiosas es una afrenta personal para esta gente que sin embargo no parece estar haciendo cola para fundirse en dulce montón con judíos. Les molesta que los judíos tengan sus propios clubes, sus propias escuelas y hasta su propia radio. Debe ser que se mueren de ganas de que sus hijos también aprendan hebreo o de que en FM100 pasen música klezmer. Y bueno, entonces que llamen y lo pidan para los cuarenta principales, ¿no?

Hostilidad automotriz o cómo una carrocería nos hace valientes

Cada vez estoy más convencida de que el conducir un automóvil hace que muchos energúmenos suelten la agresividad que su cobardía no les permitiría desplegar en un encuentro face to face.
Esta característica, debo decir casi privativa del género masculino, de tan precaria me daría ternura, si no fuera porque nos obliga a enfrentarnos a diario con criaturas básicas y neandertálicas que hasta logran arruinarnos el día.
Cualquier pequeña desinteligencia que en otro escenario ameritaría como máximo un intercambio de miradas furiosas, en el inframundo del tránsito es causal de los insultos más escandalosos y las amenazas más terroríficas. Por ejemplo, si vamos por el supermercado y otro transeúnte despistado nos embiste con su carrito, dudo mucho que vayamos a putearle la familia entera hasta tres generaciones atrás, o blandir un trabavolante sobre su cabeza. Sin embargo, el más mínimo e inocuo roce automotriz provoca eso y mucho más. No se me escapa el detalle de que, la mayoría de las veces, estas bravuconadas se ven avaladas por el hecho de que el puteador en cuestión puede darse rápidamente a la fuga en su vehículo en lugar de enfrentar al adversario con, no lo permita dios, una argumentación civilizada.
La conducción de automóviles es el único ámbito donde, sin excepción, el principiante es tratado como un ser inferior que solo merece el desprecio y la pena capital. En cualquier otra disciplina, es regla general de urbanidad que aquellos con más experiencia ayuden y asesoren a los que recién comienzan. En mi oficina, pongamos por caso, no se suele vilipendiar al nuevo que traba la impresora con sus torpes manitos, sino que, aunque nos atrase horriblemente, le explicamos con paciencia cómo apretar el botoncito de Scan sin provocar el Y2K. Para los automovilistas, en cambio, la lógica impericia del principiante es un agobio que no sienten que deban soportar, como si ellos hubieran nacido siendo Ayrton Sena. Hasta me atrevería a decir que se guardan los peores improperios para los debutantes: como no son de su cofradía, merecen el escarnio hasta que aprendan a ser tan bestias como los mejores.
La discriminación de género es un “must” entre los automovilistas. Es increíble pero clásicos del humor clase zeta como “andá a lavar los platos” se siguen oyendo con alarmante frecuencia por tratarse de tipos que después muy probablemente se dejen operar la vesícula por mujeres. Sospecho, incluso, que el conductor furioso se decepciona un poco cuando quien comete una burrada es un hombre y no una mujer. Apenas algo los exaspera, los vemos estirando el pescuezo para divisar una figura femenina y poder, entonces, soltar la frase cavernícola de ocasión. Cuando la estadística los traiciona, suelen relativizar diciendo que se trataba de un viejo, un minusválido o un gay; los errores no los cometen nunca los machos argentinos y vacunados.
Por último, merecen una consideración especial los tarados que se creen lo más porque manejan alguna camioneta escandalosamente inútil para la vida urbana. Casi sin excepción, estos presumidos miden un metro treinta, la mujer los denigra, de chicos les decían que eran inútiles, o tienen pito corto. Por eso la reafirmación que tanto necesitan les cuesta arriba de cincuenta mil dólares.
Estoy ansiosa de que el scoring algún día termine de arruinar a estos boludos con licencia. Me muero de ganas de que algún funcionario de cuarta línea proponga bajarle puntos a los puteadores, los tocadores consuetudinarios de bocina, los cancheros y los violentos. Y que le apoyen la moción.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Facebook y la fotito de perfil como identidad


Esta semana, con motivo de la conmemoración del Día de la Memoria, muchos de los usuarios de FB decidimos quitar nuestras fotos de perfil como símbolo de que recordamos la pérdida de tantos que ya no están. Celebré la iniciativa: siempre me alivia que en espacios tan frívolos como puede ser una red social, surjan cuestiones valiosas, pruebas de que no sólo pensamos en reunirnos con nuestros ex compañeros o mandarnos capussotitos, sino también mostrar nuestra postura, nuestra filiación en temas que son de extrema importancia. Porque no jodamos: seguro hay muchos que no sacaron la fotito porque son colgados, porque no entraron a internet por semanas o porque les parece pelotuda la idea, pero sabemos que también hay varios que jamás lo harían porque el tema de los desaparecidos les chupa un huevo o incluso descreen un poco de su veracidad (espero que mi lista de contactos no contenga muchos de estos últimos). Entonces, me encanta mostrar que hay quienes tenemos otra visión de las cosas y que pretendemos no olvidar ni dejar que olviden, aún desde el más banal de los espacios.
Uno de mis contactos, que no sacó la foto, publicó algo así como “Se extraña a los desaparecidos todos los días. Gracias a Dios conservo mi identidad”. Sofisma de principio a fin. Primero, en el supuesto caso de que le creamos a esta persona que todos los días de su vida hace ejercicio activo de memoria por los desaparecidos, aún deberíamos recordarle que ya que somos animales sociales, no sólo alcanza con albergar un pensamiento sino que es bueno materializarlo de vez en cuando, hacerlo tangible, “manifestarse en común”. Si no, hasta que no se perfeccione la telepatía, vamos muertos en cuanto a eso de comunicar ideas. Por otro lado me causa asombro que para la misma persona que cree que quitar una fotito de FB es intrascendente, su identidad esté definida por la misma. Loquísimo.
Ojalá no sean simplemente expresiones de personas que detestan la manifestación de ideas que les son ajenas o incómodas. Siempre es más fácil criticar o creerse de vuelta de todo, pero a veces los actos más simples hacen la diferencia.

lunes, 22 de marzo de 2010

Physics Drops II: El Sindrome de Asperger, los débiles mentales y la supervivencia


Cada vez se postula con más fuerza que Isaac Newton, Paul Dirac, y otros grandes de la física y la astronomía, padecieron el síndrome de Asperger. Esto se deduce del hecho de que fueran personas increíblemente brillantes para las ciencias duras pero seriamente limitados en el manejo de la vida social.
Esta proposición, que a priori podría parecer un poco rebuscada, es sin embargo una posible explicación para la abismal diferencia entre ellos y el resto de los seres humanos en cuanto a capacidad de pensamiento abstracto.
Quizás ahora, que millones de personas acceden a conocimientos avanzados en materia de ciencia, y las universidades mundiales compiten en generación de luminarias que cambiarán nuestra visión del mundo, no sorprenda demasiado la potencia de ciertas mentes en función de la producción de conocimiento.
Pero, ¿qué pasaba con estos tipos que, en épocas oscuras o al menos no particularmente propensas a los cambios de paradigma, lograron imaginar universos enteros y nuevos, completamente distintos al “sentido común”, a lo que se enseñaba a pensar? ¿Qué tenía Einstein que pudo legar a la humanidad la teoría más creativa y pasmosa de todos los tiempos, al punto de que no pasa de moda ni deja de sorprendernos aún más de un siglo después, y cómo pudo hacerlo desde una oficina de patentes y no desde el ámbito propicio de una universidad?
Oliver Sacks, renombrado neurólogo (y botánico), postula que ciertos tipos de autismo, y aún de idiocia, presentan una relación con las matemáticas y otros tipos de pensamiento abstracto que no son posibles en personas normales. La hipótesis es que, en quienes no sufrimos este trastorno, algún sentido arcaico relacionado con los números ha sido atenuado por las capacidades superiores que nos trajo nuestra neocorteza. Como parece lógico, para depredar y reproducirnos tuvimos que desarrollar, al principio, aptitudes más terrenales. Según Sacks, esto explica que algunas personas con severo retraso mental sean capaces de listar números primos hasta un nivel que ni la mejor de las computadoras modernas puede. Ellos, que no tienen ninguna capacidad de realizar cálculos aritméticos básicos como dos más dos, lograrían esta hazaña porque simplemente “ven” la secuencia de números primos. Esto lo han deducido los neurólogos luego de interrogar a los pacientes, algunos de los cuales manifestaban estar simplemente leyendo en voz alta lo que veían en su mente como una espiral inacabable de números.
Por eso, no sería de sorprender que algunos científicos (no todos, por supuesto) hayan llegado a ser tan brillantes justamente porque desarrollaron a un máximo el potencial que ellos poseen y nosotros no, en desmedro de otras aptitudes como la sociabilidad o la emotividad.
El propio Einstein (salvando las distancias ya que de autista no tenía nada) decía atribuir sus logros al hecho de que él, contrariamente a otros físicos teóricos, necesitaba “visualizar” cualquier teoría de una manera gráfica (exagerándolo un poco, decía que tenía que ser entendible para un niño). Por eso él pudo hablar de trenes en movimiento, personas convertidas en spagettis en el centro de un agujero negro, y otras imágenes que ya se han convertido en clásicos de la divulgación científica. No otra cosa fue la manzana de Newton, a la cual no obstante luego cubrió de sofisticadas fórmulas matemáticas ya que el sí que podía.
El secreto de estos genios quizás sea más simple de lo que uno cree. Sin quitarles mérito, ellos deben poder “ver” con claridad cuestiones que a nosotros no costarían sangre, sudor y lágrimas.
Cada vez más científicos en diversas disciplinas se ven orientados a creer que, con el tiempo, la humanidad sí necesitará habilidades intelectuales superiores para subsistir, que ya no tienen que ver con obtener alimentos o generar descendencia sino, probablemente, procurarnos nuevas fuentes de energía e incluso ser capaces de migrar a otros planetas cuando éste ya no sea habitable. Esto será posible para lo que el físico Michio Kaku denomina una civilización de tipo III, en la cual la energía que contiene el universo es explotada al máximo. Nosotros, que aún nos valemos de la energía que dan los fósiles, somos una rudimentaria civilización de tipo 0 o quizás I, por lo cual falta bastante para que las habilidades superiores sean una condición prioritaria a transmitir en nuestro ADN.

Physics Drops I: La fealdad de las teorías enoja a los físicos


A los físicos no les gusta que una teoría sea enrevesada. Aclaremos rápidamente que cualquier cosa que manejan, por básica que les pueda parecer a ellos, es una maraña de ecuaciones para la mayoría de nosotros. No obstante, en física se suele “confiar” preferentemente en axiomas que luzcan bellos y redonditos.
Por ejemplo, hay algunos físicos que están fastidiados con el hecho de que parezca no haber fin para la subdivisión del átomo. Esa entidad que curiosamente fue llamada así, átomo, por pensarse que era la unidad final e indivisible de cualquier cosa, nos sigue sorprendiendo por la cantidad de amiguitos que lleva dentro, al punto de que un destacado físico dijo hace poco que habría que darle el Nobel a quien este año NO descubra ninguna partícula subatómica nueva. Los electrones y protones que aprendimos en la escuela son los dinosaurios de esta historia. Ahora se sabe que el átomo bulle con la actividad de exóticas partículas llamadas quarks, hadrones, bosones de Higgs y otras rarezas por el estilo. Cada descubridor se ha dado el gusto de que una partícula lleve su nombre, y parece que hay más.
Hay teorías nuevas, desprendidas de la de cuerdas, que para Stpehen Hawking, son “feas”. Nótese que los físicos y cosmólogos dan mucha importancia a que un postulado cumpla ciertos requisitos estéticos. También, los apasiona la posibilidad de que todo pueda ser explicado con una única y simple teoría unificada. Quien consiga describir esta famosa y por ahora esquiva Teoría del Todo, armonizando así la Relatividad General y la Teoría Cuántica, dará un giro cismático a la física, probablemente el más grande de la ciencia moderna. Pero por ahora, estamos lejos de que alguien describa alguna concordancia entre las leyes que rigen los espacios inmensos (el cosmos) y los minúsculos (la física subatómica)
A mí, la idea de que los físicos y cosmólogos sean preciosistas, me llena de esperanzas. Me parece que estamos en las buenas manos de unos maniáticos brillantes.

viernes, 19 de febrero de 2010

The Big Bang Theory

Existen ocupaciones que obligan a vivir a quienes las ejercen en un mundo distinto, en una esfera de realidad muy diferente a la que habitamos el resto de los mortales.
Me refiero a los físicos teóricos, a los cosmólogos, a los astrónomos y en menor medida tal vez a los matemáticos.
Muy a menudo pienso que, mientras los demás dedicamos nuestras vidas a “pequeñeces” tales como construir una casa, defender a la gente que es acusada de algo, vender autos, o, como es mi caso, colaborar en el desarrollo de nuevos medicamentos, hay personas cuyas preocupaciones giran en torno al origen del universo, a la posibilidad de los viajes en el tiempo, a aquellas singularidades donde todo el mundo físico que conocemos deja de aplicar… y no puedo evitar sentir que me hallo en un plano inferior del pensamiento.
Digo: ¿cómo se puede seguir diseñando ropa cuando hay gente que sabe hace rato que no vivimos en un mundo de cuatro dimensiones –como creíamos- sino once como mínimo y probablemente más? ¿Cómo se puede, incluso y yendo más lejos, producir arte o escribir libros cuando sólo somos la molécula de una molécula en la vastedad de un universo cuyo tamaño no podemos ni soslayar? ¿Cómo es que no corremos todos a tratar de asir el minúsculo conocimiento que ya se tiene sobre el todo? ¿Cómo es que casi nadie sabe que hay laboratorios donde se ha logrado que el mismo átomo, la misma pizca de materia, esté en dos lugares al mismo tiempo?
Está bien, y lo entiendo, vivir nuestras vidas de la mejor manera posible lo cual incluye que dispongamos de médicos, amas de casa, pintores, escritores y lectores. Está bien porque de otro modo moriríamos con la horrible sensación de que la única verdad que vale la pena conocer se nos escapará por miles de generaciones más, si llegamos a tanto, y que en el interin no disfrutamos demasiado de la existencia, sea ésta de la naturaleza que fuere.
Pero, ¿qué puede importarles a los físicos esta minucia de la finitud de la vida? Si ellos están preguntándose muy seriamente si el eterno retorno es viable, o si la línea temporal tiene necesariamente que ir siempre en la misma dirección, o si no habrá de hecho infinitos universos paralelos que se crean cada vez que un viaje en el tiempo introduce un ligero cambio en la historia.
Hace ya casi un siglo atrás, durante el funeral de su amigo y colega Michele Besso, ese visionario que se llamó Albert Einstein dijo a la viuda: “Le daría mi pésame si no fuera que para nosotros, físicos convencidos, el tiempo es sólo una ilusión”.
Sin embargo (como nos demuestran esos adorables nerds Leonard, Sheldon, Raj y Howard), estas cabezas privilegiadas también padecen por amor, dudan entre el kétchup y la mayonesa, se pelean por huevadas y olvidan por momentos la pequeña dimensión del mundo que habitan. Porque saben que ese mundo pequeño que persiguen e intentan reconciliar con el infinito –ese mundo que se mide en quantos- está lleno de acertijos y maravillas y que todo, si bien se mira, comenzó con el estallido de una mota infinitesimal.