jueves, 18 de noviembre de 2010

El laúd, según John Berger


El laúd no se parece a ningún otro instrumento, dice. En cuanto lo abrazas, el laúd se convierte en un hombre. ¡Un hombre es lo que tocas! Enseguida lo sientes. Tañes las cuerdas -siete, trece o veintiuna, al gusto de cada cual-, y tañes las cuerdas de su pecho, de su cuello, de sus hombros. La música del laúd es masculina, masculina. Recuerdas a todos los hombres que has tocado.

(John Berger, "De A para Y")

viernes, 5 de noviembre de 2010

La quintita propia (o apología del sentimiento popular)


Debido a la reciente pérdida que el país ha experimentado pero que una parte del país parece no acusar, me encontré con algunas reacciones algo extrañas.

En este caso me referiré concretamente a la actitud “noesparatanto” que muchas personas, en forma creciente a medida que pasan los días, van asumiendo como propia.

Probablemente abrumados por la inmensa reacción popular que la muerte de Néstor Kirchner provocó, ya salieron los tibios de siempre a dejar en claro que si bien ellos se conmueven, solidarizan y emocionan, es “hasta ahí”. Con una alarma no exenta de cortedad de miras, se extrañan de que haya tanta gente que pueda estar acongojada por la desaparición física de alguien que no formaba parte de su círculo íntimo (entendiéndose por ello hermano, marido o amigo)

De esta guisa tuve incluso que tolerar discursos paternalistas acerca de la necesidad de poner las cosas en su justa medida y reservar el dolor para cuando me ocurra una “verdadera pérdida”. O sea, hay gente para la cual los vínculos ideológicos, las afinidades políticas, los sueños grandes, no valen tanto como el cuñado o la abuelita. Ok, puedo vislumbrar el mecanismo. Lo entiendo porque hasta hace unos años yo misma veía las cosas de forma similar –no igual- y me costaba identificarme con una figura social o política, ya no hablemos de tenerle apego o sentir pasión (una excepción a esto haya sido probablemente Itzjak Rabin, otro dirigente cuya repentina pérdida sentí como importante y terrible). Sin embargo, nunca denosté ni me pareció desubicada la genuina pasión que algunas personas parecían sentir por líderes sociales, carismáticos o incluso artísticos.

Tuvo que asumir el gobierno de Kirchner y luego el de Cristina, que poco a poco me ganaron con medidas concretas y hechos contundentes, para que llegara el día en el cual yo también decidí que esta gente lejana y en un punto desconocida, que estaba en el poder y me representaba como nunca antes nadie lo había hecho, pasaría a formar parte de mi círculo íntimo, de las personas que considero valiosas y necesarias, a las que permito hacerme emocionar, enojar, comprometer.

Cada cual a sus sentimientos e ideas, pero por favor que no me sigan molestando las personas que no entienden lo que se sale de los límites de su quintita. Que permanezcan en su mundo, lleno de taxistas reaccionarios y clase media no muy culta (admito crueldad; para eso está mi blog, también), y no traten de aleccionarme sobre el tipo de emociones que se supone debería sentir. Que su necesidad de sacudirse rápidamente una movida popular que no comprenden no los haga darme lecciones morales sobre la futilidad de ciertos sentimientos.

Son los mismos que después dicen que “ya están hartos” del Holocausto o los desaparecidos, probablemente porque todo tema que no pertenezca a su domesticidad los supera, aburre y sobrepasa. Quizás por eso no pueden entender que haya personas que sentimos distinto, a quienes nos alcanza el sentimiento para un círculo un poquito más amplio que el de nuestra mesa de los domingos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Nick Hornby Hace Escuela


No podré agradecer suficiente a D.A. su recomendación del libro How To Be Good, de Nick Hornby.

El libro es espectacular, un gigantesco sarcasmo sobre la vida burguesa y las ideas progresistas de la clase media acomodada. Está escrito en primera persona (y desde una voz femenina terriblemente creíble, lo cual elevó en gran manera mi admiración por Hornby), narrado por la esposa de David Carr, un hombre corriente que un día, sacudido por una crisis matrimonial, decide comenzar a practicar su sensibilidad social al pie de la letra. Es decir, deja de ser un inconformista profesional satisfecho con sus ideas progresistas y comienza, de buenas a primeras, a dejar limosnas exorbitantes a los pobres, regalar los juguetes que le “sobran” a sus hijos y los insumos que sobran en general (lo cual en una familia de clase media es casi todo), e invitar a cenar a su casa a mendigos impresentables y locos del hospicio. La esposa y los hijos, como es de esperarse, empiezan aplaudiendo la iniciativa hasta que la misma se mete con sus pertenencias personales o su confort tan buenamente adquirido, momento en el cual todo les empieza a parecer una locura que forzosamente debe terminar. La cosa va in crescendo y culmina con el hombre instando a sus vecinos a alojar en sus habitaciones vacías a los homeless del barrio. La llegada de GoodNews, gurú espiritual algo mugroso y chanta que se instala a vivir en la casa de la familia, no ayuda a restaurar la armonía perdida.

Por supuesto, Hornby se las arregla para que la historia no sea un disparate y, en rigor de verdad, la mayoría de las veces terminamos por darle la razón a David, quien no hace sino enfrentarnos a una de nuestras más pecaminosas hipocresías: la de creernos mejores de lo que somos, la de llenarnos la boca con preciosas teorías de amor hacia los semejantes que jamás haremos realidad. Como diría un psicólogo, David hace pasaje al acto. Y en el proceso nos hace quedar a todos un poquito peor que antes de comenzar el libro.

En lo que es la frase pivot de la novela, Hornby hace decir a David las siguientes palabras:

-Soy la pesadilla de cualquier progresista. Creo en todo lo que tú crees, pero yo voy a ponerlo en práctica.

G, joven colaborador de la empresa donde trabajo, se mostró muy entusiasta con respecto al argumento de este libro. G se autodefine como socialista y cree que su paso por esta compañía multinacional es sólo una escala temporal y necesaria para desarrollar su verdadera vocación, que creo entender no está en el amasar dinero. Confieso que muchas veces, el estoicismo de estos jóvenes comprometidos me genera una especie de tristeza, esa insoportable suficiencia del que ya estuvo ahí y sabe cómo terminará la historia (en la mayoría de los casos, con un aburguesamiento tan paulatino que es difícil identificar su lenta invasión de los ideales)

Sin embargo, esta vez algo en la mirada de G, su brillo quizás, me dio la pauta de que algo había encendido una pequeña llama.

Terminada la conversación sobre libros, cada cual regresó a su trabajo, pero a la media hora o menos G se acercó a mi escritorio y me dijo:

-Ya está.

-¿Ya está qué?

-Acabo de hablar con mi novia. Vamos a ir a alfabetizar a una villa.

De pronto, tuve unos deseos inmensos de volver a tener veinte años. Y no por la piel firme, o las tetas paradas, o la vida nocturna. No por la frivolidad de los bailes ni el goce de los romances inaugurales y efímeros. Simplemente por ese impulso vital de creer aún que todo es posible, ese idealismo que, lejos de lo que muchos creen al hacerse grandes, nada tiene de estéril ni de ingenuo, sino que muchas veces es el motor que impulsa procesos históricos imparables. Tuve unas ganas terribles de abandonar mi comodidad burguesa, incluso esa concepción “gourmet” de la vida de la cual tanto me jacto cuando prefiero mis treintas a los veintes de los otros.

Por lo menos, fue un señor grande quien escribió esta gran novela irónica sobre la imposibilidad de ser realmente buenos.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Casualidades, Eugenia de Montijo y el efecto Carolina

AB, gran amigo y valor, ha dado en llamar “efecto Carolina” a un curioso fenómeno que según él le ocurre muy seguido, por el cual las “casualidades” (vamos a llamarlas así por el momento) siempre se le presentan de a pares. Ejemplo: visita a un paciente llamado Ferrari, y el siguiente que va a ver vive en la calle Ferrari. Le mencionan un determinado artista, y ese mismo día prende la tele y es a ese artista precisamente a quien ve. De esas tiene un montón.
Quizás, precisamente, porque yo soy una especie de racionalista abogado del diablo que insiste en explicar estos eventos mediante la ley de probabilidades y otras cosas la mar de complicadas, es que AB decidió bautizar el fenómeno con mi nombre.
Y a mí, desde que AB me ungió con ese honor, y a fuerza de ser honesta, se me empezaron a cruzar efectos Carolina a diestra y siniestra.
Pocos días después de haberle refutado cariñosamente alguno de estos sucesos, me pasó a mí misma de estar leyendo en un avión de aerolíneas Sol (avión marca Saab, por cierto) cuando resulta que en la novela de ocasión el protagonista sueco conduce un auto de igual marca. Sin terminar allí, me bajo del avión en Rosario y mi remise se ve atascado en un embotellamiento provocado por un camión…. marca Saab por supuesto.
Y como hace muy poco hablé del lazo invisible que parece unir a todos los libros que leo, por disparatada y caprichosa que sea la elección de los mismos, debo reconocer que el efecto Carolina se presenta con alarmante frecuencia cuando de lecturas se trata.
Ya he contado cómo, en muchísimas ocasiones, un libro que leo hace referencia a algún aspecto del anterior, sin que haya ninguna relación aparente entre ambos.
El último ejemplo me ocurrió hoy mismo, mientras leía “Pisando los Talones” de Henning Mankell, libro que compré ayer y estoy leyendo en simultáneo con una biografía de Eugenia de Montijo (leer dos o más libros en simultáneo es síntoma inequívoco de labilidad psiquiátrica en mi caso). En uno de los pasajes, dice Eugenia a un enamoradísimo Conde de Feuillet, refiriéndose a su monótona vida en la corte: “Casi se podría poner en hora un reloj al ver lo que yo estoy haciendo”. Y hoy –en realidad hace unos años, cuando Mankell dio vida a su maravilloso inspector Wallander, le hizo decir respecto a un colega policía recientemente asesinado:
-(…) ¿Qué era lo que solían decir de él..? Que se podía poner el reloj en hora con sólo ver lo que estaba haciendo. Era muy estricto en sus horarios.
Ya lo sé, la frase no desborda originalidad, pero aún así, las probabilidades de que apareciera en dos libros sucesivos que elegí en circunstancias –y lugares- tan distintos, lo eleva a la categoría de efecto Carolina sin dudarlo.
Los desafío a que empiecen a contar la cantidad de veces que aparece el efecto Carolina en sus vidas, a ver si AB puede darle visos de seriedad reuniendo una muestra representativa, y de ese modo sacia mi sed inacabable de empirismo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Flora


Resulta que a Alejandra Pizarnik, de niña, le decían Blímele (vendría a ser florcita, o capullito, en yiddish), porque su primer nombre era Flora.
Hace unos meses soñé que tenía una beba y la llamaba Flora. De pronto, el nombre algo anticuado tuvo todo el sentido del mundo: me gusta la botánica, amo las flores, antes de mis jaquecas terribles cierro los ojos y puedo ver imágenes de estampados floreados –que por algún motivo quedaron ahí, imbricados entre la corteza visual y el sistema límbico- a cual más hermoso. Y Flora empezó a ser entonces un nombre genial, desplazando incluso a Anais, que era el que originalmente habíamos soñado con P para una eventual hija mujer.
Descubrir ahora que una de mis poetisas favoritas también llevó ese nombre, no deja de tener su encanto. Es una de esas “rimas” de las que hablaba Paul Auster refiriéndose a las casualidades que no llegan a ser impresionantes pero aún así nos conmueven de algún modo.

La dulzura de los diminutivos en yiddish (que mis abuelos habían extrapolado a casi toda palabra cariñosa, llamándome incluso muñécale o dúlcele), es uno de los recuerdos más hermosos que tengo de mi infancia. Méidele, que quiere decir nenita, o Shéindele (hermosita) eran mis preferidos.

¿Algún día existirá Blímele para mí?

lunes, 16 de agosto de 2010

Nada -o los libros que llegan por azar

El otro día volvía a contar a un siempre asombrado P, mi azarosa relación con los libros y el heterodoxo método que empleo a veces para elegirlos. Últimamente soy habitué de una librería de viejo que está sobre la Avenida Santa Fe- desde afuera no es nada prometedora pero su interior resulta una fuente inagotable de hallazgos literarios. Resulta que en esta librería sigo aplicando una de las técnicas que más me gusta a la hora de elegir lectura, que es básicamente dejarme llevar por el libro-objeto: por su forma, olor, cubierta, colores, y muy importante aún, tipografía. En segundo lugar suelo dar crédito a la ubicación dentro de la librería e incluso del estante. Este método no ha dejado nunca de darme satisfacciones y hasta sucesos no del todo despojados de cierta mística, como verme conducida a una secuencia de libros o autores conectados entre sí, cuando la selección había sido del todo caprichosa y librada al azar. Casi nunca, debo reconocerlo, me falló este tipo de elección.
De más está decir que la mayoría de las veces entro a una librería sabiendo lo que quiero y eligiéndolo a consciencia, pero hay momentos lunares en los cuales dejo que los libros me elijan a mí. Y ahí están ellos, ofreciéndose desde sus portadas coloridas, o insinuándose medio escondidos en una pila de ejemplares comprados a un buhonero, todavía sin clasificar, sin precio, sin sector asignado dentro de la librería.
Mi último hallazgo gracias a esta manía mía fue la española Carmen Laforet. Por poco dinero, pude hacerme del volumen I de sus obras completas (el II jamás apareció, lo cual no le quita cierto encanto), una hermosa edición de papel de biblia de esas que se hacían antes, con bordes dorados y tapa de cuero.
La primera novela corta, Nada, me la devoré en dos noches. Luego habría de enterarme de lo importante que fue esta obra como una voz que se alzaba en la España de los años cuarenta, pero fue bueno leerla libre de todo prejuicio, sin saber si era una novela sin gran importancia o un premio literario de las ligas mayores.
La verdad es que aún sin saber nada de esta escritora, noté enseguida que estaba en presencia de una especie de Emily Bronte de las letras españolas. El ambiente lúgubre, opresivo, dentro del cual florece el personaje femenino –que uno no puede dejar de pensar autobiográfico-, recuerda en gran medida a Cumbres Borrascosas, incluso en lo sombrío del antihéroe que gravita como un centro de atracción y repulsión a la vez. No falta tampoco el elemento bohemio, surrealista, representado en el castillo derruido donde un grupo de artistas locos tienen su buhardilla.
Como me suele pasar, después de terminada la novelita busqué la biografía de la autora. Efectivamente se trata de una escritora muy respetada, de gran prestigio sobre todo en la inmediata posguerra, cuando a pesar de su juventud se hizo con muchos premios importantes de la literatura hispana.
Me decepcionó un poco que hubiera muerto de Alzheimer a sus largos noventas. Casi podía ver venir que, como tantas de mi cenáculo literario, se hubiera suicidado (hubo una época en la cual casi sin excepción toda escritora que me fascinaba era suicida y/o bisexual). Sin embargo, Carmen Laforet abandonó este mundo en la placidez de ya no recordar nada y, seguramente, el aburrimiento que debió darle un poco el extenderse tanto en la vida.
Su foto recuerda vagamente a Sylvia Plath y su nombre tiene reminiscencias arbóreas (“el bosque”). Todo muy apropiado para la estación.

sábado, 14 de agosto de 2010

El Socialismo de los Imbéciles

Estoy definitivamente podrida. Harta, de toda hartedad. Harta de que la mediocridad y la ignorancia sigan manifestándose con tanta vigencia.
Para que esto se entienda quizás debería comenzar por explicar que soy judía. Probablemente quienes leen este blog lo saben. A pesar de que soy atea, agnóstica, casi podríamos decir que enemiga de todo pensamiento religioso o místico, mi identidad sigue siendo judía (más que nada porque el judaísmo, lejos de ser solamente una religión, es también un pueblo y todo aquello que lo conglomera: tradiciones, cultura, lengua, fiestas, historia, herencia, identidad)
Soy judía pero hay muchas cosas (mi apellido equívoco, mi pinta de “turca” –aunque en Israel parezca definitivamente israelí-, mi aparente desinterés por la faceta religiosa del tema) que hacen que quienes me rodean tarden en darse cuenta de que lo soy. El tema, digamos, no aparece a menos de que la conversación por allí derive; es decir, no suelo sacarlo espontáneamente.
Pero cuando el tema sale, finalmente, en un porcentaje alarmantemente alto para mi desconcierto, suele dejar en evidencia un solapado antisemitismo que mis interlocutores no se esfuerzan en disfrazar, dado que ni sospechan que soy judía.
A ver si se entiende: estoy podrida, harta de toda hartedad, de tener que desilusionarme tarde o temprano de personas que empiezan pareciendo normales pero en algún momento sueltan el comentario obligado de antisemita Light. Y de que encima lo hagan con gesto canchero, esperando mi aprobación o mi complicidad. Harta de toda hartedad de que muchas afinidades aparentes (por ejemplo, cierta pertenencia a lo que podríamos llamar la centroizquierda) me terminen poniendo enfrente de personas que, lejos de ser afines, se despachan con el comentario antisionista de turno. Ya lo dijo August Bebel (pope de socialismo) antes que yo: el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles. Y el antisionismo vendría a ser la forma políticamente correcta de ser antisemita estos días. Es lo que permite a muchos racistas no confesos liberar su miedo, su ignorancia, su cortedad de miras. Estoy harta, también, de toda hartedad, de quienes dicen abrazar la causa palestina y no saben ni siquiera de dónde vienen los palestinos, qué reclaman, cuál es el background histórico, con qué se come la baclawa. Les basta con saber que del lado opuesto hay algún que otro judío. Y digo algún que otro, porque a esta altura parece que también hay que salir a aclarar que no todos los judíos, no todos los sionistas siquiera, adherimos con las políticas externas del gobierno de turno. Que la mayoría de los judíos, para no hablar de los israelíes, sólo añoran la paz y un escenario en el cual vivir en Medio Oriente no sea muerte ni exclusión para ninguna de las partes.
Estoy podrida de decepcionarme, de que el mismo numerito se repita al punto de que si no me siguiera indignando, me aburriría espantosamente.
Antes quizás me gastaba en aclarar. En instruir, en polemizar, en explicar lo obvio. Ahora ni para eso me da. Simplemente me doy vuelta, me encojo de hombros y sigo mi camino. Me lamento, claro, de que una persona más sea víctima de un pensamiento tan simplificador y corto. Pero me alcanza con lo que sé. Ya no necesito defender lo evidente de las embestidas del desconocimiento y la intolerancia.
Sólo deseo un interlocutor instruido, bienintencionado, sin rencor, sin el miedo que da la ignorancia y con la riqueza que sí dan la curiosidad sana y la voluntad de convivir en armonía.
¿Será mucho pedir?

jueves, 12 de agosto de 2010

Genes & Jeans


El sábado pasado fuimos con P a ver a Noa. Noa (Achinoam Nini) es una cantante nacida en Israel y relativamente famosa en Europa (cantó con Serrat, Pavarotti, Sting y otros, e interpretó el tema de la película La Vida es Bella)
Sin embargo, lo valioso de Noa para mí no es solamente su talento musical –que lo tiene, y mucho. Noa, con su arte impregnado de la multiculturalidad que le dan sus raíces israelíes, norteamericanas y yemenitas, representa para mí ese desgarro eterno de que tus genes, tu historia, tu lugar de nacimiento y tu destino de elección no sean necesariamente el mismo punto geográfico.
Una de las canciones de Noa, que pinta esto de maravillas, se llama “Pinos” (Oranim, en hebreo); es un poema de Leah Goldberg al cual Gil Dor puso una hermosa música, y en su estribillo se resume el espíritu de la canción: “Recuerdo una montaña de pico nevado/Y una canción sonando en la radio/Mi amor/Crecí contigo/Pero mis raíces/Están a ambos lados del mar”
Cuando de jovencita soñé con crecer muy lejos de casa, esta canción me acompañó mucho. Y me consolaba cuando creía que probablemente iba a enamorarme de alguien que cantara y hablara en idioma extranjero (no terminó siendo así, como ocurre casi siempre con estas auto profecías)
En la canción que da título a su último disco, Genes and Jeans, Noa dice que a pesar de querer encajar en su nuevo hogar (la sociedad neoyorkina), nunca pudo evitar ir por la calle cantando en la lengua de su madre (yemenita). Y a muchos nos pasa algo así. Nos vestimos con la cultura del lugar al cual, un poquito azarosamente, arribaron nuestros antepasados, pero hay siempre una voz que nos habla desde el pasado y no nos deja olvidar que hubo ancestros, que la sangre tira como se dice habitualmente, y que veinte generaciones difícilmente son borradas en veinte o treinta años.
Yo me di cuenta algo tardíamente que casi toda mi producción literaria y artística (que no es muy prolífica) está impregnada de mi herencia. Que necesité hablar de los orígenes, aunque sólo los conociera por cosas entredichas en yiddish, por viejos papeles y fotos, por contratos de matrimonio firmados en un remoto pueblito de Polonia al que nunca pude llegar.
Que todos necesitamos alguna vez hablar con la voz de nuestra madre.

Lo que sigue abajo es la letra de Genes and Jeans (inglés y hebreo en el original):


¿Puedo ponerme tus jeans?
¿Alguna vez me quedarán?
Creo que respiraré hondo y haré lo que pueda.

A veces quedan sueltos
A veces apretados
¿Alguna vez los ajustaré a mi gusto?

Hambrienta, hambrienta
Por pertenecer

¿Puedo ponerme tus genes?
Supongo que no tengo opción
Camino por las calles y canto
Con la voz de mi madre

Cuando llegas a este mundo
Húmedo, frío y asustado
Qué poco sabes
De lo que te verás forzado a ponerte

Cuando creces y cambias
Tus ojos se abren
Tratas en vano de metamorfosearte

Hambrienta, hambienta
Por pertenecer

Sei Yonah Weh Shimini
Bakinor Najany
(Escuchame paloma, vuela alto, toca tu violín)

Weh Pasachi Zamari Ran
Beshir Hitboneny
(Canta y baila, contempla la canción)

domingo, 8 de agosto de 2010

American Psycho

Cada tanto, nos enteramos no sin estupor de que algún loco del país del norte la emprendió a tiros contra un grupo de personas. No pocas veces se trata de adolescentes que en una tarde de ira se cargan a decenas de compañeritos de colegio para luego suicidarse. Hoy le tocó el turno a un empleado de una empresa cervecera que, convocado por sus jefes para ser sancionado, tuvo la precaución de asistir a la reunión con un arma automática. Lo que le dijeron sus superiores no debe haberle gustado nada ya que terminó matando a ocho compañeros y quitándose luego la vida.
Este tipo de sucesos me hace reflexionar sobre la imagen que los estadounidenses tienen de sí mismos, y de su concepto de seguridad y delincuencia. Más allá de que es un hecho innegable que los Estados Unidos manejan, sobre todo en algunos de sus estados más pobres, cifras alarmantes de lo que aquí llamamos “inseguridad” a secas (lo cual hace que sea muy curioso que los latinoamericanos pensemos que somos los que más delincuencia común ostentamos), el gran país del norte también tiene el triste privilegio de ser el top one en masacres perpetradas por algún loco (en general, víctima del mismo sistema que a los norteamericanos tanto les gusta identificar como modelo de libertad).
Es llamativo que lo que para cualquier estudiante secundario argentino es un rito de pasaje más o menos normal, por ejemplo, ser cargado por los más populares o que un maestro te boche repetidamente, para demasiados estadounidenses sea gatillo (nunca mejor denominado) de un brote psicótico que culmina en la matanza lisa y llana de los supuestos victimarios. Es curioso que en el mismo país donde asistimos a escenas tragicómicas como empleados aplaudiendo de pie la clausura de fábricas o empresas, que es el mismo donde tanto gustan de cantar el himno con la mano en el pecho, después surja tanto loco suelto que no soporta más la opresión del sistema.
Es oportuno decir que el grosero acceso a las armas que los ciudadanos promedio tienen en los Estados Unidos no es un detalle menor a considerar. Todos podemos tener un acceso de ira que nos haga fantasear con boletear a nuestro jefe pero si a eso se suma que de hecho tenemos a disposición una ametralladora… la hecatombe está mucho más cerca de materializarse.
Esto es sólo un ejemplo de lo que yo veo como una gran ceguera de la mayoría de los norteamericanos para aceptar que las mismas miserias y cortedades que tanto gustan de señalar en los países en desarrollo, surgen en el seno de su sociedad bajo formas terribles e insospechadas.
Muchos norteamericanos, por ejemplo, están convencidos de que los índices de corrupción de países como Argentina son un bochorno que en EEUU sería inaceptable. Esto lo sostienen sobre todo basados en conductas individuales que se popularizan como frecuentes, llámese adornar a un policía para que a uno no le hagan la boleta. Es verdad, digamos rápidamente, que el norteamericano tipo rara vez intentará sobornar a un policía. Tampoco son amigos de colarse en una fila de supermercado ni intentar obtener beneficios por amiguismo. No se les escucha mucho la frase “cómo lo podemos arreglar”. Sin embargo, en un país donde los sobres más gordos se pasan bajo la mesa para aprobar leyes, volar algunos países o invadir otros, lo de la boleta de tránsito parece, no lo neguemos, un hecho de corrupción bastante menor. Pero así les gusta vivir a los norteamericanos. Dejando que el árbol les tape, piadosamente, el bosque.
Con la misma inocencia rayana en bobería, ignoran militantemente la geografía y cultura básicas de cualquier país que no sean ellos mismos. No se trata de que sigan pensando que Buenos Aires es una provincia de Brasil. Se trata de que igualmente ignoran que Bélgica queda en Europa o que existió una Revolución Francesa.
Los locos asesinos de EEUU me provocan una morbosa fascinación. Ciudadanos modelo que un día explotan. Dones Nadie que una tarde cualquiera pasan a la posteridad por su furia desatada.
Los amigos y vecinos repiten frente a las cámaras que el loco era “una persona común y corriente”. Y lo más terrible es que eso es absolutamente cierto.

sábado, 24 de julio de 2010

La solidaridad cool

Hay figuras más o menos públicas que decidieron hacer de la solidaridad salame su estandarte. Aclaremos rápidamente que la mayoría de estos principitos conflictuados no tienen la más somera idea de cómo se genera el capital, de cuáles son las verdaderas razones de que haya tantos pobres para tan pocos ricos, y por ende son completamente incapaces de ver conexión alguna entre su deseo de comprarse unas aparatosas zapatillas último modelo cada semana y el hecho de que mucha otra gente no tenga ni para ojotas. No digo que debieran sentirse culpables, no. Lo único que necesito imperiosamente es que estos ejemplares dejen de hablar del “capitalismo feroz” cuando son parte esencial del mismo y no agarran un libro para esclarecerse ni de casualidad.
Para muchos de estos eternos adolescentes, la culpa de la pobreza la tienen “los gobiernos” (frecuentemente confunden los conceptos de gobierno, estado, y poder), y son incapaces de una visión del problema más global o sistemática.
La solución de onda entre quienes no soportan su dilema existencial es adherir a alguna organización no gubernamental o directamente ponerse su propia fundación para los despojados de este mundo (es la versión solidaria de “mi papá me puso el negocio”). Allí los vemos, después, desfilando insufribles por los programas de televisión, con la cejita temblando de angustia, diciendo pero no diciendo que realizan tareas solidarias (todos claman que lo hacen a las sombras pero por algún sospechoso motivo, todos nos terminamos enterando al detalle de sus actividades de beneficencia)
Es mi sensación que estos pavotes que ostentan fundaciones nunca le sonaron los mocos a un nene pobre en sus vidas. Tampoco creo que les den su celular a las mujeres golpeadas para que los llamen cuando necesiten charlar. La mayoría es más bien como Sting con el indio. Me muestro un poco con vos, te saco a pasear, dejo claro que me copa que te vistas como un zafarrancho, pero ahora, si te venís con reclamos un poco más complejos, de vuelta a la villa.
Con la misma contradicción, no es de sorprender que este tipo de preocupados crónicos después no pierdan el sueño por negrear a los técnicos de su propia productora o tirar a la mierda los CVs que esperanzados aspirantes a actor les dan en mano.
En el fondo, nuestras estrellitas solidarias piensan que lo mejor a lo que puede aspirar un pobre es a obtener una changuita decente o a llevar a sus hijos a un comedor comunitario con empapelado de winnie pooh. No creen que merezcan ganar fortunas, como ellos. No los veo haciendo grandes esfuerzos por el movimiento social ascendente. Los pobres les son funcionales así como están. Sino, ¿de qué hablarían con cara de pena cuando los invitan a lo de Mirta Legrand?
La cosa es tan simple como que ninguno de ellos tiene un amigo colectivero o gasista. Ninguno se casa con la chica sin dientes de la bailanta. Su sentido de lo top y lo cool permanece intacto. Y en ese micromundo, los pobres no entran. Se quedan afuera, viendo que se habla de ellos como de la última adquisición de moda.

lunes, 19 de julio de 2010

Mutis y la Expedición Botánica


¡Qué maravilla el libro Mutis y la Expedición Botánica! Me lo trajo P de Colombia, atento a mi predilección por los asuntos plantiles.
El librito es una recopilación de la obra ensayística de Mutis que, como era usual en las luminarias de su época, dominaba no una sino varias ramas de la ciencia y llegó a ser el astrónomo, médico y botánico de Fernando VI en la Nueva Granada. Hay interesantísimos pasajes sobre sus aportes en el conocimiento de la quina (equivalente a la canela de los holandeses, decía Mutis orgulloso, quedándose evidentemente corto en la analogía), su defensa de la teoría newtoniana que sorprende aún tan polémica en las postrimerías del siglo XVIII, sus arengas contra el desmonte –en lo que podríamos ver como un esbozo de la ecología moderna.
Mutis, también, fue estadista, y su participación en la independencia colombiana me sigue siendo esquiva ya que, contrariamente a lo que P creía al comprarlo, este libro casi no toca esa faceta suya. Me parecía intrigante conocer la forma en que una expedición botánica devino, eventualmente, en gesta libertaria.
No tiene desperdicio su ensayo “Observaciones sobre la vigilia y sueño de algunas plantas”. En él, Mutis registra con minuciosa precisión los cambios observados en distintos tipos de flores exóticas. Por supuesto, no tendría ninguna gracia describir que una cierta flor se abre y se cierra. Para Mutis, las exandras se despiertan, las triandras están en sueño, y todas ellas, a intervalos cíclicos, bostezan y se desperezan. No se trata de una licencia poética; es el lenguaje que utilizaban los botánicos para denominar los ciclos diurnos y nocturnos de las flores. Corolas, cálices y pistilos se despliegan y danzan en una descripción que no puede ser sino mágica.
La edición culmina con una serie de ilustraciones que el anciano dibujante de Mutis realizó en cada una de sus expediciones (el célebre botánico siguió hasta su muerte mendigando al rey y al virrey de turno más recursos, más erario, nuevos dibujantes que reemplazaran a los que iban muriendo, porque la selva y la foresta terminaban rápidamente con la vida de los expedicionarios, y Mutis no se resignaba a ver inconclusa la obra de toda su vida). Allí vemos por fin a las hermosas exandras y triandras plenamente abiertas, a la dracena en su esplendor rojo, a orquídeas azulinas, todas ellas retratadas con la fiebre de quienes las estaban contemplando por primera vez. La exuberancia americana deslumbraba a los ojos españoles, suecos, holandeses. Los aborígenes compartían el maravilloso secreto de la quina, el febrífugo universal. Mutis describía con increíble lucidez el paludismo, intuyendo que la humedad se le asociaba pero desconociendo aún que era el mosquito quien lo transmitía.
Esa ciencia tan preñada de poesía es la que vemos, finalmente, en las ilustraciones del viejo maestro dibujante. No es de extrañar que tanta belleza haya sido parte de un sueño de libertad.

sábado, 10 de julio de 2010

De cómo el embarazo produce reacciones en serie

No es por nada, me caen bárbaro y hasta creo que la mayoría debe ser gente muy talentosa, pero si leo otro blog referido a las peripecias de una pareja recientemente embarazada (llámese antojos, labilidad emocional, dudas sobre la paternidad, etc.), si veo una entrada más de título trillado, me corto las venas con una tira de Evatest. Lo digo en serio.

domingo, 20 de junio de 2010

Diferencias Irreconciliables

Hay momentos en la vida para ser contemplativo. Conciliador, polite, considerado, aún al punto de tolerar cosas que no resultan evidentes o justas. Son probablemente aquellos momentos en los cuales uno está formando su personalidad y con ella el entorno, el círculo vital que lo identifica y define, y se considera que la aceptación del prójimo implica, siempre, concesiones no del todo fáciles.
Felizmente, sin embargo, hay un momento en el cual decir “no” comienza a ser una de las alternativas naturales. Cuando la eventual pérdida (de amistades, de prestigio, de seguridad) termina siendo menos deletérea que la pérdida de la identidad y lo que nos costó adquirirla. En el medio, diría, existe un limbo en el cual aún se debaten de manera heroica nuestra esencia y nuestro deber. También el deseo de ser amado juega algún tipo de papel en estos entuertos.
Cuando uno madura, empieza a pagar ese precio que es a la vez incómodo y liberador: poder negarse a lo que ya no lo colma. Si bien nunca se deja de transar en la vida, hay claramente una bisagra a partir de la cual aparecen más permisos para declinar cortésmente y hacer la de uno, sin reparar en las consecuencias.
Puede que duela un poco al principio, pero perder ese miedo es algo que uno se debe a sí mismo, pueda entenderse en su momento o no.

viernes, 18 de junio de 2010

El Pasado II

Como es natural, yo no era la misma persona a mis veinte años. Probablemente hubiera ya una estructura, un esqueleto común, la psique en ciernes. La esencia humana abriéndose paso en ese mar de posibilidades, quizás. Pero lo periférico termina ganando siempre tanto peso, que es difícil establecer a ciencia cierta si lo adquirido le gana a lo constitutivo o es al revés.
Como sea, en ocasiones hay hechos cristalizados del pasado que sin previo aviso se le presentan al que es uno hoy. No sé si hay tantas paradojas como ésta en la cual uno termina enfrentándose a cosas que hizo el que fue hace muchos años.
Y entonces, inevitablemente, uno compara, sopesa, se asombra de la cantidad de agua que pasó debajo del puente y todos esos lugares comunes. Estoy en una edad en la cual aún se percibe con mucha perplejidad el paso de los años, el abandono de la infancia y la adolescencia; la adultez es un hecho consumado que no obstante se acepta con cierto recelo. Pasará un tiempo antes de que se establezca definitivamente todo aquello como el “pasado”. Probablemente esta perplejidad de lugar a la resignación o la melancolía, pero al parecer todavía no me llega la hora para ese pasaje.
Por eso los personajes de mi pasado, los que me conocieron en ese tiempo que está a la vez tan lejos y tan cerca, me provocan una sensación ambivalente. Una gran curiosidad me une a ellos, porque son de alguna manera el espejo donde mirar algo de lo que fui, mi yo interpretado por el caprichoso idioma de sus recuerdos. Pero también algo de rechazo, de otredad, una necesidad de aclararles que ya no soy ésa, que aprendí muchísimo, que me gané con esfuerzo el aplomo que me dan mis treinta y cuatro años.

(Treinta y cuatro es una expresión extraña aún para mí. No es difícil creer que me voy a despertar mañana para descubrir que todo fue un largo sueño, que la vida continúa a los dieciocho, que los que llamo fantasmas me rodean aún de pleno derecho.)

martes, 8 de junio de 2010

Dublinesca


Me gusta mucho Vila Matas pero en este libro tuve la constante sensación de algo que no acababa de desarrollarse. Por ahí, ahora que lo pienso, esa era la idea. Por ahí Vila Matas es uno de esos escritores que no necesitan disfrazar sus intenciones, que no abusan del eufemismo ni la doble línea. Sus paralelismos con el Ulises no son sutiles ni un guiño gourmet al selecto público joyceano; más bien, cualquier estudiante secundario los advierte al instante. Podríamos decir que, como es un autor de culto, le importa un carajo cumplir con los rituales de los autores de culto.
Súbitamente recuerdo cómo llego Vila Matas a mi vida: le hice caso a Bolaño porque me parecía imposible que alguien de su talla pudiera equivocarse en sus recomendaciones. Bolaño hizo, incluso, que leyera a Alan Pauls –aunque sigo sin terminar de entender por qué figura entre los diez o quince privilegiados del ángel trasandino. Es que como Bolaño es un autor de culto, no le hiere la reputación el manifestar de vez en cuando una predilección incorrecta.
Como sea, Dublinesca nunca terminó de ponerme en clima. No empaticé demasiado con Riba; en el fondo yo hubiera querido que se pareciese más a Vila Matas o a lo que yo me imagino que Vila Matas es. No me conmovió el funeral de la era gutenberg con el Bloomsday como trasfondo. Demasiado. Sin embargo, me pareció un libro bellísimo. Cómo explicarlo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Colonia


Hay lugares que, no sé cómo demonios, quedan asociados para siempre a un cúmulo de cosas muy difíciles de desarticular.
Para mí Colonia es lo siguiente: días de sol capturados en color sepia, perros callejeros con nombres ingleses, “La Balada del Alamo Carolina” de Haroldo Conti leída en las tres horas de viaje en el buquebus lento, una noche narcótica yendo a comer muertos de hambre a un restaurante que tardó horas en hacer un arroz y lo trajo con un insecto en la decoración de albahaca, un frío tremendo que no obstante no impidió jamás salir a recorrer por enésima vez las calles empedradas, la lágrima de Beltrán, el exceso irresistible del dulce de leche de crema, la habitación del Virrey con su cama interminable, pero por sobre todas las cosas, el olor de las leñas quemándose, al punto de que dondequiera que esté en el mundo, donde una leña se quema hay olor a Colonia para mí.

viernes, 21 de mayo de 2010

Todos los días es el Día de la Misantropía

Cuando algo malo te ocurre las reacciones ajenas son de lo más curiosas.
Están, por supuesto y para arrancar con un poco de fe en la raza humana, los que te quieren ayudar genuinamente, te aportan consejos o una visión superadora que quizás no pudiste ver, y los que se ponen a tu entera disposición haciéndote sentir que podés confiar en ellos para lo que sea. No pocas veces, se trata de personas que no componen tu círculo más íntimo y te muestran de esta forma que probablemente deberían. Por lo general la amistad sale mucho más fortalecida luego de estas instancias.
También están, lamento decir y entrando ya de lleno en terreno cenagoso, aquellos a quienes se les nota demasiado que la desgracia ajena los excita, los eleva un poquito de la mediocridad en la que viven inmersos y de la que sólo sienten que pueden emerger si los demás se hunden con respecto a ellos.
Están los que “huelen la sangre”, gente que normalmente no te da demasiada pelota pero ante la mínima señal de adversidad se hacen presentes, indagando, queriendo saber el detalle morboso, los plazos, categorías y alternativas menores de tu pesar; son los amarillistas que hay en todo grupo humano, los que no conocen la discreción ni el buen gusto. Nunca te llaman tantas veces a la semana como en los momentos en los cuales es probable que te pegues un tiro. Sin embargo, no te disuaden sino que por lo general te dejan con más ganas.
Tristemente y para finalizar, también están los que tienen un talento enorme para borrarse justo cuando uno más los necesita. Los que están demasiado acostumbrados a ser los escuchados o contenidos, y sencillamente no se hallan o no les interesa demasiado el rol de escuchador. Son los que no comprenden que toda relación medianamente sana tiene que poseer ambos componentes, que los roles estancos no son buenos para ninguna dinámica de grupo. Estos ejemplares huyen cuando te llega el turno de hacer catarsis a vos. Cumplen con los rituales establecidos, o sea, te manifiestan con cara de preocupados que están para lo que necesites, pero a la larga siempre son cuestiones bastante más baladíes de su propia vida las que les impiden cumplir con tan solemne promesa.
Hoy es un día gris. El filtro de emociones en contra de la naturaleza humana no funciona a un cien por cien.

viernes, 14 de mayo de 2010

The Scientist (esos inglesitos de Coldplay)

Vengo a verte, a decirte que lo siento
No sabés lo encantadora que estás

Tuve que encontrarte
Decirte que te necesitaba
Decirte que te elijo

Contame tus secretos
Haceme tus preguntas
Volvamos al comienzo

Corriendo en círculos
Las mentes en una ciencia aparte

Nadie dijo que era fácil
Es tan triste que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al comienzo

Solo estaba adivinando
Números y figuras
Desarmando tus rompecabezas

Las preguntas de la ciencia
La ciencia y el progreso
No hablan tan alto como mi corazón

Decime que me amás
Volvé y perseguime
Y yo correré hacia el comienzo

Corriendo en círculos
Mordiéndonos las colas
Y volviendo tal como somos

Nadie dijo que era fácil
Es una pena que nos separemos
Nadie dijo que era fácil
Nadie dijo nunca que sería tan difícil

Llevame de vuelta al principio

miércoles, 12 de mayo de 2010

El Museo de Einstein en Princeton, o cómo estar y no estar en un mismo lugar

En Princeton no queda demasiado rastro de Albert Einstein.
A pesar de que el eminente físico pasó allí más de veinte años, y engalanó la universidad con sus lecciones, es poco el legado que se ofrece al turista interesado en él.
Por una parte, si bien la casa en donde vivió está absolutamente identificada, por expreso pedido del científico no se la puede visitar y jamás tendrá carácter de museo. Tengo entendido que ahora vive allí una vieja, quien respeta a rajatabla la última voluntad de Einstein y se niega a abrirle la puerta a los curiosos. Por otra parte, parece ser que ha existido hasta no hace mucho un Museo de Einstein sobre la Avenida Nassau, que vendría a ser la arteria principal de la ciudadela de Princeton. Los mapas muestran el punto en donde deberíamos encontrarlo con asombrosa exactitud: una flecha entre dos comercios montados sobre un edificio más propio de Nueva Inglaterra, de fachada de ladrillos y vistosas escaleras de incendio. Uno llega hasta ese punto para descubrir que sólo hay una puerta, cerrada para más datos, sin ninguna señal de que alguna vez hubo allí algo parecido a un sitio turístico. Es inevitable ir del mapa a la puerta y de la puerta al mapa con perplejidad de autómata. Finalmente la evidencia cae por su propio peso: haya existido alguna vez o no, está claro que no hay allí ningún museo de Einstein y que la misma gente que puede recomendarte sin dudarlo diez lugares distintos para comer, es incapaz de precisar si es que hubo algo ahí que rememorase al visitante más ilustre de la ciudad.
El panorama dentro del campus de la universidad, bellísimo como pocos, es parecido: los nombres de los pabellones se deben a quienes donaron el dinero para construirlos, no a los maestros que iluminaron las aulas con su genio.
Un anciano de la zona da, finalmente, con la clave. Me dice entre risas misteriosas, a mí, una turista desconcertada con su mapa en la mano, que probablemente Einstein nunca hubiera querido que encontremos su museo. Esas cosas que tiene la relatividad.

jueves, 1 de abril de 2010

El Antisemita Simpaticón

Ya mucha gente antes que yo habló alguna vez del antisemitismo. No voy a explayarme aquí sobre eso, primero porque me aburre y segundo porque lo mismo no llegaré a ninguna conclusión razonable. El fenómeno que me genera una malsana curiosidad, a decir verdad, es el antisemitismo simpático. Hay una franja importante de personas cuya corrección política le impide, en condiciones normales, expedirse abiertamente en contra de la existencia de los judíos. Pero como dice la pensadora contemporánea Ana María Casanova, todo lo que entra debe salir, y por eso los antisemitas simpáticos suelen aliviar su necesidad de antisemitear mediante chistes, indirectas y chascarrillos de salón.
Hace ya mucho tiempo, dije una vez a un amigo algo perplejo que el antisemitismo ideológico me es más comprensible que el antisemitismo idiota. Quiero decir: los dos son hijos de la ignorancia, la inseguridad, el miedo y otras terribles falencias del discriminador, pero así y todo entiendo más la locura de quien se sostiene por una ideología y no por lo que le repitieron generaciones de tíos borrachos en la mesa de los domingos.
La mayoría de los discriminadores simpáticos se sintió alguna vez amenazado por la inteligencia, la prosperidad o la mera buena suerte de algún judío de ocasión. Sin que haga falta aclarar que hay inteligentes, ricos y suertudos en todas las etnias, me atrevo a afirmar que cuando se trata de un gentil, la cosa no reviste nada más que visos anecdóticos. Los judíos, en cambio, para los antisemitas light, son en el fondo culpables de alguna componenda turbia para llegar adonde llegaron.
El antisemita simpático es más que nada proclive a los chistes sobre la condición supuestamente avara del judío. No pocas veces, es el simpático quien termina pidiendo plata que jamás devolverá o abandonando el recinto sin dejar propina, pero como no hay ancestros que lo incriminen, el desliz pasa sin pena ni gloria.
Este travieso exponente de nuestra sociedad suele aclarar muy rápidamente, cuando las hordas tolerantes se le imponen, que sus dudas y prevenciones van por el lado del “judío-judío” (llámese el barbudo comerciante de Once), y no las personas “normales”. A los que no parecen judíos les perdonan la vida, deshaciéndose incluso en elogios del estilo de, lisa y llanamente, “no parecés judío”, como si el judaísmo fuera algún tipo de marca de nacimiento (en mis años de vida jamás vi un pueblo más multifacético ni heterogéneo, pero los antisemitas son expertos de la antropometría)
El antisemita simpático, cuando está tranquilo y la vida le sonríe, se permite ciertas bonachonadas como alabar la “comida típica” de los judíos (¡los judíos comemos pizza y espaghetis hace siglos, por dios!!!), aunque muy a menudo confunden los kebabs árabes con el guefilte fish y no tienen la más mísera idea de los alimentos prohibidos por cashrut.
Otra característica del antisemita encubierto es que suele invertir los cargos, aduciendo que son los judíos quienes se auto discriminan. Aparentemente, preferir casarse según afinidades culturales y religiosas es una afrenta personal para esta gente que sin embargo no parece estar haciendo cola para fundirse en dulce montón con judíos. Les molesta que los judíos tengan sus propios clubes, sus propias escuelas y hasta su propia radio. Debe ser que se mueren de ganas de que sus hijos también aprendan hebreo o de que en FM100 pasen música klezmer. Y bueno, entonces que llamen y lo pidan para los cuarenta principales, ¿no?