
(John Berger, "De A para Y")


En este caso me referiré concretamente a la actitud “noesparatanto” que muchas personas, en forma creciente a medida que pasan los días, van asumiendo como propia.
Probablemente abrumados por la inmensa reacción popular que la muerte de Néstor Kirchner provocó, ya salieron los tibios de siempre a dejar en claro que si bien ellos se conmueven, solidarizan y emocionan, es “hasta ahí”. Con una alarma no exenta de cortedad de miras, se extrañan de que haya tanta gente que pueda estar acongojada por la desaparición física de alguien que no formaba parte de su círculo íntimo (entendiéndose por ello hermano, marido o amigo)
De esta guisa tuve incluso que tolerar discursos paternalistas acerca de la necesidad de poner las cosas en su justa medida y reservar el dolor para cuando me ocurra una “verdadera pérdida”. O sea, hay gente para la cual los vínculos ideológicos, las afinidades políticas, los sueños grandes, no valen tanto como el cuñado o la abuelita. Ok, puedo vislumbrar el mecanismo. Lo entiendo porque hasta hace unos años yo misma veía las cosas de forma similar –no igual- y me costaba identificarme con una figura social o política, ya no hablemos de tenerle apego o sentir pasión (una excepción a esto haya sido probablemente Itzjak Rabin, otro dirigente cuya repentina pérdida sentí como importante y terrible). Sin embargo, nunca denosté ni me pareció desubicada la genuina pasión que algunas personas parecían sentir por líderes sociales, carismáticos o incluso artísticos.
Tuvo que asumir el gobierno de Kirchner y luego el de Cristina, que poco a poco me ganaron con medidas concretas y hechos contundentes, para que llegara el día en el cual yo también decidí que esta gente lejana y en un punto desconocida, que estaba en el poder y me representaba como nunca antes nadie lo había hecho, pasaría a formar parte de mi círculo íntimo, de las personas que considero valiosas y necesarias, a las que permito hacerme emocionar, enojar, comprometer.
Cada cual a sus sentimientos e ideas, pero por favor que no me sigan molestando las personas que no entienden lo que se sale de los límites de su quintita. Que permanezcan en su mundo, lleno de taxistas reaccionarios y clase media no muy culta (admito crueldad; para eso está mi blog, también), y no traten de aleccionarme sobre el tipo de emociones que se supone debería sentir. Que su necesidad de sacudirse rápidamente una movida popular que no comprenden no los haga darme lecciones morales sobre la futilidad de ciertos sentimientos.
Son los mismos que después dicen que “ya están hartos” del Holocausto o los desaparecidos, probablemente porque todo tema que no pertenezca a su domesticidad los supera, aburre y sobrepasa. Quizás por eso no pueden entender que haya personas que sentimos distinto, a quienes nos alcanza el sentimiento para un círculo un poquito más amplio que el de nuestra mesa de los domingos.

El libro es espectacular, un gigantesco sarcasmo sobre la vida burguesa y las ideas progresistas de la clase media acomodada. Está escrito en primera persona (y desde una voz femenina terriblemente creíble, lo cual elevó en gran manera mi admiración por Hornby), narrado por la esposa de David Carr, un hombre corriente que un día, sacudido por una crisis matrimonial, decide comenzar a practicar su sensibilidad social al pie de la letra. Es decir, deja de ser un inconformista profesional satisfecho con sus ideas progresistas y comienza, de buenas a primeras, a dejar limosnas exorbitantes a los pobres, regalar los juguetes que le “sobran” a sus hijos y los insumos que sobran en general (lo cual en una familia de clase media es casi todo), e invitar a cenar a su casa a mendigos impresentables y locos del hospicio. La esposa y los hijos, como es de esperarse, empiezan aplaudiendo la iniciativa hasta que la misma se mete con sus pertenencias personales o su confort tan buenamente adquirido, momento en el cual todo les empieza a parecer una locura que forzosamente debe terminar. La cosa va in crescendo y culmina con el hombre instando a sus vecinos a alojar en sus habitaciones vacías a los homeless del barrio. La llegada de GoodNews, gurú espiritual algo mugroso y chanta que se instala a vivir en la casa de la familia, no ayuda a restaurar la armonía perdida.
Por supuesto, Hornby se las arregla para que la historia no sea un disparate y, en rigor de verdad, la mayoría de las veces terminamos por darle la razón a David, quien no hace sino enfrentarnos a una de nuestras más pecaminosas hipocresías: la de creernos mejores de lo que somos, la de llenarnos la boca con preciosas teorías de amor hacia los semejantes que jamás haremos realidad. Como diría un psicólogo, David hace pasaje al acto. Y en el proceso nos hace quedar a todos un poquito peor que antes de comenzar el libro.
En lo que es la frase pivot de la novela, Hornby hace decir a David las siguientes palabras:
-Soy la pesadilla de cualquier progresista. Creo en todo lo que tú crees, pero yo voy a ponerlo en práctica.
G, joven colaborador de la empresa donde trabajo, se mostró muy entusiasta con respecto al argumento de este libro. G se autodefine como socialista y cree que su paso por esta compañía multinacional es sólo una escala temporal y necesaria para desarrollar su verdadera vocación, que creo entender no está en el amasar dinero. Confieso que muchas veces, el estoicismo de estos jóvenes comprometidos me genera una especie de tristeza, esa insoportable suficiencia del que ya estuvo ahí y sabe cómo terminará la historia (en la mayoría de los casos, con un aburguesamiento tan paulatino que es difícil identificar su lenta invasión de los ideales)
Sin embargo, esta vez algo en la mirada de G, su brillo quizás, me dio la pauta de que algo había encendido una pequeña llama.
Terminada la conversación sobre libros, cada cual regresó a su trabajo, pero a la media hora o menos G se acercó a mi escritorio y me dijo:
-Ya está.
-¿Ya está qué?
-Acabo de hablar con mi novia. Vamos a ir a alfabetizar a una villa.
De pronto, tuve unos deseos inmensos de volver a tener veinte años. Y no por la piel firme, o las tetas paradas, o la vida nocturna. No por la frivolidad de los bailes ni el goce de los romances inaugurales y efímeros. Simplemente por ese impulso vital de creer aún que todo es posible, ese idealismo que, lejos de lo que muchos creen al hacerse grandes, nada tiene de estéril ni de ingenuo, sino que muchas veces es el motor que impulsa procesos históricos imparables. Tuve unas ganas terribles de abandonar mi comodidad burguesa, incluso esa concepción “gourmet” de la vida de la cual tanto me jacto cuando prefiero mis treintas a los veintes de los otros.
Por lo menos, fue un señor grande quien escribió esta gran novela irónica sobre la imposibilidad de ser realmente buenos.
AB, gran amigo y valor, ha dado en llamar “efecto Carolina” a un curioso fenómeno que según él le ocurre muy seguido, por el cual las “casualidades” (vamos a llamarlas así por el momento) siempre se le presentan de a pares. Ejemplo: visita a un paciente llamado Ferrari, y el siguiente que va a ver vive en la calle Ferrari. Le mencionan un determinado artista, y ese mismo día prende la tele y es a ese artista precisamente a quien ve. De esas tiene un montón.
El otro día volvía a contar a un siempre asombrado P, mi azarosa relación con los libros y el heterodoxo método que empleo a veces para elegirlos. Últimamente soy habitué de una librería de viejo que está sobre la Avenida Santa Fe- desde afuera no es nada prometedora pero su interior resulta una fuente inagotable de hallazgos literarios. Resulta que en esta librería sigo aplicando una de las técnicas que más me gusta a la hora de elegir lectura, que es básicamente dejarme llevar por el libro-objeto: por su forma, olor, cubierta, colores, y muy importante aún, tipografía. En segundo lugar suelo dar crédito a la ubicación dentro de la librería e incluso del estante. Este método no ha dejado nunca de darme satisfacciones y hasta sucesos no del todo despojados de cierta mística, como verme conducida a una secuencia de libros o autores conectados entre sí, cuando la selección había sido del todo caprichosa y librada al azar. Casi nunca, debo reconocerlo, me falló este tipo de elección.



En Princeton no queda demasiado rastro de Albert Einstein.
Ya mucha gente antes que yo habló alguna vez del antisemitismo. No voy a explayarme aquí sobre eso, primero porque me aburre y segundo porque lo mismo no llegaré a ninguna conclusión razonable. El fenómeno que me genera una malsana curiosidad, a decir verdad, es el antisemitismo simpático. Hay una franja importante de personas cuya corrección política le impide, en condiciones normales, expedirse abiertamente en contra de la existencia de los judíos. Pero como dice la pensadora contemporánea Ana María Casanova, todo lo que entra debe salir, y por eso los antisemitas simpáticos suelen aliviar su necesidad de antisemitear mediante chistes, indirectas y chascarrillos de salón.