lunes, 21 de marzo de 2011

El Jardín Umbrío

Volví a Buenos Aires y me recibió una noticia triste. Digo, además de la obvia alegría de encontrarme de vuelta entre mis amores. La noticia tomó la forma de un mensaje de texto: I., el pequeño hijo de mi compañero de trabajo T.M., luego de una larga lucha desigual con una enfermedad grave, se fue de este mundo. Una de esas cosas que no pueden sino entristecer, más allá de cualquier vínculo que uno tuviera con los padres. En este caso en particular, mis compañeros y yo habíamos hecho carne esta lucha, la acompañábamos día a día, no sólo con compañía y plaquetas, sino con aliento, esperanza, sangre, miradas, palabras. Hoy siento que quizás le mentí todo el tiempo a T –sin quererlo-, cuando le decía con esa confianza ciega que su hijo pronto se repondría y todo aquello quedaría atrás, apenas como un mal sueño. Hoy siento que quizás le provoqué ese mal que hacemos sin querer, cuando olvidamos que alguien en estado desesperado cree cada cosa que decimos, se aferra a ella, sin importar cuánto tenga de verdad.

Como sea, el pequeñísimo I ya no está en este mundo. Sus padres son creyentes y saben que se fue a habitar otro lugar mejor donde ya no lo acosa ningún sufrimiento físico. Yo sólo le he dicho a T que desde mi agnosticismo (que es simplemente confesar no saber), en cambio sí creo fervientemente en lo que dijo el amigo Albert sobre esto de la ilusión que es el tiempo. Le dije también que según los físicos convencidos, hay serias posibilidades de que todos nos encontremos alguna vez –y siempre- en una especie de eterno retorno. Mi creencia lo reconfortó, le mostró que hay esperanza aún en el ateísmo.

Sin embargo, mientras yo puedo ponerme a desvariar sobre cuestiones metafísicas, T ya pasó a formar parte, de manera inexorable y definitiva, de ese ejército silencioso, sin nombre, homogéneo, de los que han perdido un hijo. Una circunstancia que los hermana como ninguna otra cosa, que hace que ninguno de nosotros pueda comprender su mirada sobre el mundo. Un día eran tan diferentes entre sí como puede serlo cualquiera de su vecino, y al día siguiente la desgracia los igualó, los hizo de una cofradía que de a ratos sonríe pero siempre está transitando el mismo jardín umbrío.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Chama viene a cenar


Durante su idílica estadía en Big Sur, uno de esos sorprendentes lugares injertados en los Estados Unidos, Henry Miller encontró una manera hermosa y –cuándo no- encantada de amenizar las cenas con sus hijos pequeños, Tony y Valentine. Henry Miller no era muy dado a mantener las clásicas conversaciones parentales y parece que se le estaba complicando lo de sostener la vida familiar lejos de la madre de los chicos.

Y fue entonces cuando decidió crear a Chama. Chama, de hecho, existía en realidad y era una niña de quien los pequeños Miller habían quedado totalmente prendados luego de una fugaz visita que les hiciera con su madre, tal vez una de esas artistas que llegaban a Big Sur a absorber algo del espíritu indómito de Henry Miller. Y Chama representaba, a los ojos silvestres de esos niños, la refinada vida de la ciudad, la amiga genial de Nueva York, dulce y a la vez inexpugnable, que los extasiaba con sus historias llenas de coches veloces y tiendas de ultramarinos.

La Chama de los cuentos de papá Miller comenzó siendo una chica citadina bastante corriente, porque estaba claro que a los niños les alcanzaba con que ella, en el relato, tomara el ascensor u ordenara unos pancakes sentada en la barra de una patisserie. Casi me los puedo imaginar, en ese entorno salvaje y bucólico que era Big Sur, abriendo los ojos de par en par ante la versión infantil de la crucifixión rosada. Bien pronto, el hilo argumental encaró los lunáticos caminos de Miller, y fue entonces que Chama comenzó a luchar contra los tugs o a atravesar aventuras en su módulo lunar que, claro, sólo estaba disponible en la gran manzana.

Todos los relatos comenzaban con Chama tomando el ascensor (cándidamente, la parte que más fascinaba a Tony y Val), para luego embarcarse en truncas peripecias locas en cuotas a la Scherezade. Henry Miller, virtuoso del relato, se las arreglaba para que su heroína llegase al clímax de la historia justo cuando era hora de irse a dormir.

Hace un tiempo, ideé una historieta ilustrada para entretener a mi pequeño hijo. Me imaginé que no podía haber nada mejor que aunar las cosas que más le gustan a cada niño y prepararle un cóctel con sus historias favoritas. Mi héroe iba a llamarse Inmanuel y tendría una mascota a definir (un animal no estrictamente doméstico). Mi folletín ya tenía bastantes capítulos delineados, bocetos incluso donde comprobé que era capaz de dibujar casi todas las expresiones faciales necesarias –asombro, alegría, temor, ira. Inmanuel, es triste decir, duerme el sueño de los justos, pese a que llegué a indagar bastante en la estructura del relato infantil, tomando como eje predilecto la de los cuentos de hadas, donde el elemento fantástico disruptivo puede utilizarse a discreción (es decir, nos permite salir de casi cualquier atolladero argumental sin que los niños vayan a protestar por ello ya que, como se sabe, ellos son maestros en la suspensión de la incredulidad)

Creo que Inmanuel nunca terminó de nacer porque inevitablemente lo comparé con las peripecias delirantes de Chama, a la que nunca podría alcanzar.

Ahora estoy macerando otra idea, surgida de la avidez sorpresiva de mi hijo por la mitología griega. En contra de todas mis predicciones, los mitos clásicos, con toda su inexorabilidad y su sed de sangre, lo cautivaron sin remedio. El desafío es encontrar la forma de contarle el trasfondo, esto de que al destino siempre se vuelve por caminos misteriosos e inefables, sin caer en las moralejas simplistas o en la admonición lisa y llana. Ahí ando, caminando por las calles aún un poco desconocidas para mí de la niñez y sus predilecciones, tratando de recordar esas cosas del cuento que me atrapaban a mí, ese momento en el cual el relatador tenía ya mi plena atención y nada, pero nada, podía arrancarme a la letanía de un cuento contado mil y una noches.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El aula iluminada


Hace ya muchísimos años, leyendo un libro que me fascinaba de niña, me topé con esta ilustración de un artículo sobre el método Montessori; mostraba un aula muy distinta a las que yo conocía con mis ocho o nueve años, iluminada por un sol que entraba a raudales, y los alumnos, cosa rara, no estaban sentados de frente a un maestro sino que se hallaban, podríamos decir, anárquicamente ubicados, aunque esto no pareciera ir en menoscabo de su concentración y empeño en el aprendizaje.

Recuerdo que esta imagen me dejó una fuerte impresión, una revelación de que había aulas así, diferentes e iluminadas, en algún lugar recóndito del mundo, tal vez Italia o los Alpes suizos.

Tantos años después, habiendo atravesado mi propia educación formal en todos sus niveles, me encontré nuevamente enfrentada a este tipo de disquisiciones porque resulta que ahora es mi hijo quien va a hacer su bautismo en las lides educativas, y de pronto el tema parece no ser tan banal ni antojadizo.

La realidad es que nunca estuve demasiado desvelada por la educación formal de Uri. Probablemente porque siempre intuí, basada en parte en mi propia experiencia, que hay cierta simiente de curiosidad y amor por el conocimiento que se planta en casa y que permanece ajena a lo que las escuelas nos puedan impartir. Sin embargo, saliendo de mi caso personal, el tema a nivel colectivo sí que me fascina y me preocupa, porque es evidente que la escuela viene a completar o incluso a suplir en muchos casos lo aprendido en el hogar, y es ahí donde puede haber una enorme diferencia entre enseñar una cosa o la otra, de una manera o de otra muy distinta.

Hoy en día, contraponiéndose a la educación clásica que sigue lanzando al mundo el grueso de los educandos, aparecen algunas otras corrientes, orientadas sobre todo a respetar la individualidad de los niños, inculcarles principios además de saberes, prepararlos para ciertos aspectos de la vida que no tienen que ver con lo académico, trastocar los preconceptos tan arraigados de que el docente es el impartidor de saber y los alumnos (sin-luz) son vasijas pasivas donde ese saber se irá a volcar…

Esta vuelta de página trajo consigo aparejados muchos excesos –a mi gusto- como el método Waldorf que, a nivel personal, me parece un poco un caprichito de ricos que temen que sus hijos no reciban la suficiente atención. Pero creo que, por suerte, la mayor parte de esta movida revolucionaria de la educación tiene propósitos muy nobles y objetivos muy útiles e interesantes.

Como siempre, lo que lo termina de convencer a uno es el tipo de gente que adhiere a uno u otro movimiento. Y la verdad, me gusta mucho más la gente afín a la educación progresista que a la tradicional. Me gustan más las cosas que los aglutinan, movilizan, emocionan. Me gustan más los sueños que proyectan en sus hijos, lo que los enorgullece de ellos, más cercano a que se conviertan en buenas personas antes que en abogados o médicos. Me gusta más que el deseo para un hijo sea que aprenda a ser solidario y creativo, y no la regla del nueve, por ejemplo, aunque estimo que eventualmente será más probable que el solidario aprenda la regla y no a la inversa.

Me gusta, por último, que los valores democráticos sean una cuestión presente y tangible en el aula, y no sólo una alocución que estamos obligados a dar.

De todo esto, obviamente, no era consciente hace unos años, cuando la fantasía era que a los hijos sólo les alcanza con la atención y el amor. Hoy, tengo una sensación muy tranquilizadora y a la vez nueva para mí, que es la de saber con certeza que elegí bien la educación que le tocará a mi hijo, que esa sensación cálida de la imagen de María Montessori vuelve a mí, por caminos misteriosos e insospechados.*


*Uri no concurrirá a una escuela Montessori. Se trata simplemente de una metáfora.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Fronteras

Me asombra a la vez que indigna la puntillosidad limítrofe con la cual ciertas personas funcionan a la hora de pensar en derechos humanos. Es decir, parece insensato que gente que dice estar preocupada por el acceso de los menos favorecidos a prestaciones básicas como la salud, la educación y la vivienda, se conviertan en fiscales de frontera a la hora de escandalizarse porque una persona X reciba asistencia en nuestro país.
De los reaccionarios de siempre, espero casi cualquier cosa. De los fachos que nunca faltan, no me sorprendo de escuchar barbaridades orientadas básicamente a la deshumanización de las personas de nivel socioeconómico bajo. Pero hay otro tipo de gente que francamente me decepciona al hacer este distingo entre, pongamos por caso, un formoseño y un boliviano. Se me ocurre que cuestiones sutiles y azarosas de lugar de nacimiento son las que se juegan, cuestiones, digo, poco importantes a la hora de decidir si un ser humano tiene o no derecho a querer parir en una salita de atención primaria, dormir bajo techo o recibir drogas para el HIV, aunque sea en un país distinto del que nació, si es que éste no puede proveérselo. Hay algo grave, oscuro, en que estos conceptos los vierta, por ejemplo, un colega médico (lo dicen muy a menudo), ya que en nuestro caso, además, viene habiendo un juramento hipocrático, una vocación idealmente, que debería hacernos sentir que es nuestro deber aliviar el sufrimiento sin antes pedir el DNI.
Lo más triste es que muchos de quienes piensan de esta manera, terminan no ocupándose particularmente de los derechos de nadie, ni argentino ni extranjero. Tampoco los veo del todo escandalizados si por casualidad se enteran de que un compañerito de su hijo en la escuela pública “progre” a la cual lo envían es australiano o italiano. Esas son cosas que forman parte del universo cool y no suelen cuestionarse.
Con los tristes acontecimientos de Villa Soldati, volvimos a presenciar la lamentable lucha de pobres contra pobres (entendible, por supuesto), siempre alimentada desde sectores más prósperos de la sociedad, que esperan que nuestros despojados autóctonos defiendan a capa y espada sus paupérrimas pertenencias en desmedro de los foráneos y sirvan así de funcionales fuerzas parapoliciales involuntarias.
Cuando estas cosas pasan, las frases que más resuenan son “boliviano de mierda”, en el peor de los casos, o en el “mejor”, una ridícula y falsa perorata sobre la necesidad de defender los recursos propios etc etc. Como si el verdadero enemigo fuera el indigente limítrofe y no el sistema que hace que haya tantos de ellos, aquí y allá.
La verdad es que repudio a esta falsa argentinidad, ese patriotismo de pacotilla que les sale a los que no se animan a manifestar su xenofobia con todas las galas. Si realmente es más tolerable ver morir de hambre o de enfermedades medievales a una persona que tuvo el azar de nacer del otro lado de la frontera, entonces hay algo que está muy mal en el corazón de los patriotas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Entomología II: el abducido por el mensaje-masa

En este último tiempo, a la par de que mucha gente se despabila del enojoso influjo que tienen sobre cada uno de nosotros los medios hegemónicos, otros se aferran, con curioso morbo, a la tozuda creencia en ellos, haciéndolos carne con fanatismo y resistiéndose a la evidencia como si se tratara de la peste.

Allí están ellos, haciendo propias frases trilladas del estilo “hoy en día salís y no sabés si volvés”, “hay que parar de robar”, aunque también “en la moto la carrocería es uno” , “a seguro se lo llevaron preso”, y “el público se renueva”.

Las estrellitas rutilantes de esta carne de cañón son, por supuesto, la sensación de inseguridad y en un modesto segundo lugar, la inflación y la supuesta corrupción generalizada de la clase política.

Estas personitas enemigas del razonamiento suelen ser bastante duras para el análisis de un contexto, ya no hablemos de abstracciones mayores como preferir la estadística a la sensación personal o los estudios científicos a lo que le pasó al cuñado.

Exhortados a justificar su opinión, suelen respaldarse por lo que vieron en la tele, lo que “se dice”, o la ambigüedad lisa y llana de la a esta altura famosa “sensación”. No podemos, por supuesto, pedirles que acepten la posibilidad de que una sensación sea precisamente eso, o sea, la evaluación subjetiva de una persona en particular.

Así como huyen de la estadística por considerarla siempre adulterada y tendenciosa, también subestiman de manera rampante la enorme influencia de la repetición, en los medios, de determinadas noticias. Parecen desconocer la simple verdad de que si un mismo hecho lo vemos replicado al infinito, es altamente probable que comencemos a creer, de forma no del todo consciente quizás, que se trata de más de un hecho o uno de mayor importancia del que tal vez tenga. El demoledor ejemplo de la Gripe A y su explosión en los medios no les hace mella, lo cual seguramente vaya a abonar la hipótesis de que cuando se echa a rodar una inexactitud, aunque luego se la retire, gran parte del daño ya está hecho. Muchos conceptos quedan irremediablemente enquistados en el imaginario público, a desdén de posteriores rectificaciones y vueltas de página.

Podemos decir que el mensaje oligopólico ha triunfado en estas personas, aunque por suerte sean más los que abandonan sus filas que los que pasan a nutrirlas.

No pocas veces, la respuesta que blanden estos seres, incluso con gesto de inteligencia, es que nosotros también nos dejamos seducir y convencer por 6,7,8. Con esto parecen condenar que a quienes pensamos de determinada manera nos guste identificarnos con, aunque sea, una módica parte de la caja boba. La diferencia clara que ellos parecen no ver, es que una cosa es que un programa tenga una línea editorial, y otra cosa muy distinta es que la tengan, al unísono, catorce canales, veintiún radios, dos señales de internet y tres diarios. Que en este último caso, real por desgracia, es más difícil ejercer la elección de apretar un botón y escuchar algo distinto. Y la otra diferencia, a mi juicio no menor, es que 6,7,8 les resulta intolerable no sólo por su contenido oficialista sino, y sobre todo, porque se compone de un panel de personas que podríamos definir como intelectuales. Aunque el programa sea deliberadamente “buena onda”, es insoslayable que también apunta a trasuntar pensamiento, análisis, política, y puedo entender que ese no sea el producto más entretenido a los ojos de nuestros amiguitos, más acostumbrados a los titulares extra-adjetivados de Clarín.

La última cosa que quisiera señalar de esta gente es que, por suerte para todos nosotros, rara vez se trata de interlocutores educados y sagaces. Lo más común es que sean personas que a duras penas pueden sostener una argumentación de dos minutos, quedándose enseguida sin letra, por la sencilla razón de que Clarín, FM100 y TN son su principal fuente de información, y esto es más grave desde el punto de vista educativo que ideológico. O sea, estamos frente a una raza reaccionaria a la vez que ignorante. ¿Qué me esperanza de ello? Que tal vez el día que agarren los libros, puedan empezar a producir pensamientos propios.

lunes, 29 de noviembre de 2010

LOCO EL, LOCA YO


Hoy, a la salida del dentista de niños, salimos con Uri a pasear por el centro. Arrancamos la travesía por Callao hacia Corrientes, a priori en busca de una heladería, aunque el modesto objetivo pronto devino en un verdadero paseo por la Buenos Aires nocturna. Pasamos por la Iglesia del Salvador y se me ocurrió de repente que mi hijo jamás visitó una iglesia (jamás visitó, de hecho, templo de ningún credo), y como mi recuerdo era que esta en particular era majestuosa, le pregunté si quería saber cómo era una iglesia por dentro. Entramos corriendo, pidiéndole permiso al celador que estaba por cerrar (yo ignoraba que las iglesias cerraran, es un hecho obvio pero de alguna manera uno esperaría que hubiera un servicio 24 hs para los fieles en apuros, que deben ser unos cuantos) y emergimos de pronto en la nave silenciosa, vacía, crujiente. La belleza de estos sitios suele ser sobrecogedora y Uri no fue ajeno a ese influjo. “Hay olor a madera, ¿no?”, le dije, y nos quedamos un rato en silencio. Uri por supuesto quería saber el propósito y significado de cada una de las cosas allí (las iglesias católicas están llenas de cosas, iconográficas como son), pero el apuro y sobre todo la ignorancia me hicieron terminar allí mismo la incursión en la casa de dios.

Como a Uri le gustó eso de meterse en lugares desconocidos y a punto de cerrar, acto seguido nos metimos en el Colegio del Salvador, al menos en el hall, que fue lo más lejos que la cara larga del portero me dejó llegar. Alcancé a explicarle a Uriel que se trataba de un colegio muy antiguo, algunas molduras, las palabras en latín, VIRTVS, LABOR.

El camino de salida estuvo lleno de preguntas sobre por qué él no podía ser católico para ir a un colegio así, o para creer en dios al menos (mi hijo, en gran parte debido a mi ateísmo, llegó a creer que por ser judíos nos privamos de festejar Navidad pero también Halloween, San Valentín, Thanksgiving y todas las buenas cosas que ve en la televisión. También suele adjudicar al judaísmo que nosotros le recemos al Ratón Pérez y no al Hada de los Dientes, deidad algo más glamorosa)

Calmada su angustia existencial (algo terrena, debo reconocer), tuve la fortuna de que a la siguiente cuadra hubiera, ahora sí, un colegio público, para más albricias uno ediliciamente hermoso, el Normal Superior Nro 9, y por ende demostrarle a Uri que para estudiar en algo parecido a Hogwarts no hace falta ser católico. El ambiente del colegio nocturno lo fascinó: adolescentes-adultos haciendo tiempo sentados en las escaleras centenarias, la austeridad digna del edificio que no se marchita de todo. Pedimos permiso para que viera, la ñata contra el vidrio, cómo era una clase de verdad en una escuela de “grandes”. Ahí estaba la profe pública, tan parecida a las que yo tuve en mis días, algo indolente, dejando que una cursada no muy numerosa charlara de espaldas a ella en relativo silencio. Salimos –en realidad salí- imbuida de un espíritu confortablemente laico.

La vuelta a casa en subte fue deliciosa. Alguien nos cedió el asiento y así fuimos, escuchando un auricular cada uno, a Michael Jackson (increíblemente, el nuevo ídolo de los niños de 5 años, que lo prefieren en su etapa negra), y Sheryl Crow.

Cuando llegamos a casa el gato Cuahutemoc se escapó a su isla favorita, el jardincito del vecino. Uriel sabe que el gato hace eso a veces y que en seguida vuelve. Sin embargo, con la tranquila fatalidad que suelen tener los niños, me miró y me dijo:

-Ya no tenemos gato.

Y lo llevé a dormir, como cada noche, queriéndolo más que a la mañana.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Entomología I: El Garca

Hay una especie de hombre- que por suerte no me cruzo muy a menudo- cuya condición de garca se le manifiesta por todos los poros del cuerpo. Hoy había uno en el mismo vagón del subte en el que iba yo. Era muy representativo de la especie: camisa desabotonada a medias, pecho peludo, alianza de oro. Cierto aire de autosuficiencia. Este garquita en particular, apenas se liberó un asiento contiguo, se abalanzó al mismo en lugar de darle paso a la chica que tenía al lado. Valga aclarar que para esta clase de garca las mujeres, sobre todo las que son lindas y seguras de sí mismas, representan una amenaza que intentan exorcizar con descortesía o agresión lisa y llana. El garquita, feliz con su módico triunfo de iniciar la jornada laboral sentando sus posaderas, desplegó el diario Clarín y se puso a hojearlo con concentración. No pude reprimir el pensamiento de que esa lectura era lo máximo a lo que su cabecita prehistórica podía aspirar.

Ya sentado, el garca me permitió una visión más detallada de sí. Está claro que, en el subte, la contemplación del prójimo es casi una obligación. Los minutos pasan, los espacios físicos se vulneran y no hay paisaje al cual mirar por la ventanilla. Así, pude notar que este garca cumplía una de las premisas casi inevitables de todo garca que es la calvicie incipiente. Las dos cosas, calvicie e incipiente, coexistían, haciendo honor a la descripción clásica de todo pelado a medias.

El garca también tenía los siguientes elementos distintivos de su casta: aparato tecnológico a la vista (en este caso puntual un iPod), reloj ridículo y camisa con logo tradicional.

El garca se bajó en Uruguay y no pude evitar pensármelo en alguna oficina cercana a Tribunales, jugando al estanciero con las módicas finanzas de la pyme que le paga el sueldo. Quizás a media tarde le manda un par de mensajes melosos pero dominantes a su novia porque, no lo olvidemos, cada uno de estos garcas tiene su complementaria, la chica bonita pero algo insegura que le perdona las groserías y hace que no se da cuenta de los desplantes.

Todas las mujeres hemos tenido alguna cita (fallida en el mejor de los casos) con un hombre de esta calaña, y las señales de alerta son que suele elegirte del menú sin que se lo pidas, te aburre con sus proezas deportivas o sus logros económicos, te recita el decálogo de lo que considera una relación ideal (dar cátedra con aire de superado es una de sus aficiones), y para finalizar trata de bajarle el tono a la atracción que le generás, solo para dejar en claro que tu superioridad en las lides amorosas no lo intimida. Esto, por lo general, no puede derivar en otra cosa que desdén o grosería.

El garca, para terminar, suele ser cagado a cuernos muy tempranamente en cualquier relación seria que emprenda. Por supuesto, para cuando esto ocurre él también engaña desde hace rato a su mujer con una secretaria o recepcionista, pero a diferencia de las suyas, la infidelidad de la mujer se le hace una afrenta intolerable y un signo de promiscuidad. Se queda solo, y lo volvés a ver un día en el subte, ya sin pelo y peleándose con el prójimo por el asiento más cercano.