
martes, 10 de febrero de 2009
Farolitos chinos
Estos días comprendí con cuánta vehemencia deberé alejarme de las figuras que poblaron mi infancia. Levar anclas, liberarme de la telaraña que se ve desde el primer aliento.
Supe en una misma semana cuán extraño era mi padre, a quien di una investidura falsa. R. diciéndome, como quien enuncia el pronóstico del tiempo: no es más que tu padre biológico. No sabe que padre es, desde hace mucho tiempo, el fantasma multiplicado de quien yo elegí que fuera. No existe ya por sí mismo; todo lo que he visto de él es ahora un boceto sobre el que pincelé la forma definitiva, la que me hiere de muerte. R. diciendo que mi madre en realidad conoció a mi padre por un anuncio en el periódico que sus propios padres publicaron para ella... diciéndome que montaron una dote para atraer a los candidatos. Y luego dejando de decir, como si ese silencio pudiera con todo lo demás. Yo escucho, incluso, el silencio. Me oigo, por ejemplo, a mí misma contando cuán cruel es un hogar en el cual todo ha sido arrasado. V. alienada, tan lejos de la realidad como yo nunca podría estarlo, porque, ¿qué mejor escudo contra la tristeza que la enajenación? En un sueño mío, V. camina a mi lado, súbitamente despertada de una larga fiebre, siendo ya la que siempre esperé que fuera. Serena y en paz volvía en sí, tornaba a su cuerpo el soplo que le correspondería, desperezándose entre sus plumas como una garza húmeda. En alguna dimensión ideal, esa V. existe y espera ser despertada. Sin embargo R. desconoce esta esfera soñada y trama la red de una V. que no es esa, que nunca podrá serlo. Luego R. se calla y cede su turno a C., quien cuenta que de niño su padre (y padre de mi madre también) le compró un Winco que su madre hizo añicos apenas entraron en la casa con el flamante regalo. Mi madre, para entonces, ya era una melancólica que se enfundaba en tres robes de chambre y no salía jamás a la calle. Yo soy hija de todo aquello. Por las noches, las figuras envolvían a mi madre y a sus padres traídos desde Europa por un buque llamado Royal Mail. Nada de eso existe ya, y casi da igual que nunca hubiera existido. Yo vivo en la crisálida que ellos tejieron desde hace siglos; tantos, que una nueva retina ciega creció bajo mis párpados y no respiro sino el polvo de las cosas, y todo se limita a una ilusión óptica que nadie más que yo puede ver. En este triste restaurante hay farolitos chinos como los que mi padre me regaló una vez, antes de la locura y la morfina o de que yo supiera lo que ambas irían a representar en nuestras vidas. Mi padre prolífico y extraviado. Mi hermana empuñando una improvisada varita mágica, girando una y otra vez, dueña de su enajenación. Mi madre un día con aquellas batas, mientras el sol entraba por la ventana y no germinaba aún el espiral que nos habría de reunir a todos. Un cambio en el aleteo de una mariposa y nada de esto habría sucedido, según reza la vieja alegoría. Necesito, por un instante, no escuchar estas voces incesantes, suspender los cinco sentidos que siempre están aniquilándome. (Licencia extraída de Fuego Fatuo)
Supe en una misma semana cuán extraño era mi padre, a quien di una investidura falsa. R. diciéndome, como quien enuncia el pronóstico del tiempo: no es más que tu padre biológico. No sabe que padre es, desde hace mucho tiempo, el fantasma multiplicado de quien yo elegí que fuera. No existe ya por sí mismo; todo lo que he visto de él es ahora un boceto sobre el que pincelé la forma definitiva, la que me hiere de muerte. R. diciendo que mi madre en realidad conoció a mi padre por un anuncio en el periódico que sus propios padres publicaron para ella... diciéndome que montaron una dote para atraer a los candidatos. Y luego dejando de decir, como si ese silencio pudiera con todo lo demás. Yo escucho, incluso, el silencio. Me oigo, por ejemplo, a mí misma contando cuán cruel es un hogar en el cual todo ha sido arrasado. V. alienada, tan lejos de la realidad como yo nunca podría estarlo, porque, ¿qué mejor escudo contra la tristeza que la enajenación? En un sueño mío, V. camina a mi lado, súbitamente despertada de una larga fiebre, siendo ya la que siempre esperé que fuera. Serena y en paz volvía en sí, tornaba a su cuerpo el soplo que le correspondería, desperezándose entre sus plumas como una garza húmeda. En alguna dimensión ideal, esa V. existe y espera ser despertada. Sin embargo R. desconoce esta esfera soñada y trama la red de una V. que no es esa, que nunca podrá serlo. Luego R. se calla y cede su turno a C., quien cuenta que de niño su padre (y padre de mi madre también) le compró un Winco que su madre hizo añicos apenas entraron en la casa con el flamante regalo. Mi madre, para entonces, ya era una melancólica que se enfundaba en tres robes de chambre y no salía jamás a la calle. Yo soy hija de todo aquello. Por las noches, las figuras envolvían a mi madre y a sus padres traídos desde Europa por un buque llamado Royal Mail. Nada de eso existe ya, y casi da igual que nunca hubiera existido. Yo vivo en la crisálida que ellos tejieron desde hace siglos; tantos, que una nueva retina ciega creció bajo mis párpados y no respiro sino el polvo de las cosas, y todo se limita a una ilusión óptica que nadie más que yo puede ver. En este triste restaurante hay farolitos chinos como los que mi padre me regaló una vez, antes de la locura y la morfina o de que yo supiera lo que ambas irían a representar en nuestras vidas. Mi padre prolífico y extraviado. Mi hermana empuñando una improvisada varita mágica, girando una y otra vez, dueña de su enajenación. Mi madre un día con aquellas batas, mientras el sol entraba por la ventana y no germinaba aún el espiral que nos habría de reunir a todos. Un cambio en el aleteo de una mariposa y nada de esto habría sucedido, según reza la vieja alegoría. Necesito, por un instante, no escuchar estas voces incesantes, suspender los cinco sentidos que siempre están aniquilándome. (Licencia extraída de Fuego Fatuo)
sábado, 4 de octubre de 2008
Interiores
Qué es lo que tanto me perturba de los pueblitos, las ciudades pequeñas, el interior? A menudo viajo por carreteras nocturnas sintiéndome totalmente a merced de los elementos, mientras la tristeza imposible de los comercios de pueblo se me mete en los huesos. La siesta que se extiende hasta altas horas de la tarde y los letreros precarios aportan lo suyo a la sensación general de vacío.
Es curioso que lo que para muchos es una forma de vida envidiable, a mí me llene de desolación. Visto a la inversa, tal vez se trate de que las grandes urbes pueden anestesiar en el grado exacto y necesario. No puedo vivir sin la hiperestimulación. Los pueblitos, con sus noches cerradas, lo dejan a uno demasiado enfrentado a sus propios pensamientos.
Ni siquiera me consuela que las noches allí estén llenas de estrellas, aunque es un comienzo.
También hay algo de esa sensación de extranjería, de otredad, que morbosamente busqué durante tantos años perdiéndome en ciudades extrañas, en puertos lejanos, en idiomas desconocidos, diciéndome que me gustaban, y notando la ambigüedad. Ahora me aburguesé y ya no disfruto de los acentos foráneos, al menos no cuando se extienden más allá de un par de días y dejan de ser una postal pintoresca.
Pero volviendo a los pueblitos...
La fauna y la flora me desesperan. Los territorios donde la naturaleza puede hacer estragos si no se la sabe interpretar.
Hasta hace no mucho tiempo, en lo que sigue siendo una práctica extendida, se mandaba a los enfermos a convalecer al interior. A Baden Baden. Lugares así.
Yo necesito que se me devuelva a la ciudad cuanto antes. Necesito no ver más las hileras interminables de palmeras, las figuras vislumbradas de noche, el agua negra y profunda!
Entiendo cómo Virginia Woolf terminó de enloquecer en Sussex, adonde la mandaron a desintoxicarse de la alienación que la acechaba en Londres. Aburrida y desesperada, se ahogó en un río de Lewes luego de llenar sus bolsillos de piedras, lo cual demuestra que la melancolía sigue siempre los mismos patrones, y no respeta jerarquías.
Es curioso que lo que para muchos es una forma de vida envidiable, a mí me llene de desolación. Visto a la inversa, tal vez se trate de que las grandes urbes pueden anestesiar en el grado exacto y necesario. No puedo vivir sin la hiperestimulación. Los pueblitos, con sus noches cerradas, lo dejan a uno demasiado enfrentado a sus propios pensamientos.
Ni siquiera me consuela que las noches allí estén llenas de estrellas, aunque es un comienzo.
También hay algo de esa sensación de extranjería, de otredad, que morbosamente busqué durante tantos años perdiéndome en ciudades extrañas, en puertos lejanos, en idiomas desconocidos, diciéndome que me gustaban, y notando la ambigüedad. Ahora me aburguesé y ya no disfruto de los acentos foráneos, al menos no cuando se extienden más allá de un par de días y dejan de ser una postal pintoresca.
Pero volviendo a los pueblitos...
La fauna y la flora me desesperan. Los territorios donde la naturaleza puede hacer estragos si no se la sabe interpretar.
Hasta hace no mucho tiempo, en lo que sigue siendo una práctica extendida, se mandaba a los enfermos a convalecer al interior. A Baden Baden. Lugares así.
Yo necesito que se me devuelva a la ciudad cuanto antes. Necesito no ver más las hileras interminables de palmeras, las figuras vislumbradas de noche, el agua negra y profunda!
Entiendo cómo Virginia Woolf terminó de enloquecer en Sussex, adonde la mandaron a desintoxicarse de la alienación que la acechaba en Londres. Aburrida y desesperada, se ahogó en un río de Lewes luego de llenar sus bolsillos de piedras, lo cual demuestra que la melancolía sigue siempre los mismos patrones, y no respeta jerarquías.
miércoles, 13 de agosto de 2008
Wolfish

My mother runs in circles and each quarter her physiognomy changes: wolf, midwife, a figure in a daguerreotype. It is a dream, of course. I see the dark hair floating behind her back, impossibly black, and I say to myself my mother was red-haired, I say to myself this is nothing but a dream in which I was not born in any universe.
When seeing this before me, I am in the shadow, in light sleep. There couldn´t be a better scenario. My mother runs in circles wolfish and spectral, mad she jumps imaginary rope and I see her drawing the perfect circumference.
The evening breaks into fractals: a branch inside a branch. I can´t stop imagining non-sense Polaroids and I might have a fever. When I was a child I used to see fractals whenever I closed my eyes: branches inside branches, ice crystals, the mark of the withdrawing sea, printed yellow flowers, kaleidoscopic visions. I made up my mind they were extra sensorial perceptions until a neurologist with a moustache called it with names that downgraded it to an earthly level: aura, comitial crisis, temporal uncus. As I grew up I lost it as the generations lose their gods.
Once in a while, I recall a shadow from those unique nights, the lunar visions. Later my head breaks in two, not that I care too much.
When seeing this before me, I am in the shadow, in light sleep. There couldn´t be a better scenario. My mother runs in circles wolfish and spectral, mad she jumps imaginary rope and I see her drawing the perfect circumference.
The evening breaks into fractals: a branch inside a branch. I can´t stop imagining non-sense Polaroids and I might have a fever. When I was a child I used to see fractals whenever I closed my eyes: branches inside branches, ice crystals, the mark of the withdrawing sea, printed yellow flowers, kaleidoscopic visions. I made up my mind they were extra sensorial perceptions until a neurologist with a moustache called it with names that downgraded it to an earthly level: aura, comitial crisis, temporal uncus. As I grew up I lost it as the generations lose their gods.
Once in a while, I recall a shadow from those unique nights, the lunar visions. Later my head breaks in two, not that I care too much.
Mi madre corre en círculos y a cada cuadrante su fisonomía cambia: loba, matrona, figura dentro de un daguerrotipo. Se trata de un sueño, por supuesto. Veo que en su espalda flota una cabellera negra, imposible por lo negra, y me digo mi madre tenía el pelo rojo, me digo esto no es sino un sueño y en él yo no he nacido en ningún universo posible.
Cuando veo esto ante mí, estoy en penumbras, en la duermevela. No podría haber un mejor escenario. Mi madre corre en círculos lobuna y espectral; loca de atar salta cuerdas imaginarias y yo la veo trazar la circunferencia perfecta.
La tarde se descompone en fractales: una rama dentro de otra rama. No logro parar de construir polaroids inconexas y tal vez tenga fiebre. Cuando era niña, veía los fractales con sólo cerrar los ojos: ramas dentro de ramas, cristales de hielo, la huella del mar en retirada, estampados con flores amarillas, visiones caleidoscópicas. Decidí que se trataba de percepciones extrasensoriales hasta que un neurólogo de bigotes le puso nombres que bajaron la experiencia a planos terrenales: aura, crisis comiciales, uncus del temporal.
De adulta lo perdí como las generaciones pierden a sus dioses.Recupero de vez en cuando una sombra de aquellas noches únicas, de las visiones lunares. Después la cabeza se me parte en dos, pero ya no es que importe demasiado
Cuando veo esto ante mí, estoy en penumbras, en la duermevela. No podría haber un mejor escenario. Mi madre corre en círculos lobuna y espectral; loca de atar salta cuerdas imaginarias y yo la veo trazar la circunferencia perfecta.
La tarde se descompone en fractales: una rama dentro de otra rama. No logro parar de construir polaroids inconexas y tal vez tenga fiebre. Cuando era niña, veía los fractales con sólo cerrar los ojos: ramas dentro de ramas, cristales de hielo, la huella del mar en retirada, estampados con flores amarillas, visiones caleidoscópicas. Decidí que se trataba de percepciones extrasensoriales hasta que un neurólogo de bigotes le puso nombres que bajaron la experiencia a planos terrenales: aura, crisis comiciales, uncus del temporal.
De adulta lo perdí como las generaciones pierden a sus dioses.Recupero de vez en cuando una sombra de aquellas noches únicas, de las visiones lunares. Después la cabeza se me parte en dos, pero ya no es que importe demasiado
martes, 15 de julio de 2008
Vehemente

A la vista de esta foto, el cuentista uruguayo Horacio Quiroga, a diferencia de lo habitual en la gente, cambió poco de cara y mucho de estilo –aunque sólo una vez- a lo largo de los casi sesenta años que duró su vida, hasta que ingirió cianuro tras comprarlo a un farmacéutico al que engañó con la verdad cuando éste le preguntó para qué lo quería. Le contestó: “Para matarme”.
En la foto se lo ve muy joven pese a la barba bien crecida y picuda. La edad es delatada por la postura desafiante de dandy (...), por el cabello agitado y sobre todo por los ojos entre airados y lánguidos, propios de quienes aún ensayan y creen poder decidir el papel que representarán en el mundo. Aquí se ve todavía a alguien dispuesto a parecer un escritor, y además francés. Sería alrededor de 1900 y Quiroga tendría poco más de veinte años.
Fragmento de “Miramientos”, de Javier Marías.
En la foto se lo ve muy joven pese a la barba bien crecida y picuda. La edad es delatada por la postura desafiante de dandy (...), por el cabello agitado y sobre todo por los ojos entre airados y lánguidos, propios de quienes aún ensayan y creen poder decidir el papel que representarán en el mundo. Aquí se ve todavía a alguien dispuesto a parecer un escritor, y además francés. Sería alrededor de 1900 y Quiroga tendría poco más de veinte años.
Fragmento de “Miramientos”, de Javier Marías.
domingo, 13 de julio de 2008
Carta a D.
miércoles, 2 de julio de 2008
Si no es cierto, merecería serlo
YA NO

Ya no será
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.
Idea Vilariño
viernes, 27 de junio de 2008
Le Rêve Retrouvé
Vino Feisal a casa. Es cálido, profesor de filosofía, chileno e hijo de un palestino y una vasca. Tiene un hijo pequeño que se llama Samir. Le gusta la poesía chilena y estuvimos leyendo algunos poemas de Gonzalo Rojas. Resultó que conoce a Rojas y lo definió como un viejo soberbio y libidinoso; no obstante eso o quizás justamente en virtud de lo mismo, lo admira muchísimo. También vive (o trabaja) a un piso de distancia de Raoul Ruiz. Me dije que debe haber frecuentado a Bolaño también para completar mi trinidad chilena. En efecto, tiene un libro autografiado por Bolaño, y se ofrece a conseguirme toda clase de ediciones que acá no llegan.
Cuando se puso a hojear mi antología de Rojas para leer algunos poemas al azar, vi de pronto una hojita manuscrita que aparecía y desaparecía entre las páginas. Feisal la vio, Pablo la vio, todos la vimos pero por algún motivo ninguno tuvo la audacia suficiente para ver de qué se trataba. A mí me obsesionó desde que la vi ahí, en manos de un extraño, pasible de ser cualquiera de las cosas que uno desearía que fueran secretas. Feisal bromeó con el hecho de que yo haya perdido una cantidad respetable de euros dentro de un libro que no recuerdo. Dijo que seguramente yo marcaba las páginas con euros. Y sin embargo, tal parece que las marco con secretos.
Cuando me hice con la página tuve el descubrimiento más asombroso: se trataba de un sueño que garrapateé una mañana para no olvidármelo por la tarde. Reconocí el argumento del sueño pero, como suele pasar, ya no su esencia, la que probablemente me había llevado a escribirlo.
Así que leído después de los meses y los años, despojado de la visión particular que uno tiene por la mañana de la experiencia onírica, no significa nada más que uno de esos sueños míos donde almaceno líneas de diálogo increíblemente largas e inconexas.
Es este:
“Estoy con la mujer de D.T. Es mayor que él y se nota que está profundamente enamorada. Dice:
-D., cuando te vio el otro día, dijo: “cuando se pone zapatos no está nada mal”.
Y en ese sueño yo ando descalza y vengo de dar un paseo semidesnuda por la plaza. El sol me pega fuerte en las piernas.
Ella dice que me admira. Me halaga, y le pregunto cómo es que me conoce.
-Por supuesto- dice ella-, desde el 31 de Diciembre sé exactamente quién es Usted.
-¿Qué pasó el 31 de Diciembre?
Ella sonríe como diciendo “lo sabés mejor que yo”, y yo digo:
-Sobreestima mi memoria.
-El 31 de Diciembre usted publicó The Bell Jarr en ... (el nombre de una revista literaria)
-Se develó el misterio- le digo, señalando una publicidad de automóviles.- Me encanta que le guste lo que hago. Mi ideal es ser admirada por aquellos a quienes admiro. Pablo insiste en que le gusta lo que hago, pero... todo siempre está tan teñido por lo que siente por mí.
-La comprendo perfectamente- dice ella.
Yo pongo una mano sobre su pierna. Me da una pena increíble que esté enamorada de alguien que no la corresponde.”
Y ahí termina mi transcripción. Parece que hace unos años, y tal vez decepcionada porque Pablo no leía mis tonterías, fui Sylvia Plath por una noche.
Cuando se puso a hojear mi antología de Rojas para leer algunos poemas al azar, vi de pronto una hojita manuscrita que aparecía y desaparecía entre las páginas. Feisal la vio, Pablo la vio, todos la vimos pero por algún motivo ninguno tuvo la audacia suficiente para ver de qué se trataba. A mí me obsesionó desde que la vi ahí, en manos de un extraño, pasible de ser cualquiera de las cosas que uno desearía que fueran secretas. Feisal bromeó con el hecho de que yo haya perdido una cantidad respetable de euros dentro de un libro que no recuerdo. Dijo que seguramente yo marcaba las páginas con euros. Y sin embargo, tal parece que las marco con secretos.
Cuando me hice con la página tuve el descubrimiento más asombroso: se trataba de un sueño que garrapateé una mañana para no olvidármelo por la tarde. Reconocí el argumento del sueño pero, como suele pasar, ya no su esencia, la que probablemente me había llevado a escribirlo.
Así que leído después de los meses y los años, despojado de la visión particular que uno tiene por la mañana de la experiencia onírica, no significa nada más que uno de esos sueños míos donde almaceno líneas de diálogo increíblemente largas e inconexas.
Es este:
“Estoy con la mujer de D.T. Es mayor que él y se nota que está profundamente enamorada. Dice:
-D., cuando te vio el otro día, dijo: “cuando se pone zapatos no está nada mal”.
Y en ese sueño yo ando descalza y vengo de dar un paseo semidesnuda por la plaza. El sol me pega fuerte en las piernas.
Ella dice que me admira. Me halaga, y le pregunto cómo es que me conoce.
-Por supuesto- dice ella-, desde el 31 de Diciembre sé exactamente quién es Usted.
-¿Qué pasó el 31 de Diciembre?
Ella sonríe como diciendo “lo sabés mejor que yo”, y yo digo:
-Sobreestima mi memoria.
-El 31 de Diciembre usted publicó The Bell Jarr en ... (el nombre de una revista literaria)
-Se develó el misterio- le digo, señalando una publicidad de automóviles.- Me encanta que le guste lo que hago. Mi ideal es ser admirada por aquellos a quienes admiro. Pablo insiste en que le gusta lo que hago, pero... todo siempre está tan teñido por lo que siente por mí.
-La comprendo perfectamente- dice ella.
Yo pongo una mano sobre su pierna. Me da una pena increíble que esté enamorada de alguien que no la corresponde.”
Y ahí termina mi transcripción. Parece que hace unos años, y tal vez decepcionada porque Pablo no leía mis tonterías, fui Sylvia Plath por una noche.
miércoles, 25 de junio de 2008
Muriel

Muriel desde que te fuiste del pueblo los boliches cerraron
Y hay una lámpara más que se quemó en la calle principal
Por donde solíamos pasear
Y Muriel, aún me siguen los mismos fantasmas
Y vos vas conmigo adonde vaya
Y Muriel, te veo un sábado a la noche
En las maquinitas tragaperras con tu pelo recogido
Y ese brillo en tus ojos
Es el único anillo que pude comprarte
Muriel
Y, Muriel, cuántas veces me fui de esta ciudad
Para huir de tu recuerdo
Que me persigue
Pero sólo llego hasta el siguiente bar
Compro otro cigarro barato y te veo cada noche
Hey Muriel Muriel
Flaco, ¿tenés fuego?
Y hay una lámpara más que se quemó en la calle principal
Por donde solíamos pasear
Y Muriel, aún me siguen los mismos fantasmas
Y vos vas conmigo adonde vaya
Y Muriel, te veo un sábado a la noche
En las maquinitas tragaperras con tu pelo recogido
Y ese brillo en tus ojos
Es el único anillo que pude comprarte
Muriel
Y, Muriel, cuántas veces me fui de esta ciudad
Para huir de tu recuerdo
Que me persigue
Pero sólo llego hasta el siguiente bar
Compro otro cigarro barato y te veo cada noche
Hey Muriel Muriel
Flaco, ¿tenés fuego?
Tom Waits
domingo, 23 de marzo de 2008
Mujeres bajo los efectos de la fiebre
Nunca resulta indiferente hablar de mi predilección por el genio masculino. Nunca es gratuito decir que creo mucho más en el cerebro de los hombres. Quizás por eso cuando me gusta lo que hace una mujer, me convierto en fundamentalista de su obra, sin medias tintas. Pero nunca es gratuito decirlo. En el peor de los casos recibo comentarios feministas; en el mejor, alguien que puedo ser yo misma me recuerda el nombre de algunas de estas mujeres. Y sin embargo, poniéndolas en fila se ve claramente que todas tuvieron algo intrínsecamente masculino, aunque no soy capaz de explicar qué. No se trata de una masculinidad que se diera a notar. Es, más bien, algo en la forma en que proyectaron sus mentes hacia el mundo, algo en la forma que encontraron de relacionarse con él.
La mujer siempre, y sobre todo en la literatura, constituye la diferencia por default, es la primera otredad de todas. Tal vez lo que yo llamo masculinidad en estas mujeres haya sido simplemente la maravillosa capacidad de manifestarse desde lo neutro, de no escribir desde femineidad alguna más allá de la que naturalmente fluía de ellas, de hacer literatura pura.
La mujer siempre, y sobre todo en la literatura, constituye la diferencia por default, es la primera otredad de todas. Tal vez lo que yo llamo masculinidad en estas mujeres haya sido simplemente la maravillosa capacidad de manifestarse desde lo neutro, de no escribir desde femineidad alguna más allá de la que naturalmente fluía de ellas, de hacer literatura pura.
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