jueves, 2 de junio de 2011

El Juguetero Fiel


Hace unos días fui a comprarle un juguete a mi hijo, en una especie de consuelo por las vacunas del ingreso escolar. Fuimos a la juguetería de siempre, nada del otro mundo, pero bastante grande y podríamos decir popular en el barrio.
Estaba en la caja a punto de pagar cuando entró a la juguetería un chico de unos ocho años, sucio a más no poder. Toda su facha decía a gritos pobre, cartonero, mendicante, o sea, la clase de descastados que los comerciantes suelen echar a escobazos de sus locales. El chiquito preguntó si había algo para él y el encargado, como si fuera un ritual que estaba habituado a realizar, se fue al fondo y volvió con dos cajas de juguetes que le entregó al niño. Eran juguetes nuevos, relucientes, normales. No eran saldos ni estaban rotos. No sé, quizás tuvieran alguna falla que impedía su venta, pero me parece anecdótico; la cuestión es que eran juguetes totalmente dignos (por supuesto mi hijo los miró con evidente codicia).
El chiquito se fue de lo más contento con sus chiches nuevos y a mí me llenó esa especie de fe en la raza humana que no se puede describir; o sea, no pudo ser euforia ni alegría porque la sola existencia de ese pibito mal vestido lo impide, pero se pareció bastante a un alivio, a una reafirmación de que a veces vemos y recordamos los malos gestos por una suerte de memoria selectiva misantrópica. Ese juguetero, probablemente sin saberlo, barrió de un plumazo ese concepto pequeñoburgués, garca y sobrado de sí mismo de que la gente pobre sólo puede aspirar a polenta y ropa usada, que no tiene derecho a desear también lo banal y lo prescindible: juguetes sin usar, zapatillas lindas, direct TV. Ese juguetero, que podría dejar los juguetes en la vereda para que los pobres se maten revolviendo una bolsa sucia, los guarda y seguramente ya es conocido entre los niños cartoneros por ser “el que da”.
Como ya dije alguna vez, el que se llena la boca enseñando al resto qué está bien dar y qué no (“plata no doy, porque se la gastan en vino”), en un noventa y nueve por ciento de los casos no da nunca nada, esa es la cruda verdad. Sólo se siente un poco más moral por enunciar esa clase de iluminaciones.
Mi juguetero –el acto casual que le ví protagonizar me fidelizó, obviamente- hizo honor a una canción de Vivencia que me gustaba de chica y decía algo así:
“Y mientras los niños sufren/los juguetes se preguntan/con tantos niños afuera/¿qué hacemos en la vidriera?”

miércoles, 18 de mayo de 2011

Tejido Blando


A veces, la literatura produce luminarias como Antonio Muñoz Molina. Inclasificables, por cierto, si es que se puede establecer algún tipo de serie o categorías dentro de los escritores.

Muñoz Molina es uno de esos autores que la gente suele llamar “de raza”, queriendo decir que hay algo innato, una madera, que no se sueña con adquirir si no se vino al mundo hecho de ella.

De su último gran libro, La Noche de los Tiempos, no voy a hablar (aún) porque recién comienzo a leerlo.

Quería decir, en cambio, que unas semanas antes de acometer su extensa última obra, lo vi por casualidad en un reportaje que le hizo Osvaldo Quiroga en su programa de televisión, “El Refugio de la Cultura”. Yo no recordaba con precisión la cara de Muñoz Molina, y para más desconcierto no tiene lo que se podría considerar un típico acento español, por lo cual estuve un buen rato disfrutando de este reporteado “anónimo” sin atreverme a pensar que se trataba, ni más ni menos, que del autor de Sefarad.

No es que “El Refugio…” no sea un foro prestigioso, de hecho lo es y su conductor debe contarse entre los más meritorios para ocupar el lugar de entrevistador de artistas, pero la realidad es que era algo inverosímil esto de ver una figura de la talla de Muñoz Molina (nos guste o no, el mundo los mide por su eficacia a la hora de escribir pero también por la cantidad y la fama de los premios recibidos) en un programa de modesto rating y fuera del prime time. No voy a entrar en disquisiciones acerca de la sencillez que este gesto le inferiría; honestamente, la humildad nunca se contó entre las cualidades que yo espere o celebre de un escritor y nada me importa menos que la humildad o su falta, sobre todo en personas que tienen tantas razones para sentirse importantes.

Lo que me fascinó de este reportaje de tan bajo perfil, fue en primer lugar el clima intimista que se generó (digámoslo como es: por más susurrante que se ponga, Jesús Quinteros nunca logrará sonar “intimista” si a quien está entrevistando es a Antonio Banderas y Melanie Griffith y las preguntas versan sobre su vida sexual); las cosas la mar de interesantes que iban surgiendo entre este escritor increíble y su idóneo preguntador, la cantidad de ideas bellas que se desplegaron.

Interpelado Muñoz Molina sobre esa característica tan suya de dotar a las páginas de un relieve, de unas descripciones tan minuciosas que hacen que el lector no sólo comprenda e imagine sino también huela, oiga, toque, él se limitó a decir algo así como que (desearía poder ser textual, aunque mi memoria no me lo permitirá cabalmente) este nivel de detalle era algo que ponía en práctica para conjurar una de las características más crueles del paso del tiempo, la cual es precisamente ir borrando el recuerdo fino, el perfume, la pluma en un sombrero, el sonido de un tren pasando por la calle de siempre; y utilizó para ello una preciosa metáfora: estas minucias son el tejido blando sobre el gran esqueleto que es el recuerdo, y como tal están condenadas a no permanecer, a evaporarse en favor de un concepto más general de la memoria, que es lo que queda finalmente.

El trabajo que hace Muñoz Molina por conservar ese tejido blando es realmente loable. El no estuvo, y nosotros no estuvimos, pero podemos de pronto sentirnos en esa Madrid de los años treinta, alienada, que lanzó a los hijos contra los padres y expulsó a tantos, entre ellos al protagonista de la novela.

Mil páginas de memoria en maravilloso estado de conservación.

sábado, 14 de mayo de 2011

Shoah

Vuelvo sobre el libro de Lanzmann, que me tuvo absorta en un mundo aparte durante todos estos días que duró su lectura. Aclaro, ya que este post nació largo en mi cabeza, que probablemente vaya a aburrir o hastiar a quienes “están hartos del tema del Holocausto” (especie de la que ya hablé en algún otro post). Es más, a partir de ahora no me voy a referir al Holocausto sino a la Shoah, término más adecuado –aunque siempre insuficiente- para lo que denomina.

Con el libro de Lanzmann, volvieron a mí decenas de recuerdos, reflexiones y sentires nacidos en su gran mayoría durante los días de mi temprana juventud en los cuales milité concienzuda e intensamente en lo que podríamos llamar “la memoria de la Shoah”. Se trata de un trabajo arduo, sostenido sobre intangibles tales como los recuerdos, los testimonios, la sensación de cierta responsabilidad de transmisión. Aunque abandoné esas lides hace tiempo, sigo admirando a los jóvenes, adolescentes incluso, que hacen suya esta responsabilidad y la llevan al acto como si para ellos fuera secundario el hecho de que más de sesenta años los separan de ese instante en la historia. No conozco muchos más casos así de reivindicación de la memoria ancestral, si puede llamársele de esa manera, aunque sé que la colectividad armenia vive algo parecido y sus jóvenes llevan la antorcha del recuerdo del genocidio que los devastó, a ellos, a su tiempo.

Iba a decir que mi debut en las filas de los “holocaustólogos”, como nos llamábamos irónicamente, ocurrió en mis tempranos veinte, en la preparación de lo que sería mi primera “Marcha por la Vida” (anécdota que abordaré en un instante), pero inmediatamente comprendí que en realidad este viaje hacia el pasado ocurre, casi en todo chico judío, cuando muy tempranamente en la infancia comienza a interpretar ciertos relatos de sus abuelos o sus padres –dependiendo de la generación-, ciertos silencios incluso, algunas conversaciones susurradas y que se detenían abruptamente cuando llegaban los niños, unos nombres de parientes que quedaron en Europa, quién sabe si vivos o muertos, conductas especiales frente a la comida, la oscuridad, el dinero, todas ellas achacadas a algo inasible para nosotros y que se llamaba genéricamente “la guerra”.

Como sea, más allá de este bautismo tácito que experimentábamos en nuestras casas, los holocaustólogos teníamos en común una cosa muy concreta: todos habíamos decidido que ya no alcanzaba con haber leído todos los libros, visto todas las películas o haber escuchado cien veces reproducidos los testimonios de los sobrevivientes: queríamos estar allí. En lo que sería un debate nunca zanjado entre las generaciones post-Shoah, nos debatíamos entre la postura del “no-lugar” (término semiológico atribuido a Auschwitz), o sea a la noción de que lo que había ocurrido era tan inefable que no importaba verlo en persona o no, y la necesidad casi física de ver esos lugares, de reconocer a los viejos en los jóvenes. Paradójicamente, no eran los campos lo que más llamaba nuestra atención sino los pueblitos (los shtétl), los guettos, la vida judía de la peri guerra.

Estar finalmente allí, debo decirlo, no es un detalle menor. Hay una razón y un propósito en que sitios tan tenebrosos como Auschwitz-Birkenau se hayan “museificado” (hay quienes se oponen a esto, por ejemplo el propio Lanzmann, quien identifica esta conversión en museo con cierta hollywoodización de la muerte). No me pregunten por qué, pero sin embargo es necesario poder identificar los íconos y los lugares, cerrar el círculo con la verificación ocular (que no es sólo ocular, porque los sitios de la Shoah tienen aún un olor particular que se contradice con el paso de los años).

Recuerdo la decepción de muchos de mis compañeros de viaje, incluida yo, cuando arribados al célebre campo de Treblinka donde muchos de nuestros propios familiares perdieron la vida, descubrimos que nada salvo unas simbólicas piedras quedaba allí para atestiguar el terrible pasado. Echamos en falta las barracas, las vías, y, ay, las cámaras de gas y los crematorios. Veníamos de la experiencia de Auschwitz donde todo ha sido puesto para la consideración del visitante, desde toneladas de cabello hasta piernas ortopédicas, lentes, maletas y juguetes de los niños exterminados, y esta austeridad de Treblinka nos dejaba fríos, como si no fuera posible sentir a la Shoah en toda su dimensión si faltaban los elementos narrativos básicos.

También recuerdo ahora, súbitamente, la tristeza de J.P., encantadora chica platense, cuando descubrió que la barraca donde pasaba las noches su abuelo sobreviviente en Auschwitz había sido desmantelada. En el ícono del campo-muestra por excelencia, quiso el azar que esa barraca en particular fuera convertida en otra cosa, por lo cual no sirvió de nada la memoria detallista del abuelo de J.P., que recordaba el número y la localización exacta de su infierno personal dentro del inmenso campo. La ausencia de esta barraca pudo más que la imagen devastadora de los hornos y las cámaras de gas, y J.P. se quebró cuando comprendió que nunca vería ese recuerdo al que su abuelo había quedado tan sujeto.

Otra imagen que se me viene es la de P.S., quien tuvo un acceso de nervios y llanto a la salida del campo de Majdanek, uno de los más espantosos por su estado de conservación (es el único en toda Polonia donde aún están, intactas, las falsas duchas por las cuales salía el Zyklon B), cuando se le presentó en toda su abstracción una inmensa pira circular de unos diez metros de diámetro llena de las cenizas encontradas en los hornos del campo. Este monumento, contundente como pocos, es eficaz a la hora de transmitir la magnitud del genocidio. El viento no disemina las cenizas, que permanecen en muda montaña dentro de la tumba circular.

Mi experiencia personal en los escenarios de la muerte es, también, caprichosa e inesperada. Puede decirse que toleré bastante bien el tour por los sitios iconográficos de la Shoah; no es que no me afectara pero, de alguna manera, lo que me generaba era del orden de lo esperable, del desasosiego que anticipaba sentir. Sin embargo, hubo un lugar donde sentí que mi resistencia me abandonaba: ese lugar se llama Tykochin y es un pequeño pueblito, igual a tantos otros en la periferia polaca, aunque especial ya que en él se han conservado muchos elementos de la vida judía de preguerra: un hermoso templo con vitreaux (donde entramos, al principio con cauteloso respeto, y terminamos bailando espontáneamente tomados de los brazos un improvisado rikud), casitas con las marcas de las mezuzot en las puertas y otros rastros de que alguna vez hubo vida judía allí. Las personas que habitan hoy Tykochin, probablemente descendientes de quienes se apropiaron de las viviendas, se replegaron dentro de las casas y de pronto pareció que transitábamos un pueblo fantasma: ojos adivinados escrutándonos detrás de las cortinas, ni un alma en las calles.

Ya en Tykochin, fuimos llevados a un bosquecito cercano donde la población entera del shtetl fue fusilada y enterrada en una enorme fosa común que previamente fueron obligados a cavar. Allí, en ese bosque en apariencia inofensivo y agreste, donde sólo el canto de los pájaros se dejaba oír, me oprimió una angustia y un pánico tan grandes que tuve que salir de allí de inmediato. Ni siquiera estábamos seguros de hallarnos en el exacto punto donde yacía la fosa común, pero no me importó: algo tremendo me expulsaba de ahí con más violencia que de las barracas inmundas de Birkenau.

Años más tarde, descubrí gracias a un restaurador de la historia de los judíos de Polonia y Bielorrusia (J.S., para quien traduje durante largos días y noches un libro memorial de la región Pruzhany-Bereza) que la familia de mi abuela fue exterminada en un bosque como ese, no muy lejos de allí, llamado Brona Gura. El modus operandi fue el mismo: hombres, mujeres y niños llevados al corazón del bosque y obligados a cavar un pozo donde ellos mismos habrían de caer.

No pude evitar darme cuenta de que esa información genética corría en mis venas, probablemente alimentada por cosas dichas a medias por mi abuela, calladas y adivinadas, porque el lenguaje de los recuerdos traumáticos atraviesa todas las formas posibles de comunicación.

A nuestro paso por los campos de la muerte, nos topábamos con los “mitos de los campos”, esas historias terribles aunque verosímiles dentro del entorno espectral en el cual se supone ocurrieron. No las reproduciré aquí ya que, anónimas y siniestras como son, nada aportan al conocimiento de la verdad.

Mi otra experiencia axial en los campos ocurrió en Auschwitz-Birkenau: apenas traspasado el límite entre ambos campos (límite que significaba, en la mayoría de los casos, el pasaje desde los trabajos forzados a la muerte), esperábamos el inicio de un acto en conmemoración de Iom Hashoah, cuando vimos aparecer a lo lejos un grupo de polacos, ancianos en su mayoría, con pancartas que no podíamos entender. Primero se mantuvieron respetuosamente a un lado, y pude ver que algunos carteles estaban escritos en inglés y decían frases del estilo “We love you people of Israel”. Finalmente, algunas de estas personas se acercaron a nosotros y comenzaron a hablarnos. La que se acercó a mí era una mujer de unos sesenta años, de expresivos ojos azules, quien comenzó a hablarme en una mezcla incomprensible de polaco e inglés, con algunas palabras hebreas salpicadas aquí y allá (“shalom”); su verborragia era casi incontenible, y mientras me hablaba, tomaba mis manos con algo parecido a la ansiedad, me besaba y me abrazaba. Puede entenderse mi estupor ya que hasta entonces, el escaso contacto con los polacos no había sido muy auspicioso (créase o no, sesenta años después de la ocupación alemana, algunos nos recibían haciendo el saludo nazi o ponían música de rock a todo volumen para boicotear el Kaddish de los actos conmemorativos). Esta polaca, sin embargo, parecía amistosa, y cuando finalmente empecé a comprender algo de su argot, me di cuenta de que estaba intentando contarme que su padre también había perecido en ese campo, que era un preso político comunista, y lo habían enviado a morir allí. Tomándome de la mano, me obligó a acompañarla al interior de una de las barracas-museo, y allí por un corredor interminable tapizado a ambos lados por retratos y más retratos de los prisioneros que habían pasado por Auschwitz-Birkenau. Yo ya había visto esa hilera de rostros y no me había detenido porque, como puede inferirse, todos los rostros se ven iguales luego del rapado, la inanición y el gorro de prisionero. Esta mujer, sin embargo, supo exactamente frente a cuál detenerse –en una ceremonia que habría hecho cientos de veces en todos esos años- y con gesto decidido me mostró, al fin, la foto de su padre asesinado: una cara prisionera más, indistinguible para mí de las otras, única entre miles para ella. Confieso que esos ojos sepia a los que miré de frente me hablaron con más elocuencia que cualquier otro rastro de la vida humana en los campos de la muerte. Los ojos de un joven hombre católico, alistado en la resistencia, que habría enfrentado la muerte con iguales dosis de perplejidad y determinación.

Nuestros viajes a Polonia y Alemania están llenos de momentos como éstos, preñados de significado, pero hay algo más que casi invariablemente ocurre cuando uno visita estos solares, algo difícil de explicar, que no puedo sino describir como la patente sensación de una fuerte presencia que de pronto se ha ido. Es, como lo he dicho en algún cuento que escribí, el canto del pueblo exterminado, que no termina de callarse porque han quedado, a pesar de muchos, huellas por todas partes. A veces es sólo un silencio donde antaño funcionó una próspera casa de estudios jasídicos. Otras veces es la llanura yerta, interminable, por donde uno sabe que pasaron caravanas de miles y miles de personas, movilizadas del ghetto a la exterminación. Es la valija –una entre miles- que se ve en una vitrina de Auschwitz y perteneció a la niña Anna Frank. O las casas vacías en lo que fue el ghetto de Varsovia, en especial el muro de Mila 18, centro del épico levantamiento que lideró un joven de sólo veintitrés años.

Hace poco, y varios años después de mi última visita a estos parajes desolados, visité el Jewish Museum de la ciudad de Nueva York. La muestra permanente es preciosa, llena de reliquias que datan de los albores de la cultura israelita. Hay, por supuesto, una sala dedicada al recuerdo de la Shoah; es, según me han contado, una muestra cambiante donde artistas jóvenes plasman su visión de la tragedia. El día que yo fui, la muestra incluía una instalación de George Segal, una serie de estatuas de yeso a escala humana, completamente blancas, recostadas en el piso como cadáveres recientes sorprendidos en un último gesto de humanidad: si se miraba con detalle, podía verse la estela de una dinámica en las figuras: el pliegue de una túnica, una mujer tomando la mano de un niño yaciente a su lado. Había algo que recordaba vagamente a las figuras petrificadas de Pompeya, eternizadas por el Vesubio en sus gestos banales. La instalación, rezaba el cartelito, había sido creada a partir de modelos vivos a quienes se les pidió que se acostaran en el suelo e imaginaran que era la escena de su propia muerte.

Esta instalación me hizo llorar, larga y sostenidamente. Primero con timidez –estaba sola en el museo- luego con abiertos sollozos, para qué negarlo. Mi asombro ante mis propias lágrimas y su carácter incontenible fue mayúsculo. Yo era una heroína de Marcha por la Vida, había visto la muerte in situ, pero me estaba quebrando por unas figuras de yeso de arte moderno.

Es que la melancolía del pueblo exterminado se colaba también a través de ellos, caminaba a mi lado, resignificando la música klezmer que se oye por doquier en Nueva York y me produce melancolía desde antes de comprender que, allí donde suena un clarinete, es el murmullo del bosque lo que sigo escuchando cuando la música ya se ha apagado.


George Segal (The Holocaust)

viernes, 6 de mayo de 2011

La liebre de la Patagonia




No puedo esperar a terminar el libro de Claude Lanzmann para reseñarlo aquí…
Autobiográfico pero increíblemente novelado en su trama (es indudable que su vida superó en muchos aspectos lo impredecible de la ficción), es difícil hacerlo a un lado para seguir con la vida cotidiana y dejar de escuchar su relato envolvente y necesario.
Claude Lanzmann era, en mi imaginario –injustamente- sólo el creador de ese monstruo cinematográfico que fue Shoah, y de manera secundaria quizás Tsahal.
Yo desconocía de manera increíble sus avatares junto a las grandes luminarias del siglo XX europeo. Lanzmann nombra, igual que a satélites, a las bestias de su época: Cocteau, Deleuze, Hyppolite, y por supuesto Sartre y Simone de Beauvoir. Tiene, en común con mis caros Anais Nin y Henry Miller, ese privilegio absolutamente personal de haber vivido rodeado de personas que no por brillantes dejaron de estarle a la altura.
Lanzmann sobrevivió a la guerra y puede decirse que su vida estuvo muchas veces a punto de ser segada. Militó con la resistencia francesa comunista, se atrevió a dirigir seminarios sobre el antisemitismo en la Alemania nazi y formó parte de convoyes que lanzaban bombas caseras contra las SS. Y sin embargo, dice él mismo, siempre adoleció de esa “cobardía” que supone no ser consciente de lo que está en juego, no terminar de entender que es la vida misma lo que puede perderse ante un paso en falso.
Ya en los tempranos cincuenta asistió con una especie de fascinación no exenta de idealismo al naciente Estado de Israel. Lanzmann nunca hizo aliá pero en muchos aspectos siempre se sintió un sionista.
El libro comienza con un fragmento estremecedor de “La liebre dorada” de Silvina Ocampo. Las referencias a esta Argentina aparecen más de una vez –no solo en el título- en apariencia aleatoriamente, “(…) acababa de ver una liebre de la Patagonia, animal mágico, y de pronto toda la Patagonia entera me traspasó el corazón con la certeza de nuestra común presencia. Cien vidas que viviera no me agotarían nunca.”
Los hermanos de Lanzmann también hicieron sus lides en la literatura y el cine. Evélyne Rey, su bella hermana menor, fue una actriz de culto en su época, y dirigió un documental sobre las mujeres tunecinas. Se suicidó a sus treinta y seis años; dejó solo tres cartas, una de las cuales era para Claude y la otra para Jean Paul Sartre, de quien estuvo profundamente enamorada.
Dijo Lanzmann en referencia a su muerte:
“El suicidio de mi hermana me había devastado, pensaba que en adelante y de manera permanente tendría que vivir bajo la sombra de su muerte. Sería una forma de fidelidad. Una amiga de Sartre que había sufrido grandes desgracias, Claude Day, me dijo una vez: “Se equivoca, acabará olvidando, la vida siempre se impone.” Tenía razón. Y no la tenía. No he olvidado nada, y he vivido. Pero noviembre no me sienta bien, es el mes de la muerte de Evelyne y también lo es de mi nacimiento.”
Lanzmann no sólo vivió sino que dejó enormes, hercúleos films, con un afán poco disimulado de registrarlo todo, de que ningún tesimonio o gesto sea olvidado. Su libro de quinientas páginas es producto de esta misma materia hecha de memoria.

lunes, 25 de abril de 2011

Quedeshim Quedeshot

Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté
con una en Cádiz bellísima
y no supe de mi horóscopo hasta
mucho después cuando el Mediterráneo me empezó a exigir
más y más oleaje; remando
hacia atrás llegué casi exhausto a la
duodécima centuria: todo era blanco, las aves,
el océano, el amanecer era blanco.

Pertenezco al Templo, me dijo: soy Templo. No hay
puta, pensé, que no diga palabras

del tamaño de esa complacencia. 50 dólares
por ir al otro Mundo, le contesté riendo; o nada.
50, o nada. Lloró
convulsa contra el espejo, pintó
encima con rouge y lágrimas un pez: -Pez,
acuérdate del pez.

Dijo alumbrándome con sus grandes ojos líquidos de

turquesa, y ahí mismo empezó a bailar en la alfombra el
rito completo; primero puso en el aire un disco de Babilonia y
le dio cuerda al catre, apagó las velas: el catre
sin duda era un gramófono milenario
por el esplendor de
la música; palomas,
de repente aparecieron palomas.

Todo eso por cierto en la desnudez más desnuda con

su pelo rojizo y esos zapatos verdes, altos, que la
esculpían marmórea y sacra como
cuando la rifaron en Tiro entre las otras lobas
del puerto, o en Cartago
donde fue bailarina con derecho a sábana a los
quince; todo eso.

Pero ahora, ay, hablando en prosa se

entenderá que tanto
espectáculo angélico hizo de golpe crisis en mi
espinazo, y lascivo y
seminal la violé en su éxtasis como
si eso no fuera un templo sino un prostíbulo, la
besé áspero, la
lastimé y ella igual me
besó en un exceso de pétalos, nos
manchamos gozosos, ardimos a grandes llamaradas
Cádiz adentro en la noche ronca en un
aceite de hombre y de mujer que no está escrito
en alfabeto púnico alguno, si la imaginación de la
imaginación me alcanza.

Qedeshím qedeshóth*, personaja, teóloga

loca, bronce, aullido
de bronce, ni Agustín

de Hipona que también fue liviano y
pecador en Africa hubiera
hurtado por una noche el cuerpo a la
diáfana fenicia. Yo
pecador me confieso a Dios.

* En fenicio: cortesana del templo.

domingo, 24 de abril de 2011

Cuando Callan los Patos

Anoche fui a ver la obra donde actúa mi amigo M., “Cuando callan los patos”, de Lautaro Metral. En realidad decir que actúa es una generalización, porque cada uno de los cinco intérpretes es un performer: todos ellos actúan, cantan y se expresan corporalmente en un continuum de una hora que deja agotados (en el buen sentido) tanto a espectadores como a protagonistas.

El primer tramo de la obra es caótico, absurdo llevado al límite; sin embargo, no es anárquico y nada parece puesto en su lugar de casualidad. Hay un caos deliberado, que ignoro si pretende pero logra eficazmente colocar al que asiste en un lugar de optimización de los sentidos, de máxima alerta. Todos estiramos los cuellos a la espera de captar cada palabra –cada una de ellas está preñada de significado- y de la apofanía que está siempre por ocurrir.

La obra transcurre en una especie de basural surrealista; puede que estemos en una Buenos Aires futurista donde todo ha sido destruido y unos pocos personajes delirantes son los custodios de lo que queda por recordar, de las señales del pasado y una memoria fragmentaria pero sistemática. Sabemos indudablemente que estamos en Argentina por referencias inequívocas que estremecen al espectador: Malvinas, radicales, picana. No obstante, el mundo entero podría estar retratado en esta escenografía devastada y en estos personajes que se aferran a la memoria de lo que fue. Los patos y su canto son lo que queda. Y si se callan los patos, el apocalipsis parece ser inevitable.

Los momentos musicales están muy logrados, todos ellos cantan maravillosamente, en especial la joven intérprete femenina (digna sucesora de una madre cantante y un padre músico) La banda en vivo hace una gran diferencia, y es muy acertado que estén allí formando parte de la escena, con esas ropas que los hacen casi indistinguibles de un preso común o un internado de hospicio.

Mi amiga S. y yo nos fuimos con la sensación de haberlos visto antes, a todos, en algún pabellón psiquiátrico. Fueron por un instante un déja vu de esa locura digna, que parece estar reivindicando algo poderoso desde su delirio monomaníaco. Eran los mismos locos, aunque investidos del arte, la música y la poesía.

domingo, 17 de abril de 2011

Hay un lobo en mí


Vivió en Bedburg (Alemania) en el siglo XVI un hombre llamado Peter Stubbe, quien pasó a la fama por ser uno de los más célebres casos de licantropía descritos jamás. Colaboraron con esto el hecho de que el juicio celebrado que culminó con su condena a muerte quedara registrado por escrito casi en su totalidad, gracias a lo cual hoy sabemos de qué fue acusado y cuáles crímenes confesó.

La historia conocida de este hombre-lobo comienza alrededor de 1560 cuando una serie de espantosos homicidios son perpetrados en el tranquilo pueblo de Bedburg. Las víctimas, niñas en su mayoría, aparecen asesinadas de las formas más espantosas en lo profundo del bosque.

Casi inmediatamente comienzan los reportes de una bestia feroz vislumbrada en la espesura del bosque, testimonios de personas que escaparon de milagro a sus garras y todo tipo de rituales destinados a conjurar la presencia de lo malvado. Como el lobo solía atacar a las víctimas con mordidas en el cuello, se puso en boga el uso de un collar de hierro que protegía de los ataques.

Se tardó bastante en identificar a Stubbe como el presunto autor de estos crímenes, pero lo que precipitó su fin fue el hecho de que una de las últimas víctimas fuera precisamente uno de sus hijos varones. Es de suponer que también ayudó el ánimo taciturno de Stubbe, su deformidad física, su aspecto huraño (las acusaciones de brujería o posesión demoníaca por entonces se valían de pruebas tanto o más endeble que esas).

Peter Sttube fue, entonces, llevado a juicio. Su larga y detallada confesión, seguramente incentivada con una primera visita al potro de tortura, da cuenta de más de veinte asesinatos, violaciones y canibalismo. Stubbe incluso satisfizo el ansia inquisidor de sus jueces ya que confesó tener dones diabólicos y sobrenaturales, como la posesión de un cinturón mágico que lo convertía en un “lobo voraz y devorador, fuerte y poderoso, con ojos grandes y alargados, que brillaban como tizones de carbón por la noche, una boca grande y ancha, con dientes muy afilados y crueles, un cuerpo fornido y garras poderosas”.

Stubbe fue condenado a una de las peores muertes imaginables: amarrado a la rueda, su carne fue arrancada con tenazas al rojo vivo, sus miembros cortados con un hacha y finalmente fue decapitado. Su hija Bell, por sospecha de haberse confabulado en las actividades infernales, fue ejecutada también.

En nuestros días, el delirio de licantropía es raro de ver y dio paso a otras formas más contemporáneas de la alienación. La locura suele acompañar los tiempos que corren y lo que en los siglos oscuros era la representación del mal (brujas, lobos, demonios), hoy se ve desplazado por alucinaciones del orden de lo tecnológico, lo extraterrestre o lo conspirativo.

En el Museo Británico descansan las fojas de lo que fuera el juicio a Peter Stubbe: viejos manuscritos y grabados que estremecen por su crueldad. El hombre lobo alemán jugó, hasta el final, el papel que su locura le dictaba y que la sociedad le exigía. Describió con lujo de detalles las instancias de su posesión y con esto dio a los habitantes de Bedburg exactamente la tranquilidad que esperaban: la de creer que atrocidades semejantes las cometen los monstruos, y no uno de nosotros.


jueves, 14 de abril de 2011

Paroles

Las palabras, dijo Saussure un día, tienen distintos niveles o capas: lo primero que las compone, la mínima unidad indivisible de sonido, es el fonema: aquel sonido que, puesto en el contexto de una palabra en lugar de otro fonema, puede cambiar su significado. Luego tenemos al morfema, el fragmento mínimo capaz de expresar significado. A su vez una palabra posee un significante (deficiente traducción al español del alemán “sinn”), que es la imagen acústica, y un significado, el concepto mental asociado a ese significante.

Lo malo fue que en su afán de encontrar rimas facilistas aquí y allá, uno de los padres del psicoanálisis decidió tomar estos conceptos tan caros a la lingüística y utilizarlos a favor de la perversa máquina de fallidos, actos inconscientes e impulsos voraces que el psicoanálisis insiste en ver hasta en el último de los mortales.

Hace poco una querida amiga que frecuentaba a una psicoanalista (hay que decir, en descargo de mi amiga, que la psicóloga en cuestión supo atemperar su psicoanalizidad lo suficiente como para que el derrape ocurriera sólo en dosis homeopáticas), tuvo que tolerar que esta secuaz de las pseudociencias le enrostrara nada menos que una mala elección en el nombre de su propia hija.

La hija de mi amiga es una dulzura de bebé, que no hace sino sonreír, y crece colmada por el amor de sus padres y sus hermanos. Sin embargo, para la acérrima fan de Lacan que resultó ser nuestra traviesa psicóloga de marras, había algo terrible, siniestro, en la relación de esta madre con su beba: la elección del nombre. Resulta que la beba se llama N., a causa de muchas cuestiones –todas ellas positivas y conmovedoras- como por ejemplo la existencia de una cantante israelí que se llama igual, el significado en hebreo de la palabra, y, la más simple, contundente e irrebatible de todas, la que de hecho hace que la mayoría de nosotros se decante por un nombre en especial: a los papás les encantó cómo sonaba.

Todo esto, para la lacaniana en cuestión, eran sólo detalles irrelevantes: lo importante para ella es que el nombre de la nena aludía fonéticamente a una negación, y por ende hubo sin dudas un factor terrible e indeseable en la elección de ese nombre.

Mi pobre amiga tuvo que soportar, en los interminables cuarenta minutos de la “sesión” (los psicoanalistas no tienen “consultas” como los médicos o los podólogos, sino que tienen “sesiones” como los espiritistas), que la licenciada le dijera sin miramientos que era menester usar el segundo nombre de la criatura, que el primero era una horrible negación del nombre del padre y que todos sabemos la catástrofe psicótica que se cierne sobre los pobres niños a los que esto les suceda.

La psicóloga, que evidentemente leyó mucho a Lacan y poco o nada a los semiólogos a quienes éste masacró, se limitó al morfema, o como mucho al significante, desmembrando un hermoso nombre en las unidades de significado funcionales a su delirante hipótesis.

Lo terrible, lo peligroso, en opinión de mi amiga –que además algo de la mente humana entiende, ya que es psiquiatra- es que este mismo discurso antojadizo y simplificador, esta rima sosa con la cual la psicóloga quedó satisfecha y pagada de sí misma, pudo haber hecho estragos en un paciente más lábil, ignorante o sensible. Para no hablar de uno que esté enfermo de la cabeza. Lo grave es que gente tan poco dotada como esta señora, capaz de crear un problema allí donde no existía y generar angustia cuando no la había, esté investida por un título universitario para tratar problemas de salud.

Me imagino el aquelarre de psicoanalistas, celebrando lo que ellos llaman la “supervisión” pero que no es sino un eterno morderse la propia cola donde gente de la misma casta se regodea en reiterados conceptos arcaicos y dogmáticos sin nunca preguntarse qué pasará allá afuera, qué estarán descubriendo los científicos, neurólogos, y biólogos evolucionistas mientras ellos se hacen la paja con textos de un siglo, cuánta agua habrá corrido en nada menos que cien años (¡una eternidad en lo que respecta a las ciencias de la salud!) y la verdad me da náuseas, me da tristeza que nadie detenga este sinsentido que pagan con años y dinero los pacientes rehenes y afligidos.

Por suerte, mientras tanto, N. sigue siendo una niña bella y feliz, y algún día estará orgullosa de su nombre, tan lleno de significados preciosos y ajenos a los delirios de la pseudociencia.

miércoles, 6 de abril de 2011

La Camara Lucida

Hace un tiempo que tengo en mente enmarcar mis “fotos viejas” y lucirlas en una pared de casa, engalanadas, sepias, anárquicamente distribuidas.

Cuando digo fotos viejas me refiero a fotos realmente viejas, de principios de siglo XX algunas de ellas, fotos posadas, graves, de fotógrafo de antaño.

Lo curioso fue que al hacer la selección de las fotografías, me encontré con otros documentos que dormían allí mismo y tienen no menos peso histórico que aquellas: los pasaportes de mis abuelos, sus pasajes de barco, los certificados de sanidad, notas de recomendación para un ignoto empleador que los esperaba en Argentina.

Dice una carta, escrita en francés, fechada el 20 de Agosto de 1928 en Vilna:

“Certifico por la presente que Monsieur Szloma L. ha trabajado en mis empresas de textil y en mis talleres de materia prima en Vilna (Polonia), como empleado luego del año 1919 y hasta el presente. Lo recomiendo como un joven serio, honesto y cumplidor, con mucha atención y celo en su trabajo. Monsieur L. parte a la Argentina. En razón de ello se extiende este certificado.” Israel Frenkel, Vilno, Polonia.

También hay ketubot (certificados de casamiento), postales y papelitos que serían intrascendentes si no fuera por la cantidad de años que tienen encima. En uno de ellos, alguien –probablemente mi entonces joven abuelo- escribió con letra temblorosa una dirección en la calle San Luis del barrio de Once, calle cuyo nombre no le debió ser menos extraño que a mí un ideograma oriental.

Hay, incluso, una fotografía tomada en lo que creo que es el Zoológico de Buenos Aires, donde, a un lado del grupo familiar engalanado de domingo, se ve claramente la figura de unos pies con zapatos oscuros, y sobre ellos una silueta borrosa y el esbozo de lo que parece una cara difuminada. En opinión de un escéptico fotógrafo amateur que conozco, un error de copiado; para los más fantasiosos a todas luces un fantasma.

Todas estas fotos tienen su singularidad, su propia historia que está hecha de luz y sombra más que de palabras, todos esos ojos que miraron a la cámara y ahora nos miran a nosotros para siempre, quietos y convulsos, idos pero siempre volviendo. Yo morí y sin embargo aquí estoy; soy la antepasada de Vilna y fui hermosa.